Literatura

La entrevista de «The Paris Review»: un género periodístico en sí mismo

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Inés Martín Rodrigo

Acantilado publica una antología de las mejores charlas aparecidas en la mítica revista, en dos volúmenes que abarcan desde 1953 hasta 2012.

En 1953, un grupo de doctos literatos encabezados por Harold Humes, Peter Matthiessen y George Plimpton fundaron la revista «The Paris Review», llamada a dar voz a los «buenos autores», y sólo a ellos. Lo dejaron bien clarito desde el principio, en un manifiesto fundacional en el que aseguraban que su objetivo era «desplazar la crítica del lugar dominante que ocupa en la mayoría de las revistas literarias». Aquella declaración de intenciones debió escocer en los ojos a más de uno, pero fueron pasando los años, con traslado incluido de la sede a Nueva York en 1973, y «The Paris Review» se consolidó como la Biblia del periodismo literario.

Las piezas en ella publicadas gozaban, todas, de una calidad

a prueba de lápiz rojo, y la estética de la publicación era tan cuidada que hasta los anuncios parecían contenidos de redacción. Sus secciones se convirtieron en clásicos, y todos esos autores a los que buscaba dar voz en su nacimiento se peleaban, número tras número, por aparecer en sus páginas; sobre todo, por ser entrevistados, pues las entrevistas de «The Paris Review» terminaron siendo un género en sí mismas, a medio camino entre el periodismo y la literatura, arte hecho con palabras. Todavía hoy, cuando no corren buenos tiempo para ninguna lírica, «The Paris Review» sigue siendo el refugio de la mejor narrativa.

El caso es que Sandra Ollo, editora de Acantilado, descubrió la existencia de la revista hace cosa de nueve años. Entonces, dio con un pequeño volumen que recogía algunas de la entrevistas y quedó «fascinada». A raíz de ese pequeño hallazgo, en Acantilado se plantearon la posibilidad de hacer ellos su propia antología. Fue Jaume Vallcorba, fundador de la editorial y fallecido en 2014, quien le encargó a Ollo la tarea de seleccionar las entrevistas. «Me tocó esa suerte y esa dificultad. No hace falta que explique lo difícil que es escoger, porque no hay una sola entrevista que no sea interesante», recuerda la editora. Varios años de duro trabajo y una pandemia después, llega a las librerías esa obra que surgió de una fascinación. Cuidada hasta el más mínimo detalle, con una edición en tapa dura exquisita y una traducción memorable, la antología se articula en dos tomos: de 1953 a 1983, y de 1983 a 2012.

Friso de la literatura occidental

En ellos están presentes todos los nombres que conforman la historia reciente de la literatura occidental. «El criterio de selección de las que componen el primer volumen –explica Ollo– fue dar voz a aquellos escritores de la segunda mitad del siglo XX a los que no hemos accedido, cuyas voces no hemos escuchado tanto». Empezando por E. M. Forster, encargado de abrir esta antología, lo mismo que inauguró, también, las entrevistas en «The Paris Review», por sus 1.393 páginas desfilan: Faulkner, Dorothy Parker, Truman Capote, Hemingway, Isak Dinesen, Nabokov, Faulkner, García Márquez, Auden, Elizabeth Bishop, Joan Didion, Guillermo Cabrera Infante, Christopher Isherwood, Eudora Welty…

El segundo tomo, en cambio, «lo componen voces a las que, más o menos, hemos accedido, así como a su personalidad». Vocen como las de Philip Roth, Julio Cortázar, Doris Lessing, Margaret Atwood, Tom Wolfe, Octavio Paz, Yves Bonnefoy, P. D. James, Camilo José Cela, Ian McEwan, Javier Marías, Umberto Eco, John Banville, Mario Vargas Llosa y un largo etcétera de calidad que se cierra, en la página 2.789, con Roberto Calasso. «Comenzamos con Forster y terminamos con Calasso por un motivo sencillo, pedestre y poético: Calasso es para mí uno de los grandes editores de nuestro siglo y, además, un autor extraordinario. Cerrar con él era un pequeño guiño cariñoso y una manera de poner en evidencia su calidad literaria y de presentarlo de otra manera a los lectores», argumenta la editora.

A lo largo de las casi tres mil páginas, «hay entrevistas más tirantes, otras que fluyen de manera más delicada, otras recogen la sintonía mutua entre entrevistado y entrevistador, y otras que parece que salen chispas, también por los personajes». A todas ellas el lector llega directamente, sin prólogo, nota o introducción que medie. La razón está en el manifiesto fundacional, ya mencionado, de la revista. «Con esta idea en la cabeza, pensamos: dejemos que el lector se encuentre a los autores de repente, sin filtro, sin cambio en la perspectiva de la lectura, y que sienta las fascinación y la sorpresa que yo sentí cuando descubrí esos textos».

Cien autores en tres mil páginas

En Acantilado tuvieron claro, desde el primer momento, el número de autores: cien. «Nos parecía un número ambicioso, pero abarcable. Nos parecía que con cien podíamos presentar ese friso de la literatura occidental de la mejor manera posible». Un friso en el que, sin embargo, se echan en falta, quizás, voces femeninas. «No está hecha en parámetros de paridad, pero también quiere reflejar la evolución del papel de la mujer en la literatura; de hecho, en los treinta primeros años del ‘Paris Review’ no hubo apenas voces femeninas entrevistadas», argumenta la editora.

Aunque los muy dotados entrevistadores de «The Paris Review» se citaban, a veces durante varios días, fundamentalmente con narradores, hay excepciones. De manera esporádica, entrevistaban a personajes que escapaban del universo meramente literario. Y en la antología de Acantilado han «colado a uno por amor»: Billy Wilder, que es uno de los «amores cinematográficos y literarios» de Sandra Ollo. ¿Y alguien que se quedó fuera y le hubiera encantado que estuviera? La editora confiesa que hubiera cogido la segunda entrevista a Joan Didion, «que es una autora que me gusta muchísimo», y de no ser porque, contractualmente, la selección se cerró en 2014, hubiera incluido a Enrique Vila-Matas.

 

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