Historia

Los motivos por los que se eligió a Madrid como capital (sede de la corte) del Imperio español

La villa estaba lejos de poder asumir un incremento de tres veces su población en la siguiente década, y ni siquiera contaba con tantas viviendas construidas para acoger a todos los servidores de la Corona

En una conocida cita (totalmente apócrifa), Carlos V le aconsejó a su hijo Felipe II que «si quieres conservar tus dominios, deja la corte en Toledo; si deseas aumentarlos, llévala a Lisboa; si no te importa perderlos, ponla en Madrid». El hecho de que un imperio monumental con una pata en cada continente, que controlaba las zonas más acaudaladas de Italia y Flandes, dependiente como el que más del comercio marítimo, terminara estableciendo su corte en una ciudad del interior castellano como Madrid, que hasta entonces apenas había gozado de foco político o económico, resulta todo un misterio visto con la distancia de los siglos. No obstante, Felipe II, con sus razones prácticas, tuvo muy claro que debía tomar

esta decisión en su momento. ¿Por qué?

Una de las claves del éxito de Carlos V es que mantuvo la ficción de que estaba en todas partes sin estar en ninguna parte. Una gran parte de los reinos donde gobernaba se sentían, gracias a su corte viajera, el epicentro del imperio. Sin embargo, Felipe II, un príncipe humanista criado y educado en España, tomó la decisión de que Castilla, que nutría de oro americano y de infantería a la maquinaria Habsburgo, sería la arteria principal de su Monarquía, el campo de operaciones desde donde movería sus fichas. Hasta 1561, el Rey estableció la Corte en Toledo, ciudad que para su padre había sido crucial, pero en esa fecha se trasladó al centro geográfico de la Península: Madrid. La respuesta más sencilla a por qué tomó esta decisión es que las singulares condiciones de Toledo, con una imponente muralla geográfica, hicieron que la ciudad se quedara pequeña frente a la horda de funcionarios y cortesanos del Rey.

Los problemas de Toledo

La tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois, advertía en una carta a su madre de que «si no fuera por la buena compañía de mi esposa, juzgaría a este lugar como uno de los más desagradables del mundo». Las escarpadas cuestas de Toledo, las malas condiciones higiénicas o la falta de agua potable cerca del Alcázar, entre otras razones, empujaron a que muchos de los gentileshombres extranjeros sugirieron al soberano establecerse en Bruselas para huir de la «suciedad de acá».

Atento a las quejas de su círculo íntimo, Felipe anunció el traslado a Madrid el 8 de mayo de 1561, descartando en el proceso Segovia, Bruselas, Valladolid y su querida ciudad de Barcelona. La pequeña villa, que no llegaba a los diez mil habitantes, pasó en una década a contar con más de 26.000 almas. Aunque Carlos V ya había realizado en 1536 una importante reforma del alcázar medieval y sus alrededores, fueron los planes de Felipe II los que dieron forma al esqueleto de lo que hoy es Madrid y aumentaron la envergadura del palacio. El Monarca, en tanto, debió hacer frente a los enormes problemas de una localidad que incluyó un juego para «matar gatos a cabezadas» entre las celebraciones por haberse convertido en la capital del primer imperio global. No estaban preparados para un cambio así…

Felipe II supervisó en persona cada una de las ampliaciones de la urbe y dio el visto bueno a la destrucción de las viejas murallas de la ciudad, de modo que Madrid se convirtió en la primera capital desmilitarizada de Europa.

Aquella villa estaba lejos de poder asumir un incremento de tres veces su población en la siguiente década, y ni siquiera contaba con tantas viviendas construidas para ello. Felipe ordenó con este propósito que cada uno de los dueños de casas de más de dos pisos alquilara una habitación a un funcionario de la Corona. Las trampas para evitar meter a un desconocido en el hogar sacaron a relucir el ingenio madrileño. Desde construir tejados muy inclinados que dieran lugar a buhardillas secretas, hasta ocultar algunas habitaciones o crear plantas intermedias que no pudiesen ser consideradas como tales en pro de la picaresca. Todavía hoy en las calles céntricas sobreviven muchas casas de dos plantas escondidas en la forma de una planta o ventanas distribuidas sin ningún sentido, lo que se hizo llamar «casas a la malicia».

El crecimiento de la ciudad fue abismal. Madrid ocupaba 72 hectáreas en la década de 1530, 134 en 1570 y 284 en 1600, mientras que el número de viviendas pasó en este mismo periodo de 2.000 a 7.500. Felipe II supervisó en persona cada una de las ampliaciones de la urbe y dio el visto bueno a la destrucción de las viejas murallas de la ciudad, de modo que Madrid se convirtió en la primera capital desmilitarizada de Europa.

Si bien se suele considerar a Carlos III como ‘el alcalde de Madrid’, tal distinción se la ganó mucho antes Felipe II dando forma al actual esquema de la capital. «Aunque pocas de las casas erigidas bajo el ojo escrutador de Felipe II sobrevivieron a las brutales reformas urbanísticas del siglo XIX, la topografía básica del Madrid histórico continúa siendo la misma. Aunque un residente de la década de 1560 regresara milagrosamente a la ciudad no reconocería prácticamente nada de la capital de España, a los que vivieron en ella en la década de 1590 el diseño de sus calles les seguirá resultando claramente familiar, otro sobresaliente testimonio de la tenacidad y la visión de Felipe II», asegura el hispanista Geoffrey Parker en su biografía de Felipe II editada por Planeta, que ha sido usada en este artículo para los datos técnicos sobre el traslado de la corte.

¿Por qué no otras ciudades?

En un artículo publicado en 2014 en ABC por Marta R. Domingo, se esbozan algunas de las otras razones por las que se eligió Madrid antes que Barcelona, donde tenía menos capacidad de mandar que en Castilla, o Sevilla, donde aguardaba el peligro de que la poderosa Casa de Contratación entrara en colisión con la Corona. La reciente expropiación de unas tierras a un comunero destacado proporcionado a los reyes la Casa de Campo para sus planes urbanísticos.

Madrid no tenía obispo, dependía de Toledo, y tampoco había allí grandes linajes asentados (los más cercanos eran los Mendoza, que se asentaban en Guadalajara). En el centro de la Península, Felipe II era amo y señor para tomar sus decisiones, sin las interferencias de la Iglesia ni de las grandes casas. Además, el clima era propicio, la ciudad estaba rodeada de bosques, animales de caza y un gran abastecimiento de aguas a través del Manzanares y de pozos, lo que era complicado de obtener en Toledo, cuya orografía obligaba a la realización de ingenios mecánicos para abastecer de agua a la ciudad.

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