Historia

Sexo y LSD: las armas secretas de Manson para convertir niñas pijas en crueles asesinas

Manson
Manson

Manuel P. Villatoro – ABC

Ha pasado medio siglo desde que el juez confirmó la condena a la cámara de gas de los miembros de la ‘Familia Manson’ tras un juicio de 225 jornadas; la sentencia, sin embargo, fue conmutada por cadena perpetua poco después

Aquel día, el diablo no arribó a la cita luciendo cuernos, rabo o pezuñas de cabra. Tres décadas después de haberse convertido en el invitado de honor del sistema penitenciario, Charles Manson, el asesino que había estremecido a la sociedad estadounidense con sus crímenes, se presentó ante las cámaras ataviado con la clásica camisa de presidiario, una barba encanecida que ocultaba un rostro rudo y su ya característica media melena azabache (signo inequívoco del movimiento hippie de los sesenta). Se acomodó, pero la silla que le esperaba no consiguió disimular su algo más de metro y medio de altura. Era un «hombre pequeño», como él mismo había repetido en más de una ocasión.

Lo que siguió fue un documento estremecedor; un viaje a la psique de un perturbado que se había valido del sexo y del LSD para lograr que los miembros de su secta (la ‘Familia Manson’, formada en su mayoría por lo que los criminólogos calificaron después como «niñas pijas» o chicas de buena familia) se transformaran en la mano ejecutora de hasta nueve crímenes mortales. Mesías para unos pocos, desquiciado para los que más, Manson respondió a las preguntas del periodista Tom Snyder a trompicones. « ¿Si salieras, matarías de nuevo?». «Creo que estad usted mal informado, yo no he matado a nadie».

Juan Ramón Pereira

Hasta que murió, Manson insistió en esa idea: «No quebranté la ley. No maté. El juez lo sabía y no me escuchó». Pero eso no evitó que, en abril de 1971, hace ahora medio siglo, el magistrado Charles Older ratificara su condena y la de la ‘Familia’ a la cámara de gas. De hecho, que se escabulleran del cadalso solo se debió a que California suspendió la pena de muerte un año después. «Responde al arquetipo de asesino despiadado, pero la realidad es que no fue más prolífico que otros como Ted Bundy Richard Ramírez. Además, se ajusta más al perfil de un líder de secta», explica a ABC Juan Ramón Pereira, psicólogo de Acofem 13, doctor en psicología, especialista en salud mental y psicología criminal y el único investigador español que ha entrevistado y analizado a un centenar de reos condenados por asesinato múltiple.

Y es que se han extendido demasiadas verdades a medias sobre él. Para empezar, que era un psicópata. «Comparte algunos de sus rasgos, pero no era un sádico. No disfrutaba perpetrando asesinatos, mandaba a otros que lo hicieran. Ese es un elemento diferenciador», afirma Pereira. La magia de Manson era otra. Su secreto, ese que generó un magnetismo insalvable, fue su capacidad para «convencer a personas adultas de que abandonasen sus principios y que matasen incluso a una mujer embarazada como Sharon Tate», esposa del director Roman Polanski. «Aunque todos nos decimos que jamás nos controlarán de ese modo, la realidad es que la posibilidad existe», sentencia el doctor español.

Charles Manson

Charles nació en noviembre de 1934 en Cincinnati, EE.UU.. «Su personalidad se construyó a partir del abandono familiar, que derivó en delincuencia -allanamientos, agresiones, estafas, robos de vehículos, proxenetismo- y largos años de reclusión en reformatorios y centros penitenciarios. De entre todas estas instituciones me atrevería a decir que hubo una que le marcó mucho: la cárcel de la isla McNeil, donde descubrió conceptos propios del esoterismo, la cienciología y el budismo», explica a ABC el periodista especializado en sucesos y coordinador de prensa de la Asociación SOS Desaparecidos, Christian Borja Campos. Pereira, por su parte, recalca que este turbio cóctel hizo que empezara a mostrar resentimiento hacia la sociedad.

Cuando salió de la cárcel, a los 32 años, el mundo había cambiado hasta el extremo. Era la época de los hippies, el amor libre y la espiritualidad. Un mundo que él no había visto, pero del que supo valerse para sobrevivir. Armado con su guitarra y su carácter manipulador, se zambulló de lleno en aquel ambiente y empezó a forjar una camarilla de seguidores. Así nació la ‘Familia Manson’, un grupo que se trasladó a vivir a una vieja y apartada localización: el Rancho Spahn. Ese fue el santuario de una secta en la que había tres mujeres por cada hombre.

Lavado de mente

«Manson seleccionó a personas con vulnerabilidad psicológica con el objetivo de manipularlas. Utilizó elementos típicos de secta (ideología, discurso mesiánico…) para manejarlas», desvela Pereira. Su máxima era que iba a sucederse una guerra racial entre blancos y afroamericanos y que la ‘Familia’ sería el único grupo que sobreviviría en las montañas. «Se basaba en interpretaciones delirantes de los Beatles y de algunas de sus canciones como ‘Helter Skelter’». Para el ciudadano de a pie podía ser un loco, pero, para sus veinteañeros acólitos, era un mesías. «Tenía mucho magnetismo, mucho carisma. Desprendía encanto y poder. Cuidaba de mí y de todos. Éramos sus hijos», afirmó una de las chicas del rancho, Linda Kasabian, años después.

Desde que fue capturado en 1969, Charles Manson insistió en que no había perpetrado los crímenes y en que no había arrebatado una vida

Sus armas eran dos. La más importante, las drogas. «Manson utilizó el LSD para desestructurar la psique de las víctimas. Así, alteraba su percepción, lograba que su mensaje fuese bien recibido y difuminaba la línea entre realidad y ficción. Además, conseguía que pasasen hasta 72 horas sin dormir y, por tanto, sufrían delirios», confirma Pereira. A todo ello se sumaba una sumisión absoluta. «Dependían de él para todo. Tenían que pedirle las llaves del coche para salir del rancho o solicitarle permiso para comer. Con ello, Manson obtenía unas mentes moldeables que no funcionaban de manera racional». El colofón eran las relaciones sexuales con sus chicas, que utilizaba como forma de control, reclamo para obtener nuevos miembros y moneda de cambio para conseguir favores del exterior. Una forma de prostitución.

¿Dónde está la fina línea que separa a un líder ávido de poder de un asesino?, ¿qué puede llevar a alguien a arrebatar una vida? En el caso de Manson, la pieza que desencadenó la barbarie fue un músico llamado Gary Hinman que, al parecer, le debía dinero. El 26 de julio de 1969, tres miembros de la ‘Familia’ se presentaron en el hogar de este joven de bigotillo y perilla. La idea era asustarle, pero la tensión fue en aumento y Manson terminó por ordenar su ejecución. «El miedo no es una emoción racional y, cuando aparece, se pierde el control», afirmó Bobby Beausoleil, el seguidor que ejecutó a la primera víctima. Aquel fue el punto de no retorno, aunque el líder no se manchó las manos con sangre.

El 8 de agosto, la ‘Familia’ atacó de nuevo. Esa noche, Charles ‘Tex’ WatsonSusan AtkinsPatricia Krenwinkel y Linda Kasabian llamaron a la puerta del número 10.050 de Cielo Drive, al norte de Beverly Hills. Su objetivo: vengarse de un productor musical que había roto el sueño de Manson de publicar un disco con los ‘Beach Boys’. Pero la víctima ya no vivía allí. «El inmueble estaba ocupado por Tate, de 26 años, que estaba embarazada de ocho meses, y varios de sus amigos: Jay Sebring, célebre peluquero, Abigail Folger, heredera de una importante empresa de café, y el aspirante a escritor Voytek Frykowski», afirma Campos. El primero en morir fue Steve Earl, ajeno a todos ellos y al que la casualidad le hizo pasar por allí. Después se desató el infierno.

«En ningún momento les importó que Tate estuviera embarazada y suplicara por la vida de su hijo. Los asesinos le asestaron dieciséis puñaladas tras matar a sus amigos. A Frykowski le propinaron más de cincuenta cuchilladas, además de dispararle varias veces y romperle la culata de la pistola en la cabeza. Sebring recibió varios disparos y heridas punzantes, y Folger, que consiguió alcanzar el jardín, perdió la vida tras recibir numerosas heridas de arma blanca», finaliza Campos. «Éramos como robots. Era lo que teníamos que hacer», dijo después Krenwinkel. Huyeron, aunque parece que no fue demasiado para un Manson que, al día siguiente, dirigió otra sangrienta expedición en Los Ángeles contra una casa en la que vivía el matrimonio LaBianca. Para ella llamó, además, a Leslie Van Houten Glem Grogan.

Juicio a la locura

Juan S. Rada

El torrente de sangre pronto llevó a las autoridades hasta el rancho, donde la ‘Familia’ fue capturada. «Comparecen en audiencia preliminar Charles Manson y las muchachas de la tribu “hippie”», publicaba ABC en diciembre de 1969. Juan S. Rada, versado periodista de ‘El Caso’ (aquel que llevó la crónica de sucesos a toda España durante casi medio siglo), exdirector de diferentes medios de comunicación y autor de varias obras sobre criminología como ‘ Grandes casos de la crónica negra. 2020 año de aniversarios criminales’, afirma a este periódico que lo que vino después fue una locura: «Aquello se asemejó bastante a un circo mediático. Manson no había participado en la masacre como autor material, pero era el que atraía la atención general por su condición de líder de secta, y el resto de sus compinches le seguían el juego».

Parte de laFamilia Manson

El extenso juicio, que se extendió 225 jornadas, fue un teatro para Manson y sus chicos. «Fue procesado junto a KrenwinkelAtkins Van Houten por siete delitos de asesinato y conspiración. El otro participante en la matanza, Watson, proseguiría en prisión a la espera de ser juzgado en California», confirma Rada. En palabras del veterano reportero, «durante el desarrollo de la vista fueron dando versiones contradictorias y, ya en la etapa final, una de las acusadas, Susan, se autoinculpó». El fin último era salvar a Charlie. «Durante el juicio la fiscalía contó con un testimonio de cargo: Bernard Crowe. Un traficante al que, meses antes, había disparado y dado por muerto creyendo que era un Pantera Negra. Algo que demostraba que Charlie también sabía matar con sus propias manos». Al final, el jurado no dudó.

Según Rada, Manson terminó sus días en prisión, donde se dedicó a la música y no olvidó sus labores como gran gurú. « Continuó con su protagonismo como líder de una secta satánica, volcado en todo lo que tuviera que ver con ello. De vez en cuando recibía a algún periodista e, incluso, cadenas de TV donde contaba sus vivencias e insistía en que no tenía nada de qué arrepentirse. Durante siete años recibió las asiduas visitas de una joven, Elaine Burton, con la que tenía proyectos de boda; incluso consiguió la licencia para casarse. Y repetidas veces solicitó la libertad condicional, pero sin éxito», añade. A pesar de que tuvo que hacer frente a algunas dificultades (otro preso le prendió fuego en 1984), tuvo una vida apacible hasta que murió en 2017.

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