Literatura

Kindertransport o los niños que escaparon del Holocausto

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Rosa BelmonteABC

La escritora Lore Segal fue una de los 10.000 niños que pudieron huir del bazusni gracias al Reino Unido, y volcó su experiencia como refugiada en su novela de 1964 «En casas ajenas» (Xordica), que ahora llega a España

Si lees la frase «iba a llegar un nuevo transporte de niños judíos de Alemania» en la biografía novelada «En casas ajenas», no piensas en esos niños acabando asfixiados en una cámara de gas y convertidos en cenizas después en un crematorio, sino en esos niños y adolescentes tomando el té en casas o albergues de la campiña inglesa. Un té con leche que no les gustaba. Por lo menos a Lore Segal (Viena, 1928), la autora de «En casas ajenas» (Xordica) y una de las niñas que escapó del Holocausto. El libro, que nació como una serie para «The New Yorker», es de 1964, pero se publica en España por primera vez. 10.000 niños judíos pudieron

huir del Holocausto gracias al Gobierno Británico en lo que se llamó el Kindertransport. Quizá las historias de Oskar Schindler o Ángel Sanz Briz sean más conocidas. Pero hubo una operación entre 1938 y 1940 en la que menores judíos de Alemania, Austria o Checoslovaquia se salvaron de los nazis. Mark Jonathan Harris ganó un Óscar en el año 2000 por el documental «En brazos de un extraño: El traslado de los inocentes», donde cuenta la historia. Harris ya había dirigido otro documental premiado tres años antes, «The Long Way Home», sobre los judíos europeos desde 1945 a 1948, cuando se creó el estafo de Israel.

La escritora Lore Segal vive en Nueva York desde 1951. Hija única, llegó a Inglaterra en 1938 desde Viena, se graduó en la universidad de Londres, pasó por la República Dominicana de Trujillo, donde estaba parte de su familia y acabó en la ciudad estadounidense. Ella tuvo suerte, hasta consiguió que sus padres pudieran llegar también a Gran Bretaña, aunque fuera para trabajar como «matrimonio», es decir, en el servicio de una casa. En la primera a la que llegaron a trabajar, su acomodada madre vio un piano: «Es un Bechstein, ¿no?». Y le contó a la señora que ella tenía un Blütner que habían requisado los nazis y que había estudiado en el Conservatorio de Viena. «¿De verdad? En este caso puede venir y tocar alguna vez, cuando no estemos en casa».

Documento de autorización de entrada al Reino Unido desde Danzig
Documento de autorización de entrada al Reino Unido desde Danzig – ABC

Pero sólo un diez por ciento de los niños del Kindertransport volvieron a ver a sus padres. Lore Segal cuenta en el epílogo de «En casas ajenas» por qué prefirió la ficción para contar su propia historia. «Porque experimento y recuerdo y entiendo más como narradora de historias que como historiadora y periodista. La historia me elige a mí». O «lo cierto es que ‘la verdad del novelista’ hace que una historia sea más verdadera. En 1940 fui a vivir a la gran casa victoriana —se llamaba Belcaro— con mis dos ancianas madres de acogida. Sus verdaderos nombres eran señorita Ellis y señorita Wallace. Echando la vista atrás me doy cuenta de lo que no entendí en ese momento: que la señorita Wallace era la compañera de la señorita Ellis». Cuando se publicó la novela, la señorita Ellis había muerto y la señorita Wallace (que aparece con otro nombre, claro) escribió a Lore Segal y le dijo que se equivocaba al escribir que habían tratado de convertirla. Y la escritora le respondió: «Tiene toda la razón, pero tenga en cuenta que mi libro es una novela».

El primer tren

Los hechos generales. El Anschluss se produjo cuatro días después del décimo cumpleaños de Lore, el 8 de marzo. Y ella subió al primer tren que salió de la West Bahnof de Viena el 10 de diciembre de 1938. La Noche de los Cristales Rotos tuvo lugar la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 y el 15 una delegación de judíos británicos fue a ver al primer ministro, Neville Chamberlain, para pedirle, entre otras cosas, que el Gobierno permitiera la llegada de niños y adolescentes que luego volverían a sus países de origen. La comunidad judía prometía hacerse cargo. El asunto se discutió al día siguiente en el gabinete. Sir Samuel Hore dijo que el país no podía admitir más refugiados, pero Lord Halifax apuntó que eso podría provocar que EE. UU. también admitiera más inmigrantes. Así que se aceptó que viajaran a Gran Bretaña menores no acompañados hasta los 17 años.

Lo que al final se llamó el Refugee Children’s Movement mandó representantes a Alemania y Austria para organizar el transporte. La BBC hizo un llamamiento el 25 de noviembre a los ciudadanos británicos para conseguir voluntarios y recibieron inmediatamente 500 ofrecimientos. El primer transporte desde Berlín partió el 1 de diciembre de 1938 y el primero de Austria, el 10 (en el que iba Lore Segal). El último grupo de Alemania partió de Berlín el uno de septiembre de 1939. Y el último transporte salió el 14 de mayo de 1940 de Holanda. Al llegar al Reino Unido, no todos tenían familias de acogida, así que fueron colocados en albergues o campamentos de verano (Lore Segal estuvo ahí, en el frío invierno del 38, antes de ir de familia en familia). A veces las familias no tenían sensibilidad alguna con las necesidades religiosas de los niños. O los utilizaban de sirvientes. O les cambiaban el nombre. También ocurrió que en 1940 el Gobierno ordenó el internamiento de los refugiados de más de 16 años (inmigrantes varones de origen hostil). El padre de Lore Segal, ya en el país, fue enviado a la isla de Man. Luego se puso tan enfermo que lo consideraron «extranjero amigo». Podía ser peor, te podían enviar a penales en Canadá o Australia. Algunos prefirieron entrar en el Alien Pioneers Corp. Así que adolescentes alemanes y austriacos combatieron junto a los británicos.

Es verdad que Lore Segal fue una niña con suerte. Aunque al principio hablara de «mercado de esclavos». No la trataron mal. Se reunió con sus padres. Tuvo una vida, digamos, normal fuera de las atrocidades en el continente. Una privilegiada, pero… «Cuando mi pequeña hija Beatrice tenía diez años, me gustaba mirarla cuando entraba o salía de una habitación e imaginaba que la metía en un tren y que cruzaba el Atlántico sin dirección conocida al otro lado. Eran un mundo y un tiempo en el que esa era la mejor apuesta para mantenerse con vida».

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