Historia

Los dos exilios de Napoleón antes de su terrible muerte: ¿se estaba transformando en una mujer?

En febrero de 1815, Napoleón logró escapar de la isla bajo el ánimo de quienes en Francia le prometían ponerse de nuevo a su servicio para destronar a los Borbones, cada vez más incapaces de cumplir sus promesas constitucionales

El Congreso de Viena, donde los grandes hombres de Europa bailaron, rieron y se repartieron el botín de Napoleón, se vio interrumpido por el regreso sorpresa del general corso de su exilio forzado en la isla de Elba para sembrar el pánico en el continente durante cien días. Una alianza de las potencias reunidas en Viena venció definitivamente en la batalla de Waterloo, cerca de Bruselas, a Napoleón, que a causa de un ataque de hemorroides no pudo subirse a su caballo y dirigir la contienda en primera línea como siempre hacía. Observó su última derrota desde su tienda de campaña mientras se daba baños para paliar el dolor y permanecía medio adormilado por el efecto del láudano. No

fue por ello más suave su caída.

La isla volcánica

Elba, donde Napoleón fue trasladado un 4 de abril de 1814 tras su derrota, es una isla volcánica situada en el Mediterráneo y muy cerca de la costa oeste de la Península itálica. El ministro francés Talleyrand diseñó esta salida airosa para Bonaparte, toda una jaula de oro con 400 de sus servidores y deudos a su lado, contradiciendo a los que exigían su ejecución. No obstante, Bonaparte, de 45 años, estuvo vigilado por cientos de espías y por los mil ojos del gobernador de la isla, mientras asistía a ver cómo sus amigos y familiares le apuñalaban por la espalda. Su segunda esposa, María Luisa, no quiso ni acompañarle al exilio. Su hijo y su hermano José no pudieron visitarle.

En febrero de 1815, Napoleón logró escapar de la isla bajo el ánimo de quienes en Francia le prometían ponerse de nuevo a su servicio para destronar a los Borbones, cada vez más incapaces de cumplir sus promesas constitucionales. En su ruta hacia París, se fueron sumando a su causa los diversos regimientos de soldados con los que se cruzó. Michel Ney, antiguo general de Napoleón ahora al servicio del monarca, fue en su busca y captura, pero, tras encontrarse con él en términos amistosos, decidió unir sus 6.000 hombres al ejército de Bonaparte.

En marzo de 1815, Napoleón llegó a París sin haber pegado un solo tiro. Había comenzado el Imperio de los Cien Días. Su último combate y su derrota más grave. En Waterloo se terminó todo.

Tras el desastre que supuso la batalla, las tropas de la Séptima Coalición se adentraron en Francia a la captura de Napoleón. El 1 de julio, Von Blücher ocupó Versalles y una semana después se restauró la corona de Luis XVIII. A la desesperada, Napoleón trató de huir en barco hacia América, pero fue capturado por los británicos que hicieron oídos sordos a sus peticiones de asilo.

En los confines del mundo

Las orquestas de Viena reanudaron la música una vez solventado el pequeño gran sobresalto de Waterloo, que obligó a algunos de los presentes a enfundarse de nuevo el uniforme de batalla, y los carceleros de Napoleón se enmendaron para que el ‘tirano Bonaparte’ no escapara nunca más de su prisión. Con esta idea se concibió un destino más aislado que Elba, concretamente una isla perdida de la mano de Dios en el Atlántico sur, ubicada a más de 1.800 kilómetros de distancia de la costa occidental de Angola.

El síndrome de Zollinger-Ellison está causado por tumores que, por lo general, se localizan en la cabeza del páncreas y en la parte superior del intestino delgado

El que fue Emperador de Francia vivió sus últimos días en la isla de africana de Santa Elena, que los británicos han usado tradicionalmente como prisión de sus enemigos y exiliados. Cautivo de los ingleses y rodeado de un pequeño grupo de seguidores, Napoleón Bonaparte empezó a sufrir un dolor en el costado derecho idéntico al que su padre tuvo poco antes de su muerte, posiblemente a causa de un cáncer de estómago. El dolor, que algunos expertos también han apuntado a que pudo ser causado por envenenamiento, fue consumiendo poco a poco a Bonaparte.

Más allá de la hipótesis del envenenamiento o del cáncer de estómago, el doctor Robert Greenblat –especialista en endocrinología– defendió en los años ochenta una curiosa teoría que explicaría el extraño deterioro físico que fue sufriendo el ‘Gran Corso’ en la última etapa de su vida. Su cuerpo fue redondeándose y sus partes genitales empezaron a atrofiarse, como advirtieron los que posteriormente se lanzaron a la profanación del cadáver. Según defendió este investigador norteamericano en la revista científica ‘British journal of sexual medicine’, a partir de los cuarenta años de edad Napoleón Bonaparte mostró los síntomas de una enfermedad glandular que se conoce como síndrome de Zollinger-Ellison: una especie de transexualización.

El síndrome de Zollinger-Ellison está causado por tumores que, por lo general, se localizan en la cabeza del páncreas y en la parte superior del intestino delgado. Habitualmente, las personas afectadas por estos tumores derivan en neoplasia endocrina múltiple tipo I (NEM I), que provocan graves desórdenes hormonales. Como prueba de ello, el doctor Greenblat apunta que, durante el examen posterior a su muerte, se halló en el cuerpo del Gran Corso una espesa capa de grasa, su piel era blanca, las espaldas estrechas, las manos y los pies pequeños, hasta el extremo de que varios forenses quedaron asombrados por la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado».

Siendo un hombre de complexión atlética en su juventud y un fogoso amante –especialmente durante la época de su matrimonio con Josefina–, Napoleón empezó en su madurez a coger peso y a desarrollar algunos rasgos femeninos, como denota su escaso pelo facial o su piel extremadamente blanda. Su actividad sexual se redujo sobremanera tras su boda con la Emperatriz María Luisa, y empezó a ser víctima de varias dolencias que le acompañaron hasta sus últimos días: letargia (somnolencia prolongada), entumecimiento de las piernas e intensos dolores de estómago.

La muerte es el final

El duro cautiverio en la isla de Santa Elena, donde pasó los últimos seis años de su vida, no ayudó ni mucho menos a que su estado de salud mejorara. Su última vivienda, Longwood House, era una enorme villa abandonada que se encontraba azotada por un clima insalubre. «Muero antes de mi tiempo, asesinado por la oligarquía inglesa, y su matón a sueldo», escribió Napoleón días antes de su muerte, a los 51 años, quejándose del trato recibido por los carceleros británicos.

El 5 de mayo de 1821 a las 17:49 horas falleció Napoleone di Buonaparte a los 51 años de edad. Según las personas que estuvieron presentes en su lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: «Francia, el ejército, Josefina». Aunque Napoleón pidió en su testamento ser enterrado en París, los ingleses no quisieron alimentar el mito y ordenaron que el cuerpo no saliera de Santa Elena. Más tarde, en 1840, a instancias del gobierno de Luis Felipe I, sus restos fueron repatriados. No obstante, para entonces ya se había abierto la lucha por hacerse con los objetos privados e incluso las partes íntimas del general galo. Además del pene, otros restos humanos fueron expoliados del cadáver: entre ellas dos trozos intestinales, adquiridos por el Museo Real del Colegio de Cirujanos de Inglaterra en 1841.

Según la versión más aceptada, el día de la autopsia, el cirujano Francesco Autommarchi mutiló el órgano por orden del abad Anges Paul Vignali, quien había mantenido una fuerte enemistad con Napoleón durante toda su vida. Al parecer, el clérigo guardaba rencor a ‘le Petit Caporal’ –el apodo que usaban los soldados al hablar de su amado general– por acusarle públicamente de ser impotente. Con la mutilación del cadáver, Anges Paul Vignali buscaba vengarse como si de una broma macabra se tratara. Otra versión, sin embargo, afirma que fue el sacerdote que le dio la extremaunción a Bonaparte quien arrancó el miembro para posteriormente venderlo.

Una pieza de cuatro centímetros

El valioso miembro viril permaneció en la familia Vignali durante varias generaciones hasta 1924, cuando pasó a manos del librero estadounidense de A. S. W. Rosenbach, quien a su vez lo llevó al Museo de Arte Francés de Nueva York. En 1999, el urólogo John Lattimer ganó el miembro viril en una subasta organizada por el museo y lo añadió a su macabra colección. Entre sus extrañas posesiones también se contaba el cuello ensangrentado de la camisa de Lincoln y una ampolla de cianuro del nazi Hermann Göring.

En la actualidad, el miembro de Napoleón pertenece al hijo del urólogo, Evan Lattimer, que recientemente lo mostró para un reportaje del ‘Canal 4’ de la televisión inglesa. La pieza es extremadamente pequeña, poco menos de cuatro centímetros de longitud, y en erección «habría alcanzado un máximo de 6,6 centímetros», según las notas de John Lattimer, ya fallecido. Un tamaño considerado en la categoría de microfalosomía, que concuerda con los problemas hormonales.

La pieza es extremadamente pequeña, poco menos de cuatro centímetros de longitud, y en erección «habría alcanzado un máximo de 6,6 centímetros»

Pero, dado que existen tantas teorías contradictorias, también podría ser un fraude promovido por el abad Anges Paul Vignali para mancillar la imagen de Napoleón como gran conquistador de mujeres, y que ese no fuera el auténtico pene. El general francés, originario de Córcega, se casó dos veces y tuvo un hijo. Además, su fama de incansable amante y seductor de mujeres de alta alcurnia, casi siempre casadas o comprometidas, ha quedado intrínsecamente vinculada al personaje histórico, junto al sombrero de dos picos y la mano en el estómago.

Así y todo, el expolio de los restos de Napoleón no fue un hecho aislado en la historia, sin ir más lejos la devoción por las reliquias de santos desató verdaderas disputas durante la Edad Media. En la actualidad, muchos restos de personajes históricos engrosan colecciones por todo el mundo, así es el caso de los ojos de Albert Einstein, guardados en formol en una caja fuerte en Nueva York, o el dedo de Galileo Galilei, en el Museo de la Historia de la Ciencia, en Venecia.

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