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El palacio olvidado de la Casa de Alba: una ruina bella y desconocida en España

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El Palacio de Sotofermoso (Abadía, Cáceres) fue antes monasterio, recibió visitantes ilustres y tuvo uno de los jardines más bellos del siglo XVI

En estas tierras del Valle del Ambroz huele ahora a primavera, como si la vida acabara de empezar, muy lejos de los telediarios y del asfalto. En Abadía (Cáceres) viven poco más de trescientas personas. Y, sin embargo, a dos pasos del pueblo está la Autovía de la Plata, que sigue un trazado similar en algunos de sus tramos al Itinerario XXIV que describiera Antonino. Fue en los siglos XI y XII tierra fronteriza y peligrosa, época en la que un grupo de monjes cistercienses empezó a edificar su monasterio. De aquellos primeros muros surgiría siglos después uno de los palacios más bellos, desconocidos e interesantes de España.

El Palacio de Sotofermoso se halla un poco antes de

entrar a Abadía cuando se llega de Aldeanueva del Camino. Parece un edificio extraño situado frente a casas de nueva construcción, mientras reclama un sitio en esta sociedad que no termina de encontrar. Ahí dentro pernoctaron los Reyes Católicos o Felipe II y sus jardines fueron considerados entre los más bellos del mundo en el siglo XVI, pero hoy es casi una ruina cuidada en lo esencial por sus actuales propietarios (desde 1892), la familia Flórez.

Esta semana, Víctor M. Gibello, arqueólogo, miembro de la Asociación Hispania Nostra, relató ante un grupo de interesados la historia del palacio y de estas tierras, cercanas al pueblo abandonado de Granadilla. Describió la historia de los muros y su delicada situación actual, con la intención de que -al poner el foco sobre lo que fue y lo que es- «alguien pueda ayuda a recuperar su belleza», pendiente de una restauración que no termina de llegar.

El 25 de julio de 1444, Juan II otorgó el señorío de Granadilla, con toda su tierra y sus propiedades, a la Casa de Alba. Incluía los beneficios del paso ganadero. Desde entonces, la familia fue aumentando sus tierras y su poder. El 29 de octubre de 1507 nació Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, a quien se llamó el Gran Duque, hombre clave en la importancia que adquirió el Palacio de Sotofermoso y en la belleza de sus jardines, a los que mimó quizá influido por sus gustos por la Italia renacentista. Fue gobernador de los Países Bajos. Aborrecido y envidiado. Y amigo de Garcilaso de la Vega.

A Sotofermoso se iba a cazar, a leer y a escribir, a escuchar música. Lope de Vega dijo que era la octava de las siete maravillas. En sus salas se creó una academia literaria, convirtiendo este lugar rústico y alejado del centro de poder en un apasionante retiro cultural. «Eran instalaciones diseñadas para el recreo y para el conocimiento», resalta Gibello.

Aún no se ha realizado una investigación arqueológica del edificio (Monumento histórico nacional desde 1931) -añade Gibello-, lo que dificulta conocer exactamente su origen. Dicen que tuvo alguna relación con los templarios, pero solo es una hipótesis sin más fundamento. Sí parece más claro su pasado como monasterio durante un siglo, antes de que Alfonso X se apropiara del lugar. No se sabe, en cambio, qué uso tuvo el edificio tras la expulsión de los monjes, quizá simplemente se abandonó. «Cuando García Álvarez de Toledo recibió el señorío de Granadilla y de Abadía debió aprovechar todo lo había allí para construir lo que podríamos llamar una casa fuerte», según Gibello.

El viejo palacio puede visitarse solo los lunes, a las 10 de la mañana. En la puerta destaca un escudo de los Alba. En el interior hay un bellísimo patio alrededor del cual se articulan el resto de las dependencias. Es un claustro en dos alturas: la planta baja, del XV; la alta, del XVI. Nada más puede verse actualmente, salvo algún resto de los desaparecidos jardines y de los conjuntos escultóricos y fuentes que los adornaban.

La decadencia del palacio y los jardines comenzó a finales del siglo XVIII. Deterioro y olvido de lo que fue un elogio de la belleza. La Casa de Alba terminó por vender la propiedad a la familia Flórez, que ha tratado de mantener este edificio histórico a salvo de la destrucción y el desmantelamiento. A principios del siglo XX, por ejemplo, el museo del Louvre trató de comprar sin éxito esas esculturas.

En la charla de Víctor Gibello participó Pilar Muñoz, miembro de la familia de propietarios, quien aseguró que «el patio se ha restaurado varias veces y el tejado se revisa con frecuencia». Muñoz añadió que no hay ninguna ayuda para recomponer la historia de este tesoro olvidado del Valle del Ambroz, para recuperar el brillo que le dio sobre todo el tercer Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel.

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