Literatura

Una biblioteca llena por culpa de David Gistau

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Bruno Pardo Porto

Madrid homenajea al periodista y escritor, fallecido en febrero a los 49 años

Algunos amigos se han quedado fuera, en el patio, disfrutando del sol y riendo entre batallitas. A él, por desgracia, ya no se le espera, se le recuerda. Y se le celebra. Con lo difícil que es llenar una biblioteca a estas alturas del juego y ahí está el resto de su comitiva, desfilando por los pasillos estrechos de la Buenavista de Madrid, en un suceso más bien rocambolesco, que tal vez le habría parecido tronchante, por exagerado. ¿Pero qué hacen todos estos por aquí? Por ir contracorriente, por libre, ha terminado generando algo de consenso en este mundo desquiciado, espídico y dividido. Ahora tiene una placa reluciente, azul, que desde ya rebatuiza (¿con negroni?) este edificio: Biblioteca Municipal David Gistau. Está justo al final de la avenida de los Toreros, muy cerca de la calle Julio Camba, que nunca es mala compañía… De tanto quitar nombres a calles y vandalizar estatuas esta inauguración podría pasar por ser casi contracultural: la censura del revés. Por ejemplo.

Allí estaba el alcalde de la ciudad, y muchas cámaras y periodistas en busca del canutazo diario sobre la moción de censura: esa rutina. La actualidad muere pronto y apenas deja huella (qué mal envejecen las noticias), y en cambio hay firmas que se instalan en la memoria. Por su talento, por su gracia, por su punto de vista. Gistau se hizo querer con sus artículos y con un puñado de títulos que ya tienen un hueco en estas baldas. «No conozco mejor guardián para esta biblioteca. Él conocía la libertad que está en los libros», resumió Andrea Levy, delegada de Cultura. «Mi hermano no se entiende sin Madrid, sin los libros», subrayó Isabel Gistau.

Fueron palabras oficiales, de acto solemne, con micrófono, ese que él habría esquivado con elegancia. «Nunca fue de pompa, de autoridades, de ser él el protagonista. Él estaría con una libreta, tomando notas para escribir de otro. De sí mismo le daría mucho pudor», afirma Jabois. «Todo esto le hubiese horrizado. Estará donde esté en el cielo riéndose muchísimo, disparatando contra nosotros por montarlo, porque si algo no le gustaba a David eran estos actos, todas estas cosas. A nosotros nos consuela mucho, y él se estará riendo más que nadie», apostilla Luis Álvarez, que también ríe. Con él compartió vida y libros. Para el anecdotario queda el día en el que apareció en su casa como un niño pequeño, feliz a más no poder, con un regalo bajo el brazo. «Era un manual original del Spitfire, del avión. A mí me encantó el regalo, porque me gusta mucho ese modelo, pero era un manual de vuelo y yo no tenía ni idea. Lo tengo ahí y claro, no lo he leído. No hay manera de hincarle el diente: es un inglés de los años treinta y supertécnico… Tengo un montón de libros suyos, básicamente de su pasión, que era Roma, la Roma antigua», cuenta.

Dicen que tenía controlada su biblioteca hasta tal punto que detectaba el mínimo cambio de orden en cualquier estantería. Era un ser curioso hasta la médula, con un gusto entre clásico y extravagante, que se encendía hablando de lecturas. Con Jero García se pasaba libros de la mafia, aunque los que primaban eran los de boxeo. «Ese es nuestro pequeño vicio. Lo último que le regalé es un tratado de sociología del boxeo», apunta, todavía conjugando en presente. Con Luis Herrero comentó mucho su último título, «Gente que se fue», que nació como novela y creció como conjunto de relatos. De vez en cuando él repasa los wasap que se enviaban. «Todavía los conservo y ahí estamos, intercambiando permanentemente cosas como el último libro que había leído», confiesa.

Torres-Dulce le hizo dos promesas que no ha logrado cumplir. El plan era que él fuese el primero en visitar la biblioteca que se estaba construyendo en un palomar en el pueblo de su padre, en Cuenca. «Siempre me decía: “¿Cómo van las obras del Escorial? ¿Me dejarás un rinconcito cuando me echen de casa ya con los libros?”», relata. Esa es la primera. La otra, en realidad, era un encargo: prologar la edición de «Hemingway en otoño» de Hatari! Books. «Hemingway, su forma de escribir, de vivir, físicamente también… Eso era Gistau. Cuando estábamos a punto de darle la traducción sucedió el accidente que nos lo ha privado», lamenta. Tampoco llegó a ver la dedicatoria que le regaló Cuartango en «Elogio de la quietud». «Cogí el primer ejemplar del libro entre mis manos y él murió cuarenta y ocho horas después… Mi último recuerdo de David fue en el hospital, lo vi unos días antes de morir y parecía que estaba dormido plácidamente», evoca.

Dentro de la biblioteca ahora hay un tablero en homenaje a Gistau lleno de textos laudatorios, y pronto habrá un rincón para acercarse a su obra. De momento, un cartel con su foto sirve de advertencia: «Yo sigo escribiendo lo que me da la gana». Al verlo, Romy, su viuda, se agarra al pañuelo blanco: ocho meses no son nada. Para algunas cosas siempre es ayer. O incluso hoy.

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