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Lesbos, el infierno en la Tierra: “No somos animales, Europa nos ha abandonado”

Europa debe actuar ante la abominación de este vertedero de seres humanos que hemos permitido: hay que acoger a 20.000 almas que sufren.

“No me dieron no me dieron ni una sábana… Di a luz así, sin nada, en la tienda, sobre plástico, sangré…”. ¿A quién se refiere ? ¿A la administración griega, pertrechada tras su perímetro enrejado y rodeada de alambre de espino? ¿A las ONG que, en la zona salvaje del campamento, la que sobrepasa la zona acotada y se extiende por colinas de olivos, carga a sus espaldas con toda la miseria del mundo, se enfrenta a los neofascistas que sueñan con echarlos fuera de la isla y que van completamente de cabeza?

¿A los vecinos de tienda afganos que, como es sudanesa, no respondieron a sus llamadas de auxilio? El hecho es que Fatimah está sola en su refugio de lonas de plástico blancas. Su bebé de seis meses, que lleva a la espalda, está envuelto en una raída camiseta de manga corta con el lema “Welcome in Lesbos” que ha recortado para que no le quede grande.

Sus hijos mayores, de ocho y dos años, hechos un ovillo a su lado, parecen todavía más aterrorizados que ella por la presencia de un fotógrafo y un intérprete. Con un árabe deficiente, entrecortado por largos silencios, nos cuenta, a trocitos, los detalles de su terrorífico éxodo. El campo de tránsito en Gaziantep, el marido al que devolvieron a Turquía tres días después de su llegada, en una zodiac que tuvieron que pagar dos veces… A ella la admitieron en el campamento in extremis porque estaba embarazada…

El bebé, a quien el registro civil griego no le ha emitido la partida de nacimiento, y que, por tanto, no existe… Hace frío en estos últimos días de mayo de 2020. Llueve a cántaros y el agua se cuela entre las lonas mal unidas de la tienda.

Huele a humedad, a cuerpos mal lavados, a aguas reutilizadas; esos aromas se mezclan con un puchero de verduras que burbujea junto a la entrada. El hijo mayor se levanta para remover el guiso; una rata le pasa entre las piernas y se esfuma sin que el niño parezca darse cuenta de su presencia. Estamos en Lesbos, en el campamento de Moria, en una de las islas griegas más hermosas, más cargadas de historia y de leyenda y, que ahora es la capital europea del dolor.

Suicidios infantiles

En una visita anterior, me estremeció la lectura de un informe de Médicos sin Fronteras en el que se decía que una de las particularidades de Moria eran los suicidios infantiles.

Aquí un ejemplo. Tiene 12 años. Estamos en los confines del campo, en esa zona salvaje que se ha bautizado, aquí también, como “la jungla” y donde han acabado su viaje algunos de los sirios con los que Erdogan, el pasado marzo, amenazó con inundar Europa.

Durante la entrevista, salvo miradas fugaces a su tío, que lo salvó, un antiguo maestro de Idlib y que me cuenta la historia en nombre de su sobrino, el niño no levanta los ojos del suelo. El tío cuenta que todo empezó con la estupefacción por esta vida nueva sin futuro.

¿Por qué en casa, a pesar de las bombas, me seguías llevando a la escuela mientras que aquí nos pasamos el día entero mirando la costa sin hacer nada? ¿Vamos a ser prisioneros para siempre?”

“¿Qué hacemos aquí?”, preguntaba el niño. “¿Por qué no podemos ir a ver el mar si está tan cerca? ¿Por qué en casa, a pesar de las bombas, me seguías llevando a la escuela mientras que aquí nos pasamos el día entero mirando la costa turca sin hacer nada? ¿Vamos a ser prisioneros para siempre?”.

Y luego, poco a poco, el niño dejó de hablar. Dejó de jugar. Pasaba los días postrado en el maltrecho colchón que preside la choza y donde me había sentado sin darme cuenta. El crío envió a paseo a los amigos con los que jugaba fútbol. Perdió el apetito y el sueño. Y, una mañana, cuando su tío se marchó a hacer cola para la ración de pan del día, un vecino vio sangre en la zanja de desagüe.

Fue corriendo hacia él. El niño había intercambiado una caja de galletas de ayuda humanitaria que había acumulado a lo largo de la semana por unas cuchillas de afeitar. Se cortó las venas de la muñeca. He visto muchas cosas en mi vida en los campamentos de refugiados, pero muy pocas veces una tristeza tan infinita como esta.

Agua racionada

En Moria, la tragedia es el agua; la isla, vuelvo a repetir, es magnífica, toda verde. Bendecida por los dioses y las lluvias. Pero, en estas hectáreas malditas, no hay agua corriente. Ni siquiera pozos. Tampoco cisternas visibles. Apenas unas pocas duchas.

Los puntos de agua no llegan a la veintena; a ellos se acercan los refugiados, a lo largo de toda la jornada, para hacer cola y llenar su botella de plástico. Una por día y por persona, me dice un representante de la comunidad afgana. Una sola.

Sí, por increíble que parezca, en ese campamento hay 19.000 refugiados que solo tienen un litro de agua al día para beber, lavarse, limpiar la ropa, desinfectarse y cocinar. Y como algunos días hay cortes de agua, parece que ni siquiera disponen de ese litro, ya que tienen que racionar hasta el día siguiente hasta la última y preciada gota. Le pido que me lo repita.

Lo confirmo con un cabeza de familia hazara que, con su mujer y sus dos hijos, ocupa la tienda vecina y me muestra, como prueba, cuatro botellas dispuestas una al lado de la otra y, a media mañana, ya vacías por la mitad. Para verlo con mis propios ojos, me acerco al punto de agua más cercano, en un claro que han despejado entre los restos de unas chozas destrozadas.

Hay unas 50 mujeres haciendo cola y, efectivamente, no hay ningún bidón; cada una con su botella de plástico o con tres botellas cuando son una familia y pueden demostrarlo. “Parece que le sorprenda”, me dice en perfecto francés una joven argelina que lleva trece meses esperando los papeles. “Yo también soy filósofa; admiro a Camus y a Kamel Daoud. Tengo un mensaje y se lo confío a usted: mire bien a su alrededor, casi no tenemos agua y, además, no tenemos ni jabón”.

He visto muchas cosas en mi vida en los campamentos de refugiados, pero muy pocas veces una tristeza tan infinita como esta

Pero lo peor, lo más atroz, son las letrinas. Ya que, ¿qué se puede hacer cuando un antiguo campamento previsto para 800 militares, luego para 3.000 refugiados, acaba por acoger a casi 20.000?

Infección, corrupción y fetidez

Ahí está el agujero habitual, pestilente, detrás de la tienda; también vale el suelo cuando el lugar se presta y está lo suficientemente apartado. Están las tiendas para aliviarse, donde se entra de uno en uno y hay que agacharse sobre una plancha con un agujero que da a una zanja fecal sin sistema de evacuación. Luego están las letrinas públicas, oficiales diría, las han instalado o bien la administración o las ONG; aún concentran todavía más la rabia de estos seres humanos que ahí pierden hasta el último resquicio de intimidad más elemental.

Así, a mitad de la cuesta de esa especie de calle que se extiende en paralelo a las alambradas que separan el campo original de su extensión salvaje, vemos esa enorme batería de baños portátiles destartalados y con puertas descolgadas que no se cierran. Entro.

Palanganas llenas de excrementos. Cloacas visiblemente obstruidas infestadas de moscas. Un olor fétido cuyo rastro me persigue hasta cuando estamos en terreno despejado, un poco más lejos, donde, para pensar en otra cosa, acabo jugando al fútbol con un grupo de chavales. Y “la cola”, siempre “la cola”, como si no hubiera nada mejor que hacer en Moria que hacer cola una y otra vez, todo el rato.

Hay personas que se impacientan, que cambian el peso de una pierna a la otra y les piden a los que van delante que se den prisa. Hay otros que hacen cola por precaución, sin necesidad acuciante y porque, con ese tiempo que no pasa, el único pasatiempo es hacer cola para todo y para nada, todo el santo día; es para volverse locos. Humillación. Suplicio. En un momento en que el resto de Europa hace gala de higienismo, Moria es sinónimo de infección, corrupción y fetidez. Anus mundi.

El único milagro, con este ambiente, es que no haya más violencia o asesinatos. Se habla, una vez cae la noche, cuando la policía ha vuelto a sus dependencias, de las trifulcas entre sudaneses y sirios, afganos e iraníes, afganos y afganos; y todos contra un puñado de congoleños, a veces musulmanes, a menudo cristianos, pero universalmente considerados los más desgraciados entre los desgraciados.

Se habla, sin que haya podido comprobarlo, de un adolescente al que apuñalaron la semana anterior a nuestra llegada para robarle el teléfono móvil. Se cuenta la historia de un pastún que estuvo acosando a una refugiada y, además, en pleno Ramadán.

Describen la caza del hombre. El cuchillazo en el pie. La gangrena. El coma. Y, unos días más tarde, por falta de cuidados y, tras haber puesto en cuarentena y haber cerrado el campo de refugiados a causa de la Covid-19, la muerte, todo por no haberlo llevado al hospital de Mitilene.

También hay dos chicas jóvenes que, aunque están instaladas en la Zona C, es decir, la parte del campo reservada a los huérfanos y adolescentes, donde se supone que hay seguridad, que me explican que no beben una gota de agua después de las cinco por miedo a salir de noche a los baños. Lo más singular es que en esta jungla tampoco van todos a una. Tampoco es la guerra de todos contra todos.

“No somos animales”

A pesar del esfuerzo, a pesar del miedo, a pesar del sentimiento de haber sido abandonado por los dioses, los griegos y el resto del mundo, a pesar de los grafitis tan tristes en los que podemos leer “no somos animales” o “Europa, ¿por qué nos has abandonado?”, entre todos estos hermanos humanos que nadie ni nada ha conseguido deshumanizar, sigue habiendo gestos de solidaridad que hacen que la vida siga adelante.

Estamos en la parte central del campamento, construida con hormigón, donde los agentes de inmigración tienen sus ventanillas y donde se reúnen los maestros de una comedia penitenciaria donde se distinguen, con una erudita crueldad, los grados de desdicha.

Abajo del todo, el temible sello rojo que significa una espera indefinida en Moria; arriba, los mágicos sellos azules, raros de ver, que dan derecho a migrar hacia el continente y, entre ambos extremos, el negro para los menores o los enfermos incurables a los que se etiqueta como “vulnerables” y que algún día, quizá, a fuerza de contratar abogados caros versados en las vicisitudes de la administración local, tendrán derecho a salir del limbo y pasar del rojo al azul.

El director del campo nos muestra, detrás de los almacenes, lo que llama el barrio de las mujeres. Es una galería semicubierta, protegida con una reja, a la que dan los pequeños dormitorios. Y entonces aparece un grupo de mujeres encolerizadas, con el puño en alto, vociferantes, la mayoría africanas. “Es por usted”, balbucea el director, lívido, “no quiere que les hagan fotos”; pero, en verdad, parece que digan lo contrario; nos hacen señas para que nos acerquemos.

Y, como arpías sublimes, como diosas de los huracanes salidas de Homero y Hesíodo, se ponen a gritar: “¡Moria no good! ¡Moria no good!”. Pánico entre las autoridades. Intervienen empleados del campamento que intentan calmar a las chicas que gritan más fuerte. Y, a toda prisa, llega una unidad de antidisturbios a los que convencemos para que den media vuelta con nosotros. ¿Quiénes son esas mujeres? ¿Por qué tienen un barrio reservado para ellas? ¿Son, como intentan explicarme, “solteras” a las que hay que “proteger”? No lo sé. Pero me alejo de allí con pesadumbre. Y, durante un rato, a lo lejos, aún escucho el hermoso clamor de las indignadas de Moria.

Traía suministros de París. Y cuadernos, por supuesto. Cajas de paracetamol. Pero también, cómo no, por conformismo, por docilidad ante el signo de los tiempos y por convicción, yo también, de que la Covid-19 adoptaría aquí visos de Apocalipsis, cajas de hermosas mascarillas azules, todas nuevecitas.

En la isla ya saben un poco del asunto. Desde la víspera, hay grupos de niños que no le quitan ojo a la maleta roja que hemos consignado en las dependencias de ayuda humanitaria. Cuando vamos a buscarla para subir hasta el claro donde dos cascos blancos sirios reconvertidos en jueces de paz nos han recomendado que hagamos el reparto, de nuevo, disturbios.

Primero los cuadernos, que reciben con una relativa calma. Luego los medicamentos, más de lo mismo. Pero cuando llega el momento de abrir la caja del tesoro donde están los miles de mascarillas, el gentío pierde el control. Casi un motín, una locura. La situación está a punto de convertirse en un altercado en toda regla.

“Todo el mundo a la vez, no”, grita un casco blanco. “Uno por uno, una mascarilla por niño, una solo, ¡no habrá para todo el mundo!”. Pero lo único que consiguen sus palabras es encender todavía más los ánimos.

Todas las plagas del mundo

Tendrá mascarilla quien empuje más fuerte, quien dé más codazos, quien salte más alto y entonces, yo, que casi acabo en el suelo, empujado y zarandeado, levanto el paquete y grito que hay que calmarse. No es un reparto, es una fiesta. Es mejor que una fiesta, es un happening dichoso y que a la vez te parte el alma. Cuando ya le he dado la última mascarilla al último niño, uno de los cascos blancos se sincera conmigo.

En Moria existen todas las plagas del mundo. Diarrea. Difteria. Enfermedades raras y desconocidas. Pero así son las cosas. De coronavirus se han registrado pocos o ningún caso. ¿Es para reír o para echarse a llorar? Opto por observar a los niños que, sin más demora, se plantan las mascarillas, como si estuvieran de carnaval.

También quería ver a los fachas. Como todos los lectores de Match, había visto las imágenes de todos esos militantes antimigrantes que, con bicheros, intentaban evitar que las barcazas que llegaban de Turquía alcanzaran la costa griega; quería saber qué puede tener en la cabeza esa gente para hacer algo así. No tuve que irme muy lejos para encontrarlos.

Constantinos Moutzouris, el gobernador de Lesbos, organiza un encuentro en una sala llena de adornos de bronce y tallas de madera, donde supongo que se reúne el Consejo Republicano de la isla. Hay que imaginarse a los amigos de extremistas como Soral o Dieudonné en el Ayuntamiento de París.

O una reunión de identitarios en la sala del Consejo de una región francesa. Y ahí están, educadamente, uno al lado del otro, cada cual delante de su micro, una veintena de personalidades de la isla, algunos marinos pescadores, otros comerciantes o profesores que lo único que tienen en la cabeza son los migrantes.

Empieza la retahíla. La islamización forzada de la isla. Las iglesias desacralizadas y mancilladas. Los infiltrados del Dáesh. El complot de Georges Soros. Sus hijas y parejas que no pueden salir a la calle por la noche porque, tanto si están encerrados como si no, las hordas de extranjeros rondan por la ciudad para violarlas. Y luego el clímax: Kostas Alvanopoulos, jubilado del sector hostelero, que cuenta, como si fuera un acto de heroísmo, que vio en la bahía un barco que intentaba sacar del agua a los náufragos y que, cuando comprendió que no ondeaba el pabellón griego, que el capitán era alemán y que los guardacostas no hacían nada para evitar la entrada de los “invasores”, “perdió el control” y tomó las riendas del asunto para evitar que la embarcación atracara.

¿Está orgulloso de lo que hizo? Sin duda. ¿A pesar del riesgo de ahogar a niños? Sin duda. ¿Acaso no actuó en nombre de unas cuantas decenas de supuestos defensores de la isla perseguidos por la justicia por haber puesto en riesgo la vida de otras personas? Sí, pero la pureza de la raza helena bien vale no una misa, sino un juicio. Angustia. Náuseas. Es la primera vez que me enfrento a una situación como esta.

¿Qué se hace ante una infamia de tal magnitud? Por desgracia, nada. Se espera a que la justicia haga lo que tiene que hacer. Al día siguiente, al alba, volvemos, una última vez a ese lugar lleno de humanidad —si lo comparamos con la sala del consejo— que es el moridero de Moria.

Intentamos grabar en la mente algunas imágenes hermosas para no llevarnos solamente la desesperación más absoluta. El rostro de Georgia Rasvitsou, notaria de Mitilene, que me ha acompañado durante este reportaje: con su silueta de sílfide, como salida de una novela pastoril de Longo, el antiguo bardo de Lesbos; la notaria es una de las últimas en seguir demostrando la hospitalidad y la fraternidad que, hace cinco años —es decir, un siglo—, acogía a las primeras balsas destrozadas en las playas de Skala Sykaminia, como miles de princesas y príncipes de Europa montados sobre toros alados.

La bondad del padre jesuita Maurice Joyeux, que no se ha recuperado del todo del incendio criminal que convirtió en cenizas el pasado marzo su escuela para migrantes, a tres kilómetros al sur de Moria: ha vuelto a levantar una nueva escuela, con sus propias manos, en el corazón de uno de los lugares más insalubres del campamento, en plena pendiente, sobre un montón de palés y residuos compactados.

Está a punto de abrir sus puertas y sus clases, repartidas en tres niveles, serán círculos virtuosos de un infierno vencido. Y también, ayer por la noche, cuando el sol se ponía y el campo se replegaba sobre sus heridas y sus peligros, una aparición de lo más poética: Koko Wumba y su trío de migrantes que cantan como los ángeles, imitando a Fela, a Alpha Blondy o a Bob Marley, que nos encontramos entre vendedores clandestinos que comercian, en la acera, con tortas de pan, refrescos y cigarrillos por unidad.

¿Cantan por los niños que están sentados en derredor? ¿Es un concierto para el público del campo? ¿O una alborada nocturna para los visitantes franceses de buen corazón para los que cantan, con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos: “¡No lloréis! ¡No lloréis!”?

Solamente hay una respuesta: cerrar Moria o conservar ese espacio como un memorial de la inhumanidad y la vergüenza

Más tarde, cuando contemplamos otras escenas, cuando miramos este concentrado de horror y de angustia a la cara, y cuando, al volver a casa, me siguen asfixiando las imágenes de los niños sucios, las mujeres descalzas y la inocencia ultrajada, uno no se escapa a la pregunta, a la única pregunta que mora en todas las disputas ideológicas y políticas: ¿Y qué hacemos? Ayudar, sin duda.

Una súplica humilde

Contar lo que está pasando. Difundir, tanto como se pueda, la palabra de los malditos. Pero el desastre de Moria es de tal magnitud que solamente hay una respuesta. Cerrar. Arrasar. O conservar ese espacio, si fuera factible, pero del mismo modo que se conserva un memorial de la inhumanidad y la vergüenza. Nunca hay que reparar el infierno, nunca.

Y eso quiere decir que los hombres, mujeres y niños que se marchitan en este presidio al aire libre, esas personas cuyo único crimen ha sido soñar con Europa, deben ser acogidas de manera imperativa e incondicional entre nosotros. En Grecia, claro.

Pero también en el resto del Viejo Continente que debe elegir, en este momento, si perder el honor o enriquecerse con estas almas que esperan al umbral de las puertas de Europa. Esto es un llamamiento a Kyriakos Mitsotakis. Un llamamiento a Angela Merkel, a Emmanuel Macron, a todos los demás dirigentes políticos.

Una súplica humilde a estos hombres y mujeres de Estado que, ante la abominación de este vertedero de seres humanos que hemos permitido que prospere, ya no tienen el derecho a irse por las ramas con interminables discusiones sobre el efecto llamada por aquí, la emigración voluntaria por allá o la política migratoria en general. Ante la urgencia y el símbolo viviente que constituyen estos peregrinos de Europa tratados como apestados allí mismo donde se inventó nuestra civilización, el único deber de la política es borrar la mancha de la bandera estrellada y hacer una excepción.

Calculen, señoras y señores. Hagan las cuentas. 500 millones de europeos que forman veintisiete naciones a las que se sumarían 20.000 almas que sufren. Una gota de agua en el océano de nuestra prosperidad. En griego se dice épsilon.

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