Escapadas y Viajes

Por qué la frontera más enrevesada del mundo está en un pueblo de la tranquila Europa

A un lado, Baarle-Hertog; a otro, Baarle-Nassau
A un lado, Baarle-Hertog; a otro, Baarle-Nassau
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En Baarle-Hertog, un pueblo mitad belga mitad holandés, cualquier paseo supone cambiar de país decenas de veces

La histórica isla cuya soberanía se intercambian España y Francia cada seis meses

Manuel Muñiz Menéndez – ABC

Si hiciésemos una encuesta preguntando cuál es la frontera más compleja del mundo, seguro que muchos responderían que el paralelo 38, entre las dos Coreas. Otros dirían que la frontera entre México y Estados Unidos, por el constante tráfico legal e ilegal que la cruza cada día. Otros apostarían por alguna zona en conflicto, con divisiones que pueden cambiar casi en cualquier momento, como Siria. Pero como compleja, lo que se dice compleja, ninguna de esas llega ni de lejos al nivel de la frontera de Baarle-Hertog, un pequeño y tranquilo pueblo belga. ¿O es holandés? Bueno, eso depende de en qué calle estés. O de a qué altura de la calle. O de en qué mesa

de un restaurante estés sentado.

Esa es la cuestión, que deriva de visicitudes históricas: parte de los terrenos de esta zona perteneció tradicionalmente a los duques de Brabante y parte a los duques de Nassau y, a base de siglos de conflictos feudales, cesiones de tierras, matrimonios, herencias, movimiento de lindes, dimes y diretes, las posesiones de unos y otros quedaron muy mezcladas. Y, tras la Paz de Westfalia (1648), las Provincias Unidas (germen de los actuales Países Bajos) se quedaron con los dominios que pertenecían a los Nassau y los Países Bajos Españoles, con los de Brabante, división que se ratificó con el tratado de Maastricht (no el más famoso, sino el que en 1843 estableció la independencia de Bélgica). El resultado es que Baarle-Hertog es un enclave: una parte de un país que está totalmente rodeada por territorio perteneciente a otro.

Esto, en sí mismo, no es nada excepcional. Los enclaves son algo relativamente común en el mundo. España, sin ir más lejos, tiene el pueblo de Llivia, que está en pleno territorio francés, a 7 kilómetros de la frontera de Puigcerdá. Y, si en vez de en países pensamos en comunidades autónomas o provincias, hay casos tan famosos como el Condado de Treviño, enclave burgalés en mitad de Álava. Pero Baarle-Hertog tiene un par de características que lo hacen singular. Para empezar, no es un territorio continuo en medio del territorio holandés, sino que está dividido en 22 parcelas separadas entre sí y repartidas entre el casco urbano del pueblo y los campos de los alrededores. En segundo lugar, dentro de algunas parcelas belgas hay parcelas más pequeñas que pertenecen a Baarle-Nassau, el ‘gemelo’ holandés de Baarle-Hertog. Es decir, hay territorio holandés, dentro de territorio belga, dentro de territorio holandés.

 

Cruces

¿Confuso, verdad? Esos contra-enclaves holandeses dentro de Baarle-Hertog es lo que hacen a este pueblo algo casi único en el mundo. En todo el planeta sólo existe otro contra-enclave, el de Nahwa. E incluso ese es más sencillo, ya que se trata de un pequeño territorio perteneciente a Omán y situado dentro de otro pequeño territorio (Madha) de los Emiratos Árabes Unidos que se encuentra dentro de Omán, sin otras subdivisiones. Hasta 2015 sí existía una frontera aún más delirante, al norte de Bangladés, donde existía un verdadero laberinto de enclaves pertenecientes a India, contra-enclaves de Bangladés y hasta un contra-contra-enclave indio: Dahala-Khagrabari, una hectárea de tierras de cultivo deshabitadas. Ante una situación en la que hubiera hecho falta un Doctor en Geografía para determinar a qué país pertenecía la hierba que estaba pastando una vaca, finalmente ambos países llegaron a un acuerdo para simplificar sus fronteras y las huertas de Dahala-Khagrabari acabaron siendo un rincón más de Bangladés.

Baarle-Hertog ha logrado convertir su caos cartográfico en su principal reclamo turístico

No parece probable que Baarle-Hertog sufra un destino similar, ya que ha logrado convertir su caos cartográfico en su principal reclamo turístico. Baarle-Hertog y Baarle-Nassau son un pueblo agradable, muy típico de la zona, con ayuntamientos, iglesias (todo por duplicado) y otros edificios de ladrillo rojo, pero sin nada que llame especialmente la atención, aparte de su frontera. Así que se han volcado en destacar esta: en las aceras se pueden ver cruces blancas que marcan la divisoria (en las calzadas lo hacen pequeñas placas metálicas), algunos negocios hacen gala de su condición de fronterizos como elemento distintivo y los portales tienen marcado su número con la bandera y los colores del país en el que estén. O de ambos, ya que hasta existe una casa que son dos: el número 2 (belga) de la calle Loveren es, al mismo tiempo, el 19 (holandés), ya que la frontera acierta a pasar justo por en medio de la puerta. Uno se pregunta si, cuando la familia que viva allí se pelee, se exigirán mutuamente el pasaporte para ir a la cocina a coger algo de picar.

Pese a estar en la Europa del Tratado de Schengen (y, más aún, en pleno corazón del Benelux, donde las fronteras hace mucho que empezaron a perder su peso), no piensen que la enrevesada frontera de Baarle-Hertog ha quedado reducida a una mera curiosidad decorativa. Las pequeñas diferencias legislativas entre Bélgica y los Países Bajos siguen marcando la vida cotidiana de este pueblo doble.

La pandemia, por ejemplo, ha sido un claro recordatorio de la división del pueblo, ya que las medidas sanitarias de uno y otro país nunca han coincidido del todo, así que los vecinos de Baarle-Hertog podían encontrarse confinados en sus casas mientras que, en el portal de al lado, los de Baarle-Nassau podían salir con más libertad; o las mascarillas podían ser obligatorias en los negocios de una acera, pero no en los de la de enfrente.

Pero ya antes de la pandemia sucedía así con mil cosas: los jóvenes holandeses compraban cerveza en tiendas belgas, ya que la edad legal para beber es de 16 años en el segundo país y de 18 en el primero; los holandeses también suelen ir a las gasolineras belgas a repostar gasolina más barata; los fuegos artificiales se pueden comprar legalmente en Baarle-Hertog, pero no en Baarle-Nassau, mientras que las farmacias de este último permiten comprar más medicamentos sin receta; cuando los restaurantes holandeses debían, por ley, cerrar a una hora más temprana que los belgas, aquellos atravesados por la frontera simplemente le pedían a los clientes sentados en el lado holandés que se pasasen a mesas del lado belga para seguir cenando; y prácticamente cualquier obra pública (asfaltado, alcantarillado, etc.) tiene que ser negociada por ambos alcaldes. Incluso hubo un banco que se aprovechaba de tener la caja fuerte en un país y el mostrador en otro para blanquear dinero, ya que siempre tenían excusa para decir que los agentes enviados a investigarlo no tenían jurisdicción, hasta que las normas europeas de lucha contra el fraude permitieron que las policías de ambos países pudiesen unirse para cerrarlo. No es la única vez que han logrado ponerse de acuerdo: Baarle-Nassau es de los pocos pueblos de los Países Bajos donde los comercios pueden abrir en domingo, para no ponerles en desventaja frente a los de Baarle-Hertog.

Su peculiaridad fronteriza incluso salvó a Baarle-Hertog de una invasión. En la Primera Guerra Mundial fue el único pueblo de Bélgica que no fue ocupado por los alemanes, ya que esto hubiera supuesto cruzar -y casi inevitablemente ocupar- territorio de unos Países Bajos que eran neutrales. Así que sus habitantes quedaron más o menos libres (aunque rodeados de una doble valla: una alemana y otra holandesa) e incluso lograron montar una estación telegráfica clandestina para ayudar a la resistencia belga. Una curiosa consecuencia de que, en el siglo XII, un noble decidiese cederle algunas parcelas de sus tierras a otro.

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