Historia

Tercios españoles vs jenízaros otomanos: lucha a muerte entre los soldados más letales de Lepanto

Miguel del Rey y Carlos Canales, autores de ‘Gloria imperial’, analizan en ABC el sistema de combate de turcos y cristianos en 1571, en pleno Imperio español

Dos eran las potencias que dominaban el mar Mediterráneo, centro neurálgico de la política de la época hasta la mágica jornada de la batalla de Lepanto, en el siglo XV: españoles y otomanos (o viceversa, según prefieran ustedes). La realidad es que, a pesar de las sustanciales diferencias que existían entre estas sociedades, ambas se hallaban en el cenit de su poder y estaban, por tanto, condenadas a enfrentarse por la supremacía militar, política y religiosa en la puerta trasera de la vieja Europa. Ya lo señaló el destacado obispo Mota en 1520: «[Carlos V] quiere emprender la empresa contra los infieles enemigos de nuestra santa fe Católica […] y que la Cristiandad esté en paz».

Puede que discursos

como los de Mota y las misivas airadas entre jerarcas fueran el día a día del entramado político; de eso no hay duda. Pero, llegado el momento, los ‘dimes y diretes’ se saldaban en el campo de batalla. Y para solventar la lid tocaba disponer de un ejército entrenado como mínimo, y experimentado en lo deseable. A un lado, los otomanos tenían «una fuerza militar impresionante». Y al otro, el Imperio español contaba con una combinación de unidades revolucionarias para la época y armamento puntero. Así lo afirman, al menos, Miguel del Rey y Carlos Canales en su nuevo ensayo histórico ‘Gloria imperial. La jornada de Lepanto’ (editado por Edaf este 2021).

Con todo, la obra no abarca solo los pormenores de ambos contingentes, sino que se zambulle de lleno en la jornada de Lepanto. En un año en el que celebramos el 450 aniversario de la lid, librada en 1571, Del Rey y Canales desgranan desde las causas que motivaron «la batalla decisiva para la cristiandad», hasta las consecuencias que tuvo para los dos imperios. «Queremos dar cuenta de las importantes razones económicas del enfrentamiento, la voluble posición veneciana y la estudiada política de Francia, fruto de una estrategia muy determinada para extender su poder por Europa», señalan. La clave, insisten, es desvelar cómo la flota más poderosa del mundo (la otomana) cayó ante el poder cristiano. Y vaya si lo logran.

Apisonadora turca

De los dos contenientes, el Imperio otomano es todavía el más desconocido. El tiempo y los tópicos han difuminado su valía, pero la realidad es que, como bien explica Canales a ABC, era una máquina engrasada a la perfección capaz de enfrentarse y vencer a cualquier potencia de la época. «El ejército turco era el más poderoso del mundo en el siglo XVI, disponía de una administración muy bien organizada, de dinero sobrado, de reclutas de calidad en un alto número y de tropas excelentemente entrenadas y equipadas», desvela a este diario. Lo mismo sucedía con su flota, formada por reconocidos marinos.

Según recogen ambos en la obra, el ejército del Imperio otomano (llamado ‘kapi-kulu’ o ‘esclavos de la Puerta’) era una fuerza militar multicultural en la que se reunían soldados de una decena de etnias, aunque el núcleo de sus tropas lo formaban los turcos.

El grueso de los combatientes del Imperio otomano eran los ‘jenízaros’ (de ‘yeniseri’, ‘nuevas tropas’). La unidad fue creada en el siglo XIV y, en sus momentos de máximo esplendor, contaban con un total de 200.000 integrantes. «Se seleccionaban de niños entre los ocho y los catorce años reclutados en los territorios cristianos de los Balcanes a través del llamado ‘devshirmeh’, un impuesto humano por el que se obtenían las mejores tropas del imperio otomano», afirma Canales a ABC. El pequeño era convertido al islam, educado en la obediencia ciega al sultán y entrenado en el noble arte del combate.

Al principio, «se cogía a los niños sin ningún tipo de examen previo», pero, con el paso de los años, «se empezó a hacer un verdadero examen de los pequeños y se los destinaba a funciones diferentes según sus capacidades».

La preparación, en palabras de los autores, era durísima y su disciplina estricta, orientada a la formación del cuerpo y el espíritu. Los más fuertes eran educados hasta los 24 o 25 años en escuelas específicas, donde aprendían a leer, escribir y artes clásicas. Huelga decir que eran letales en combate y estaban a la altura de cualquier soldado cristiano gracias a su arco o arcabuz, su hacha y su sable ligero. «Fueron la unidad turca más efectiva en Lepanto desde el punto de vista militar. Muy bien entrenados y armados, eran unos combatientes formidables», desvela el propio Canales a este diario. Aunque en la batalla de 1571 contaban con una lacra: las pérdidas sufridas en los conflictos previos.

Tampoco era extraño que los oficiales turcos capturasen a niños en los pueblos que atravesaban. Estos reclutas, conocidos como los ‘gulams’, debían mantenerse junto a sus nuevos amos y deberles gratitud de por vida. Con el tiempo, de hecho, llegaron a copar el aparato militar del ejército.

Jeníozaros turcos, armados con mosquete

En la época de la batalla de Lepanto, el arma a distancia predilecta del Imperio otomano seguía siendo el arco. «Las galeras turcas contaban con decenas de arqueros –los ‘sipahis’, ‘akincis’, y ‘azaps’– que empleaban el arco compuesto, un arma típica de las estepas de Asia Central», añaden los autores en su obra. En la práctica podían disparar una lluvia de flechas muy ligeras sobre sus enemigos. Algo terrorífico. Sin embargo, las armaduras cristianas limitaron mucho la efectividad turca. Para colmo, el escaso equipo que portaban en batalla estos musulmanes les convertía en un blanco perfecto una vez que se llegaba al baile de los aceros.

Dentro de las tropas, afirman Canales y Del Rey, los ‘sipahis’ eran una suerte de caballeros medievales que se encargaban, además, de mantener el orden interior de un ejército que, ya entonces, recibía salario. Los ‘akincis’, por su parte, eran jinetes de caballería irregular. Por último, los ‘azaps’ se correspondían con un «cuerpo asalariado que se reclutaba entre el campesinado de Anatolia para servir de infantería de marina y que, en la época de Lepanto, eran el núcleo principal de tropas que defendías las fortalezas de las fronteras».

¿Cómo puedo esta implacable maquinaria ser aplastada por los cristianos en Lepanto? Según explica Del Rey, por varias causas, aunque la principal fue que contaban con mejores navegantes que militares. «El problema es que, en Lepanto, los otomanos dependieron en exceso del apoyo de la infantería embarcada en las galeras de sus territorios de las costas de Levante, como Siria, Líbano o Egipto, y de los reinos y estados vasallos berberiscos del norte de África, excelentes marinos, pero con unas tropas de calidad menor por su armamento y organización», desvela en autor en declaraciones a este diario.

Por su parte, y aunque está de acuerdo, Canales apunta que la armada turca gozó también de grandes militares que demostraron su valía en Lepanto. «Si lo vemos desde el punto de vista táctico y naval el mejor comandante de la flota turca fue Uluch Ali, que con sus naves berberiscas logró engañar a Andrea Doria, si bien Álvaro Bazán logró taponar la brecha que se había creado», sentencia. Lo que no tenían, en cambio, era a los hoy populares Tercios españoles y a Don Juan de Austria.

Imperio español y Santa Liga

A pesar de que la Santa Liga estaba formada por varias naciones –EspañaVenecia y los Estados Pontificios–, la naturaleza cristiana de sus integrantes hizo que tuvieran muchas similitudes a nivel militar. Los soldados más destacables fueron, sin duda, los soldados de los Tercios españoles; unidades que ya habían demostrado su valía durante cuarenta años de luchas y que, en palabras de Canales y Del Rey, jamás habían sido vencidos en una batalla en campo abierto. Felipe II ordenó, para ser más concretos, el embarque de unas 40 compañías procedentes de cuatro Tercios diferentes, los mandados por Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada.

Lo cierto es que poco hay que señalar del sistema de combate de los Tercios que no se haya dicho ya. Armados en tierra con picasarcabuces mosquetes, sus formaciones se convertían en un verdadero bosque de acero imposible de atravesar para el enemigo. Y sobre los bajeles de la Santa Liga, no eran menos letales. «La batalla de Lepanto la decidió la infantería española embarcada, que, gracias a la decisión de Juan de Austria, había sido repartida entre todas las naves de la flota cristiana, lo que permitió que contasen con más hombres de guerra experimentados en cada galera que los musulmanes», desvelan.

Por su parte, Del Rey especifica que, si bien se suele asociar esta unidad a las picas, en Lepanto es necesario ser algo más específico. «Lo correcto no es hablar solo de piqueros, dado que la infantería española combinaba de forma práctica y eficaz el uso de armas de fuego (mosquetes arcabuces) con armas blancas, como picas alabardas. Esta combinación funcionaba tanto en tierra como en el mar, si bien, es posible que las picas utilizadas en las galeras fueran algo más cortas que las que se empleaban y utilizaban en las batallas a campo abierto», desvela. En todo caso, suscribe que entregaron la victoria en bandeja a Felipe II.

El sistema era sencillo. Los piqueros solo dejaban dos opciones al enemigo (caer al agua y ahogarse o ser empalado), los arcabuces y mosquetes barrían las cubiertas y las alabardas daban la puntilla. Con todo, cada nación tenía sus filias y sus fobias con respecto al armamento que portaban sus soldados. Un ejemplo claro de ello fueron los venecianos, que recelaban todavía del arcabuz y preferían utilizar la ballesta como principal arma ofensiva a distancia. Cosas de la tradición. «Para el combate cerrado a corta distancia preferían la alabarda», desvelan los autores en ‘Gloria imperial. La jornada de Lepanto’.

En las galeras de la Santa Liga también era habitual ver a soldados equipados con rodela, un pequeño escudo cada vez más menos utilizado en campo abierto. «Era muy apreciada por los espadachines en los abordajes, especialmente por los infantes españoles», explican en su obra. Tampoco era raro distinguir por decenas a los llamados ‘aventureros’, muchos de ellos hidalgos que, «movidos por su ambición y deseo de notoriedad», se lanzaban a la lid. «Se equipaban con yelmos, plumas distintivas de su rango y calzas largas; sin coderas ni protectores de brazo para aligerar su peso en caso de caída al agua», finalizan. Hubo unos 2.000.

Por último, y además de otras tantas unidades (algunas de ellas, tan destacadas como los mercenarios alemanes), requieren una mención especial los monjes guerreros de San Juan. «Entrenados desde niños por y para la guerra, eran lo más parecido que había en Europa a los samuráis», desvelan Del Rey y Canales. Colaboraron con tres galeras en la batalla de Lepanto y los historiadores coinciden en que combatieron hasta el último hombre. A la postre, y sabedor de su buen hacer en el campo de batalla, el sultán Solimán los definió con desdén como «esa singular banda de monjes, piratas, sanadores y guerreros». Su objetivo era exterminarlos, pues, para él, suponían un escollo difícil de superar por su fervor religioso.

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