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Historia

Los errores que destruyeron a Hitler, según la confesión de uno de sus generales más letales

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Manuel P. VillatoroABC

Sepp Dietrich, general de las SS acusado de participar en la Masacre de Malmedy, afirmó que la tozudez del «Führer» y su obsesión por iniciar la Segunda Guerra Mundial condenaron a Alemania

Por jugar con la prosa revertiana, Josef Dietrich no era –ni de lejos– un hombre honesto ni piadoso, pero sí un hombre valiente. Al menos, sobre los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. En 1945, en el marco de la difícil de pronunciar Operación Frühlingserwachen, se batió con su 1.ª División Leibstandarte Adolf Hitler (el orgullo del ya renqueante Tercer Reich) contra miles de soviéticos durante horas antes de retirarse a Viena. El mismo «Führer», su amigo personal, habló maravillas de él: «Es astuto, enérgico y brutal, pero a la vez escrupuloso, consciente y serio». Eran tal para cual y cual para tal: brutales asesinos y nazis convencidos.

Pero cuando el tiempo, a veces pausado

en la tarea de impartir justicia, redujo de forma severa la esperanza de vida del Reich de los mil años a poco más de una década y encargó a las moiras griegas la muerte de Hitler, todo cambió para el bueno de Sepp, como se hacía llamar. De las eternas cenas con el «Führer» en el Berghof, donde aguantaba paciente los eternos discursos del líder nazi como invitado especial, Dietrich, miembro destacado de las escalofriantes SS, pasó a una celda en Núremberg donde renegó de su íntimo amigo cual Judas. «Nadie se podía acerca a Hitler en conversaciones privadas», repitió una y otra vez durante los interrogatorios.

Como él hubo otros tantos jerarcas nazis que, al vislumbrar la sombra del patíbulo, farfullaron lo indecible contra Hitler y rechazaron hasta la extenuación conocer las barbaridades que los nazis habían perpetrado en los campos de concentración. Valga como ejemplo Erich Von Manstein. Mariscal de campo destituido en 1944 tras mantener una trifulca con el «Führer» por su forma de entender la invasión de la Unión Soviética, negó en principio conocer la llamada Solución Final y recalcó sus continuas disputas con la cúpula del Reich para desligarse de las matanzas. Tan solo abrió la puerta a la verdad cuando el interrogador le acorraló: «Es posible que alguien me contase algo que no podía ser bueno».

Sepp Dietrich
Sepp Dietrich

Dietrich, escurridizo en las conversaciones con el psiquiatra León Goldensohn, encargado de su cuidado en Núremberg, prefirió esquivar los temas espinosos y se centró en analizar los errores que habían llevado a Hitler a caer derrotado en la Segunda Guerra Mundial; atacar a la ideología nazi; subrayar su fuerte carácter religioso e, incluso, sugerir que el que había sido su amigo íntimo durante años «raramente habló de los judíos». El plan dio sus réditos y, después del proceso, evitó la horca. La condena fue cadena perpetua en la prisión de Landsberg para criminales de guerra, pero salió de ella menos de una década después, en el año 1955.

Con todo, el destino quiso ajustar cuentas con él de nuevo en 1957. Ese año, según explica el historiador James J. Weingartner en su documentado artículo «Sepp Dietrich, Heinrich Himmler y el Leibstandarte SS Adolf Hitler, 1933-1938», tanto él como Julius Lippert fueron juzgados por un tribunal de desnazificación. El general fue condenado a 19 meses de prisión en Múnich por crímenes cometidos durante el Tercer Reich, aunque salió de la cárcel un poco antes por problemas del corazón. Su historia, como la del muchos de los militares juzgados en Núremberg, navega entre la genialidad que supone que un chico sin linaje noble llegase a las más altas cúpulas del ejército germano y la locura que le llevó a dejar una huella tan trágica como imborrable en la historia de la Segunda Guerra Mundial.

El buen médico

La historia la última entrevista de Sepp comienza con el final de la Segunda Guerra Mundial. El que fuera jefe del regimiento de la Guardia Personal de Hitler, general de las SS, comandante del Sexto Ejército Panzer y demonio acusado de colaborar en la Masacre de Malmedy fue cazado tras combatir hasta la extenuación en Viena contra el Ejército Rojo. En previsión del rencor que destilaba la Unión Soviética hacia los nazis, Dietrich prefirió entregar su ejército al general Patton el 8 de mayo de 1945, menos de una semana después de que Hitler se metiese una bala en la mollera y una pastilla de cianuro en la boca.

León Goldensohn
León Goldensohn

Como otros tantos jerarcas nazis, fue trasladado a la prisión de Núremberg en espera de juicio. Y fue allí, en una húmeda celda, fue donde conoció a León Goldensohn, el psiquiatra (judío, por cierto) encargado de salvaguardar la salud mental de los presos durante el proceso y evitar que se suicidaran antes de que el tribunal dictara sentencia. La realidad es que, al menos a nivel oficial, este doctor no debía interrogar a sus pacientes. Sin embargo, durante las continuas entrevistas que mantuvo con ellos a lo largo de 1946 quiso sumergirse en el interior de sus mentes y preguntarles por temas tan controvertidos como las matanzas de judíos durante la Segunda Guerra Mundial o su papel dentro de la maquinaria del Tercer Reich.

De todos los personajes con los Goldensohn mantuvo contacto, uno de los que más le estremeció fue el antiguo comandante de Auschwitz, Rudolf Höss (al que no se debe confundir con el lugarteniente de Hitler, Rudolf Hess). El que fuera uno de los principales brazos ejecutores de la Solución Final, la aniquilación en cámaras de gas del pueblo judío, no solo le corroboró que su campo de concentración se había convertido en la punta de lanza de los planes del «Führer», sino que se vanaglorió de haber podido acabar con la vida de tantos seres humanos de una forma eficiente. «Todo fue sobre ruedas, cada vez mejor según fue pasando el tiempo», afirmó. Pero también pasaron por su diván otros tantos como Albert Speer.

Por entonces, Dietrich era uno de los presos de menor importancia. Lógico, entre tal elenco de aguilones nazis. Sin embargo, el tiempo demostró que su colaboración en los crímenes había sido igual o mayor que la de sus superiores. Goldensohn le definió como «un hombre de 54 años de complexión robusta, sonrisa burlona y divertida, actitud algo chabacana, simpático y encantado con la compañía que le proporciona la entrevista». Tal y como escribió el psiquiatra en unas memorias posteriores editadas por sus descendientes. «su forma normal de hablar y sus maneras no concuerdan con la idea del alemán ordinario».

Sepp Dietrich
Sepp Dietrich

Llevaba razón, pues tenía «un porte militar mínimo» y carecía de formación como oficial. «Nunca estuvo en una academia. En 1917 y 1918 estuvo con los Panzer, y en la última guerra fue exclusivamente comandante de carros de combate», dejó escrito el psiquiatra. El buen doctor también añadió que «su padre era encargado de un almacén y trabajó en una fábrica de quesos» y que «tuvo que empezar a trabajar muy pronto debido a las malas condiciones económicas». No sabía que fue precisamente su origen humilde el que le había granjeado el cariño de un Hitler obsesionado con la idea de que el ejército debía dejar de sustentarse en la clásica nobleza prusiana.

En su favor, Goldensohn escribió que Sepp no se quejó de su situación en la prisión, como sí hicieron otros tantos que, una y otra vez, exigían mejores desayunos o celdas orientadas hacia otro lugar.

–He sobrevivido a diez años de guerra y ahora superaré esto. Pero es verdad, no es bueno para los nervios.

–¿Le dan suficiente de comer?

–Sí, aunque nos tienen poco consentidos. Pero mi familia era de clase trabajadora y nunca me mimaron de pequeño.

Tozudez: primer error

Durante el encuentro que ambos mantuvieron el 28 de febrero de 1946, el psiquiatra habló de forma abierta de la amistad que Dietrich había mantenido con Adolf Hitler. Insinuó que ambos eran buenos amigos y dejó entrever su buena relación. Sepp, sin embargo, rechazó estas afirmaciones y cargó contra el «Führer». Entre otras cosas, subrayó que el hermetismo del líder nazi fue una de las causas que llevó a Alemania a la derrota:

–¿Frecuentó mucho a Hitler personalmente?

–Le veía casi solo por motivos oficiales.

–¿Qué pensaba o piensa de él?

–Algunos dicen que estaba loco. Muchos de los que lo dicen no son alemanes y están intentando sacar algo de provecho. Nadie se podía acercar a Hitler en conversaciones privadas, no siquiera Göring.

Sepp Dietrich, junto a Himmler en una gira de las Waffen SS
Sepp Dietrich, junto a Himmler en una gira de las Waffen SS

–¿Siempre o solo durante la guerra?

–Siempre. Estaba por encima de todos. Desde que se convirtió en canciller del Reich se hizo más y más distante.

–También he oído lo contrario, que si alguien tenía un problema podía ir a verle.

–No, era como un padre estricto. No, Hitler nisiquiera le contaba a Göbbels sus problemas.

–¿Podía usted contarle sus problemas a Hitler?

–Durante bastante tiempo, sí. Luego, de repente, en 1942 o 1943, ya no se podía llegar a Hitler. O se podía llegar, pero no conseguir nada. Cuando las cosas se pusieron feas, como ocurrió en Stalingrado, Hitler se volvió muy tozudo y ya era imposible poder razonar con él.

Gran fallo inicial

El psiquiatra no tardó en hacer la pregunta clave: «¿Cree que usted cometió grandes errores antes de 1940?». Dio en el clavo y Sepp se dispuso a ofrecer su visión sobre las causas que llevaron a la Alemania nazi a la derrota en la Segunda Guerra Mundial:

–Sí, comenzar la guerra. Mire dónde está Alemania, mire los países que la rodean, cuente sus enemigos y sus amigos, y verá lo que quiero decir.

Sepp Dietrich, tras ser arrestado
Sepp Dietrich, tras ser arrestado

–¿Quiere decir que la política exterior alemana debería haber hecho más amigos?

–Una economía más solidaria debería ser una manera de unir a toda la gente del mundo. Tampoco lo que hacen ahora es forma de hacer las cosas.

–¿Qué quiere decir?

–Mire la situación en su conjunto. No conozco al pueblo estadounidense ni al inglés. Mire al este, si los rusos y los chinos se enfrentaran a nosotros serían una fuerza que no puede ser vencida. Unas pocas naciones pequeñas en Europa. Mire a los Balcanes y a Grecia y al resto de países pequeños, es lo mismo una y otra vez. Si EEUU e Inglaterra nos hubieran ayudado un poco, Hitler no habría sido necesario. […] Hitler tomó los puntos negativos del Tratado de Versalles y los utilizó en su beneficio. La gente tenía hambre y hubiera corrido detrás de quien le diera comida y ropa.

El último fallo

La otra gran pregunta que el psiquiatra hizo a Sepp es si conocía la existencia de los campos de exterminio. Como cabía esperar, y a pesar de pertenecer a las SS, el oficial lo negó de forma taxativa. En sus palabras, «Hitler raramente habló de ello» y solo fue a partir de 1943 cuando supo que estaban «concentrando a todos los judíos». Dietrich acudió entonces al despacho de Himmler para preguntarle qué diantres pasaba y si aquellas personas iban a ser asesinadas. Y la respuesta fue que «los estaban juntando a todos para trabajar porque no eran tan buenos como para no trabajar». También insistió en que se había enterado de las matanzas sistemáticas en Núremberg y que uno de los errores del líder nazi fue, precisamente, el exterminio masivo de seres humanos:

«Fue lo más absurdo que podían haber hecho. Les podían haber dicho a los judíos, si no los querían, que se fueran. Los alemanes les podrían haber dado trescientos o cuatrocientos millones y les podrían haber dejado marcharse a algún sitio. Yo personalmente nunca fui antisemita. En mi infancia vivía al lado de unos judíos y ni siquiera super que lo eran».

Y no se detuvo en este punto, sino que cargó contra la idea de que la raza aria era superior. «Se pueden encontrar seres superiores en todo el mundo, no solo en Alemania, así que no creo en ella. En todas las razas se puede encontrar gente buena e inteligente». La golosa posibilidad de cargar con todas las culpas al muerto fue, para muchos, una posibilidad demasiado golosa para dejarla pasar.

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