Historia

La misteriosa tumba de Tamerlán: el guerrero mongol del siglo XIV que ‘maldijo’ a la URSS en la IIGM

Spread the love

Tres días antes de que se iniciara la famosa Operación Barbarroja de Hitler para conquistar la Unión Soviética, un antropólogo soviético llegaba al mausoleo de este emperador mongol del siglo XIV, en Uzbekistán, para exhumar su cadáver. En el sepulcro ponía: «Aquel que lo abra se enfrentará a un enemigo más cruel que yo»

Las conquistas del gran Amir Timur Gorgan, más conocido como Tamerlán, en la segunda mitad del siglo XV, resultan aterradoras. En sus 68 años de vida, este guerrero y político turco-mongol, sucesor de Gengis Khan, reunió a un Ejército de 70.000 hombres, arrasó miles de ciudades, asesinó a 17 millones de personas y construyó un imperio descomunal, el Timúrida, de ocho millones de kilómetros cuadrados que abarcaba lo que hoy es Turquía, Siria, Irak, Kuwait, Irán, Kazajistán, Afganistán, Rusia, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, India y Pakistán. Tan solo se le resistió China.

Pero lo más sorprendente de todo es que algunos mandos soviéticos llegaron a creer, seis siglos después, que la profanación de la tumba de este emperador

sanguinario por parte de un antropólogo ruso, les había echado una maldición con graves consecuencias en su enfrentamiento con los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Una teoría que llegó a oídos del mismo Stalin e influyó en algunas de sus decisiones militares durante la Operación Barbarroja con la que Hitler intentó conquistar la URSS.

Para encontrar el origen de esta maldición, debemos remontarnos al otoño de 1404, cuando Tamerlán se trasladó a Otrar, al sur de Kazajistán, para encabezar la invasión de China, el único reino que se le había resistido y que vivía una etapa de esplendor bajo la dinastía Ming. Aquella empresa, sin embargo, resultó un desastre. A la enorme extensión del país se sumaron las duras condiciones del invierno, la escasez de suministros y las dificultades en las comunicaciones. Aquello hizo que el emperador mongol enfermara y falleciera sin ver cumplido su sueño.

El cadáver

El cuerpo sin vida de Tarmerlán fue trasladado a la capital de su imperio, Samarcanda, en la actual Uzbekistán, y enterrado en el Mausoleo de Gur-e Amir (‘Tumba del Rey’ en persa), que sirvió de modelo para la arquitectura funeraria de la época y del mismo Taj Mahal. Allí descansó en paz hasta que, el 20 de junio de 1941, un equipo de arqueólogos soviéticos abrió la tumba para estudiar sus restos y esclarecer si era descendiente del gran Gengis Khan, como nuestro protagonista aseguró seis siglos antes, según los documentos de la época. Un encargo que procedía ni más ni menos que del mismo Stalin.

El líder comunista parecía estar más preocupado por este asunto que por la amenaza que se cernía sobre él en uno de los momentos más duros de la Segunda Guerra Mundial: la conquista de la URSS por parte de Hitler. Un plan que los alemanes estaban ultimando en la mencionada Operación Barbarroja. Sin embargo, el líder comunista no parecía contemplar esa posibilidad, pues confiaba en el pacto de no agresión que había firmado con los nazis en agosto de 1939.

Seguía más interesado en la expedición científica que en esos momentos estaba trabajando en Uzbekistán bajo la dirección del antropólogo Mikhail Gerasimov, que había llegado al mausoleo Gur-e Amir, para localizar los restos de Tamerlán, embalsamados con almizcle y agua de rosas, envuelto más tarde con paños de lino e introducidos, por último, en un ataúd de ébano. Allí se encuentra todavía el monumento, que es visitado por turistas de todo el mundo para ver la sala donde se halla su tumba decorada con oro.

Piedra de jade

Antes de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, se descubrió que la enorme piedra de jade que supuestamente escondía el cuerpo de Tamerlán no era tal y que sus restos estaban, en realidad, en una cripta subterránea. En aquel lugar había reposado el cadáver durante más de cinco siglos hasta que Gerasimov, experto en la reconstrucción de restos humanos, llegó a Samarkanda. Su objetivo era exhumar y analizar lo que quedaba del emperador mongol y averiguar si fue descendiente de Genghis Khan.

En la lápida estaba grabada una maldición, en la que se anunciaban terribles desgracias si la tumba era profanada. Según decía la inscripción, «aquel que abra esta tumba se enfrentará a un enemigo más cruel que yo». En varios textos islámicos podía leerse, además, que se despertarían los demonios de la guerra si eso sucedía y que, al tercer día, Tamerlán regresaría del más allá para traer la guerra y la devastación, tal como hiciera en vida.

Un anciano encargado de vigilar el mausoleo suplicó a Gerasimov que no abriese el sarcófago, recordándole la mencionada maldición grabada en la piedra, pero el antropólogo soviético no le hizo el más mínimo caso. Su gloria estaba por encima de cualquier creencia, así que, el 19 de junio de 1941, se dispuso a abrir el sepulcro con un equipo de cámaras que le grabó protagonizando aquel hito y levantando el cráneo de Tamerlán para mostrarlo al objetivo con gesto triunfal. Esta película fue enviada de inmediato a Moscú para que pudiera ser vista por Stalin y, tan solo tres días después, en la madrugada del 22 de junio de 1941, el teléfono del cuartel general del distrito militar de Leningrado sobresaltaba al operador de señales Mikhail Neishtadt. Este avisó urgentemente al jefe del Estado Mayor y, cuarenta minutos más tarde, este entró en la sede con un humor de perros. Cuando le entregó los dos telegramas que habían llegado, el gesto le cambió de inmediato. «Tropas alemanas han cruzado la frontera de la Unión Soviética», podía leerse en el escueto mensaje.

Operación Barbarroja

«Fue como una pesadilla. Queríamos desesperadamente despertarnos y que todo hubiese vuelto a la normalidad», recordaba Neishtadt tiempo después. Pero no, pronto quedó claro que no era un sueño, sino un asalto colosal llevado a cabo por tres millones de soldados y decenas de miles de tanques y aviones que avanzaban por un frente de 2.500 kilómetros desde el mar Negro hasta el Báltico, tal y como advertía la maldición escrita en la tumba de Tamerlán. Comenzaba la operación Barbarroja con tres objetivos finales: conquistar Moscú, Kiev y Leningrado.

A pesar de la urgencia del momento, en la que se produciría el trágico sitio de Leningrado con sus millones de civiles rusos muertos de hambre y frío, los restos de Tamerlán fueron trasladados a Moscú, donde fueron analizados detenidamente por Gerasimov. El antropólogo fue capaz de reconstruir, efectivamente, la cara de Tamerlán desde los restos de su calavera. Gracias al análisis del esqueleto, este confirmó que ‘El Azote de Alá’, como se hacía llamar el emperador mongol a sí mismo, era bastante alto para su época, pues medía 172 centímetros, pero sufría una pronunciada cojera en un pie, tras romperse el fémur y la rótula, y no podía levantar el brazo derecho por una antigua herida de guerra.

«Cinco décadas después de estos acontecimientos, uno de los operarios de cámara que asistieron a la apertura del sepulcro contó los detalles del episodio en un documental de la televisión estatal rusa. Según este técnico, el equipo cinematográfico fue enviado al frente para seguir haciendo su trabajo, y sería allí en donde los operarios explicarían lo relativo a la supuesta maldición al general Gheorgi Zhukov, quien escuchó la historia con mucha atención y prometió hacer lo que estuviera en su mano. Al parecer, Zhukov logró convencer a Stalin de que lo mejor para el destino de la Unión Soviética era que los restos del emperador mongol descansasen en su tumba», cuenta Jesús Hernández en ‘100 historias secretas de la Segunda Guerra Mundial’ (Tempus, 2009).

Otra coincidencia que hizo creer en aquella maldición es que, finalmente, el cuerpo de Tamerlán fue trasladado por vía aérea a Samarkanda y nuevamente enterrado en el sepulcro, tal y como pedía Zhukov, y el VI Ejército alemán del general Friedrich Paulus fracaso en su intento de invadir Stalingrado justo en el momento en que estaba a punto de conseguirlo. La resistencia de los soviéticos fue tal que, dos meses después, incluso tuvo que rendirse.

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class