Historia

La verdad sobre el Imperio español: «México era una auténtica ‘metrópoli imperial’, mucho más que Madrid»

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El libro «La disputa del pasado: España, México y la leyenda negra», una obra colectiva editada por la Editorial Turner, busca de la mano de autores tan prestigiosos como Roca Barea o Pérez Vejo repensar las interpretaciones históricas sobre la Conquista de México

Desde que Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, planteara hace dos años la posibilidad de que España pida perdón a los indígenas mexicanos por los actos cometidos por Hernán Cortés hace 500 años, los debates se han sucedido al respecto y han dado lugar a nuevas preguntas. ¿Deben pedir también los herederos de los mexicas perdón a los pueblos que tenían sometidos? ¿Y el imperio romano, debe disculparse con los habitantes de la Península Ibérica por conquistarlos? ¿Y los corsos por las acciones de Napoleón?

De esta escalada disparatada de perdones y de revisionismo histórico (el mismo que derrumba estatuas y cambia el nombre de las calles) han salido pocas conclusiones en claro, con la excepción de que México

, como gran parte del mundo, tiene un problema con su pasado. «La conquista fue una guerra civil. Se hizo por nativos contra nativos, liderados por Cortés, ciertamente, pero sin su ayuda nada hubiera sido posible. De modo que, si alguien debe pedir perdón (lo que me parece absurdo), ellos, los mexicanos, también deberían pedirlo por la parte que les toca. Los verdaderos herederos de lo que allí pasó son los actuales mexicanos», asegura Emilio Lamo de Espinosa, doctor en Derecho y catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

Lamo de Espinosa es el coordinador de ‘La disputa del pasado: España, México y la leyenda negra’, una obra colectiva, editada por la Editorial Turner, que busca de la mano de autores tan prestigiosos como María Elvira Roca Barea o Tomás Pérez Vejo repensar las interpretaciones históricas que se han hecho de la Conquista de México y diseccionar los malentendidos históricos entre dos países hermanos.

–Hay quien defiende que los problemas actuales de México demuestran que España dejó una herencia envenenada, en comparación a la herencia anglosajona del norte. ¿Por qué el legado español parece vinculada al atraso?

–La pregunta merece ser contestada con otra pregunta: ¿Por qué la herencia del Reino Unido en las empobrecidas India o África, no aparece vinculada al fracaso colonizador? ¿O el Congo con Bélgica? ¿O el África francesa? ¿Lo hicieron ellos mejor que nosotros? Claramente, no y lo suyo es muy posterior. Y también ellos (indios o africanos), culpan a sus colonizadores. Es lo que hoy llamamos narrativas o antes ‘leyenda negra’ y propaganda. Pero hay mucho más, pues, como se demuestra con rotundidad en el libro, México en concreto distaba mucho de ser un país y una ciudad atrasada al tiempo de la independencia. La ciudad de México era una ciudad global, una auténtica ‘metrópoli imperial’, mucho más que Madrid entonces, con comercio potente tanto con Europa como con Asia. Como dice Pérez Vejo, La Nueva España de finales del siglo XVIII no era la periferia de la Monarquía sino uno de sus centros neurálgicos. Una sociedad ‘moderna’ y de gran dinamismo, económico pero también cultural.

–Las sociedades actuales, defiende usted en la introducción a la obra, están «a la gresca con su pasado», ¿a qué atribuye que haya crecido este sentimiento tanto en el mundo hispánico como en el anglosajón?

–Las sociedades viven siempre entre la huida del pasado y el miedo al futuro, sobre todo cuando no confían en este. Estamos sometidos a un ritmo de cambio social endiablado, como nunca en la historia. Por vez primera hoy los hombres duramos más que nuestro entorno, las ciudades cambian más rápido que sus habitantes, y ese ritmo de cambio genera cisnes negros, eventos inesperados como la actual pandemia o el mismo cambio climático. Y ello es especialmente relevante en los países occidentales, que hemos perdido el monopolio de la historia, que hoy se escribe al margen nuestro, y eso da mucho miedo. Y el miedo al futuro genera el intento de buscar cobijo en el pasado, pero, claro, en un pasado mítico, que nunca existió.

«Las sociedades viven siempre entre la huida del pasado y el miedo al futuro, sobre todo cuando no confían en este»

–Esto se nota especialmente en Occidente, ¿por qué?

–Casi podría decirse que Occidente, que ha perdido la ilusión del progreso y del futuro, en el que no ve potencia que arrastre e ilusione, se ha volcado sobre el pasado y, más que preparar el futuro para nuestros hijos y nietos, pretendemos solucionar las querellas de nuestros abuelos. No cabe mayor tradicionalismo, menor progresismo ni mayor historicismo y dependencia de senda que esté quedar atrapado por el pasado, en el que le mort saisit le vif.

–¿Por qué no fue un enviado Moctezuma el que llegó a Toledo y retuvo en palacio al Emperador Carlos V?

–Esta es la pregunta de la historia del mundo. Por qué Europa, una pequeña y poco poblada península en el extremo de Eurasia, acabó conquistando el mundo entero, y no fue al revés, como pudo ser. Recordemos que a comienzos del siglo XVI, la China de la dinastía Ming adelantaba a Europa en casi todo, y pudo conquistar América pues tenía tecnología naval muy superior a la europea. Pero no lo hizo. Y fue Cortés quien llegó a Tenochtitlan, y Pizarro a Cajamarca, y no al revés. La mejor respuesta que conozco la dio Jared Diamond en su excelente libro ‘Armas, gérmenes y acero’, que no voy a exponer ahora. Pero adelanto que España (y Europa) heredaban de toda Eurasia unos conocimientos y una tecnología, tanto material como social, muy superior a la que entonces había en América o en África. Lean también ese libro. No se arrepentirán.

–¿Las de España fueron colonias o fueron virreinatos?

–Estamos hablando de unas sociedades que se desenvuelven entre los siglos XV y hasta comienzos del XIX, que es cuando aparece la palabra «colonia». Durante ese largo periodo, si nadie se preguntaba si eran colonias el reino de León o el señorío de Vizcaya, por qué preguntárselo respecto al reino de Chile o el Señorío de Tlaxcala. No eran colonias porque tal cosa no existía ni había condiciones técnicas para ello. Aunque es evidente que las reformas borbónicas del siglo XVIII sí tuvieron esa orientación, pero son tardías e incompletas. Así pues, poca colonia y mucho virreinato.

–En el discurso indigenista se deja traslucir, en ocasiones, ideas muy racistas en contra del mestizaje, ¿son palabras suaves ocultando palabras graves?

–Ha ocurrido con frecuencia; se contesta el racismo de unos afirmándose en lo rechazado y generando un racismo contrario. Recordemos el black is beautifull de los afroamericanos. Y por supuesto que hay racismo en esta demonización, tan posmoderna, del «hombre blanco», a veces reforzada con los epítetos, «occidental» y «heterosexual». Es curioso, culpar a alguien justamente de aquello de lo que no es responsable. Los blancos no han sido más racistas que los restantes pueblos de la humanidad, no más desde luego que los árabes (siempre los grandes negreros) o los asiáticos. Al contrario, fue el denostado hombre blanco quien abolió la esclavitud, y fue quien recupero para la mujer la dignidad que nunca antes se le reconocía. La universalidad de los derechos humano es una invención del hombre blanco, occidental y (casi siempre) heterosexual. Por lo demás, todos somos mestizos, y las llamadas tribus originarias o nativas vienen de algún sitio y han ocupado el territorio de otros, como fue el caso de los aztecas, que venían del norte.

«Ocultan la violencia que los norteamericanos ejercieron en su propio país (elevado al rango de epopeya en el cine western), o los británicos en sus colonias, hasta bien recientemente, y donde sí hubo, a diferencia de España, voluntad de exterminio»

–¿Es el mundo anglosajón el gran beneficiado de las disputas y los pleitos históricos en Hispanoamérica?

En buena medida es así, como muestran Elvira Roca, Jose María Ortega o Luis Francisco Martínez Montes en el libro. Lo que este último llama el «canon whigh» de la modernidad, más que marginar (que también), ha estigmatizado siempre lo latino, y especialmente lo español. Y ahora de nuevo, pues, atizando el fuego de la violencia de los «conquistadores», desde el pobre Colón hasta el mismo Cervantes, ocultan la violencia que los norteamericanos ejercieron en su propio país (elevado al rango de epopeya en el cine western), o los británicos en sus colonias, hasta bien recientemente, y donde sí hubo, a diferencia de España, voluntad de exterminio y, por lo tanto, genocidio. Otro tanto, por cierto, puede decirse de no pocas de la nueva repúblicas latinoamericanas, donde hubo también voluntad de exterminio. Por eso es importante reconocer para América Latina que forma parte, y parte constituyente (no solo pasiva) de Occidente, tema al que se dedican los capítulos de Guadalupe Jiménez Codinach y el mío mismo.

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