Historia

Las mentiras sobre la «crueldad» de Aníbal en el famoso asedio de Sagunto que creímos durante siglos

Israel Viana

El famoso asedio de la antigua localidad romana situada en la actual provincia de Valencia desencadenó una guerra mundial en la Antigüedad que cambió para siempre la Península Ibérica. Desde ese momento, los historiadores se lanzaron a contar cómo se produjo, con datos no del todo ciertos que han pervivido hasta hoy.

El sitio y la destrucción de la ciudad de Sagunto por parte deUbrique, el 219 a. C., desencadenó una auténtica guerra mundial en la Antigüedad que cambió para siempre la Península Ibérica. Casi desde el mismo momento en que se produjo, los historiadores han hecho correr ríos de tinta sobre el número de soldados enviados por el general cartaginés, la estrategia empleada y las razones de por qué tardó ocho meses en arrasar un enclave tan pequeño como «Arse», como se conocía entonces a la antigua localidad situada en la actual provincia de Valencia. Pero los hechos relatados durante estos más de 2.200 años no se han ajustado siempre a la realidad. En muchas ocasiones han tendido a exagerar, aunque algunos de ellos hayan persistido hasta la actualidad.

El más antiguo de estos relatos fue el del historiador griego Polibio, que comenzó a escribir su obra tan solo 72 años después de los acontecimientos. A este le siguieron otros autores clásicos como Diodoro de SiciliaFloro Apiano. Pero tal y como apuntaban hace unos años Francisco Romeo y Juan Ignacio Garay en «El asedio y toma de Sagunto según Tito Livio» (Universidad de Zaragoza), estos apenas trataron la cuestión con una breve referencia. El mismo Polibio tan solo apuntó su duración, pero apenas dio un solo detalle de cómo se produjo. «Por otra parte —subrayan estos dos historiadores españoles—, también es un hecho desalentador tener constancia de dos obras filocartaginesas escritas por el macedonio Osilo y el griego Quéreas que, posiblemente, tratasen más extensamente el tema, pero cuya pérdida hace que no poseamos de ellas más datos que los de su existencia».

Entonces, ¿cuánto de lo que se ha contado sucedió de verdad? ¿Cuáles de todos los detalles y datos que nos han llegado hasta hoy de estos autores son ciertos? En lo que todo el mundo coincide es en que la conquista de Sagunto desencadenó la Segunda Guerra Púnica entre el imperio norteafricano y los todopoderosos romanos. Y a pesar del éxito final del asedio, son muchos los historiadores modernos que lo califican de «fracaso», puesto que las víctimas le hicieron perder casi un año como consecuencia de su fuerte resistencia.

A las puertas de Sagunto

Todo comenzó tras la derrota en la Primera Guerra Púnica, con la que Cartago se vio obligada a pagar a Roma indemnizaciones millonarias. Para poder hacerles frente, emprendió su expansión por la Península Ibérica al mando de Amílcar Barca. Este consiguió ocupar el sur de Hispania, pero fue asesinado por un indígena y el control de sus tropas pasó a manos de su hijo Aníbal, de 22 años. Este se hizo cargo del ejército con el Tratado del Ebro vigente, según el cual la frontera entre ambos se establecía en el río. Sin embargo, al sur de este, en la zona cartaginesa, se encontraba Sagunto, que había suscrito, además, una alianza con los romanos para defenderse de los púnicos. Algo que el joven general parece que no iba a permitir.

Aníbal ni siquiera hizo caso de las advertencias realizadas por los dos embajadores enviados desde Roma antes de comenzar el cerco. Y aunque la mayoría de autores cifra esa resistencia en los mencionados ocho meses, otros la reducen a seis y algunos la alargan a nueve. Pero lo que no aceptaron lo más clásicos es que los saguntinos aguantaron todo ese tiempo por su coraje, sino porque así lo quiso el general cartaginés premeditadamente. Para el historiador Tito Livio, por ejemplo, Aníbal sólo aguardaba a que apareciera una situación propicia para arrasar la ciudad de un solo golpe sin desatar una nueva guerra contra los romanos. Polibio, por su parte, sostenía que si el cartaginés evitó todo ese tiempo el choque final contra el enclave fue porque sabía que la reacción de Roma se produciría antes, incluso, de que ellos hubieran consolidado su autoridad en el resto de Hispania.

Finalmente la ayuda de Roma no llegó, pero estas últimas explicaciones no encajan igualmente con la descripción de Tito Livio 200 años después de los hechos: «Nadie tenía tanta audacia para afrontar el peligro como Aníbal, ni más sangre fría en medio del peligro […]. De todos los jinetes y de todos los soldados de infantería era, de lejos, el mejor: iba el primero al combate y era el último en retirarse. Pero estas grandes cualidades contrastaban con sus enormes vicios: una crueldad inhumana, una perfidia más que púnica, ningún anhelo por la verdad, ni sentido de lo sagrado, ni temor a los dioses, ningún respeto por los juramentos ni escrúpulo religioso».

El número de soldados

Si tan cruel era y tan poco respetaba los acuerdos, no se entiende esa cautela. ¿No pudo a causa de las fuertes defensas de Sagunto o realmente no quiso? De lo que no cabe duda es que, tal y como cuenta Gabriel Glasman Saroni en «Anibal, enemigo de Roma» (Nowtilus, 2007), el general cartaginés se había convertido en muy poco tiempo en el héroe de los suyos y en la pesadilla de los iberos y los romanos. Era adorado por sus hombres y temido por sus adversarios. Un hijo pródigo de Cartago con una inteligencia madurada y un conocimiento casi perfecto del griego y el latín, con el que estudió hasta el detalle las campañas de su padre y de los veteranos que ahora estaban a su servicio. Y cuando se encontró a las puertas de Sagunto, debería haber estado deseoso de incorporar su hazaña a la historia.

Es entonces cuando comienza la legendaria heroicidad de los sitiados. Sin embargo, en lo que respecta al contingente utilizado por Aníbal en Sagunto se ha generado una gran polémica en la historiografía moderna. El mismo general cartaginés mandó realizar una inscripción en el Cabo Lacinio para detallar el contingente que hizo pasar de África a la Península Ibérica: 20.000 infantes y 6.000 jinetes. Esta cifra fue aumentada por Polibio en su obra a 90.000 infantes y 12.000 jinetes. Una cantidad que fue secundada por la mayor parte de los autores posteriores y reproducida aún hoy en muchos blogs y páginas de historia.

Esa cantidad de 102.000 hombres es probable que no llegase ni a la mitad. Por eso sorprende que Livia asegurara que Aníbal utilizó 150.000 guerreros en el asedio de Sagunto. «Numerosos investigadores consideran que la manutención de semejante contingente hubiese supuesto un auténtico problema, pero, en ningún momento, comenta Livio que le acuciase la necesidad, ni que el hambre fuese un contratiempo para el ejército sitiador. Se ha calculado de un modo aproximado la cantidad de alimentos necesaria para el mantenimiento de un ejército de 150.000 personas, arrojando unas cifras completamente desorbitadas. Dicho suministro hubiese sido imposible a finales del siglo III a. C. Si a esto sumamos el mantenimiento de la caballería, que necesita una gran cantidad de forraje fresco diario, llegamos a la conclusión de que la cifra apuntada por Livio no puede ser ni próxima, ni posible», explican Romeo y Garay en su artículo.

La estrategia

Cuentan también que la ofensiva comenzó con la destrucción de todos los campos que rodeaban a Sagunto y se extendió muchos kilómetros hacia el exterior. El objetivo: cortar el suministro de recursos agrícolas a la ciudad e intimidar a su población, una práctica habitual desde finales del siglo V a. C. con el que pensaban que se empujaba al enemigo a actuar precipitadamente, ya sea negociando o lanzándose a la batalla. «Es bastante probable, sin embargo, que el general cartaginés, en previsión después de que la operación iba a ser más larga de lo que pensaba, arrasase solamente las tierras adyacentes al enclave, controlando y conservando las más alejadas para mantener a su ejército», añaden los historiadores.

David Torres Andreu

«Aníbal mirando la cabeza de Asdrúbal», pintado por Giovanni Battista Tiepolo en 1725 – Museo de Historia del Arte de Viena

Tiempo después, Aníbal atacó la ciudad por tres puntos diferentes, pretendiendo con ello dividir el potencial defensivo de los saguntinos. Aún así, centró sus acciones en el punto más vulnerable: un ángulo de la muralla que se abría hacia el valle, donde el terreno era más propicio para que sus máquinas de guerra pudieran avanzar. Las defensas de estos, sin embargo, eran tan potentes que la ofensiva resultó infructuosa y, además, el enemigo no se quedó de manos cruzadas y aterrorizado. Al contrario, enviaron al exterior de la ciudad a sus guerreros mejor preparados para enfrentarse cuerpo a cuerpo. Llegaron a herir a Aníbal, lo que provocó la retirada de los asaltantes.

A continuación, los cartagineses volvieron a embestir, esta vez con gigantescos arietes contra la muralla por varios puntos. Consiguieron derribar tres torres y el muro que las unía, dejando la ciudad al descubierto. Según Tito Livio, una acción de este calibre solía suponer la inmediata invasión, pero los defensores se precipitaron nuevamente a la batalla con un ejército aún más numeroso. «Aníbal y sus hombres sobre los escombros de la muralla y los saguntinos frente a los edificios de la ciudad», apuntaba el historiador romano. Sin embargo, las excavaciones arqueológicas parecen indicar que solo había murallas en las laderas meridional y occidental del castillo y no había huecos entre estas y el casco urbano, por lo que los saguntinos debieron luchar también entre los escombros de la muralla, apuntaron después algunos investigadores modernos.

Promesas de enriquecimiento

Tras ser derrotado de nuevo, el ejército púnico se volvió a retirar a su campamento y Aníbal decidió dar un descanso a sus soldados, para prometerles después la ciudad entera y su contenido como botín para enardecer sus ánimos. Mientras tanto los saguntinos trabajaron día y noche para levantar un muro defensivo donde había caído el viejo. Un tiempo después, los cartagineses arremetieron de nuevo contra las murallas, en esta ocasión con una torre móvil de grandes dimensiones equipada con piezas de artillería. Lograron así barrer la zona de defensores y enviar a un cuerpo formado por «unos quinientos africanos con picos para hacer brechas en el muro, por las que penetraron grupos de hombres armados que ocuparon y fortificaron una zona alta. Y allí emplazaron catapultas con el fin de dominar las zonas más bajas de la ciudad», subrayaba Livio.

Con esta zona conquistada, el segundo de Aníbal, Maharbal, empredió los trabajos de demolición de lo que quedaba de muralla con tres arietes para impedir la posibilidad de que los asediados recuperasen sus posiciones y se pudiesen fortificar de nuevo con los restos de estas. Una vez inutilizada, el general cartaginés se puso al frente de su ejército y se lanzó al asalto final. Algunos relatos cuentan que los saguntinos llegaron a prender fuego a la ciudad para luego arrojarse ellos mismos a las llamas. Anibal, furioso por haber perdido tanto tiempo y hombres frente a un pequeño enclave como este, se ensañó cruelmente con los pocos supervivientes que quedaron… y todo quedó completamente arrasado.

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