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Historia

Las cartas de amor secretas de Franco a una adolescente que le dio calabazas: «Era un pelma»

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Manuel P. VillatoroABC

Sofía Subirán, de 15 años, resistió durante meses la campaña sentimental del futuro dictador. Jamás correspondió su amor, pero recibió con ilusión las cartas que el entonces teniente le enviaba

Todos hemos tenido infancia. Sus padres, querido lector, también fueron jóvenes, aunque usted los recuerde con ese aire cuasi marcial del que ya, talludito, ha experimentado los sinsabores de una vida que se extiende en el tiempo. Y a los personajes de nuestra historia les ha sucedido lo mismo. Si es que hasta el mismo Francisco Franco fue mozo, diantre, y tuvo sus escarceos sentimentales por aquí y por allá antes de sentar la cabeza con Carmen Polo. El más famoso de sus amores (o desamores, más bien) fue Sofía Subirán, vivaracha adolescente de 15 años a la que el futuro dictador enterró en más de dos centenares de cartas y postales de amor.

Pero de poco le

sirvió a Franco, con más apodos hilarantes por entonces que muescas en la empuñadura del fusil debido a su voz atiplada y a su escasa altura, su insistente pluma. Con Subirán, el teniente de Regulares se topó con la que fue su primera derrota de calado. Fue una carga de profundidad directa a la quilla que, según explica el divulgador Eduardo Soto-Trillo en «Las mujeres de los dictadores», le llevó a centrarse en su carrera militar y buscar los honores en el campo de batalla. La amargura se palpa en cada línea de las misivas. Escritos en los que pasa de un cercano «su buen amigo que la quiere», a un amargo «esto es imposible».

Frente a frente

Pero vayamos con el contexto por delante. El historiador José María Zavala –uno de los mayores expertos de nuestro país en el dictador– confirma en su obra «Franco con Franqueza» que el joven Francisco conoció a Sofía después de dejar la península y pisar por primera vez el norte de África. «El tenientillo, acompañado siempre por el diminutivo “Cerillito”, “Paquito” o “Franquito”, fue destinado poco después de llegar a Melilla al Regimiento África número 68», señala en su libro. Corría por entonces principios de 1912, una época controvertida para la misma España que, pocos meses después, se enfrentaría con espanto al asesinato del presidente del Consejo de Ministros, don José Canalejas.

Retraído por su voz y delgadillo en extremo, Franco ya se había encaprichado entonces hasta en dos ocasiones. Aunque más por cariño juvenil que por verdadero amor. La primera mozalbeta que le cautivó fue una tal Sofía Mille, a la que Zavala define en su obra como su «musa ferrolana». Con ella, el chico paseó de la mano a lo largo y ancho de su ciudad natal durante la época en la que era alumno de la Academia de Infantería de Toledo. Pero la escasa edad de ambos hizo que cayera en el olvido poco después. La siguiente en la lista fue Paquita Maristany, hija de un empresario de Ferrol, pero durante un tiempo tan ínfimo como para obviarla de la lista. De esta guisa arribó Cerillito a Melilla.

Franco, en 1924
Franco, en 1924

Sofía, por su parte, no superaba entonces los 15 años. Sin embargo, era conocida en la ciudad por dos cosas: su hermosura y su padre. Y es que, era hija del coronel Subirán, entonces ayudante de campo del general –y Alto Comisario de Marruecos– Luis Aizpuru. Valga como ejemplo de su relativa popularidad que el diario «El Telegrama del Rif» solía incluir en sus páginas referencias a la joven. «Enfermas están la señora de nuestro querido compañero en la prensa el director de “Heraldo de Melilla”, don José Farrín, y la bella señorita Sofía Subirán, hija de don José», publicaron en una ocasión. En otra, el redactor habló de sus «bellos ojos» y su «rostro de indecible encanto».

Por su parte, en el libro «Las cartas de amor de Franco», editado tres años después de la muerte del dictador, Vicent Gracia definió a Sofía como una «joven y espigada damita» a la que le gustaba tocar el piano y cantar y bailar cualquier cosa que se le pusiese por delante (desde un buen charlestone hasta pasodobles o chotis). Así lo especifica también Zavala en su obra: «Contaba ella misma que un chico se ponía a su lado en las fiestas, por indicación suya, y si se acercaba alguien que no le gustaba, se arrancaba a bailar con su amigo». Lo que no se puede negar es que, a pesar de la diferencia de edad, el joven Franco apuntaba bien alto en el escalafón.

Primeros encuentros

La primera década del siglo XX no fue mala para Francisco Franco. Según especifica el historiador Carlos Fernández en «El general Franco, un dictador en tiempos de infamia», más bien todo lo contrario. El 13 de junio de 1912 fue ascendido a primer teniente por antigüedad, el último de esta guisa antes de encaramarse a las subidas en el escalafón a golpe de méritos de guerra. Poco después, allá por agosto, pisó el frente y, el 16 de noviembre, obtuvo la Cruz del Mérito Militar de primera clase con distintivo rojo por haber participado, durante tres meses, en operaciones africanas. Fue en diciembre, en mitad de un permiso en Melilla, cuando se cruzó por primera vez con Sofía.

Tal y como se narra en «Las mujeres de los dictadores», Franco y la adolescente se conocieron durante un «asalto». A saber: un baile al que acudían las muchachas que aún no se habían puesto de largo y que solía celebrarse en el Casino Militar o el Casino Español. «Franco me veía y no paraba de aplaudirme», afirmó, años después, la propia Subirán en una entrevista a Gracia. Aquel militar, «fino, muy fino y atento», le hizo algo de tilín:

«Era todo un caballero. Si se enfadaba tenía un poco de genio, pero en plan fino. Tenía mucho carácter y era muy amable. Entonces era delgadísimo. Conmigo era exageradamente atento, a veces hasta me fatigaba. A mi me trataba como una persona mayor, y eso que era prácticamente una niña».

Sofía Subirán
Sofía Subirán

Y así, de la nada, fue como Franco inició su particular campaña para derribar los muros de Subirán y ganarse su amor a golpe de cartas. El 6 de enero de 1913 recibió la primera, acompañada de varias postales:

«Mi distinguida amiga, de regreso en esta posición le envío estas postales haciéndole presente mi sentimiento por no haber encontrado ocasión de decirle adiós. Deseando pasen pronto los días para tener la alegría de verla, la saluda su buen amigo».

En los meses siguientes, Franco y Subirán iniciaron un extraño noviazgo. Según los expertos, para él la chica representaba un ser puro con el que quería compartir su vida. Ella, sin embargo, entendía el tiempo que pasaban juntos más como un mero divertimento que como una relación seria y a largo plazo. Por si fuera poco, en la sociedad de la época, clasista en extremo, no se barajaba que la hija de todo un militar de postín compartiera vida con un sencillo teniente. Eso no impidió, con todo, que ambos se vieran de forma furtiva durante los permisos del militar y que ella evitara que su padre supiera que estaban juntos.

Más y más

Aquel fue el mensaje que descorchó la botella. Tras él, arribaron un torrente de postales en las que Franco, poco a poco, subió el tono con Subirán. El futuro dictador alumbró entre 200 y 400, aunque la mayor parte fueron destruidas por la propia Sofía años después. Los mensajes debieron agobiarla, pues, al final de su vida, declaró que le llamaba «el pelma de Paquito», que le consideraba «un aburrido» y que, en realidad, no le gustaba.

En todo caso, aquello no detuvo a Franco quien, en el 22 de febrero, le volvió a escribir desde la posición de Al-laten después de que la joven le solicitara «paciencia y esperar»:

«Mi distinguida amiga. Recibí su contestación en el día de hoy que me ha alegrado en parte solamente, pues encuentro tan vaga la palabra tiempo que tanto puede ser poco que mucho, agravando esto el escaso tiempo que dura mi presencia en esa plaza; pero en fin le he agradecido muchísimo su bondad y esperando que sea V. buena en la apreciación del tiempo que se despide de V. un buen amigo».

Franco, en África
Franco, en África

Según desvela Juan Eslava Galán en «Coitus interruptus», el 9 marzo Franco, hastiado de tanta paciencia, le envió de nuevo una carta en la que incluía un sencillo «el que espera desespera, Sofía, y yo espero». Pero tampoco obtuvo respuesta. Por ello, el 6 de abril volvió, una vez más, a la carga. Aunque esta vez mucho más dolido después de que Subirán le hubiera dado calabazas en una cita:

«Mi distinguida amiga. Hace varios días bajé a la Plaza esperando que, después del tiempo pasado y de la confianza que creí que tendría en mi cariño, hablaríamos y obtendría su respuesta, pero, aunque me duela confesarlo, inútiles fueron los esfuerzos que para ello hice y, si bien comprendo que las circunstancias no me ayudaron, estas nunca podrían justificar que se ausentase al verme. Solamente la indiferencia puede ser la causa de su conducta».

En las postales que siguieron repitió una y otra vez que quería recibir noticias suyas de forma más temprana y, en verano, hasta le declaró su amor con una frase un tanto surrealista: «Le ordeno a usted de que me quiera». Pero la rabieta no le sirvió de nada a un «Cerillito» que se cansó de escribir aquello de «aunque en el día de hoy no he tenido noticias suyas como esperaba, le escribo estas líneas para saludarla». La misiva del 24 de abril fue especialmente incisiva:

«Mi querida amiga Sofía. He sentido muchísimo en el día de hoy no tener noticias suyas como esperaba, pues supongo que tendrá usted diez minutos para acceder a un ruego tan justo y sabiendo lo mucho que me alegrarán sus cartas».

«Yo la quiero bastante por no decir muchísimo, y en V. esto es imposible»

El 5 de junio, al fin, Franco se rindió a las evidencias y aceptó la ruptura:

«Mi querida Sofía. He recibido en el día de hoy su postal que mucho me ha alegrado, aunque creo que en ella se equivoca, pues yo la quiero bastante por no decir muchísimo, y en V. esto es imposible, pero en fin, quiero creerle y me haré esa ilusión. […] Hoy he estado con la fuerza en la 2ª caseta de paseo militar y dentro de 4 ó 5 dias iremos por esa a otro paseo si bien no sé si podré verle pues a las 12 tenemos que desfilar por la Comandancia y llegaremos a esa poco tiempo antes. Adios Sofía, que sea cierto lo que V. me dice y cuente siempre con el cariño de Franco».

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