Literatura

Le Clézio: «Nuestra ceguera e incontinencia colectiva nos han precipitado a esta inmensa tragedia»

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El Nobel francés publica ‘Canción de infancia’, un viaje iniciático a la Bretaña francesa

Quizá sea el más cosmopolita y aventurero de los escritores franceses de nuestro tiempo, Jean-Marie Gustave, JMG Le Clézio (Niza, 1940). El único, sin duda, que decidió huir de Francia y París para descubrir otros mundos, en varios continentes.

Su obra culmina provisionalmente con ‘Chanson bretonne suivi de l’Enfant et la Guerre’ (2020), traducido al español como ‘Canción de infancia’ (Lumen): un viaje iniciático al país de su infancia y sus ancestros, la Bretaña francesa.

A caballo entre varias lenguas y continentes, desde hace décadas, Le Clézio volvió a la Niza donde nació y la Bretaña donde descubrió los grandes horizontes marinos, en su infancia, poco antes de la pandemia.

Durante varias décadas, sus vagabundeos por los desiertos de

 los EE.UU., las culturas mesoamericanas, las culturas africanas, los viajes trasatlánticos de sus antepasados (reales o imaginarios), su ir y venir a la China milenaria y la China de nuestro tiempo, Le Clézio ha terminado volviendo al país de su infancia, entre la Costa Azul y la Bretaña, para descubrirnos otros mundos, fábulas celestes que nos ayudan a comprender, quizá, la crisis universal en curso, la pandemia.

—¿Cómo ha vivido el confinamiento, ha tenido problemas, estuvo en Niza, en Bretaña, en Isla Mauricio..?

—Los escritores somos gente solitaria, personajes retraídos. Y yo no escribo en los cafés como algunos de mis contemporáneos. Para mí y los míos ha sido un tiempo de recogimiento, de trabajo, de lecturas, de reflexión un trabajo de memoria, también, en París, algunos días, en Niza, y en Bretaña.

—En cierta medida, ‘Chanson bretonne suivi de l’Enfant et la Guerre’ (2020), traducido al español como ‘Canción de infancia’ (2021), es una suerte de ‘retorno’ a la patria natal de sus ancestros, la ‘heimat’ como dicen los alemanes, la tierra natal, que es, al mismo tiempo, el terruño geográfico y la tierra de la lengua íntima, el bretón, en este caso, antes o al mismo tiempo que el francés.

—Es cierto. Mis antepasados eran bretones, mis padres me dieron varias identidades. Pero en el origen profundo de mi identidad, mi cultura, la Bretaña, su lengua, su cultura, han tenido una importancia esencial.

—A su modo de ver, el Estado francés, primero, y los bretones, después, contribuyeron a destruir la cultura bretona ancestral.

—Francia es víctima de una centralización destructora de sus culturas originales. Simone Veil llegó a decir que Francia no sería plenamente Francia hasta reconocer la destrucción a sangre y fuego de la gran civilización occitana. Tras mi infancia bretona, me entristeció volver, ya adulto, y comprender que estaba contemplando una tragedia. Comencé por descubrir algo que parecía incomprensible: la desaparición de una lengua, con su herencia cultura, desapareciendo, ante mis ojos. Tragedia imputable al Estado y sus incontables acciones de destrucción. Pero también los bretones son culpables, por no haber inculcado a sus hijos el amor a su lengua natal, denunciando las discriminaciones de las que fueron víctimas. Una nueva generación se han empeñado en defender la supervivencia de su lengua y su cultura. Todo eso está muy bien. Pero sería necesario dar a esa lucha cultural una dimensión económica, con el fin de evitar que la Bretaña no se convierta en un desierto poblado de residencias de vacaciones.

—¿Qué hacer?

—Lo ideal sería dar a la Bretaña y otras regiones, Occitania, la Cataluña francesa, alguna forma de identidad política. Construir algo así como una federación de naciones o regiones de Francia. Pero no sé, no sé…

—Un gran escritor español, gallego, habló hace poco menos de un siglo del paralelismo que había entre la Galicia española y la Bretaña francesa. Y descubrió que bretones y gallegos han construido cruces, ‘cruceiros’ las llaman en Galicia, que instalan en sus carreteras vecinales, creyendo que esas crucen servían a construir algo así como un camino común.

—Claro… Todos los veranos se celebra en la Bretaña, en l’Orient, un festival de músicas celtas. El año pasado se rindió homenaje a la cultura y la música de Galicia.

—Para la gran mayoría de los escritores franceses, París es siempre la capital del mundo, la gran metrópoli, donde es necesario instalarse y triunfar. Usted, por el contrario, ha pasado toda su vida huyendo de Francia y París, instalándose en China, en Asia, en África, en los desiertos de los EE.UU. ¿Porqué ese alejamiento permanente de Francia, en general, y de París, en particular?

—Mire, siento desde muy joven una gran desconfianza hacia la sociedad literaria parisina, frívola y estéril, con frecuencia, una prolongación publicitaria del Estado centralista. En París están los editores, los periódicos, los críticos. Todo eso me irrita un poco. Y me interesa mucho menos.

—De hecho, usted chocó muy pronto con esos bajos mundos de la cultura parisina. Durante su servicio militar, en Tailandia, denunció el turismo sexual de ciertas elites parisinas, violando niños y niñas tailandeses. Décadas más tarde, decidió dimitir como miembro del jurado del premio Renaudot, cuando ese galardón fue concedido a un escritor pedófilo, Gabriel Matzneff.

—Sí. Un horror. George Steiner ha hablado de ese género de literatura calificándola de ‘terrorismo sexual’. La libertad de expresión es un valor esencial. Pero me parece indispensable no alimentar el terrorismo…

—Al mismo tiempo, viajero impenitente, desde hace décadas, sus crónicas viajeras pueden leerse como ‘cuentos’, ‘fábulas’. Tengo la impresión de que usted toma pocas notas y no sé si practica la fotografía, para documentar sus vagabundeos celestes.

—Es cierto. No hago literatura documental. A partir de historias reales, construyo relatos, fábulas, me sirvo de personajes reales, familiares, amigos, conocidos, para construir historias, la eterna búsqueda del tesoro por descubrir al final del viaje. Mis relaciones con la fotografía terminaron con el fin de la fotografía analógica. Estamos en otro mundo, que no sé si es el mío. Sigo buscando tesoros, pepitas de piedras preciosas, a través de la memoria y las palabras.

—Tesoro que finalmente no existe, como en la novela de Stevenson.

—Claro, claro: el tesoro es la búsqueda del tesoro…

—Un gran fotógrafo, con el que usted trabajó, Raymond Depardon, realizó un trabajo muy bello, fotografiando la vida rural de su infancia. Luego ha consagrado muchos viajes a documentar la desaparición de una cierta Francia profunda. ¿No le tienta la idea de viajar por Francia para contar la desaparición de los pueblos y antiguas formas de vida?

—Me gusta mucho el trabajo de Depardon. Pero no es lo mío. En mi caso, parto de un personaje real y me pierdo contando la historia de su vida y milagros.

—La pandemia quizá ha agravado un problema de inmenso calado. El multiculturalismo está modificando el ‘rostro’ de la nueva Francia, sobre todo en la ‘banlieue’, los suburbios de París y otras grandes ciudades.

—No se trata de multiculturalismo. Se trata de aculturalismo. Desde Napoleón III, el Estado francés instala en la periferia de las grandes ciudades a los inmigrantes, en unas condiciones físicas, económicas, sociales, culturales, que son frecuencia trágicas. Y esos guetos son algo horroroso.

—Usted cree en el mestizaje.

—Es una realidad universal. Yo soy fruto del mestizaje de mis padres, de los viajes de mis ancestros. Mi familia no tuvo problemas, pero mi padre todavía conoció de cerca el problema. Cuando veníamos de Isla Mauricio a París, debía hacer la cola en las administraciones públicas, cruzándose con argelinos, marroquíes, africanos, asiáticos, que se yo. Y volvía a casa trastornado, recordando el comportamiento racista de las administraciones públicas.

—Antes de la pandemia, usted hizo llegar a Emmanuel Macron una carta para denunciar el tratamiento que Francia sigue imponiendo a los inmigrantes.

—Efectivamente. Es un tratamiento cruel y degradante, con frecuencia. Históricamente, Francia es un país de acogida y bien venida. Debemos ser fieles a esa historia.

—Muchos historiadores y economistas han escrito que la pandemia, la crisis sanitaria, ha confirmado algo así como una suerte de ‘decadencia’ inconfesable, que ellos comparan a la gran crisis del mes de mayo de 1940, cuando Francia fue invadida por los ejércitos del III Reich.

—No estoy de acuerdo. El hundimiento de 1940 fue la consecuencia del fracaso del ejército francés y de la eficacia temible del ejército alemán. Lo que estamos viviendo a través de la propagación mundial del Covid-19 y sus variantes es algo muy distinto. Algunos amigos chinos creen que, de alguna manera, la gran crisis mundial que vivimos es la consecuencia fatal de nuestra ceguera, nuestros abusos, nuestra incontinencia, nuestros excesos colectivos, consumiendo, devorando, degradando la naturaleza. Hasta el extremo que un ‘simple’ virus se ha convertido en una amenaza mundial. Hubiera podido tratarse de un virus informático. Ha sido un virus animal. Nuestra ceguera e incontinencia colectiva nos han precipitado en esta inmensa tragedia.

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