Literatura

Muerte, propaganda y «raves» sin mascarilla: un año para recuperar a Pavese, Orwell y Gatsby

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Bruno Pardo Porto

La novela «1984», la distopía por antonomasia, lidera la lista de títulos que pasan a ser de dominio público este 2021

Los buenos libros no caducan, al contrario que los yogures, los escritores y, por fortuna, los derechos de autor. Cada año se liberan del copyright un buen puñado de firmas y novelas más o menos míticas, una excusa idónea para sumergirse en ellas y descubrir algún clásico (una actividad casi contracultural en nuestros días), pero sobre todo un amparo legal inquebrantable para publicarlas y reeditarlas sin tener que pagar nada a los descendientes y/o allegados de estos artistas. Heredar debe ser la profesión más hermosa del mundo, aunque tiene sus límites.

Los herederos de George Orwell, por ejemplo, que llegaron a perseguir un periodista por atreverse a hacer camisetas con el lema «1984 ya está aquí» sin su

permiso, es decir, sin su porcentaje, ya no podrán beneficiarse de las ventas millonarias de «1984», la distopía, porque esta ha pasado a dominio público, como el resto de escritos del británico. Es lo que tiene pensar en inglés y morirse en 1950.

No es mal momento este para volver a su gran obra, no porque hayamos sufrido una hecatombe, sino porque hemos descubierto lo horrible que es observar el presente a través de una pantalla. Ahí va una enseñanza de la pandemia: se engaña antes a un televidente que no puede salir de casa que a un mono, pues este, al menos, tiene la verdad de la calle. «1984», que salió a la luz en 1949, hunde sus raíces en ese drama de no ver nunca lo que te están contando, y ser por tanto un títere del relato. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Orwell cargó en sus páginas contra la mentira y los razonamientos contradictorios, que por mucho que se repitan desde el poder, que por mucho que se retransmitan, no dejan de ser contradictorios, falsos. Divisó, incluso, los peligros de la neolengua, diseñada para cubrir las miserias con confeti y contentar al personal con palabras, que tienen la ventaja de ser gratis, y los de la hipervigilancia, que hoy no percibimos como no percibe el pez el agua. Winston Smith, el protagonista de la novela, confesaba que los engaños eran al principio evidentes y hasta risibles pero que, con el paso del tiempo, se volvieron sólidos como la roca de las tablas de la ley. Tal vez eso sea lo más escalofriante del asunto.

Por si fuera poco con esto, Orwell nos regaló la figura del Gran Hermano, que ahora encuentra su reverso cómico en el Gran Cuñado: aquel que todo lo ha visto, que todo lo ha leído, que todo lo sabe. El que se hizo virólogo a la segunda semana de confinamiento. El terror de las sobremesas.

Los infelices veinte

En enero de 2020, hace una eternidad y media, estaba la gente empeñada con aquello de que empezaban los felices veinte, aunque por entonces, si nos ponemos matemáticos, la década ni siquiera había comenzado, porque el año cero no existe y tampoco son los padres. Ya nadie lo menciona: qué rápido ocultamos los errores.

Sea como fuere, los primeros veinte, los auténticos, los retrató Fitzgerald en «El gran Gatsby», que también estrena dominio público. Aunque él falleció en 1940, su obra, que salió a la luz en 1925, gozaba de noventa y cinco años de ventajas de copyright, según la normativa estadounidense.

Hay en esta historia fiestas eternas que parecen de ciencia ficción, sin mascarillas, como la «rave» de Llinars, pero con jazz, y un millonario misterioso enamorado de una mujer preciosa que, a su vez, está casada con un perfecto imbécil que, para más inri, juega al polo. Todo parece dirigido hacia un final dulce, con justicia poética, ese oxímoron, y en cambio la trama deriva hasta alcanzar la más absoluta tristeza: la que sigue a la constatación de que las fantasías no respiran fuera de la imaginación.

Intuimos, en su narración, que toda juerga esconde un desencanto, y que una ciudad que no para de aplaudir y celebrar es un infierno ridículo.

El oficio de sobrevivir

«El proceso», de Kafka, es otra de las maravillas de 1925 que se libera. Ahí asistimos a una pesadilla judicial, la de Josef K, que una mañana se despierta condenado y no sabe por qué. Su peripecia es desesperante como la de una hormiga que tiene que cruzar un continente y que, por supuesto, termina aplastada al poco de arrancar. Con la justicia, esto es así, nunca hemos estado conformes. Ni aquí ni en Mongolia.

Cesare Pavese se quitó de en medio, sobredosis mediante, el 27 de agosto de 1950. De él nos quedan sus diarios, que se bautizaron con el sugerente nombre de «El oficio de vivir», aunque su tramo final se centran en su opuesto y muestran su constante lucha contra la idea del suicidio, recurrente hasta la extenuación. A veces lo difícil es seguir en pie, a veces seguir vivo es un esfuerzo, un arduo empeño. En su última entrada, del 18 de agosto, el italiano anota: «Siempre sucede lo más secretamente temido».

Pavese es autor, además, del libro de poesía mejor titulado de la historia, «Trabajar cansa», donde se recoge su inmortal «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». Versos así justifican una vida: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. / Será como dejar un vicio, / como ver en el espejo / asomar un rostro muerto, / como escuchar un labio ya cerrado. / Mudos, descenderemos al abismo».

Hay muchos más nombres y títulos en esta lista, que solo responde a los caprichos del tiempo y el derecho, aunque puede interpretarse como a uno le venga en gana o le interese. En España, claro, habría que mencionar a Azaña Companys, que tanto se citan (a ver si se leen con la misma intensidad), y fuera de nuestras fronteras nos topamos con «Manhattan transfer», de John Dos Passos,o «Arrowsmith», de Sinclair Lewis. Sería un delito cerrar esto sin mentar «Lovers in Quarantine», una película del director Frank Tuttle estrenada en 1925. No es broma, o sí: era una comedia, y los afortunados solo se recluyeron durante una semana. Qué suerte.

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