Literatura

Juan Ángel Juristo: «El crítico puede ser muy castrante consigo mismo»

Inés Martín Rodrigo

En su última novela, engarza diferentes historias alrededor de la obsesiva contemplación de una escultura de Chillida

Hace unas semanas, en una entrevista publicada en el suplemento «ABC Cultural», Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, contaba que cuando el museo abrió de nuevo sus puertas, tras el confinamiento, «hubo gente que se puso a llorar» de pura emoción. Personas que acudían a la pinacoteca, algunas a diario, en busca de paz, y que fueron privadas de ese refugio artístico por un maldito virus que ha hecho de 2020 el año más nefasto en décadas a la redonda. Gente como el protagonista de «Dar paso» (Editorial Confluencias), la última novela de Juan Ángel Juristo (Madrid, 1951).

Un personaje que, dos veces por semana, «llueva, nieve, haga frío, calor o los raros días de equinoccios permitan la extraña sensación

 de no ocuparse de los meteoros», se sienta en uno de los bancos del jardín del Reina Sofía para contemplar, con ejemplar dedicación, la escultura de Eduardo Chillida «Toki Egin». Él es sólo uno de los visitantes en los que Juristo se apoya, convirtiéndoles en curiosos personajes nada secundarios, engarzando sus diferentes historias alrededor de la visión, a veces obsesiva, de la pieza, homenaje del artista vasco a San Juan de la Cruz.

«Una vez estuve en el Reina Sofía, sentado en ese mismo banco, y pensé en por qué no recoger ese espacio en una novela. Siempre he tenido una obsesión con lugares que ejercen una especie de imantación. Esa escultura me llevó justamente a lo mismo, a que tenía una especie de atracción e inventé esto. Me salió un libro un poco místico. Son once relatos, que a la vez son doce, porque el primero y el último son el mismo. Es circular. Está el homenaje a San Juan de la Cruz, el gran místico español, esa imantación… Todo eso me llevó al libro», explica Juristo.

Chillida tiene, a su juicio, «esa especie de dialéctica entre el vacío y la corporeidad, y esta escultura es como una tenazas que no se sabe si se están abriendo o cerrando, eso me atrajo de la pieza, ese poder que tiene de concentración, dice muchísimo con muy poco». «En el fondo –continúa el autor–, en el inconsciente todo está muy estructurado. Yo no suelo corregir, es muy raro que yo cambie una frase. Hay novelistas que son como torrentes. Yo no. Yo actúo de otra manera, lo tengo todo metido dentro del inconsciente y lo voy elaborando». Juristo, que además de escritor es crítico literario, reconoce que se lo pasó «bien», especialmente, con dos de las historias, la protagonizada por «esa persona que busca siempre fronteras o demarcaciones, y la de la china, una historia de amor preciosa, que es como Tristán e Isolda».

Perspectiva

Con cinco novelas ya publicadas, Juristo siempre ha querido «distinguir muy bien entre mi aspecto de crítico y de novelista, he procurado siempre que mis facetas no tengan nada que ver, porque la crítica tiene que alejarse del objeto, es la única manera de coger perspectiva». ¿Y cómo lo consigue? «Huyendo, como si adoptaras una máscara. Las personas somos máscaras y lo que tenemos que hacer es desdoblarnos. Cuando yo estoy escribiendo una novela no pienso para nada en mi actitud crítica, porque me castro. El crítico puede ser muy castrante consigo mismo». Y remata: «La mayoría de novelistas son malos críticos (como ejemplos, Nabokov y Tolstoi), y cuando eres muy buen crítico eres muy mal novelista (Steiner). Y es porque yo creo que el novelista tiene un universo propio, quiere ser como Dios, y todo lo que no entra ahí lo rechaza. Eso a los poetas no les pasa: hay poetas que son grandes críticos».

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