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Historia

Puñalada al negacionismo: dos jerarcas de Hitler que confesaron la barbarie nazi antes de morir

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Manuel P. VillatoroABC

Desde el comandante de Auschwitz hasta altos cargos de la Gestapo o miembros de la jerarquía militar; todos ellos admitieron el Holocausto o afirmaron haber «oído rumores» sobre él en el seno del Tercer Reich

Para Ivan Martynushkin, entonces teniente del Ejército Rojo, aquel 27 de enero de 1945 no prometía sorpresa alguna. Era otra jornada más de la inefable Segunda Guerra Mundial; de cartuchos cuyo sonido llegaba sordo a través de la lejanía, marchas capaces de hacer brotar ampollas del tamaño de la nariz de Stalin (fíjense, pues iba bien armado) y un frío que se colaba por los resquicios del uniforme. Como mucho –y con algo de fortuna– esperaba no toparse con enemigos en su avance desde Cracovia, que ya es mucho decir. Todavía faltaba para la caída de Berlín, eso es innegable, pero el águila nazi había sido derribada ya de su pedestal y solo era cuestión de tiempo

que se diera de bruces contra el suelo tras una larga caza.

Pero el destino quiso que el bueno de Ivan discerniera aquel día el averno en vida. Durante su avance para «llegar a una determinada línea y establecer posiciones», el chico (¿qué son hoy 21 primaveras?) se encontró con el secreto mejor guardado del Tercer Reich. «Cuando dejamos atrás el pueblo de Auschwitz, nos topamos con un campo enorme que estaba rodeado de alambre de espino con unas torretas de hormigón impresionantes. Las vallas estaban electrificadas», afirmó en una entrevista concedida hace un lustro. Ante él no solo emergió el que hoy se ha convertido en el triste icono de la barbarie nazi, brotó uno de los muchos testimonios de que el Holocausto, la maquinaria de la muerte de Adolf Hitler, fue tan desolador como real.

Algunos de sus compañeros recordaron el hedor a muerte que despedía aquel lugar. «Cuando nos acercábamos a Auschwitz empezó a nevar y el campo se cubrió con un ligero manto blanco. Antes estaba completamente negro de hollín y cenizas. Cuando nos acercábamos ya se sentía ese olor tan especial como a carne quemada, a carne humana quemada…». Otros no pudieron olvidar el pavor de los 7.000 supervivientes que liberaron; aquellos que los guardias nazis no habían podido asesinar y calcinar antes de la liberación del campo para evitar que contaran lo que sabían. Muchos de estos reos, asustados, se negaron a admitir que eran semitas por miedo a ser llevados a las cámaras de gas«¡No somos judíos!», repetían una y otra vez.

A partir de entonces las declaraciones que sustentaron la existencia del Holocausto se contaron por miles. Prisioneros, políticos… Hasta los propios soldados aliados, sabedores de que nadie creería aquella locura, inmortalizaron su entrada en los campos de concentración de Buchenwald Mauthausen. Lo que muchos suelen pasar de puntillas es que hasta los mismos jerarcas nazis admitieron las barbaridades perpetradas por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. La mayor parte de ellos, a lo largo de los extensos juicios de Núremberg. Bien es cierto que los Göring Dönitz de rigor negaron hasta la extenuación conocer los pormenores del Holocausto en una mezcla de candidez y autoconservación (la fina sombra de la cuerda de la horca…), pero otros tantos fueron taxativos al hacer referencia a la matanza sistemática de seres humanos.

[Las confesiones más íntimas antes de morir ahorcado del nazi que gaseó a millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial

Un espía desvela la verdad

En marzo de 1946, con el cadáver de la Segunda Guerra Mundial todavía reciente, Walter Schellenberg sumaba apenas 36 años. Pocos para haber sido el «jefe del espionaje nazi», como él mismo se definió en sus memorias. Lo cierto es que supo resumir, pues su cargo, a nivel oficial, fue el de jefe de la Oficina VI de la RSHA (Oficina Central de Seguridad del Reich) y, poco después, el de jefe de inteligencia conjunta de las SS y del ejército. Sin embargo, también fue conocido por ser uno de los subalternos más cercanos de Heinrich Himmler, algo que lo convirtió en el blanco perfecto para los aliados, y por su eficacia para generar todo tipo de intrigas políticas y atraer a la causa nazi a personalidades enemigas. Casi nada.

Walter Schellenberg

Definido por aquellos que le vigilaban como un sujeto de «complexión delgada, asténico, estatura mediana, talante reservado, sonrisa fina y algunas cicatrices en el mentón», durante las entrevistas que mantuvo con los responsables de la seguridad de la prisión admitió en repetidas ocasiones las barbaridades perpetradas contra presos judíos y rusos. Aunque, como les sucedió a otros tantos, se escudó en que se limitaba a cumplir las órdenes que le llegaban desde las cúpulas más altas. Quizá lo más surrealista es que Schellenberg, considerado por los reos a su cargo como inflexible hasta el extremo, defendió siempre la máxima de que había intentado salvar a todos los judíos que había podido de la muerte durante la Segunda Guerra Mundial. «Logré realizar muchos actos humanitarios», afirmó en una ocasión.

Pero la realidad era más gris. El 12 de marzo de 1946, por ejemplo, confesó que supo de la existencia del exterminio gracias al Sturmbannführer de las SS Wilhelm Höttl. «Dijo que, según le comunicó Eichmann el agosto de 1944, entre cuatro y cinco millones de judíos habían sido asesinados». Poco después, sin embargo, cambió de parecer y confirmó que no supo nada de «la liquidación de los judíos» hasta «el 20 de abril de 1945», poco después de que Adolf Hitler se metiera una bala en la cabeza y una pastilla de cianuro en la boca. «Yo siempre supuse que los judíos en su mayor parte seguían estando vivos […] Siempre pensé que los judíos estaban vivos en los campos de concentración».

Leer los testimonios de Schellenberg supone adentrarse en la mente de un mago de la empatía. Un hombre que sabía qué debía decir en cada momento para agradar a su interlocutor o escabullirse de una acusación. El psiquiatra que le atendió en Núremberg, León Goldensohn, definió sus historias de salvación de judíos como «los cuentos de hadas de los hermanos Grimm» y sugirió que las intercalaba con las barbaridades del Holocausto para intentar desviar la atención de su culpabilidad. Calmado por lo general, perdió los nervios en una ocasión, cuando el doctor le acusó de equiparar los bombardeos masivos de los aliados contra ciudades germanas con la matanza sistematizada y organizada por los altos estamentos del Tercer Reich:

«¿Qué iba a hacer yo? ¿Qué pudo hacer a ese respecto el pueblo alemán? Desde luego, se sabía que sucedían cosas muy malas en esos campos. El que viviera cerca tenía que saberlo a la fuerza, tal como lo sabía yo. ¿Y qué? Despreciábamos todo lo que sucedía en los campos, pero ¿qué íbamos a hacer? Yo podría haber huido al extranjero, pero pensé que era mejor seguir en mi puesto e intentar que se produjera un cambio de Gobierno. A la vista de la situación política de hoy en día, creo que mi trabajo fue más acertado que si hubiera ido a escribir artículos acerca de lo que sucedía. Lo señalo por todas las personas que hoy regresan a Alemania y dicen que trabajaron por todos los medios a su alcance contra Hitler».

Walter Schellenberg

Antes de ser condenado a siete años de prisión (de los cuales apenas cumplió uno) Schellenberg admitió que las SS habían llevado a cabo todo tipo de experimentos con los judíos. Algunos como la castración selectiva para evitar que se reprodujeran. Una auténtica locura.

–Se sabe que los enemigos políticos del nazismo y los judíos fueron castrados.

–Por entonces no se dieron tales casos. Ni siquiera se habó de tal opción.

–Pero ahora se sabe.

–Sí. En abril de 1945 tuve conocimiento de ello, cuando estaba en Estocolmo, durante una conversación.

Asesino de mujeres y niños

Otros tantos no tuvieron la suerte de Walter Schellenberg. Otto Ohlendorf, de «aspecto demacrado y fantasmagórico», según aquellos que se encargaban de su cuidado en la prisión de Núremberg, fue uno de ellos. Al que fuera el jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich y, a la postre, comandante del Einsatzgruppe D, su sinceridad le hizo besar la fría cuerda de la horca. Según explica el historiador Ferrán Gallego en «Otto Ohlendorf en perspectiva», este teniente de las temibles SS narró todas las barbaridades cometidas por los nazis desde el mismo momento en el que fue detenido, allá por mayo de 1945. Fue juzgado junto a una docena de mandos más. Todos, acusados de «organizar una “limpieza étnica” en la retaguardia de la Wehrmacht».

Ohlendorf

Durante el juicio, Ohlendorf admitió el uso de cámaras de gas móviles por parte de las unidades más ideologizadas del Tercer Reich. Con todo, y tal y como hicieron el resto de sus compañeros, negó una y otra vez que él en persona hubiera ordenado las matanzas y se escudó en que solo recibía órdenes. El diario ABC, en una noticia publicada en enero de 1946, recogió así su testimonio:

«El interrogatorio del jefe de la policía alemana y exjefe de la Sección tercera de las S. D., Otto Ohlendorf, continuó al terminar el descanso de la sesión de la mañana del proceso de Nuremberg. […] A las 10.00, […] Ohlendorf continuó su declaración acerca de la política de eliminación contra los judíos. Hubo un altercado entre el testigo, el fiscal y el Tribunal acerca de la organización y los canales de mando de la Policía. Dijo que las unidades de la Wehrmacht no participaron en las ejecuciones en masa y que él se oponía a ellas. Subrayó que los grupos. Einsatz ejecutaban a los comunistas activos, aunque el solo hecho de pertenecer a este partido no fuera causa suficiente para la condena. Insistió el testigo en que, a pesar de ello, sus hombres no eran partidarios de las cámaras de gas por considerarlas repugnantes. Aunque, la muerte en ellas no producía dolor».

La acusación contra Ohlendorf se centró en su liderazgo durante la campaña de la Unión Soviética del Einsatzgruppe D, uno de los muchos comandos de la muerte encargados de aniquilar a todos aquellos que Hitler y Himmler denominaban «enemigos de Alemania». Así lo confesó el detenido al fiscal John Harlan Amen durante una de las sesiones de los juicios de Núremberg:

–¿Estaba relacionado el cometido de los Einsatz con los judíos y los comisarios políticos rusos?

–Las instrucciones eran que en las áreas operativas rusas se liquidaría a los judíos, así como a los comisarios políticos soviéticos.

–¿Cuándo dice liquidados se refiere a asesinados?

–Sí, me refiero a asesinados.

–¿Sabe cuántas personas fueron liquidadas por Einsatz Grupo D bajo su mando?

–En el año comprendido entre junio de 1941 y junio de 1942, los Einsatzkommandos informaron de la liquidación de noventa mil personas.

Líder del grupo

Según el juez de los mismos procesos, Michael Angelo Musmanno, Ohlendorf era una suerte de «doctor Jeckyll y señor Hyde». Un hombre sensato y cabal, pero, a la par, dispuesto a asesinar a miles de personas sin titubear. Como con Schellenberg, Goldensohn conversó con él poco antes de que testificase y lo definió como «alguien que tiende a hablar con precisión, aunque con el talante de un hombre que cuenta con que se le insulte en cualquier momento» y que, por ello, «suele estar a la defensiva». En privado no tardó en corroborar, una vez más, su colaboración en las matanzas de hombres, mujeres y niños.

–¿Qué fue lo que hizo su Einsatzgruppe?

–Se fusiló a los judíos a la manera militar, en lugar cerrado. Los pelotones de fusilamiento eran de quince hombres. Dicho de otra manera, un pelotón de fusilamiento de quince hombres ejecutaba a quince judíos.

–¿Las víctimas fueron hombres, mujeres y niños?

–Sí.

–¿Se disparó contra los niños?

–Sí.

–¿Cuántos judíos fueron asesinados por su grupo?

–Noventa mil según se informó en su día. Yo calculo que sólo se ajustició a unos sesenta o setenta mil.

–¿Tuvo la sensación de estar haciendo lo que debían hacer?

–Yo, personalmente, no tuve que hacerlo.

–¿No dirigió esas operaciones?

–Sí, pero las órdenes se daban a los líderes de los comandos. Yo solo tenía que ocuparme de que se hiciera de la forma más humanitaria posible.

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