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Putin prohíbe equiparar a Hitler con Stalin

La Duma aprueba una ley que prohíbe «equiparar los fines, decisiones y acciones de la dirección soviética con los de la Alemania nazi». Los historiadores temen ver restringido su trabajo e incluso la novela ‘Vida y Destino’ de Grossman podría engrosar la lista de libros vetados

Para Moscú, la caída del presidente de Ucrania, Víctor Yanukóvich bajo la presión de la revuelta del ‘Maidán’, en febrero de 2014, fue el resultado de un ‘golpe de Estado’ orquestado por ‘Pravi Séktor’, la ultraderecha ucraniana, a quienes, junto con los simpatizantes del líder histórico del nacionalismo ucraniano, Stepán Bandera, calificó de «nazis» por los vínculos de éste último con el régimen hitleriano.

De manera que la anexión de Crimea, en marzo de 2014, y la guerra que estalló un mes después en el este de Ucrania, en el Kremlin se contemplan como «consecuencias lógicas» de aquella presunta asonada de inspiración supuestamente fascista. Y eso que ‘Pravi Séktor’ obtuvo tres escaños en las elecciones legislativas celebradas en octubre de 2014, las primeras tras el ‘Maidán’, y seis los ultranacionalistas de Svoboda (Libertad) en un Parlamento (Rada) constituido por 450 diputados. En la Rada actual, elegida en julio de 2019, Svoboda tiene un único legislador y ‘Pravi Séktor’ ninguno. La OSCE considera además que los comicios ucranianos en general son más democráticos que los que tienen lugar en Rusia desde que el presidente Vladímir Putin llegó al poder.

Pero a partir de aquel momento, y hasta hoy día, las autoridades rusas emplean a veces el término «nazi» para referirse a los actuales dirigentes de Ucrania, a los que acusan de no cumplir el acuerdo de paz de Minsk, suscrito con el objetivo de poner fin a la guerra en las provincias secesionistas ucranianas de Donetsk y Lugansk. Kiev, según el Kremlin, incumple porque se niega a negociar con los cabecillas rebeldes.

El lado correcto

Hay analistas que consideran que el legítimo culto a la ‘Victoria’ sobre la Alemania nazi en la II Guerra Mundial lo ha intensificado y magnificado Putin en los últimos años con la intención de, no solamente alertar sobre los peligros del fascismo, sino también para recordar que la Unión Soviética, el país que tuvo más muertos en la contienda (más de 27 millones, según el presidente ruso), estuvo en el lado correcto de la historia y, de paso, demonizar a la cúpula ucraniana actual.

Sin embargo, este planteamiento levanta ampollas en países como Polonia, Lituania, Estonia y Letonia, además de un temor enorme a que algo parecido a la partición habida en Ucrania hace siete años pueda volver a sucederles a ellos. Los cuatro estados ya sufrieron en el pasado el trato que dispensaba el dictador comunista, Iósif Stalin, a los países que consideraba su ‘área de influencia’.

De ahí que en el seno de la Unión Europea surgieran fuerzas decididas a dejar claro que, si fue efectivamente cierto que la contribución de la URSS en la derrota de Hitler fue fundamental, también lo es que el Ejército Rojo cometió atrocidades y que, tras ocupar media Europa, instaló dictaduras de corte estalinista. Sus tanques aplastaron los intentos democratizadores en Hungría, en 1956, y en Checoslovaquia en 1968. Incluso antes de la guerra, Stalin se empleó a fondo con Polonia, Finlandia y las tres repúblicas bálticas gracias al acuerdo sellado con Berlín, el polémico Pacto Ribbentrop-Mólotov.

Lo firmaron el 23 de agosto de 1939 el ministro de Exteriores de la URSS, Viacheslav Mólotov, y su homólogo de la Alemania hitleriana, Joachim von Ribbentrop, en presencia de Stalin. Era un pacto de no agresión mutua, pero la sustancia real eran los protocolos secretos que contenía. Estipulaban un reparto de sus respectivas ‘zonas de influencia’. Polonia quedaba así partida por la mitad, el oeste para Alemania y el este para la Unión Soviética. El dictador comunista obtenía también vía libre para incorporar a su esfera de intereses a Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Besarabia (actual Moldavia). Y actuó en consecuencia.

Matanza de oficiales

Otra de las secuelas del pacto entre Hitler y Stalin fue la matanza de casi 22.000 oficiales de Ejército polaco en Katyn por parte de la sanguinaria policía del régimen estalinista, el NKVD (Comité Popular de Asuntos Interiores), verdugos a su vez de miles y miles de personas en la propia Rusia y en otras repúblicas soviéticas.

La complicidad de los regímenes de Hitler y Stalin en aquel momento y el desarrollo posterior de los acontecimientos es lo que ha servido para que Tallin, Riga, Vilna y, sobre todo Varsovia, impulsen un relato tendente a equiparar el nazismo y el estalinismo, a subrayar que ambas dictaduras eran, más o menos, igual de nefastas. Esta idea, reflejada ya en ‘Vida y Destino’, la obra maestra del escritor soviético Vasili Grossman, ha sido expresada por la oposición rusa y por algunos medios de comunicación críticos con el Kremlin.

El pacto Mólotov-Ribbentrop salió a la luz por primera vez, y solamente para determinados historiadores, en 1989, cuando al frente del país estaba el paladín de la ‘perestroika’, Mijaíl GorbachovEl documento fue expuesto al público en 1995, ya con Borís Yeltsin al frente de Rusia, con motivo del 50 aniversario de la Victoria sobre la Alemania de Hitler. Pero luego desapareció y fue puesto a buen recaudo por Putin.

La polémica sobre si Stalin hizo bien o no en pactar con Hitler estalló con nueva fuerza el 10 de mayo de 2015, cuando la canciller alemana, Angela Merkel, acudió a Moscú para reunirse con Putin justo un día después del desfile de la Victoria en la Plaza Roja. Durante la rueda de prensa conjunta que ofrecieron, el presidente ruso justificó a Stalin, pero Merkel replicó que «es difícil entender el pacto Mólotov-Ribbentrop, si no se tiene en cuenta la cláusula secreta que preveía la partición de Polonia y la anexión de los países bálticos». A su juicio, «desde este punto de vista, creo que el pacto no fue correcto, se sustentaba sobre una base ilegítima».

Justificar el pacto

La Enciclopedia Soviética, al igual que la historiografía de la época comunista, defienden que Stalin pactó con Hitler para «garantizar la seguridad» de la URSS y «ganar tiempo» al contar supuestamente con unas tropas todavía incapacitadas para enfrentarse al Ejército nazi. Se subrayaba además que la culpa de que la Unión Soviética se viera obligada a aquella alianza de conveniencia con el III Reich fue de las potencias occidentales por no crear una coalición antinazi y encima propiciar, mediante el Acuerdo de Múnich de 1938, que Hitler arrebatara a Checoslovaquia los Sudetes.

Sin embargo, al final del mandato de Gorbachov y durante los casi nueve años que estuvo Yeltsin como presidente de Rusia, se hizo una lectura diametralmente opuesta del pacto Mólotov-Ribbentrop, acusando a Stalin de haber dado oxígeno al monstruo que ocupó casi toda la Europa, atacó la URSS y causó la guerra más mortífera en la historia de la Humanidad.

Así ha sido hasta que Putin recuperó la vieja interpretación comunista que blanquea a Stalin. «La Unión Soviética hizo una tarea gigantesca de crear las condiciones favorables para una resistencia colectiva al nazismo en Alemania (…) para formar un bloque antifascista en Europa, pero tales esfuerzos no se coronaron con éxito», dijo el presidente ruso junto a Merkel en aquella rueda de prensa de mayo de 2015. Según sus palabras, que citaban además a su entonces ministro de Cultura, Vladímir Medinski, «aquel pacto tenía sentido desde la perspectiva de garantizar la seguridad para la Unión Soviética». A juicio de Medinski, la firma del acuerdo por parte de Mólotov y Ribbentrop «fue un triunfo de la diplomacia de Iósif Stalin».

La controversia se intensificó en agosto de 2019, cuando se cumplió el 80 aniversario de aquel discutido acuerdo. Putin decidió por fin dejar de ocultar este oscuro capítulo de la historia del país. El Archivo Federal ruso organizó una exposición que mostraba más de 300 documentos, incluido el pacto Mólotov-Ribbentrop y sus protocolos secretos.

Las palabras de Johnson

Pocos días después, el 1 de septiembre de aquel mismo año, el primer ministro británico, Boris Johnson, publicó en Twitter un vídeo dedicado al 80 aniversario del inicio de la invasión alemanade Polonia. Johnson sostenía que, «mientras los polacos se defendían de la agresión alemana, las tropas soviéticas entraron por el este (…) Polonia se vio entre el martillo del nazismo y el yunque del comunismo». En Moscú sentaron muy mal aquellas palabras y la Embajada rusa en Londres emitió un comunicado señalando que «aunque la operación militar soviética en Polonia suscita debates, es absolutamente inadmisible equiparar la agresión hitleriana y las acciones de la Unión Soviética».

«Polonia se vio entre el martillo del nazismo y el yunque del comunismo»
Boris Johnson , Primer ministro británico

El espaldarazo a la formulación de que tan malo fue Hitler como Stalin lo dio el Parlamento Europeo en una resolución aprobada el 19 de septiembre de 2019, que equiparaba el comunismo con el nazismo y condenaba ambos por igual. «El Parlamento Europeo pone a la Alemania hitleriana y a la Unión Soviética al mismo nivel… Esto es, por supuesto, completamente demencial» fue la reacción que tuvo Putin.

Meses después, en diciembre de 2019, durante una reunión en San Petersburgo con dirigentes de otras repúblicas de la antigua URSS, atacó de nuevo al Parlamento Europeo y defendió el pacto Mólotov-Ribbentrop. «La URSS aceptó firmar el documento sólo después de que se agotaran todas las alternativas y fueran rechazadas toda las propuestas soviéticas para crear una coalición antifascista en Europa», afirmó el jefe del Estado ruso. Reprochó al Reino Unido y Francia su connivencia con Alemania en el Acuerdo de Múnich por aceptar la división de Checoslovaquia y enumeró todos los pactos firmados por los países europeos con Hitler: Polonia en 1934, Reino Unido en 1935 y 1938, Francia en 1938 y Lituania y Letonia en 1939.

Obsesionado, el presidente ruso empezó a percibir las críticas al pacto Mólotov-Ribbentrop como «un intento de reescribir la historia» por parte de Occidente. Washington dio pábulo a esa inquietud de Putin cuando, el año pasado con motivo del aniversario de la Victoria, la Casa Blanca felicitó a todos los artífices de aquel triunfo salvo a Rusia.

La versión de Putin

En su arenga previa al desfile de 2020, en conmemoración del 75 aniversario de la Victoria, que tuvo que organizarse el 24 de junio, no el 9 de mayo como es habitual, a causa de la pandemia, el jefe del Kremlin dijo que «fue el pueblo soviético el que aplastó al nazismo (…) y el que soportó la principal carga en la lucha contra el fascismo». Según su punto de vista, que había expresado días antes en un artículo en la revista estadounidense ‘The National Interest’, Occidente «pretende revisar la historia y minimizar la aportación soviética». «Hitler envío contra la Unión Soviética más del 80 por ciento de las fuerzas militares propias y de las de sus satélites», aseguró.

El pasado mes de enero, la página web del Kremlin informaba de que Putin había encargado al Parlamento la aprobación de una ley que impida «igualar» las fechorías de la Alemania nazi con el papel «liberador» de la Unión Soviética.

El proyecto de ley fue presentado en la Duma (Cámara Baja) el pasado 5 de mayo, en la víspera de la conmemoración del 76 aniversario de la Victoria. El máximo dirigente ruso denunció una vez más en su discurso los intentos de Occidente de «reescribir la historia» poniendo en el mismo plano moral a vencedores y vencidos. Según sus palabras, «hoy vemos concilios de verdugos sin rematar. Sus seguidores intentan reescribir la historia, justificar a traidores y criminales que tienen las manos manchadas con la sangre de cientos de miles de inocentes».

Tras ser aprobada en la Duma y en el Consejo de la Federación (Cámara Alta) la nueva ley fue firmada y promulgada por Putin este 1 de julio. La norma prohibe «equiparar los fines, decisiones y acciones de la dirección soviética con los de la Alemania nazi». Tampoco se podrá «negar el papel decisivo del pueblo soviético en la derrota del fascismo». Otra disposición deberá establecer las sanciones que se impondrán a quienes incumplan la ley. Los historiadores temen ver restringido su trabajo e incluso la novela ‘Vida y Destino’ de Grossman podría engrosar la lista de libros vetados.

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