Historia

Los crueles castigos de Adolf Hitler contra los que leían libros prohibidos en la Segunda Guerra Mundial

Mario Escobar publica ‘La bibliotecaria de Saint-Malo’, una novela histórica en la que se adentra en la persecución que perpetró el Tercer Reich contra la cultura gala

Mario Escobar, historiador y escritor superventas, descuelga el teléfono vivaracho. Es lo habitual en un autor que, por lo general, no detiene su actividad ni un minuto; ni de día, ni de noche. Solo hay una excepción: las vacaciones de verano que, confiesa, disfruta estos días. Ese ‘reset’ que todos necesitamos y que, en su caso, es vital para regresar con más fuerza si cabe a sus siete horas de escritura diaria. Hacía tiempo que no hablábamos con él para tratar la Segunda Guerra Mundial, ese tema que le ha granjeado tantos réditos. Pero lo bueno siempre vuelve. Después de zambullirse en Auschwitz y adentrarse en la Resistencia francesa, ahora le toca el turno a la Lista Otto

; esa ingente cantidad de libros que el Tercer Reich persiguió en Francia. Lo hace con una nueva novela, ‘ La bibliotecaria de Saint-Malo’, en la que promete una sutil mezcla de historia, guerra y amoríos. Pero en la que los protagonistas son de papel y tinta: los libros.

En primer lugar, me gustaría felicitarle por sus últimos éxitos como autor…

Tengo la suerte de que, por un lado, he publicado con Amazon de forma independiente y he alcanzado una gran cantidad de lectores. Durante dos años fui el más vendido en la plataforma en España. Ahora probablemente lo sea, pero sumando mis más de treinta obras –entre independientes y de editoriales–. Mi nueva saga, ‘ Crímenes del norte’, ha cuadruplicado las ventas desde que la empecé. Por otro lado, la verdad es que entrar en la lista de los más vendidos en Amazon Estados Unidos es casi imposible para un autor hispano porque cuenta con más de cien millones de títulos, y hace poco me alegró mucho saber que mi novela, ‘ Canción de cuna de Auschwitz’, había estado entre las diez más adquiridas de esa lista. Es un verdadero lujo que solo han conseguido unos pocos escritores como Carlos Ruiz Zafón y Javier Sierra.

¿Cómo definiría el argumento central de la novela?

‘La bibliotecaria de Saint Malo‘ es una historia sobre la lucha de una mujer, Jocelyn por su pequeña biblioteca en unas de las localidades más pintoresca de Bretaña. A finales del verano de 1939, mientras Jocelyn está celebrando su boda con Antuane, los alemanes invaden Polonia y Europa entra en guerra. Mientras el esposo de Jocelyn marcha al frente y ella supera una grave enfermedad, la ciudad se llena de tensión, la aparición de los primeros refugiados en la primavera de 1940 no presagia nada bueno. Tras las tropas alemanas, los miembros de las SS y la Gestapo purgan los pueblos y ciudades de posibles resistentes, pero también tienen otro objetivo, hacerse con los libros más valiosos y destruir los prohibidos en su famosa Lista Otto. Jocelyn tendrá que luchar con todas sus fuerzas para que su biblioteca sobreviva y para que sus amigos no terminen en manos de los nazis.

¿Cómo nació la idea del libro?

En la misma Saint-Malo. Es una de las cosas emocionantes de salir de España, ahora que podemos volver a hacerlo. Yo viajé muy poco de niño porque era de familia humilde y, cuando pude, me di cuenta de que era necesario para elaborar los libros. Antes de sacar ‘El mesías ario’ logré ir a Múnich, el escenario en el que se desarrollaba la novela. A partir de ahí, siempre que he podido, he intentado desplazarme al lugar de los hechos antes de escribir. Aunque en este caso no era un viaje de investigación, era de placer. Mi mujer y yo nos quedamos anonadados cuando vimos la muralla de Saint-Malo, lo único original que queda de un enclave que fue destruido en la Segunda Guerra Mundial. Me cautivó tanto que decidí unir tres historias: la de una ciudad que sufre y es recordada por haber sido destruida, la de la persecución nazi en Francia y la que me explicó una lectora durante una firma de libros en Zaragoza.

¿Qué le desveló aquella lectora?

Se acercó junto a su madre para decirme que le encantaban mis libros y que ella solía leerlos con su marido, que había fallecido hace poco. Me contó que había superado un cáncer muy grave y que, durante la recuperación, intentó tener hijos, pero no pudo. Su marido falleció poco antes de que se recobrara del todo y se quedasen embarazados. Esa historia de amor y ese cariño que ambos tenían por los libros ha sido lo que he intentado trasladar a la obra.

¿Cómo fue la persecución nazi contra la cultura de una Francia que, en parte, era colaboracionista?

Hitler fue el director de orquesta que ordenaba lo que se hacía en los países ocupados. Adoraba algunas cosas de Francia, pero abominaba su cultura. Estaba convencido de que estaba forjada por mestizos y de que era todo aquello que debían aborrecer los alemanes. A pesar de todo, en principio dio órdenes de que no se maltratara ni se provocara a la población gala. Fue una decisión estratégica que, junto al miedo que sentía la sociedad por el auge del Frente Popular y la izquierda del país, favoreció el colaboracionismo. En ese sentido apenas hubo persecución en los inicios, con la salvedad de los judíos, los comunistas y los sindicatos.

¿Cómo se pasó de este clima de relativa tranquilidad a la represión?

Poco a poco. Trato esa evolución en la novela. Un ejemplo es que les impusieron la hora de Berlín para demostrar su dominio. Eran pequeñas cosas que el francés apenas fue notando y que afectaron, entre otros campos, a la cultura, que es brillante en todas sus facetas: la música, el arte, la literatura… No debemos olvidar que los grandes artistas del mundo (HemingwayFitzgerald…) habían hechos sus mejores obras en Paris. Los nazis aplicaron la censura de forma lenta pero inexorable y lo hicieron mediante el estado galo. Un ejemplo es que se ordenó al Sindicato Nacional de Editores de Francia que censurara los libros. Buscaban que, de cara a los ciudadanos, pareciera que eran sus propias autoridades las que condenaban aquellas obras.

¿Cómo comenzó la persecución contra los libros?

Los libros siempre estuvieron en el objetivo de los nazis. Lo que sorprende es que dos de los más grandes jerarcas del Tercer Reich, el propio Hitler y Joseph Goebbels –el ministro de propaganda–, eran escritores frustrados. El caso del ‘Führer’ es el más claro porque, aunque era un lector ávido y publicó ‘Mi lucha’, intentó escribir una segunda parte que no llegó a salir a la calle. Ambos se percataron de que, a pesar de que los medios de comunicación eran importantes, los libros podían ser un peligro para ellos por la capacidad que tenían de difundir ideas entre la sociedad.

¿Cuándo empezó este acoso?

Las quemas de libros comenzaron a nivel oficial en mayo de 1933. Esa fue la fecha simbólica en la Plaza de la Ópera de Berlín. El desencadenante fue un ataque espontáneo contra la librería del Instituto para la Ciencia Sexual, dedicado a la investigación sexológica. Pero pocas veces se hacían cosas espontáneas en el régimen nazi. La realidad es que la persecución a la cultura se había generalizado mucho antes. Ya en enero, cuando llegaron al poder, durante las purgas a los partidos socialdemocrátas y comunistas, prendieron fuego a las bibliotecas de los sindicatos, de los partidos políticos contrarios a ellos, de los medios de comunicación y, en última instancia, de muchos ciudadanos privados.

Y no fue lo único. Después llegaron una serie de listas que perseguían a los autores por su condición política y pacifista o por su nacionalidad. Tolstói Dostoievski, por ejemplo, fueron atacados por provenir de Rusia. Y Jack London, un escritor algo anodino que basaba sus obras en el culto a la naturaleza, también. La lista es inmensa: los hermanos MannEinsteinHemingwayMarx

¿Cuáles fueron las medidas contra estas obras y autores?

Esta política editorial afectaba a los escritores, que podían acabar en campos de concentración, pero también prohibía la impresión, venta, distribución y posesión de los libros. Eso provocó que se purgaran todas las librerías. Poco a poco esa tenaza convirtió el mundo editorial alemán en el patio de recreo de los nazis y sus acólitos. Este acoso duró hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Cuál fue el libro más vendido en época nazi?

Hace poco conseguí el dato. Sorprende, pero era una obra sobre cómo hacer senderismo desnudo. También había libros de cocina. Esto nos habla del simplismo en el que cayó la sociedad por culpa de la persecución.

¿Había en Alemania movimientos de ‘resistencia’ contra estas medidas?

La Biblioteca Alemana de la Libertad. Esta institución quiso proteger los libros perseguidos y, a partir del 34, reunió algunos. Envió una parte a Paris, que fue destruida tras la invasión de Francia, y otra a Inglaterra. En Estados Unidos también se intentó.

¿Cuál es el libro más raro que ha podido ver en las listas prohibidas?

Antes de la lista Otto, la que reunía los libros prohibidos en Francia, la Wehrmacht, que tenía órdenes también de destruir o incautar patrimonio cultural, creó un listado previo que solo tenía 143 títulos. En él se encontraba ‘Mi lucha’, de Adolf Hitler. Es muy curioso, pero tiene sentido: no querían que los galos conocieran lo que el ‘Führer’ había escrito de su país. La máxima era no dar pistas sobre la política internacional que se iba a seguir.

La lista Otto, por su parte, sufrió varias transformaciones. Su primera versión, publicada en mayo de 1940, incluía 1.060 títulos. Se hicieron más de cuarenta mil copias para enviar a los libreros. En ella estaban Louis Aragón, León Blum… El 8 de julio de 1942 se creó una nueva edición con 1.170 títulos, y, en mayo de 1943, se incluyó un anexo de 739 judíos franceses. Sorprende que, cuando los alemanes hablan de todo este entramado, insisten mucho en que fueron los propios sindicatos galos los que se encargaron de hacer los compendios de obras.

¿Quién era Otto Abetz, el hombre que puso el nombre a esta lista?

Fue el típico personaje que contemporizó con los nazis. Desconozco hasta qué punto se sentía dentro del régimen. Sorprende que se sepa de él por primera vez después de la Primera Guerra Mundial. Por entonces, Abetz se definía como un demócrata, un pacifista, un francófilo y un experto en la cultura gala. Hasta los años treinta participó incluso en encuentros de hermanamiento entre franceses y alemanes para evitar una futura guerra.

Pero, a partir de los treinta, entró en el Partido Nazi y apoyó las tesis de Hitler de una manera contundente. Como era un especialista en estos temas fue utilizado por varios comités alemanes (principalmente las Juventudes Hitlerianas) para temas relacionados con los galos. Cuando estalló la contienda fue enviado a París para hacer las veces de embajador, para elaborar la lista de libros prohibidos y para purgar las bibliotecas y llevarse los títulos más valiosos a Alemania. En la práctica, expolió la cultura francesa.

¿Por qué se le ha dado tanta relevancia al robo de arte, y tan poco al expolio de los libros?

Se suele creer que lo que simboliza a una nación son sus grandes obras de arte. Las catedrales, las esculturas, los pintores… Es cierto que eso representa parte de la cultura, pero donde está la memoria y la erudición de una nación es en los libros. Si extraemos el patrimonio editorial de un país acabaremos con él. Valga como ejemplo que, en 1992, sucedió lo mismo en Sarajevo. Lo que legamos al futuro son los libros y, por eso, la quema de bibliotecas como la de Alejandría fue una tragedia, un desastre para la humanidad.

Daesh, Al-Qaida, la URSS… Cada vez que un grupo ha ascendido, ha intentado destruir lo anterior para asentarse sobre ese olvido. Otro ejemplo se dio en la Reforma, cuando Enrique VIII de Inglaterra, tras desamortizar los monasterios, mandó a Cromwell a las librerías de las abadías y los monasterios para expoliar primero los más importantes y destruir el resto. Y volvió a pasar con el índice prohibido de la Inquisición. Quemar los libros del contrario para erradicar su memoria ha sido un triste habitual.

¿Qué podía pasar si te atrapaban leyendo o vendiendo libros prohibidos?

Se consideraba traición o un acto de resistencia. Era equiparable a poner una bomba en las vías del tren o cambiar los carteles de las carreteras para que las divisiones alemanas se perdieran (algo que, por cierto, molestaba en extremo a los nazis). Las penas eran variadas: fuertes multas, prisión, trabajos forzados, deportación a un campo de concentración… Por descontado, los libros incautados se destruían. Se calcula que en París se llegaron a reunir para su quema unos 800.000 títulos. Una cantidad brutal. Por eso, a partir del 40-41 se envió para purgar las bibliotecas a miembros de las SS y la Gestapo.

En su obra, un alemán y una francesa luchan, codo con codo, para evitar la quema de libros. ¿Era normal ver a oficiales díscolos con el expolio y la destrucción cultural en las SS y la Gestapo?

Nos simplifica la vida, incluso en el sentido moral de la palabra, creer que cualquier persona que pertenece a una organización es igual de perversa que sus compañeros. Pero no es así. Hubo actos de compasión de guardias de las SS en campos de concentración; o nazis a los que se les ordenó asesinar de forma masiva a los reos tras las famosas marcha de la muerte y se negaron. En muchos de ellos hubo conflictos éticos y morales. Algunos los anestesiaban con drogas. Otros con la idea de que estaban cumpliendo su deber. Para colmo, las relaciones entre franceses y alemanes, sobre todo durante los primeros años, fueron muy cercanas. Eso favoreció que, a la postre, hubiera actos de benevolencia por parte de los alemanes. En mi novela, lo que les une es el amor por los libros.

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