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El ejército privado de Putin: Mercenarios rusos a cambio de oro africano

Vladimir Putin

El asesinato de tres periodistas, uno ucraniano y dos rusos, en un lugar remoto de la República Centroafricana ha puesto el foco sobre la gran apuesta del Kremlin para lograr materias primas e influencia en África. El grupo Wagner es el ‘miniejército’ privado de Moscú. Mientras otros gobiernos ofrecen a los países africanos préstamos e infraestructuras, Rusia aporta uno de sus sectores más competitivos: el militar.

Los cadáveres del periodista Orjan Dzhemal, el director de documentales Alexander Rastorguyev y el cámara Kirill Radchenko fueron hallados el lunes 30 de julio a 23 kilómetros de la ciudad de Sibut. Investigaban las actividades de estos ‘mercenarios del Kremlin’ en el país, uno de los más pobres y violentos del mundo, y sometido a un embargo de armamento desde 2013, cuando el grupo armado musulmán Seleka tomó el poder. Bandas mayoritariamente cristianas se alzaron entonces en armas, y así la violencia desatada ha matado a miles y ha desplazado a muchos más. La ONU estableció una misión para imponer la paz en 2014, y el año pasado Rusia obtuvo una excepción del embargo de manos del Consejo de Seguridad. Moscú recibió permiso para entregar al ejército del país 5.200 kalashnikov, también lanzagranadas y armas más pequeñas. Pero no sólo se aporta material, también “instructores”: bajo esa denominación se abrió la puerta para los mercenarios de Wagner.

En la base de entrenamiento de Wagner cerca de Krasnodar (Rusia) varios ex militares aseguraron hace meses que los mercenarios estaban siendo enviados a la República Centroafricana y también a Sudán, otro país africano en guerra. El Kremlin no comenta la existencia de Wagner. Pero sus comandantes reciben incluso galardones del gobierno ruso por su ‘servicio’ en Donbas y en Siria. La guerra de Ucrania fue el ‘ensayo’ para los mercenarios rusos, y el apoyo a Damasco resultó ser la gran apuesta, que quedó al descubierto por culpa de las bajas. Decenas de rusos murieron en febrero en el este de Siria, en Deir Ezzor, en un bombardeo de Estados Unidos. Era la primera vez, desde la guerra de Vietnam, que norteamericanos mataban a combatientes rusos en una operación militar. Pero Moscú dijo que no se trataba de soldados suyos: en realidad muchos eran rusos integrados en las filas de Wagner. Combaten subcontratados en Siria desde 2013. Y como no son soldados, el Kremlin evitar responder por las bajas que sufran o los errores que cometan. Cuando son enviados, Moscú los llama “instructores”. Si vuelven en un ataúd, eran “voluntarios”.

Maxim Borodin, un periodista que estaba investigando las actividades de Wagner en Siria murió en abril después de caer desde el balcón de su apartamento en la ciudad rusa de Ekaterimburgo. Horas antes había avisado a un amigo de que su apartamento estaba rodeado por agentes de seguridad: “Hay alguien con un arma en el balcón y gente con camuflaje y máscaras en una escalera”, decía un mensaje enviado a las cinco de la mañana. Borodin había descubierto que varios mercenarios rusos muertos en Siria eran de la región donde informa su periódico, ‘Novy Dien’.

En la República Centroafricana el despliegue es menor, aunque diversos medios rusos apuntan que es mayor de lo que dicen los documentos oficiales. Según un informe del Consejo de Seguridad, Moscú comunicó que llegaron 175 instructores, cinco de ellos militares. Sus funciones: escoltar convoyes y montar guardia en hospitales donados por Rusia. Pero también entrenar a oficiales de policía: era el requerimiento para venderles armas rusas dentro de este plan de paz. Pero un informe enviado el mes pasado por el panel de expertos en la República Centroafricana al Consejo de Seguridad denuncia que “la reciente adquisición de armamento por parte del Gobierno ha incentivado a rearmarse a lo que eran las facciones de los Seleka”. Integrantes de los grupos armados han declarado que “como el Gobierno ha optado por la solución militar (entrenando, rearmando y atacando) en lugar de apostar por un proceso político, los grupos armados tienen que estar preparados”.

En todo caso, el interés de Rusia en este peligroso país africano va más allá de la venta de material bélico. Según Radio Svoboda, un ruso fue nombrado asesor de seguridad del presidente Faustin-Archange Touadera, que trata de controlar un territorio dividido entre dos bandos. No sólo aconseja, sino que interactúa con otros grupos armados para lograr el cese del fuego. Y, lo más importante, administra la parte que recibe Rusia de la explotación de los recursos naturales del país. “Las concesiones de prospecciones mineras empezaron este año”, según Artyom Kozhin, portavoz del Ministerio de Exteriores ruso. Todo de cara a una explotación conjunta de los diamantes y el oro del país, que suponen para Moscú un pago en especie similar al petróleo sirio.

Los tres reporteros -subvencionados por el magnate Mijail Jodorkovski, firme opositor a Vladimir Putin- murieron cuando intentaban llegar a una de estas minas de oro para probar la presencia allí de mercenarios rusos. El Gobierno de Rusia afirma que es absurdo relacionar el asesinato de los tres periodistas con la presencia rusa en ese país. Moscú ha admitido tanto los proyectos mineros como el envío de “instructores civiles”. Pero lo que los periodistas fallecidos intentaban demostrar es que ambas cosas estaban relacionadas: que Rusia está colonizando los recursos del país utilizando una ‘marca blanca’ de su ejército. Se ha interpuesto así en el camino de otra nueva potencia colonial, China, que lleva allí más de diez años extrayendo petróleo, aunque con menor éxito y sin lograr el permiso para exportar material bélico. Moscú es la que mejor ha entendido que una legión de hombres armados es la mejor carta de presentación para hacer negocios en África.

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