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Literatura

Jorge Molist: «La Península Ibérica ya era España en el siglo XIII»

Jorge Molist
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ABC

La primavera de 1283 Pedro III deja a su esposa Constanza, recién coronada reina de Sicilia, para luchar contra tres potencias aparentemente invencibles: Carlos de Anjou, asesino del padre de Constanza y dueño del Mediterráneo; el rey de Francia, sobrino de este, y el Papa, también francés. Tras someter a los nobles aragoneses y catalanes, reconquistar Murcia a los sarracenos, Pedro el Grande arrebataría la hegemonía francesa en el Mare Nostrum en una batalla desigual: el millón de almas españolas frente a los 16 millones de franceses…

Arranca así ‘La reina sola’ (Planeta), novela en la que Jorge Molist vindica a aquella reina Constanza que hubo de compensar la ausencia de su marido con audacia y resiliencia. «La hegemonía en el Mediterráneo fue la primera gran empresa internacional de España», afirma el autor, sobre este episodio al que la historiografía catalanista privó de su españolidad.

Ante la objeción de algún lector que consideraba un error el uso de la toponimia España en el siglo XIII, Molist responde: «El término España, como sucesor del término Hispania latino, era usado en el siglo XIII para indicar el lugar geográfico que hoy denominamos península ibérica».

En un documentado anexo a la novela el autor destaca las crónicas de Bernat Desclot y Ramón Muntaner, testimonios privilegiados de aquellos hechos: «Ambos mencionan con frecuencia Espanya o Spanya… Cuando la unión dinástica de Isabel y Fernando en el siglo XV, el papa Borja les envía una carta en la que los identifica como reyes de España. Al rey de Portugal no le gustó que solo ellos fueran españoles, puesto que él, en aquel momento, también se consideraba español. El término ‘península ibérica’ no se popularizó hasta el siglo XVII, cuando España ya tenía su significado actual al independizarse Portugal, explica.

Los almogávares, organizados por Roger de Lauria, fueron decisivos en la victoria de la Corona de Aragón sobre los franceses; pero también los llamados ‘golfines’ que provenían de Castilla, Galicia y Portugal. Los ‘golfines’, señala Molist, «se unieron a los almogávares en la cruzada de Pedro en el norte de África». Con muy pocas armas –sin armadura, tres lanzas cortas y una mala espada–, los almogávares que embarcó Roger de Lauria se convirtieron en una invencible infantería de marina, añade Molist: «Así se abrió el Mediterráneo a la Corona de Aragón. Y no solo el sur de Italia… Atenas fue un siglo española, Milán siglo y medio. Si Cuba fue la colonia hispanoamericana en la que España permaneció más tiempo, Sicilia la superó en cincuenta años».

Las hazañas de Pedro el Grande quedaron opacadas por el Descubrimiento de América y luego adulterada por las románticas leyendas catalanistas. Molist escuchaba a su padre aquello de que en el Mediterráneo hasta los peces llevaban las cuatro barras: «Muchos años después, al leer ‘Las vísperas sicilianas’ de Steven Runciman pude valorar la verdadera dimensión de aquellos hechos. El historiador habla mal de Ricardo Corazón de León y muy bien de Pedro y Constanza… En la Comedia, Dante expresa desdén por Carlos de Anjou y admira a los reyes de Sicilia y Aragón».

Constanza, ‘La reina sola’, era culta y religiosa, muy cercana a los franciscanos. En esa soledad, además de combatir a sus enemigos, deberá soportar las conspiraciones de Macalda di Scaletta: «’Juego de Tronos’ se queda pequeño ante esta historia que no tiene dragones, pero sí almogávares», ironiza Molist.

 

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