Historia

Miedos y dudas sobre el Día D: la última oportunidad de Hitler por evitar la derrota en la IIGM

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Max Hastings publica por primera vez en España su obra cumbre sobre el Día D y la batalla de Normandía, un referente historiográfico del conflicto más devastador de la historia Segunda Guerra Mundial

Desde que Max Hasting (Londres, 1945) publicó en 1984 su obra cumbre, ‘Overlord: el Día D y la batalla de Normandía’, considerada por la crítica especializada como un absoluto referente historiográfico de la Segunda Guerra Mundial, su idea sobre lo que fue el famoso desembarco todavía se mantiene válida: «En los últimos 40 años ha habido muy pocos cambios respecto al estudio de la guerra con respecto a mi perspectiva de lo que sucedió en Normandía. Todo sigue siendo en gran parte como lo escribí entonces, no ha habido grandes revelaciones sobre el asunto. Hoy los historiadores actuales entienden que el Día D fue un logro enorme, así que, como analizo en el libro, sigue siendo válido entenderlo

como la última oportunidad en la que Hitler podría haber tenido una remota posibilidad de evitar la derrota», aclara ahora el historiador, con motivo de su publicación en español en La Esfera de los Libros.

Libro de Max Hastings sobre Overlord, publicado en La Esfera de los Libros – ABC

Y no fue precisamente fácil que esa derrota se consumara. De hecho, cuando saltaron sobre Normandía los 20.000 paracaidistas aliados en la madrugada del 5 al 6 de junio de 1944, con el objetivo de colocarse detrás de la primera línea defensiva nazi e impedir la llegada de refuerzos alemanes, el general Eisenhower ya tenía preparado un breve discurso para anunciar su fracaso. Era el ‘mea culpa’ sobre la mayor operación de invasión por mar de la historia –con la movilización de 175.000 soldados, 50.000 vehículos, más de 5.000 buques y 15.000 aviones en apenas 24 horas– que debía salvar al mundo.

Una operación que había costado a los aliados dos largos años de minuciosas y secretas preparaciones. Dos años de nervios, tensión, incertidumbre, ingenio, esfuerzo, experimentación, confidencialidad y planes de engaño de amplio alcance, en el que estuvieron involucrados decenas de miles de hombres y mujeres de las profesiones más variopintas: obreros industriales, ingenieros, constructores, técnicos, espías, militares, funcionarios, profesores, miembros de la resistencia en la clandestinidad o inventores, entre otros. A estos había que sumar la participación de un centenar de empresas y organizaciones especiales, que proveyeron de todo el equipamiento necesario.

El miedo de Churchill

El más mínimo fallo de coordinación en aquel dispositivo sin precedentes en la historia militar habría significado una derrota de dimensiones gigantescas, pues habría concedido a Hitler la posibilidad de una victoria final en la Segunda Guerra Mundial. «Yo no estaba convencido de que ese fuera el único modo de ganar la guerra», confesó Churchill años después, que durante la noche del 6 de junio de 1944 estaba convencido de que lo despertarían para comunicarle el desastre. «Si hubiese dependido de Churchill –explica Hastings–, el Día D no hubiese tenido lugar hasta 1945. Churchill estaba muy nervioso sobre las bajas que pudieran sufrir en la operación y sólo tuvo lugar en 1944 porque los norteamericanos insistieron. Pero si los aliados hubiesen retrasado la operación, el panorama habría cambiado, porque los rusos habrían avanzado hacia el oeste muy rápido y podrían haberse quedado con la totalidad de Alemania de cara a la posguerra».

Franklin Delano Roosevelt, que tuvo que superar sus reticencias y las discrepancias mantenidas con Churchill acerca de tamaña operación durante dos años, fue despertado por su esposa Eleanor en la Casa Blanca, a las 3 de la madrugada, con las primeras noticias del desembarco, que procedían de un bombardero Albemarle con nueve paracaidistas de la Compañía C del 1er Batallón Canadiense, preparados para saltar sobre la playa de Juno, uno de los sectores en los que se dividió la operación, junto con Utah, Omaha, Gold y Sword.

En ese momento, el teniente John Russell Madden, que tenía solo 20 años pero estaba al frente de la compañía, tuvo que gritar por encima del ruido de los motores para que sus hombres le escucharan. Eran la primera avanzadilla de la invasión y la tensión que se respiraba era insoportable. Apenas podían mantenerse en pie con los más de 45 kilos de equipo que cargaban y tampoco eran capaces de ponerse completamente erguidos, ya que el techo del avión era demasiado bajo. Sin embargo, nada de aquello importaba ya. Tan solo tenían que esperar unos minutos hasta que el reloj marcara las 0:20 y lanzarse de cabeza en la oscuridad cuando el piloto verde se encendiera.

El salto sobre Normandía

De repente, el Albemarle se precipitó hasta los 500 pies, la altura acordada para el salto. El teniente sería el primero e, inmediatamente después, le seguirían sus hombres con el objetivo de asegurar la zona sobre la que descenderían, 28 minutos después, otros dos batallones de paracaidistas: uno británico y otro canadiense. Llegada la hora, a Madden le pareció oír a alguien que gritaba detrás de él: «¡Verde encendido!». El teniente vaciló: «¿Dijiste Verde?», preguntó a gritos por encima del estruendo. «Sí, dije verde», respondió la voz. Y se zambulló de cabeza sin pensárselo. Cuando llegó al suelo localizó a cinco de sus soldados. De los otros cuatro, ni rastro. Y cuando miró al cielo en busca de los Douglas C-47 Dakota que iban a traer al resto de paracaidistas… nada.

Aterrorizado, pensó que la Operación Overlord se había pospuesto en el último segundo, como ya había ocurrido el día anterior por el mal tiempo. La confusión era tan grande allá arriba que es posible que no hubiera escuchado la orden de dar media vuelta en el instante de saltar. Y tampoco tenía forma de saber si el resto de la compañía había saltado. «Dios mío, han decidido no continuar y hemos comenzado la invasión cinco muchachos y yo», pensó desconcertado. El teniente Madden, sin embargo, no sabía que no fue el único que se perdió. Todo estaba en marcha y las próximas 24 horas iban a ser las más decisivas de toda la Segunda Guerra Mundial.

«Overlord fue un acontecimiento enormemente importante. Era la empresa de mayor entidad que habían llevado a cabo los aliados en el Oeste durante el conflicto. Sin embargo, lo que sí pienso es que ha habido un tremendo cambio en la forma en la que percibimos esta operación, ya que, en el siglo XX, buena parte de la historia que fue escrita sobre la Segunda Guerra Mundial era muy nacionalista y lograba persuadir. Mi padre, por ejemplo, estuvo en Normandía y creía sinceramente que los británicos habían ganado la guerra con una pequeña ayuda de los norteamericanos y de los rusos, que hacían quién sabe qué», subraya Hastings.

Los 20.000 paracaidistas

Los principales responsables de su puesta en marcha fueron los generales George C. Marshall y sir Allan Brooke, cabezas visibles de las organizaciones militares de Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente, y los comandantes en jefe de ambos ejércitos, Bernard Montgomery y Eisenhower. Fue a ellos a quien se debe la ventaja inicial obtenida gracias a su ingenio, pues confundieron a los mandos nazis, haciéndole creer que el desembarco se realizaría en Pas de Calais y no en Normandía. Lo hicieron mediante multitud de maniobras de contraespionaje y hasta lanzando millones de papeles de aluminio lejos de donde iban a llegar las barcas, para confundir a los radares.

Finalmente, la BBC leyó el segundo verso de un poema de Paul Verlaine en directo como señal: «Los largos sollozos de los violines del otoño / hieren mi corazón con una monótona languidez». La invasión estaba preparada para lanzarse sobre los 70.000 soldados germanos que aguardaban cerca de las costas francesas. Los ciudadanos de los pueblos normandos de Sainte Mère Eglise y Sante Marie du Mont abrazaron con esperanza y temor la lluvia de los más de 20.000 paracaidistas que vieron aparecer sobre sus cielos.

«La gran ventaja que tenía cuando escribí este libro a mediados de los 80 fue tener la posibilidad de entrevistar a una enorme cantidad de gente de ambos bandos que participaron, algunos bastante mayores y que por supuesto ahora ya han fallecido. Tengo todos los testimonios por escrito. No hay nada como sentarse con esos hombres de ambos bandos y de todas las partes (británicos, franceses, norteamericanos, alemanes), que habían estado allí y hablar de lo que habían hecho. Y te transmiten la sensación del tiempo y el lugar», concluye el historiador británico sobre su publicación en España.

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