Historia

Trincheras en la IGM: la pesadilla de luchar en un infecto agujero lleno de peste y enfermedad

Trincheras en la IGM
Trincheras en la IGM
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Manuel P. VillatoroABC

Aunque parecían construidas sin lógica alguna, estas zanjas contaban con un diseño perfeccionado a lo largo de toda la contienda

Para Walter Hare, del Regimiento de West Yorkshire, pisar una trinchera por primera vez fue una verdadera pesadilla. Su testimonio todavía resulta estremecedor: «Estaba hundido hasta las rodillas en el barro; nos dijeron que no teníamos que asomar la cabeza por encima del parapeto porque los francotiradores nos matarían al instante». Aunque lo que más le sorprendió fueron las gigantescas ratas que convivían con ellos. Visto así, podría parecer que aquellos agujeros infectos se construían a vuelapluma. Sin embargo, la realidad es que contaban con un diseño muy concreto que fue perfeccionado a lo largo de la Primera Guerra Mundial.

Fábrica de muertos

La Primera Guerra Mundial pasó de la velocidad al estancamiento. Ttras unos primeros progresos germanos a toda velocidad por Europa,

las posiciones se estabilizaron a finales del verano de 1914. Fue entonces cuando cambió la mentalidad de los contendientes. Las nuevas armas favorecieron este giro, pues una ametralladora bien ubicada podía aplastar a batallones enteros en pocos minutos. Así, se dejaron a un lado los rápidos avances fomentados por las unidades montadas sobre jamelgos y bicicletas y se apostó por un enfrentamiento basado en el posicionamiento de miles de soldados a lo largo de gigantescos frentes de batalla.

A partir de entonces, los compañeros de viaje del soldado fueron las trincheras. En los siguientes cinco años, los combatientes se vieron obligados a vivir en estos impopulares agujeros. Fueron sus casas; y unas no demasiado acogedoras. En la práctica, eran unos hoyos hediondos que les cubrían de los disparos enemigos y les permitían resistir el asalto a bayoneta de oleadas de contrarios. Pero también lugares infectos en los que abundaban las ratas, proliferaban las enfermedades y la higiene era tan escasa como la comida y el agua. «Un nido de agua anegada, barro y tumbas», según explica el divulgador histórico José Luis Hernández Garvi, autor de «Eso no estaba en mi libro de la Primera Guerra Mundial».

Tal y como explica el historiador militar Scott S. F. Meaker en «La Gran Guerra», los altos mandos no se imaginaban que las trincheras, en principio construidas de forma provisional, se convirtieran en el hogar de sus hombres. Se esperaba que fuesen, más bien, una solución temporal. Sin embargo, «a finales de 1914 ya había unos 750 kilómetros de trincheras desde el Mar del Norte hasta Suiza atravesando Francia y Bélgica». Aquellos hediondos agujeros habían arribado, en definitiva, para quedarse todo el conflicto.

Trincheras en la IGM

 

Primeras defensas

Scott también desvela que, en esencia, las trincheras eran zanjas de entre dos y tres metros de altura excavadas en el terreno para apuntalar una posición frente al enemigo. Con todo, su construcción se fue perfeccionando a lo largo del conflicto. Para empezar, pronto se estableció que había que construirlas haciendo curvas y en zigzag. La razón era lógica: de esta forma se evitaba que la metralla de los obuses arrojados por el enemigo causara estragos en una línea entera de hombres y, en caso de que el contrario asaltara un extremo del emplazamiento equipado con armas automáticas, no barría a todos con una única ráfaga.

Tampoco había solo una única trinchera, sino que se construía un sistema defensivo basado en hasta tres líneas sucesivas de estos agujeros. «La trinchera en primera línea estaba a unos cuarenta y cinco metros del enemigo, aunque en ocasiones ligeramente más», explica Scott. A su vez, frente a ella se levantaba un muro de alambre de espino –9– que, en la práctica, resultaba una severa molestia para la infantería contraria durante los asaltos. «A unos cuarenta y cinco metros de la primera se encontraría la segunda trinchera, y a la misma distancia de esta, la tercera», añade el experto. Todas ellas contaban con infantería de apoyo preparada para reforzar a sus aliados ubicados en vanguardia.

Sacos: la columna vertebral

Una vez excavada por los mismos militares, la trinchera quedaba dividida en dos partes esenciales. La frontal era conocida como parapeto –8–, mientras que la trasera era llamada parados –1–. Cada una era reforzada con sacos terreros agrupados, a su vez, en grandes pilas de hasta un metro de altura. El primer objetivo era proteger del fuego enemigo a los soldados resguardados. Con todo, en la práctica aquellas defensas tan solo servían para sortear los disparos de fusilería y evitar que, tras el estallido de un explosivo en la retaguardia, la onda expansiva o los fragmentos levantados impactaran contra los combatientes. Poco podían hacer, sin embargo, frente a los proyectiles de artillería.

Eso no implicaba que, para su ínfimo coste, los sacos de arena fueran inútiles. Ni mucho menos. En la práctica eran la columna vertebral de las defensas dentro de una trinchera de la Primera Guerra Mundial. Ejemplo de ello es que, según una investigación llevada a cabo por el alto mando británico, era imposible que las balas enemigas penetraran en ellos más de 40 centímetros. Por descontado, se apilaban de formas concretas. «En el parapeto superior se dejaba un hueco entre los sacos terreros por el que los soldados podían observar y, si era el caso, disparar», explica el historiador Jesús Hernández en su obra «Todo lo que debes saber de la Primera Guerra Mundial».

Trincheras

Así recordaba el uso de los sacos terreros el soldado William Holmes, del Regimiento de Londres, en una entrevista concedida tras la Primera Guerra Mundial:

«Los sacos de arena tenían 45 centímetros de largo y unos 30 centímetros de ancho. Se rellenaban con tierra ordinaria, se ataban y se colocaban uno encima del otro para hacer un muro (si se quería) o cualquier otra construcción. El comienzo de cada trinchera larga era el nombre de una famosa calle de Londres. Y si la trinchera llegaba a un lugar donde daba la vuelta, tenía que llamarlo Piccadilly Circus o algo así. Pero todos tenían sus nombres, todas las trincheras los tenían».

Durante la contienda se instruyó a los combatientes para que construyeran el «parados» más alto que el «parapeto»; y es que, de esta forma, conseguían que los francotiradores enemigos no pudiesen apuntar a los combatientes ubicados en segunda línea. Así lo explica el historiador militar Peter Hart en su obra «The Great War: A Combat History of the First World War». Por su parte, el mítico Martin Gilbert afirma en su libro «Somme: La batalla más sangrienta de la Primera Guerra Mundial» que «el parados, encargado de proteger la parte trasera de la trinchera, estaba en la mayoría de los casos cubierto de zarzas» para evitar un ataque por la retaguardia; algo muy extraño, pero no imposible –que se lo digan a los Arditi, las tropas de asalto italianas expertas en rodear al enemigo–.

Ingenios varios

Para que los combatientes ubicados en primera línea pudieran disparar a través de los sacos terreros, las trincheras contaban con un escalón de fuego –6– de entre medio metro y un metro de altura. Este les permitía elevarse sobre el parapeto y hacer fuego contra el enemigo. A veces estaba excavado sobre la tierra, aunque no era raro que contara con un tablón de madera para impedir desprendimientos. Esta zona de la trinchera se completaba con una suerte de estante (agujero) en el que se incluían cajas de munición –7–. Como queda patente en las muchas instantáneas tomadas dentro de estos agujeros, lo habitual era que la pared frontal se apuntalara también con grandes maderos que evitaban derrumbamientos.

Además de las ratas y de las enfermedades, uno de los principales enemigos de los soldados era el agua. En palabras de Garvi, lo habitual era que las trincheras acabaran anegadas después de una intensa noche de lluvia. Hernández es de la misma opinión: «Esto ocurría especialmente en los campos de batalla de Flandes, donde el nivel freático se hallaba a solo un metro de la superficie, por lo que se encontraban perennemente inundadas». Para paliar este problema, se excavaban pequeños sumideros al fondo –4– y, sobre ellos, se ubicaban tablones de madera o «duckboards» –5–. Estos favorecían que los combatientes no tuvieran los pies mojados de forma perpetua y facilitaba la extracción del líquido.

Imperial War Museum

Así lo explica el «Imperial War Museum» en un dossier dedicado a la Primera Guerra Mundial: «Los “tablones de madera” o “rejillas de trinchera” se utilizaron por primera vez en Ploegsteert Wood, Ypres, en diciembre de 1914. Se ubicaban por lo general en el fondo de las trincheras para cubrir los sumideros, agujeros de drenaje que se hacían en las zanjas. Facilitaban el bombeo del agua y, al menos en teoría, ayudaban a proteger los pies de los soldados del agua acumulada. Aunque caminar sobre ellos era todo un arte, pues era muy sencillo perder el equilibrio y resbalar, pues las secciones no solían alinearse de forma adecuada».

Mientras andaban debían estar atentos a un posible ataque con gas ya que, si se percataban de uno, debían avisar a sus compañeros tocando las campanas gongs que había ubicados a lo largo de toda la línea –3–.

Refugios

A intervalos, y en la zona de «parados», se excavaban refugios subterráneos –2– ideados para dormir, protegerse de la artillería o –atendiendo a su tamaño– establecer un puesto de mando para oficiales desde el que dar órdenes. Aunque el espacio variaba en extremo, en los manuales del ejército británico se recomendaba que los llamados «dugouts» tuvieran entre 0,5 y 6 metros de ancho y fueran reforzaos con madera y tejados de acero laminado. Por último, se aconsejaba cubrirlos con un mínimo de 20 centímetros de tierra para que ofrecieran verdadera protección ante los explosivos enemigos. Así lo confirmó el soldado Victor Polhill tras la Primera Guerra Mundial.

«Para hacer los refugios, se excavaba un agujero de aproximadamente 3 pies de ancho y 4 o 5 pies de profundidad en el costado de la zanja. Se colocaba un trozo de tabla o algo encima y, tal vez, un trozo de algún material que pudiera mantener la humedad fuera. Luego se amontonaba la tierra encima de eso y la entrada se tapaba con una manta o algo similar. Así, se evitaba que entrara el viento y, si tenías una vela encendida por la noche, el enemigo no veía la luz desde su trinchera. Cuando llegaba la oscuridad, lo primero que hacíamos al entrar en este pequeño lugar, mucho más cálido y hogareño».

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