Historia

El misterioso mal que mató a Alejandro Magno y otras enfermedades que atormentaron a grandes héroes

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Manuel P. VillatoroABC

Alfonso X su sobrenombre le venía a medida: «el Sabio». Considerado como el fundador de la prosa castellana, luchó contra la incultura al erigir la Escuela de Traductores de Toledo y alumbró medio millar de obras poéticas. Pero de lo que se olvidan las crónicas es de su malísima uva. Esta le llevó a enfrentarse con sus hermanos (a uno de ellos lo mandó matar) y a tener arranques de ira más propios de un demente. Hasta su hijo Sancho le tildó de «loco y leproso». ¿Cómo es posible aunar esas dos imágenes?

La razón fue un cáncer maxilofacial que generaba al monarca severos dolores de cabeza y, en sus peores días, que el ojo se le

saliera de la órbita. Como él, otros tantos personajes padecieron enfermedades que moldearon su carácter. Felipe V (al que sus «vapores melancólicos» le hacían creerse una rana) o Al Capone (reducido a la inteligencia de un niño en su adultez por la sífilis) son solo algunos de los muchos ejemplos.

Grandes líderes, grandes enfermedades

Alejandro III de Macedonia, «el Magno», no debería estar asociado a la enfermedad, sino a la grandeza. Rey a los 20 años, desde el 336 a. C., extendió sus dominios en poco más de una década a través de Egipto, Persia y Asia Central. Y no porque ansiara poder, sino por una sed insaciable de aventuras. «Lo que deseaba no eran riquezas, ni regalos, ni placeres, sino un imperio que le ofreciera combates, guerras y gloria», escribió Plutarco en el siglo I d. C.

Sin embargo, su figura siempre permanecerá ligada al extraño mal que acabó con su vida. Cuenta el historiador griego que, en el 323 a. C., el gran monarca se hallaba en Babilonia cuando las «fiebres ardientes» y los «delirios» tomaron su cuerpo. Su estado de salud fue a peor hasta que, once días después, murió entre severas «fiebres que no remitieron».

Se desconoce qué provocó aquella dolencia, pero se barajan tres posibilidades: el envenenamiento, una malaria alumbrada por bañarse en aguas pantanosas o (según una teoría esgrimida en 2019) una enfermedad neurológica llamada síndrome de Guillain-Barré. Este último trastorno puede provocar parálisis o, en última instancia, hasta un coma profundo; lo que explicaría a su vez por qué, en palabras del historiador del siglo I d. C. Quinto Curcio Rufo, su cuerpo permaneció «incorrupto» durante una semana. No porque fuera un semidios, como se barajó entre sus generales, sino porque Alejandro había sido declarado muerto de forma prematura.

Alejandro Magno
Alejandro Magno

El gran Alejandro Magno murió, pero se convirtió en un ídolo para otros generales como Cayo Julio César. En «La vida de los doce césares» (elaborada en el siglo II d. C.) se explica, incluso, que el vencedor de Vercingétorix en la Galia lloró de emoción frente a un monumento dedicado al macedonio en Gades (Cádiz). Poco después, y en la cercana Córdoba, el romano sufrió el primero de los ataques de una enfermedad que le acompañó hasta que fue asesinado: la epilepsia. Todos los grandes historiadores clásicos hicieron referencia de una u otra forma a que padecía este mal; desde Apiano hasta Eutropio, entre otros.

El mismo Plutarco señaló que Cayo Julio César «estaba sujeto a dolores de cabeza y un mal epiléptico». Una enfermedad que, en sus palabras, le impidió combatir en la batalla de Tapso: «Algunos dicen que César no se encontró en la acción, porque al ordenar y formar las tropas se sintió amargado de su enfermedad habitual; y que […], antes de llegar al estado de perturbación y de perder el sentido, aunque ya con alguna convulsión, se hizo llevar a un castillo de los que estaban inmediatos, y en aquel retiro pasó su mal». En los últimos años, varios estudios han relacionado la enfermedad del dictador con una esclerosis cerebral o la ingesta excesiva de bebidas con alcohol.

A pesar de todo, César centró todos sus esfuerzos en que la sociedad no descubriera que un mal de tal calibre le aquejaba. Y en parte lo consiguió. Baldunio IV, nacido en 1161 y soberano de Jerusalén a partir de 1174, no tuvo tanta suerte. Futuro genio militar y monarca equitativo, a los 9 años fue diagnosticado de lepra por su tutor. «Percibí que la mitad de su mano y brazo estaban muertas, de forma que no podía sentir en absoluto el pinchazo, o ni siquiera si era mordido», explicó el maestro.

La enfermedad no tuvo piedad con él; en pocos veranos hizo que se le cayeran los dedos de los pies y de las manos y le deformó la cara. Con todo, esta «maldición divina» -como era conocida en la época- no le impidió enfrentarse y vencer al sultán Saladino en batallas como la de Montgisard (donde acabó con un ejército formado por 30.000 enemigos) y mantener a raya sus ansias expansionistas en Tierra Santa. Murió a los 24 años y con el apodo de «rey cara cerdo» a sus espaldas.

Menos palpable que la lepra fue el mal aquejó al monarca español Felipe V, llamado «el Animoso» por sus constantes cambios de humor. Primer Borbón en nuestro país, entre sus logros se halla el haber logrado vertebrar España tras la Guerra de Sucesión. Y todo ello, a pesar de que padecía unos recurrentes «vapores melancólicos» que le llevaban perpetrar todo tipo de locuras.

Balduino IV, representado en la película El reino de los cielos
Balduino IV, representado en la película El reino de los cielos

«El rey está bajo una continua tristeza. Dice que siempre cree que se va a morir, que tiene la cabeza vacía y que se le va a caer. Quisiera estar siempre encerrado y no ver a nadie más que a las personas a las que está acostumbrado», escribió en una misiva el marqués de Louville, íntimo amigo suyo. La ristra de manías que tenía era infinita: apenas se aseaba, no quería cortarse las uñas y sufría ataques que le hacían creerse una rana. Según la teoría más extendida, padecía una neurosis maniaco-depresiva.

Más de dos siglos después, la misma España que sufrió las locuras de Felipe V se despidió de Manuel Azaña, presidente de la República durante tres años y baluarte de la resistencia contra los sublevados que se alzaron en 1936 al mando de Francisco Franco. Aunque el país le dijo adiós desde la lejanía, pues murió exiliado en Francia tras una larga agonía y una no menos extensa huida de la policía falangista.

Manuel Azaña
Manuel Azaña

El político pasó sus últimos meses de vida entre dolores, dificultad para andar y un severo agotamiento. «Yo, Pouget, doctor de la Facultad de Medicina de París, certifico que el señor Azaña, en Montaubán, sufre de un estado nervioso que se caracteriza por crisis de ansiedad y episodios de insomnio recurrentes. Esto es perjudicial para su salud y no parece que vaya a remitir», escribió, el 13 de octubre de 1940, uno de los doctores que le atendió.

Pero lo que padecía no era estrés, ansiedad o cansancio, sino una enfermedad conocida como «corazón de vaca» y producida por la extrema dilatación de la aorta. El político estuvo postrado en cama antes de fallecer mientras sus conocidos le leían trozos de «El Quijote» o del «Coloquio de los perros». Con el paso de las jornadas la dolencia se complicó y aparecieron las afecciones renales y la pleuresía. El 2 de noviembre, uno de sus acompañantes envió a sus seres queridos el mensaje que todos esperaban: «Tengo la pena de informar que el señor Azaña está agonizando. […] El caso está perdido». Su vida se apagó a las 4:53 de la mañana del día 4.

Los villanos también enferman

Lo que han demostrado las enfermedades es su equitatividad ya que, lo largo de los siglos, han afectado por igual a ricos, pobres, héroes y villanos. En este último grupo se podría englobar al rey de Judea Herodes I «el Grande»; un monarca tan real como el mismo Felipe II al que el Nuevo Testamento atribuyó la organización de la Matanza de los Inocentes.

El historiador del siglo I Flavio Josefo desvela en sus obras sobre los judíos que, aunque gozaba de una salud de hierro, a los setenta años fue atacado por una extraña dolencia que le llevó a la tumba. «El rey se extinguía de tristeza y enfermedad. […] Tenía una fiebre constante, intolerables dolores en todo el cuerpo, continuo malestar en el colon, tumores en los pies, el vientre hinchado y una putrefacción en el pene de la que nacían gusanos». Murió en el 4 a. C. aquejado de lo que, en la actualidad, podría diagnosticarse como una mezcla de fallo renal, gonorrea y miasis.

Si Herodes tuvo buena salud hasta llegar a la ancianidad, no le ocurrió lo mismo a John Henry «Doc» Holliday, el famoso forajido que, junto a Wyatt Earp, protagonizó el tiroteo de O.K. Corral en 1881. Este bandido, tahúr y camorrista de taberna padeció una infinidad de enfermedades hasta que expiró su último aliento. Ya al nacer, en 1851, sufrió de labio leporino, lo que obligó a intervenirle quirúrgicamente en una época, la del Lejano Oeste, en la que someterse a una operación podía resultar más peligroso que un revólver bien calibrado.

Por suerte para él salió a la perfección. En 1872 le diagnosticaron tuberculosis, el mismo mal que había matado a su madre y que, a la larga, acabaría también con él. En 1887, cuando ya era conocido como uno de los pistoleros más peligrosos del far west, se retiró, débil y cansado, a las fuentes termales de Glenwood Spring convencido de que el agua le sanaría. Ese mismo año falleció.

Su colega de profesión, Alphonse Gabriel Capone (el celebérrimo Al Capone) tuvo también una enfermedad de transmisión sexual, aunque mucho más severa. Se cree que fue en 1918 cuando el mafioso, que trabajaba por entonces como personal de seguridad en un burdel, contrajo la sífilis tras mantener relaciones íntimas con una prostituta. Aquella dolencia fue la que acabó con la vida del que había sido el azote de la policía de Chicago durante los años de la Ley Seca en Estados Unidos.

Lo hizo en 1947, durante el retiro que mantuvo en una mansión de Miami, y después de haberle provocado una demencia senil que, como bien explicó su médico personal en una serie de cartas hechas públicas en 2013, equiparó su inteligencia con la de un niño de 7 años. «A pesar del tratamiento se sigue mostrando tonto, infantil y mentalmente muy deteriorado», escribió el doctor Joseph Moore en 1941.

Apenas dos primaveras después de que la sífilis segara la vida de Al Capone vino al mundo Pablo Emilio Escobar Gaviria. El «Zar de la cocaína», el narcotraficante más rico del cártel de Medellín, lo podía todo. Desde disfrutar en su propia finca de un zoológico de animales exóticos como rinocerontes o camellos, hasta construir un centenar de campos de fútbol. Sin embargo, le resultó imposible acabar con la psoriasis que, según explicó el periodista Alonso Salazar en «El patrón del mal», le abochornaba en secreto. Aquellas pequeñas manchas rojizas fueron tan molestas para él como la DEA, la Administración para el Control de Drogas.

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