Literatura

Fernando Aramburu: «No busco el aplauso en casas de extremistas ni de gente que postula la crueldad»

Fernando Aramburu: «No busco el aplauso en casas de extremistas ni de gente que postula la crueldad»

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) habla despacio al otro lado de la pantalla, a pesar de que el éxito de la serie basada en «Patria», un fenómeno literario y social desde 2016, desborda su estos meses su agenda. No hay timidez cuando describe su experiencia creativa, su intimidad con las historias o las polémicas. Surge una convicción firme que puede calificarse de ética o cívica. Publicó en 2016 «Patria», novela que explora la historia del terrorismo etarra desde los años del plomo hasta 2011, y que se convirtió en un fenómeno editorial y social. Ahora, su libro se ha convertido en una serie de televisión producida por HBO que ha vuelto a generar debates en torno a su visión del pasado reciente.

El compromiso ético de «Patria»

—Hay un compromiso ético muy denso. Yo me siento interpelado muy pronto por el hecho que haya habido violencia organizada precisamente en mi tierra natal. Muertos, agresiones y una enorme cantidad de injusticias. Donde yo nací, donde yo me crié. Conviví con muchas personas que, lo quisieran o no, estaban afectadas por esta presencia continua de la violencia organizada. Y muy pronto sentí la pregunta: yo, que escribo para los demás, ¿no tengo nada que decir sobre esto? Aun sabiendo que iba a pagar un precio, opté por lo que yo considero más honesto, que fue mostrar por medio de la literatura y de la reflexión empatía por aquellos que estaban sufriendo.

Escribir sin pensar en las consecuencias

—La verdad es que mientras escribo estoy como en otro mundo. Un mundo en el que vivo yo solo. No me paro a pensar en la repercusión de mis escritos, porque en ese caso no podría avanzar. Estoy todo el tiempo en el terreno de la creación, no en el de la interpretación. Si yo no me entrego a expresar en público lo que pienso mejor no escribo, mejor me dedico a actividades menos conflictivas como la jardinería, el bricolaje o el macramé. Dicho esto, yo sé de antemano, particularmente cuando toco ciertos temas, que voy a molestar. Sé que voy a molestar, a irritar, a provocar en ciertos rincones ideológicos. Y de hecho me siento honrado por ello. En líneas generales no se me verá buscar aplauso en casas de extremistas ni de gente que postula la crueldad. Esto es así.

Esquivar la caricatura

—Hay un principio básico, y es simplemente que nadie deja de ser humano haga lo que haga. Suelo poner el ejemplo de Goya, y del cuadro de los fusilamientos, que me parece una imagen muy significativa. En un lado están, sí, los madrileños, que están siendo fusilados, y a la derecha están los soldados franceses que fusilan. Ahora bien, a mí no me cuesta imaginar que Goya pudiera sentir compasión por los fusilados, aunque no lo veo en el cuadro. Pero esto no quiere decir que no haya de pintar de la manera estética mejor posible a los soldados franceses. Y así trabajé yo. O intenté trabajar así. No quería reducir a un personaje a un recipiente con una idea: el malo, el bueno, el izquierdista, el facha, etcétera. Esa manera de operar es muy reductora y convierte a los personajes en muñecos planos, por así decirlo. La experiencia enseña que un individuo puede cometer una atrocidad por la mañana y por la tarde pasear con el perro y por la noche besar en la frente a su madre. Esto es así. Y un relato novelesco está obligado a mostrar todas estas facetas humanas.

El poder de la ficción

—Yo no soy un teórico, no soy un historiador, no soy un sociólogo. Yo escribo relatos. Yo hago ficción. La ficción tiene la ventaja de que permite la narración de la vida privada, de la individualidad. De hecho es el único espacio de creación en el que es posible la circunstancia del individuo concreto. Yo necesito datos, pero los datos no son lo esencial. La verdad histórica no es mi materia. Mi materia es la pasta humana, lo que pasa dentro de las personas, su circunstancia cotidiana, sus conversaciones. Y cómo en un puñado de estas personas repercute la historia colectiva. Esa es la materia prima de la novela. Y por eso una novela puede tener tanta repercusión. Porque habla a los lectores de una manera muy personal. De hecho les ofrece la posibilidad de integrarse en aquello que están leyendo. Preguntándose, por ejemplo, qué habría hecho yo. O incluso compadeciéndose de algún personaje, tomándole tirria a otro. Esa vinculación personal es muy difícil que se dé en el terreno de la ciencia, de la historiografía.

La vida entre polémicas

—Me he metido en unas cuantas polémicas. Ya de joven hice mis pinitos en la materia, así que tengo cierta costumbre. Y sobre todo tengo la piel gruesa. Vivo, además, lejos, lo que contribuye a que las broncas me lleguen asordinadas o en forma de ecos. Y por otro lado pues soy consciente que efectivamente cuando uno tiene cierta presencia mediática o en las librerías, y por tanto en las casas de los lectores, pues levanta un discurso que puede ser desfavorable para los intereses de ciertos grupos de poder, que siempre tratan de derribar las opiniones por la vía de derribar al opinante. A mí la cultura me ha enseñado, entre otras cosas, el valor enorme de la serenidad, y esta sí que no quiero perderla en ningún momento. Aunque surja un debate, una discusión, una temperatura de polémica, yo me tengo prohibido salirme del terreno del sosiego o de la sensatez. De hecho uno a veces alimenta más polémica por el hecho de no mostrarse de una manera temperamental en público. Pues esto es así. Si yo no tengo nada que reprocharme delante del espejo, nadie va a conseguir ponerme nervioso ni mucho menos.

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