Literatura

El Báb, el mesías feminista y pacifista que quiso cambiar el mundo desde Persia

Mesias
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ABC

 

En 1848 pasaron muchas cosas. No se sabe si fue el espíritu de los tiempos, una coincidencia mundial o un capricho de destino, si es que existe, pero el caso es que en pocos meses el mundo cambió su rumbo. Marx y Engels publicaron en Londres el ‘Manifiesto del Partido Comunista’, en París se formó una revuelta que terminó derrocando al rey Luis Felipe, y en Berlín se reunió otra muchedumbre para reclamar una nación-estado para Alemania. Por si fuera poco, al otro lado del Atlántico, en la capilla metodista de Seneca Falls, un pueblo del estado Nueva York, Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton organizaron la primera convención conocida sobre los derechos de la mujer. Allí firmaron la

 ‘Declaración de sentimientos’, texto fundacional del movimiento feminista. Se estaba escribiendo un nuevo capítulo en la historia, sin duda. Y sin embargo, eso no es todo.

En Oriente Próximo, unas semanas antes del hito de Seneca Falls, en la aldea de Badasht, al norte de Persia, una mujer conocida como Táhiri(‘La Pura’), interrumpió una conferencia de ministros del Gran Visir despojada de su velo para sentenciar el fin de la era del islam y el resto de las religiones establecidas. No estaba sola. Formaba parte de un movimiento numeroso, articulado en torno a la figura del Báb, un mesías que vivió entre 1819 y 1850 y que, en uno de los rincones más represivos y corruptos del planeta, propició una revolución metafísica y globalizadora que pretendía acabar con la desigualdad. Buscaba la emancipación de los seres humanos, independientemente de su raza, de su condición social y, por supuesto, de su sexo. Por eso en su ‘Epístola de la Justicia’ condenó con severidad el maltrato a las mujeres, a las que otorgaba un mayor rango metafísico que los varones.

José Enrique Ruiz-Domènec y Arash Arjomandi, historiador y filósofo, respectivamente, le acaban de dedicar un libro –’El Báb o la puerta a un mundo mejor’ (Pre-Textos)– a esta figura misteriosa y trascendental, en la que puede leerse una utopía que nunca fue, pero que pudo ser: la promesa de una luz en Irán, de un faro con el que esquivar los precipicios del fundamentalismo. «Lo que Martín Lutero hizo en el XVI con el catolicismo, lo hizo el Báb con el islamismo. Fue un cambio, pero absorbiendo naturalmente los valores anteriores y otras tradiciones. Propuso un universalismo religioso, y matizó las teorías rígidas, dogmáticas, tanto del sunismo como del chiismo», explica Ruiz-Domènec a ABC. «Dios no desea presenciar entre los seres humanos nada que no sea alegría y resplandor», dijo el Báb.

Hablamos de un ensayo curioso, que demuestra que el estudio de la historia se enriquece cuando se mira a los dos lados, como antes de cruzar la calle, y que sin Oriente cualquier relato está cojo. «Al Báb se le apartó a un rincón, como si el pensamiento tuviese que ser estrictamente occidental. La ruptura entre Oriente y Occidente fue dolorosa. Y nos hubiese evitado el siguiente siglo, en el que la atrocidad vino de Occidente y se extendió por todo el mundo», lamenta Ruiz-Domènec.

Según el babismo, la doctrina de este predicador, avanzar es ir hacia una mayor integración. Para él, el progreso de una civilización dependía del aumento de la interdependencia y cooperación entre sus miembros. Por desgracia, su movimiento no triunfó. «Fracasó porque no tuvo apoyos. Lutero triunfó porque determinados príncipes alemanes le apoyaron, en contra de los Habsburgo. Si hubieran recibido apoyo por parte del Sha de Persia probablemente el babismo hubiese terminado siendo un elemento espiritual de secularización, y el mundo hubiese sido infinitamente mejor», opina el investigador.

No solo no promovieron su discurso: lo cortaron de raíz. El Báb fue encarcelado en 1847, primero en la fortaleza de Makú, y después en el castillo de Chehriq, ambos en las frías montañas de Azerbaiyán. Allí escribió su obra, donde se presentó a sí mismo como el duodécimo Imán, el definitivo. Esa osadía era un pecado imperdonable por aquel entonces: el Báb fue condenado a la pena capital. Murió fusilado, pero alcanzó una cierta forma de inmortalidad: el babismo evolucionó en el bahaísmo, una fe aún viva que profesan más de siete millones de personas en todo el mundo.

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