Literatura

¿A mí por qué me cuentas tu vida? Verdades, mentiras y libros autobiográficos

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Bruno Pardo PortoABC

La intimidad propia es un material literario de primer orden, que en los últimos años ha dado tantas obras memorables como motivos para el debate

Azaña dijo que en este país la mejor forma de guardar un secreto era escribir un libro. Umbral le hizo caso y escribió mucho, muchísimo, siempre sobre sí mismo, aunque cuando se murió nadie sabía ni su nombre real ni su fecha de nacimiento ni quién era su padre, y eso que sus lectores se contaban por cientos de miles: esa es la magia de la autoficción, su embrujo. El de la literatura autobiográfica es un misterio, un enredo, más bien, que con el paso de los años y los títulos no hace más que complicarse con distintas etiquetas y broncas. La semana que viene llegará a España ‘Yoga’ (Anagrama), de Emmanuel Carrère, después de una sonada polémica

de este con su exmujer, Hélène Devynck, quien lo acusó de presentar como verdades sus fantasías, dentro y fuera de la alcoba, por si fuera poco, incumpliendo, además, un contrato que habían firmado. En Francia, claro, la riña ha sido un éxito rotundo: a principios de diciembre Carrère ya había vendido más de doscientos mil ejemplares. La pregunta, sin embargo, no es cuál es la frontera entre la realidad y la ficción, un asunto enrevesado, propio del mundo académico más sesudo, sino por qué hay tantos autores que nos cuentan su vida. Por qué han llenado las librerías con sus cosas.

Alberto Olmos narró su transformación (¿mutación?) en padre en ‘Irene y el aire’ (Seix Barral), una novela sin ficción, pero con la mejor faja promocional de 2020: «La historia de un embarazo desde el punto de vista de un hombre que trata de no molestar demasiado». Él no cree que estemos ante un fenómeno nuevo, pero sí percibe un cambio. «Llevo tantos años ya leyendo libros autobiográficos o que se dicen tales o que uno debe pensar que son la propia vida del autor que ya lo doy como una constante del siglo XXI. Lo que sí que he notado es que hemos perdido el pudor antiguo que se cifraba en algo como: esperaré a que se mueran mis padres para contarlo todo. Ahora se cuenta todo con personas afectadas por el relato aún vivas, lo que puede generar problemas, aunque sólo sea a nivel personal, con tu familia o amigos o conocidos», sostiene.

El caso de Carrère no es único, porque las dudas sobre qué mostrar y qué no mostrar son complejas. Luis Landero, que acaba de publicar ‘El huerto de Emerson’ (Tusquets), defiende que a veces hay que cortarse, por respeto. «Sería un poco indecente mentir si realmente uno va a hablar de cosas que ha visto, que ha vivido. Debes ser honesto, pero naturalmente hay un límite. Cosas que uno sabe de amigos que no se deben contar porque pueden herir. Yo lo tengo claro, hay un fondo ético», asevera. Luego, por supuesto, está el riesgo de convertir la autoficción en autopromoción, opina Olmos. También hay miedo a aburrir, como en cualquier otro género, por otra parte. «Hay que distinguir lo íntimo de lo doméstico, en la medida que lo íntimo somos todos y lo doméstico tus cositas sin importancia… Retratarse con defectos y manías y problemas es más interesante que retratarse impecable y triunfal. Creo que nos reconocemos por aquello de lo que no solemos estar orgullosos», apunta.

Ahí tenemos una clave: nos reconocemos en nuestras miserias. También en una mirada. O en el humor (la amistad es algo así como reírse de las mismas tonterías). Con esos ingredientes, entre otros, Andrés Trapiello ha logrado reunir a una pequeña legión de lectores en torno a sus diarios, ‘Salón de pasos perdidos’, que son un festín de palabrejas y estilo, de naderías, en el mejor sentido del término. Lleva tres décadas metido en este proyecto, y en un par de meses lanzará el vigésimo tercer tomo, ‘Quasi una fantasia’ (Pre-Textos). Casi nada. «No pienso en el lector cuando escribo. Escribo para un lector, que soy yo, para contarme cosas, para fijarlas en la memoria, para reflexionar sobre ellas. Si mis pensamientos y sentimientos están bien traídos el lector empatizará con ellos», confiesa al otro lado del teléfono.

Aunque en sus páginas, que se presentan como una «novela en marcha», se mezclan realidad y ficción con total naturalidad –como en la vida, como en la memoria–, Trapiello afirma que jamás finge: « Cada diario es una huella dactilar, cada diario tiene su propia personalidad. Puedes fingirlo, fingir unos sentimientos, fingir una visión, pero tarde o temprano la escritura diarística es delatora». Es lo que tanto se repite de la poesía: un poema puede no ser verdad, pero jamás puede permitirse no ser auténtico. Ignacio Peyró, que acaba de estrenarse en este formato con ‘Ya sentarás cabeza’ (Libros del Asteroide), lo dice así: «Si tienes un diario del Gran Capitán no estás ante el hombre, sino ante el personaje. Cuando el personaje gana, la literatura pierde».

Sergio del Molino ha construido su carrera literaria partiendo del yo, y asegura que la literatura autobiográfica es tan nueva como las ‘Confesiones’ de San Agustín, aunque hasta hace bien poco se consideraba que esta clase de obras eran menores. «Durante mucho tiempo, y me refiero a los últimos ciento cincuenta años, estas expresiones no eran consideradas del todo literarias, no estaban en el centro del canon. Ahora tutean de tú a tú a la novela tradicional y la han parasitado en algunos casos», subraya. ¿Estamos ante el reflejo literario de una época narcisista? «No creo que tenga que ver con el exhibicionismo… Sí con cierto agotamiento de fórmulas de ficción propias de la novela decimonónica, que se han trasladado al audiovisual y que han dejado un vacío dentro de la narrativa. Ahora se busca en los libros algo más que la ficción convencional. Este tipo de libros son obras que difícilmente se pueden llevar a una serie», apostilla.

De hecho, insiste Del Molino, escribir en primera persona no implica desnudarse. Es una cuestión de coqueteo: «Mi objetivo no es contar mi vida, me interesa mi vida en la medida que me permite irme por las ramas, llevar el libro a terrenos laterales, ensayísticos. El yo es instrumental, una estrategia literaria». Para el caso tenemos su última novela, ‘La piel’ (Alfaguara), en la que se sirve de su psoriasis, de sus picores, para hablar de Stalin, Nabokov o John Updike. También ocurre esto en los diarios. «Lo que yo cuento no es mi vida, es la vida que pasa ante mis ojos», sentencia Peyró.

Trapiello dice que un diario es, de alguna manera, un selfi. Ana Iris Simón, que con ‘Feria’ (Círculo de Tiza) ha protagonizado una de las sorpresas editoriales del año pasado, opina que «Instagram es casi un género literario en sí mismo». «Es autoficción, lo más parecido a ella que tenemos más allá de las letras: allí cada uno elige su vida, como decía Renton en ‘Traisnspotting’, bajo la apariencia de que la narra», añade.

En su libro, Simón evoca la vida de sus abuelos, unos feriantes y otros campesinos, y la compara con nuestro presente desquiciado. Mientras escribía, se preguntaba mucho por qué le iba a interesar eso a la gente, qué tenían ellos de especial. «Era una pregunta que partía del ego, de pensar que mi familia o mis vivencias eran especiales. Fue cuando asumí que mi abuelo era muchos abuelos, que mis recuerdos eran los de muchas otras personas, que mis vivencias y reflexiones no eran especiales sino normales cuando dejé de preguntármelo. Como dice Umbral en unas declaraciones de su documental recién estrenado [‘Anatomía de un Dandy’]: reconocer que uno es una persona normal, un peatón del GTA, implica asumir que sus propias experiencias son las del resto, así que narrar la propia vida es interesante porque es universal y no particular. Porque es normal en lugar de especial», remata.

La frase de Umbral era: «Todas las vidas son iguales». Quizás pase lo mismo con los secretos.

 

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