Historia

Segundo García, la gesta del jinete solitario que salvó a mil españoles de ser masacrados en Filipinas

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Manuel P. Villatoro

El 14 de junio de 1898 este sargento cargó con cuatro compañeros más contra un gran contingente filipino para evitar la masacre de cientos de hombres, mujeres y niños

La suya es una gesta olvidada de las muchas que pasean, despreciadas, por las páginas de nuestra extensa historia. El por qué cuesta averiguarlo. Quizá, por mera casualidad; quizá, debido a que su protagonista no cuenta con unos apellidos rimbombantes, sino que atesora unos más castizos y populares. En todo caso, lo que no podemos negar es que Segundo García García se ganó sus galones (y su Cruz Laureada de San Fernando) con mucha razón el 14 de junio de 1898.

El día en que, para proteger a un millar de soldados, civiles y religiosos de ser masacrados por los filipinos, cargó junto a otros cuatro compañeros contra un gran contingente enemigo al que hizo huir.

Nace un héroe

En Vegapujín (Omaña Castilla y León), un pueblo ubicado entre montañas y rodeado por un mar de verdor. Aquí fue donde nació Segundo García García el 13 de mayo de 1874, un niño que aprendió a montar a caballo en su infancia y que, probablemente, jamás pensó que sería recordado por salvar a un millar de personas valiéndose de poco más que su valor. Así lo explica el coronel de caballería retirado Antonio Bellido Andréu en su dossier sobre este personaje elaborado para la Real Academia de la Historia.

Su habilidad para cabalgar le granjeó ser destinado al arma de caballería en 1893 cuando, con 19 primaveras, fue llamado a filas por el ejército. Apenas dos años después partió a Filipinas, una de las últimas colonias que quedaban del viejo Imperio español. Allí, el ya sargento García se dio de bruces en 1898 con una revolución independentista generalizada por parte de los nativos. Movimiento que se vio apoyado por los Estados Unidos, ansiosos de quedarse para sí con aquella región.

El joven Segundo García García empezó a partir de entonces a ascender gracias a su gallardía. Narra Bellido que no tardó en llegar a sargento y que fue en esta posición cuando empezó a atesorar medallas. «Durante la primera mitad de 1898 tomó parte en diversos combates, haciéndose acreedor –por sus actuaciones durante los meses de abril, mayo y junio– a tres cruces del Mérito Militar, con distintivo rojo», desvela.

Camino al infierno

Su prueba más dura arribó, no obstante, durante el verano de ese mismo año, cuando los combates se generalizaron en FilipinasManila (la capital) fue uno de los objetivos principales y, para evitar que la bandera española dejase de hondear en sus muros, se envió al general Ricardo Monet. Este partió en ayuda de la ciudad en junio con una columna formada por más de mil almas. Entre ellas, 250 civiles (frailes, mujeres y niños que no podían empuñar un arma) que huían de la barbarie de la guerra y que solo buscaban evitar el filo de los tagalos. También destacaban 32 carros lentos hasta la extenuación que hicieron la marcha infernal.

Al frente de este gigantesco grupo se hallaba Monet y, a un palmo de su persona, Segundo García, quien había logrado ascender hasta estar al mando de la guardia personal del oficial. En total, otros cuatro jinetes. Aunque se desconoce, nuestro protagonista partió probablemente a la batalla con el clásico uniforme de la caballería hispana en la región: el formado por finas rayas azules y blancas acompañado de un sombrero tipo jipijapa.

Cuando el calendario marcaba el 14 de junio, la columna fue atacada a la altura de Macabebe, una región ubicada al norte del archipiélago filipino, por nada menos que 4.000 enemigos. El asalto principal se produjo desde un flanco y fue acompañado por un nutrido grupo de enemigos (unos 100) que bloquearon la carretera por la que transitaba la caravana. La lluvia de proyectiles cogió por sorpresa a Monet y a sus oficiales, quienes tomaron como pudieron posiciones defensivas para evitar que una bala les volara la mollera.

De esta guisa se explicó su gesta poco después, mientras se deliberaba en un juicio contradictorio si debía ser o no condecorado.

«[Se establece que] al retirarse el General Monet del pueblo de San Fernando de la Pampanga al de Macabebe, con una columna de unos mil hombres y una considerable impedimenta [Segundo García] se vio detenido frente a la estación férrea de Santo Tomás por más de 4.000 hombres que envolvieron a la columna en un círculo de fuego. Y que las fuerzas de la vanguardia que hasta entonces habían avanzado lentamente por las dificultades que el terreno encharcado ofrecía se vieron con el paso cortado por unas trincheras».

Cuando estuvieron a salvo, el general hizo llamar al jefe de su guardia personal, a quien informó de que solo había una forma de que aquellos hombres, mujeres y niños sobreviviesen: debía hacer huir a los nativos que se habían cortado la vía para que la columna pudiese seguir su avance. Segundo alzó su sable y dio una orden sencilla a sus cuatro compañeros de armas: «¡A la carga!». En definitiva, hizo lanzarse a un puñado de hombres contra un centenar. Al galope, y con España en el corazón, los jinetes rebasaron el espacio que había entre ellos y la barricada enemiga. Después, con más valor que lógica, se obró un milagro que recogió así el juicio contradictorio.

«[Se establece que Segundo García] recibió la orden de que sin perder un instante y a toda costa cargara contra el enemigo. Que avanzó [con cuatro jinetes] al galope y cargó a poco con tal decisión sobre la trinchera que el enemigo la desalojó y se refugió en un camarín inmediato».

Lejos de detenerse en ese punto, nuestro protagonista ordenó a los jinetes descargar sus armas, como un huracán, contra los filipinos. El camarín, o pequeña ermita en la que se habían refugiado, no les salvó de la furia hispana. Pam, pam, pam. La guardia personal mantuvo a raya a sus enemigos durante el tiempo extenso. Aunque, al final, el mayor número de contrarios se impuso y, uno a uno, los militares hispanos se desplomaron sin vida sobre la tierra. Solo quedó Segundo García, que se negó a retirarse a pesar de combatir sin ayuda. Así, hasta que, como quedó patente en el juicio contradictorio, la infantería avanzó para cubrirle.

«[Se establece] que dueño [Segundo García] de la trinchera, rompió el fuego sobre el camarín, sosteniéndolo hasta que la escolta quedó en su totalidad fuera de combate […]. Y que, visto el ejemplo de arranque y abnegación de tan corta fuerza de caballería, reaccionó la Infantería y avanzó enérgicamente, penetrando».

La acción salió cara a Segundo. Recibió un disparo que le dejó malherido el brazo. Sin embargo, también le granjeó el ascenso a 2º Teniente de Caballería por méritos de guerra y, a la larga, también la ansiada Cruz Laureada de San Fernando. Aunque su mayor victoria fue saber que había ayudado a proteger aquella columna de civiles.

Turbio final

Según narra Antonio Bellido Andréu, Segundo García continuó en Filipinas hasta su caída tras el desastre del 98. Después, «regresó a España y fue destinado al Regimiento de Reserva Palencia, número 14». A partir de entonces comenzó un periplo por diferentes unidades militares que le llevó a pisar regiones como MadridLeón Navarra. En la última parte de esta etapa de su vida se dedicó a labores de logística intendencia, las cuales llevó a cabo, según las fuentes, de manera ejemplar.

No hicieron faltas excesivos trámites, por tanto, para que fuera ascendido a coronel en 1921, el año en que la masacre en el campamento de Annual sacudió la política nacional.

Fue ya como coronel cuando aceptó tomar parte en el pronunciamiento contra la dictadura de Primo de Rivera. Una revuelta acaecida el 24 de junio de 1926 que se saldó con un sonoro desastre por culpa de la falta de apoyos entre los militares y la rápida actuación del dictador. De nada le valió a Segundo García su amplia panoplia de medallas y las heroicidades protagonizadas al otro lado del mundo… Nuestro protagonista, como cabía esperar, fue cazadojuzgado condenado. Esquivó la muerte, eso sí, pero no la prisión, como bien desveló ABC en un artículo publicado ese mismo año:

«El capitán general de la región, de acuerdo con el auditor, ha firmado la sentencia dictada por el Consejo de guerra de oficiales generales en la causa seguida contra un coronel; un capitán, un suboficial y siete sargentos por intento de sedición […]. La causa se vio recientemente en el cuartel de San Francisco el Grande, según publicamos oportunamente. Según esta sentencia, se condena: al coronel de Caballería de la escala de. Reserva, D. Segundo García, a cuatro años de prisión militar correccional».

Segundo García permaneció en prisión hasta 1930, cuando una amnistía le permitió salir de la cárcel. En palabras de Bellido, de nuevo en Madrid fue nombrado gobernador de las Prisiones Militares. Con todo, duró poco en el cargo. Para ser más concretos, hasta junio, cuando fue enviado a la reserva como general de brigada. «Se retiró a León donde falleció a los pocos días», completa el experto en el dossier sobre este personaje elaborado para la Real Academia de la Historia.

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