Historia

Sociedades secretas: la extraña matanza de frailes en Madrid durante la epidemia de cólera de 1834

Con la Primera Guerra Carlista amenazando la capital, una turba se dirigió a varios conventos para asesinar brutalmente a todos los religiosos, después de que se extendiera el rumor de que estos habían envenenado las aguas para propagar la epidemia

La masacre fue tan repentina e imprevisible que, a día de hoy, 187 años después, muchos historiadores todavía se preguntan si de verdad fue una reacción espontánea de los madrileños a raíz del cólera o una acción organizada por sociedades secretas con intereses políticos. Manuel de Pando, presidente del Gobierno unos años después, llegó a decir en sus memorias que, aprovechando los estragos de la pandemia, «audaces conspiradores revolucionarios asesinaron despiadadamente a más de ochenta religiosos». Para Menéndez Pelayo fue también «una venganza planeada» por organizaciones en la sombra que querían «precipitar una revolución» ante el avance de los carlistas.

Para algunos periódicos, sin embargo, la matanza fue una reacción del pueblo, sin plan predeterminado, como consecuencia del terror

que sufría a causa del aumento de las muertes provocadas por tan mortífera epidemia. Una hipótesis que también defendió Francisco Pi y Margall en su ‘Historia de España en el siglo XIX’ (1902), convencido como estaba de que «la circunstancia que originó tan tristes y reprobables sucesos fue que los frailes eran considerados, por entonces, una especie de auxiliares poderosos de la facción carlista, más que la falsa creencia de que estos habían envenenado las aguas de la capital».

¿A qué envenenamiento se refería el historiador catalán? Vayamos por partes. Todo comenzó con la epidemia de cólera que llegó a España en el verano de 1833. Un año después alcanzó a Madrid, una ciudad con más de 200.000 habitantes que se hacinaban en el espacio delimitado por sus murallas. Las zonas más populares y pobres tenían una densidad de población mucho mayor que la alcanzada por los suburbios de Londres o París. Y las condiciones sanitarias e higiénicas eran todavía deplorables, con aseos al aire libre, un alcantarillado precario e insuficiente, donde el agua corriente era un sueño prácticamente inalcanzable.

Tensión política

A esto hay que sumar la complicada situación política y social que se vivía en la capital de España, en julio de 1834. Hacía menos de un año que había muerto Fernando VII, que dejó al país inmerso en una guerra civil entre los partidarios de su viuda, la Reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias —regente hasta que la pequeña Isabel II cumpliera la mayoría de edad— y los partidarios de su hermano Carlos, dispuesto a proclamarse Rey y mantener los fundamentos del Antiguo Régimen. De ahí que la primera se viera obligada a contar con el apoyo de los liberales, al mismo tiempo que intentaba hacer las mínimas reformas posibles. Entre estas se encontró con el Estatuto Real, que promulgó con la oposición de algunos de sus colaboradores. Los más radicales de estos comenzaron a hacer oposición en la calle, lo que generó una tensión prácticamente insoportable.

El clima se agravó aún más cuando las autoridades y la propia Familia Real abandonaron la ciudad para refugiarse en el palacio de La Granja

Sin embargo, una amenaza aún peor que la guerra se cernía sobre la capital, ya que, a pesar de las medidas tomadas por las autoridades españolas para evitar que el cólera llegase a Madrid, como los cordones sanitarios, se registraban los primeros casos de contagiados a principios de julio de 1834. El clima se agravó aún más cuando las autoridades y la misma Familia Real abandonaron la ciudad para refugiarse en el palacio de La Granja de San Ildefonso, en Segovia, tras varios días negando la existencia de la epidemia, así como la amenaza de una ofensiva carlista y el aumento del precio de los alimentos como consecuencia de la pandemia.

Los muertos aumentaron durante los diez primeros días del mes, aunque la prensa madrileña intentó maquillar la gravedad de la situación al principio. El momento más terrible se produjo el 15 y 16 de julio, cuando llegaron a Madrid las noticias sobre el avance de la Primera Guerra Carlistaal mismo tiempo que el cólera se extendía por toda la ciudad. El ministro Antonio Alcalá Galiano acabó desvelando que «los enfermos fallecían a centenares, con las circunstancias horrorosas compañeras de tal cruel plaga».

La prensa ayudó a caldear el ambiente al relacionar a los frailes con los carlistas, algo también hizo el Gobierno. Este último promulgó, de hecho, varios decretos referidos a los eclesiásticos que dieran su apoyo a los carlistas, en los que se amenazaba con la supresión de monasterios y conventos. «Y si es verdad que hubo frailes que colaboraron con los carlistas, también hubo otros, aunque fueran menos, que estuvieron con los liberales. La jerarquía eclesiástica, además, reconoció en su mayoría a la nueva Reina», advierte Carmen Pérez Roldán en su artículo ‘La matanza de frailes de 1834: prensa y propaganda’ (La Albolafia, 2019).

Más de 3.500 muertos

El 17 de julio, el cólera se multiplicó y el número de fallecidos se tornó alarmante. Para que se hagan una idea, ese mes murieron en total 3.564 personas a causa de la pandemia, de los cuales la mayoría cayeron en esos días. Entre las medidas urgentes puestas en marcha por las autoridades estaban la expulsión de los indigentes, la represión de los que incumplían las normas, la prohibición de la cría de animales en las viviendas, la limpieza de calles y plazas, la recogida de basuras y la demolición de gran parte de las chabolas que albergaban a las familias llegadas de otros puntos de España. Todas ellas insuficientes para detener la enfermedad y transmitiendo el mensaje, por otro lado, de que la población más pobre era la culpable de todo.

En esta situación de angustia, se difundió el rumor de que los religiosos habían envenenado las fuentes y que, por lo tanto, estos eran los causantes de que la enfermedad arrasara Madrid. Fue la chispa que puso en marcha la masacre durante la tarde del 17 de julio. Según el ‘Mensajero de las Cortes’, todo empezó con la supuesta detención de un hombre al que habían encontrado echando veneno en las cubas de los aguadores en la Puerta del Sol. También arrestaron a dos trabajadoras de la Fábrica de Cigarros que habían confesado que les habían entregado la sustancia mortal para echarla en los cigarros o en las aguas, según las versiones.

Se corrió también el rumor de que los jesuitas eran quienes habían sido los autores «de tan infernal maquinación». Eso exasperó aún más los ánimos de los vecinos, hastiados de ver cómo los cadáveres aumentaban en sus barrios, y se dirigieron al Colegio Imperial de San Isidro. Los religiosos habían cerrado las puertas «e hicieron tocar las campanas a rebato», pero los violentos llegaron antes y «forzaron las puertas, entraron y mataron a algunos que intentaron oponer resistencia». A continuación, la turba se dirigió hasta el Seminario de Nobles y asesinó a cuantos religiosos se encontraron. Por último, saquearon los dos edificios y se dirigieron con las mismas intenciones hacia el convento dominico de Santo Tomás, situado frente a la parroquia de Santa Cruz.

Condenas a muerte

Varios dominicos habían conseguido huir, pero acabaron con la vida de otros siete que decidieron quedarse. A la caída de la noche fue asaltado también el convento de San Francisco el Grande, donde fueron asesinados entre 43 y 50 frailes franciscanos. Y a las 23.00 fue atacado el convento de San José de los Mercedarios, en la actual plaza de Tirso de Molina, donde se sumaron otros nueve o diez muertos más. Todo, ante la práctica inacción de las autoridades, que sí actuaron cuando al día siguiente lograron impedir el asalto de otros conventos y nuevas matanzas.

Se calcula que los asesinatos cometidos superaron los cien, en su mayor parte religiosos, aunque también algún seglar. Al día siguiente se declaró el estado de sitio y en las jornadas sucesivas la Policía apresó y encarceló a varios instigadores. Fueron juzgados 79, entre los que había 54 civiles, 14 milicianos urbanos y 11 soldados. Dos de ellos fueron condenados a muerte por los robos, no por los homicidios, y el resto encarcelados. Solo unos pocos fueron absueltos.

Se calcula que los asesinatos cometidos superaron los cien. Al día siguiente se declaró el estado de sitio

Desde entonces, la teoría de que la masacre fue perpetrada por sociedades secretas se extendió. El Padre Lesmes Frías dijo en su ‘Historia de la Compañía de Jesús’ que, desde mayo, se oían rumores de que esta se iba a perpetrar. Algunas casas de religiosos tuvieron avisos de ello, pero no se atendieron. Por su parte, Pedro Gómez Aparicio aseguró que, desde los primeros días de julio, agentes masónicos y revolucionarios habían repartido armas y dinero en los barrios más populares, sobre todo en Maravillas y Lavapiés. También Javier de Burgos, en sus ‘Anales del Reinado de Isabel II’, defiende que la Policía sabía que los «enemigos del orden» querían exaltar los ánimos en contra del Gobierno y el cólera, precisamente, les brindó la oportunidad. Y Vicente de la Fuente califica las matanzas en su ‘Historia de las sociedades secretas’ como «una de las principales hazañas de estar organizaciones», las cuales obedecían a una conspiración que «venía muy de atrás», que «el Ejecutivo la conocía» y de la que «los religiosos mismos recibían avisos».

En el otro bando, además del mencionado Pi y Margall y varios diarios, encontramos otros partidarios de que el asalto fue espontáneo. Entre ellos se encuentra, por ejemplo, Miguel Morayta, para quien «los frailes habían hecho extraordinario daño a España» y que los masones no son responsables de lo sucedido. «¿Cómo no explicarse aquella explosión, que no fue resultado de ningún complot, ni preparado por grupo alguno, sino resultado espontáneo del estado de opinión?».

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