Historia

«¡Quieren matarnos como a chinches!»: la extraña resistencia de Madrid a luchar contra el cólera

The silent highwayman
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Israel Viana – ABC

Los vecinos de los barrios populares, apoyados por una gran cantidad de médicos, se opusieron con violencia a la desinfección de las calles y las casas durante la cuarta ola de esta epidemia de 1885. «¡La verdadera epidemia es el hambre!».

Este último fin de semana, la Policía Municipal de Madrid intervino 267 fiestas ilegales que incumplían la normativa antiCovid. De ellas, 35 eran en apartamentos turísticos y el resto en locales comerciales donde se superaba, con creces, el número de personas permitido. Hace dos semanas se repetía lo mismo con otras 227 más entre el sábado y el domingo, después de que en enero se hubiera batido el récord de fiestas en un solo día con nada menos que 133. Nadie llevaba mascarilla en ninguna de ellas.

Esta insolidaridad e irresponsabilidad no es nueva en lo que a epidemias se refiere. En otros periodos de la historia de España hemos vivido este tipo de actitudes casi negacionistas, en las

que una parte importante de la población se negaba a acatar las recomendaciones sanitarias para poner freno al creciente número de muertos e infectados. Lo que sufrimos hoy es muy parecido a lo que padecimos en 1885, por ejemplo, durante la cuarta ola de la epidemia de cólera que padeció Madrid: miles de fallecidos, restricciones por localidades, negocios en peligro de quiebra, el Gobierno y la oposición a bofetada limpia a cuenta del virus y los diarios dedicados casi exclusivamente a informar sobre el tema.

También los mismos errores y negligencias. De hecho, resulta sorprendente que, cuando salieron a la luz los primeros casos de cólera, la primera reacción fue minimizar el peligro de la enfermedad. Se intentó convencer a los vecinos de que se trataba de un «cólico madrileño», una enfermedad intestinal curable con síntomas parecidos a los de la epidemia, la cual por entonces ya causaba estragos entre la población. Esa confusión fue impulsada por los comerciantes y hosteleros, que se sintieron agredidos por la declaración oficial de la pandemia por parte del Gobierno, ya que temían que eso les llevara a la ruina.

Cuadrillas de fumigadores

Sin embargo, hubo un episodio más extraño e irracional recogido por el historiador Luis Díaz Simón en «El cólera de 1885 en Madrid: catástrofe sanitaria y conflicto social en la ciudad epidemiada» (UCM, 2014). Se produjo como consecuencia de los trabajos de desinfección ordenados por las autoridades municipales en muchas de las calles, centros de recreo, casas particulares, establecimientos públicos y red de alcantarillado de la capital, con el objetivo de fumigar la ciudad con soluciones químicas para frenar los efectos de la pandemia. También se dedicaron a quemar azufre y nitro, desatando el horror entre los vecinos.

Al parecer, los desinfectadores municipales dejaban un desagradable olor a sulfuro, cloro y ácido fénico que permanecía en el ambiente durante varias semanas. Los madrileños lo pasaban tan mal que acabaron por ocultar los brotes de cólera solo para que estos no volvieran. «A pesar de los consejos de las autoridades, ha sido difícil vencer las preocupaciones de algunos que, obstinados en rechazar todo auxilio facultativo, permanecieron en el más lamentable silencio, pereciendo víctimas de su abandono y siendo además causa de la aparición de nuevos focos que rápidamente tomaron proporciones alarmantes», contaba Alberto Bosch en ‘Memoria de las medidas adoptadas para contener la invasión del cólera en 1885’.

Esta forma de actuar fue muy común, sobre todo, en las barriadas populares, donde la fumigación era mucho más intensa. La tensión fue en aumento hasta que comenzaron los primeros enfrentamientos violentos contra las brigadas sanitarias, los operarios del servicio de desinfección y los agentes de vigilancia que les acompañaban. Así lo contaba ‘El Siglo Futuro’ en su edición del 18 de junio de 1885: «Va haciéndose cada vez más difícil la desinfección que están llevando a cabo las autoridades gubernativas de Madrid. Los habitantes de los barrios bajos se oponen a que se rocíen sus viviendas con cloruro de cal y demás desinfectantes». A lo que añadía después una escena de lo más curiosa: «Cuando los vecinos vieron llegar al carro con los desinfectantes, comenzaron a gritar: “¡El cólera! ¡Nos traen el cólera!”».

Episodios parecidos se repitieron cada día en estos barrios de clases medias y bajas como, por ejemplo, Peñuelas, donde los fumigadores se encontraron con la tenaz oposición del vecindario. Este llegó, incluso, a amenazar con sublevarse para impedir que las brigadas realizasen su trabajo. En la Ronda de Segovia, un enfermo sospechoso de tener cólera se amotinó en su casa, junto a su familia, para impedir que la fumigaran. Los vecinos se le unieron a su protesta y uno de los sanitarios terminó herido de una pedrada en la cabeza. El resto de la cuadrilla y los policías tuvieron que huir, aunque al día siguiente llegara la respuesta de las autoridades con 17 detenidos.

Declaración del Gobierno

El incidente más grave tuvo lugar en el mercado de San Ildefonso, al día siguiente de que el Gobierno hiciera pública la declaración de la epidemia. Hacía un mes que los periódicos daban cuenta de las primeras defunciones, pero el presidente Cánovas del Castillo se había resistido a hacer un llamamiento oficial y tampoco fue apoyado por la oposición. El líder de esta, Práxedes Mateo Sagasta, llegó a afirmar que no había ningún peligro en Madrid.

Eso alimentó el descontento de los vecinos, a los que se unieron después los comerciantes, que veían aquello como un atropello contra sus intereses. «La epidemia se traducía en una inmediata disminución de la actividad comercial e industrial y en la interrupción de los negocios, ya que la población tendía a abandonar la vida social para recluirse en sus viviendas», apunta también Díaz Simón en su tesis doctoral: ‘La conquista de la modernidad: Madrid, 1880-1936’ (UCM, 2017).

En los mercados, el precio de la carne subía y los artículos de primera necesidad no llegaron a las plazas como consecuencia del cólera. Uno de aquellos días, un grupo de tenderos estaba discutiendo el asunto cuando vieron, de repente, a una de las brigadas sanitarias pasando junto al mencionado mercado y comenzaron a gritar: «¿Qué quieren que comamos? ¡Nos van a matar de hambre!» y «¡el cólera, el cólera! ¿Quién quiere el cólera?». A estos se unieron después las verduleras con sus propias proclamas: «¡Que se lo echen al gobernador!», «¡eso es para acabar con los pobres!», «¡nos quieren matar con polvos como a las chinches!» y «¡aquí no entran!», podía leerse en otra página de la misma edición del diario.

La cuadrilla sanitaria tuvo que poner los pies en polvorosa de nuevo, al igual que le ocurrió al grupo de policías que llegaron después en auxilio de los desinfectadores. El mismo inspector jefe tuvo que desplazarse hasta allí para que se respetara la autoridad, pero los comerciantes insistieron en que ya se habían tomado medidas higiénicas destinadas a proteger aquel espacio y que se oponían rotundamente a las fumigaciones durante las horas dedicadas a la venta.

«La epidemia es el hambre»

Los vecinos, por su parte, no entendían el sentido de desinfectar las casas de los pobres para que siguieran viviendo en ellas bajo las mismas condiciones de insalubridad y desnudez, aunque el cólera desapareciera. Para ellos no era una medida de higiene, sino una broma de mal gusto. De hecho, se pueden considerar aquellas protestas contra la desinfección como el reflejo del malestar social existente entre las clases más bajas por la escasez de recursos que padecían», explica Díaz Simón en su libro.

«La verdadera epidemia de Madrid es el hambre –podía leerse en ‘La Iberia’ el 15 de junio de 1885–‌. Pensar que esas pobres gentes pueden vivir, cuando si comen algo son hortalizas lacias y frutas verdes o podridas, es una crueldad. No hacen falta epidemias, ni cólera, ni enfermedades de ninguna clase para matar a esas pobres gentes: para matarlas basta la miseria que padecen y el hambre que sufren».

El detalle más sorprendente, quizá, es que muchos médicos se pusieron del lado de los manifestantes, cuestionando la verdadera eficacia de este método para combatir el bacilo colérico y advirtiendo, además, de los peligros que se corrían al usar estos productos para la salud pública. También defendían que, para combatir la pandemia, era necesario mejorar las condiciones generales de vida de la población: eliminar el impuesto de consumos para que bajara el precio del pan, impedir la adulteración de los comestibles, aumentar la cuantía de los jornales, derribar las habitaciones insalubres para sustituirlas por viviendas con buena ventilación y mantener las calles limpias, entre otras.

En el verano de 1885 murieron 1.366 personas de cólera en Madrid. En las epidemias de 1834, 1855 y 1865 el número de fallecidos ascendió a 4.939, 3.707 y 2.875, respectivamente. «Hoy ha llegado el mal a un punto verdaderamente aterrador. Las estadísticas son desconsoladoras. Y si con menos causa en otras naciones se ha concedido a la higiene pública una importancia suprema, ¿qué debemos hacer nosotros, cuyo registro fúnebre excede al de casi todos los grandes pueblos de Europa y América?», escribía el célebre periodista Dionisio Chaulié en el artículo ‘Madrid en peligro’, publicado en la ‘Revista Contemporánea’.

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