Historia

La misteriosa muerte de Julián Romero, el «mediohombre» de los Tercios con el corazón gigante

César Cervera

El doctor jesuita Martín Antonio del Río, que coincidiera con él en Flandes, lamentó su muerte en sus textos, atribuyéndola a una congestión sanguínea y no, como algunos pensaban, «que le había ocurrido lo que sucede habitualmente a casi todos aquellos cuyas heridas han sido curadas por medio de sortilegios y encantamientos»

En el momento de su muerte, a Julián Romero le faltaba un ojo, una pierna, un brazo y no escuchaba bien de un oído. El soldado conquense, además, había perdido a un hijo, tres yernos y cuatro hermanos luchando en la milicia. Las cicatrices recorrían de arriba abajo su cuerpo, a modo de tatuajes de las guerras libradas durante toda una vida. Un tipo indestructible. También los Tercios de Flandes tenían su particular medio hombre. Pero el hallazgo más sorprendente en su cuerpo era que, al abrirle el pecho, apareció un corazón de gran tamaño y peludo… Lo mismo que el romano Mesenio, de quien se decía que había dado muerte a 300 espartanos de su propia mano.

Una enfermedad cardiaca de algún tipo que da pie a la frase más heroica que se puede proclamar de un militar: el corazón de Romero era tan grande que no le cabía en el pecho.

Más de cuarenta años de cicatrices

Natural de Torrejoncillo del Rey (Cuenca), Julián Romero de Ibarrola se alistó en los Tercios con dieciséis años y sirvió a los Reyes Habsburgo en Túnez, Flandes, Francia e Italia durante una carrera que le llenó el cuerpo de heridas y le convirtió en un símbolo de la infantería. A golpe de pica y arcabuz, el castellano fue subiendo escalones. De cabo a sargento; de ahí a alférez y a capitán y finalmente maestre de campo. Bastó para ello su talento como soldado y su liderazgo. El conquense incluso combatió sobre suelo inglés en condición de mercenario del monarca Enrique VIII, lo que le mereció el título de «sir» y la consideración del Rey.

                                                             Julián Romero también estuvo presente en la batalla de San Quintín. Pintura sobre la batalla por Augusto Ferrer-Dalmau.

Su carrera militar estuvo, en cualquier caso, muy vinculada a la interminable guerra de Flandes y, en concreto, a la trayectoria allí de Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba. De ahí que, cuando se produjo el relevo de Alba en 1573, Romero escribió a Felipe II pidiéndole permiso para volver con él a España.

Enfermo y falto de fuerzas, el veterano castellano se quejó pronto del trato recibido por el sustituto de Alba, Luis de Requesens, quien había promocionado a otros jefes más jóvenes «que nacieron cuando él ya era capitán». En una lastimosa carta escrita en junio, el conquense reclamaba:

«Hace que sirvo a Su Majestad cuarenta años la Navidad que viene sin apartarme todo este tiempo de la guerra y de los cargos que me han encomendado y en ellos he perdido tres hermanos y un brazo y una pierna y un ojo y un oído y lo demás de mi persona tan fatigado de heridas que me resiento mucho de ellos y ahora, últimamente un hijo en quien yo tenía puesto los ojos».

En esta misma carta, Romero exponía su trágica situación familiar. Casado hacía nueve años, pero «no he estado un año entero en mi casa», no tenía dinero para emparentar a ninguna de sus hijos, una de ellas bastarda de Flandes, ni permiso para poner en orden sus escasas propiedades. Su nieto, de mismo nombre, moriría en el sitio de Hulst, tras recibir veintisiete heridas, cuando se adelantó al resto para rechazar una salida del enemigo.

La armada de Romero

La petición del veterano capitán fue ignorada. La falta de entendimiento entre el general y Romero se agigantó con el paso de los días. La designación de un hombre de Cuenca, sin mar a la vista, para dirigir una flota en el Mar del Norte dio cuenta del nivel de incomprensión entre ambos. Si la infantería española en campo abierto era invencible, no pasaba igual con la Armada de Flandes, escasa y mal tripulada, frecuentemente por oficiales de tierra. El general catalán reunió a principios de 1574 una precaria flota para auxiliar dos lejanas guarniciones (Ramua y Middelburg) en la provincia de Zelanda, una de las más hostiles a la autoridad real. Julián Romero partió al mando de sesenta y dos navíos de guerra, cuya estabilidad era, como poco, cuestionable:

«Uno de los navíos mejor armados en el que iba la compañía del capitán Francisco de Bobadilla, disparando una pieza para saludar [costumbre protocolaria], se abrió de manera que se lo tragó la mar cerca del dique».

La flota rebelde, mayor en número y calidad, desarmó la escuadra española al primer encuentro. Tras resistir el ataque simultaneo de cuatro navíos, Julián Romero y diez soldados se echaron al agua. Al llegar a la orilla donde se situaba Requesens, el maestre de campo se dirigió al comendador de Castilla de forma altiva: «Vuestra excelencia bien sabía que yo no era marinero, sino infante; no me entregue más armadas, porque si ciento me diese, es de temer que las pierda todas».

El mayor éxito militar del periodo Requesens tuvo lugar en la batalla de Mook, en el valle del Mosa, donde perecieron dos hermanos de Guillermo de Orange, pero se obtuvieron pocas ventajas a consecuencia de lo que ocurrió tras la contienda. Cuando avanzaban hacia Zelanda, se extendió un motín generalizado entre los ejércitos hispánicos por el retraso en las pagas de la soldada. «Las banderas viejas se comenzaron a desvergonzar el día 29 de [agosto 1574] a las dos de la mañana, pidiendo les dieran que comer», escribió Romero en un tono paternalista hacia sus hombres.

El inicio de los motines sorprendió a Requesens y Romero en el empeño, casi obsesión, de conquistar algún puerto de Zelanda, con lo que pudieran traer una armada desde España. Para tomar la isla de Zerkicea, 1.500 españoles cruzaron un canal de seis kilómetros con el agua al pecho y pertrechos a los hombros, hostigados por barcazas de fondo plano y los cañones holandeses. Cuenta un cronista que los soldados avanzaban «cogidos de la mano, con chistes y ocurrencias, sufriendo impávidos el fuego y desenganchándose de los arpones y ganchos holandeses».

Al amanecer del día 29 de septiembre, los defensores de Zerkicea se asustaron al emerger de entre la bruma un grupo de diablos mojados, barbudos y chistosos.

«Las banderas viejas se comenzaron a desvergonzar el día 29 de [agosto 1574] a las dos de la mañana, pidiendo les dieran que comer»

No en vano, el motín detuvo por competo la maquinaría militar. Felipe II declaró al año siguiente la suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó en punto muerto.

La sensatez en el saqueo de Amberes

Sin fondos, sin tropas y cercado por el enemigo, que contraatacó al oler la sangre, Luis de Requesens trató de cerrar un pacto con las provincias católicas durante el tiempo que su salud se lo permitió. Enfermizo desde que era un niño, el catalán falleció, en Bruselas, el 5 de marzo de 1576, a causa posiblemente de la peste. La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que el comendador de Castilla pudiera dejar orden de sucesión. Fue así el conde de Mansfeld quien se hizo cargo temporalmente del mando del disperso ejército de 86.000 hombres, que llevaban más de dos años y medio sin cobrar.

Julián Romero, junto a otros veteranos oficiales como Mondragón, Bernardino de Mendoza o Hernando de Toledo, intentaron convencer a los amotinados para permanecer unidos ante el enemigo común: los rebeldes, que aprovecharon las disensiones para medrar y ganar terreno. Los amotinados se hicieron fuertes en Alost, cerca de Bruselas, al ver cada vez más odio en los ojos de los lugareños.

A Romero, el estadillo de rebelión general le sorprendió en la capital como miembro del Consejo de Estado presidido por naturales del país. Desde aquí buscó apaciguar a sus compatriotas sin apreciar que estaba rodeado de ratas de cuello escarolado. Varios miembros del Consejo entablaron negociaciones con Orange y emitieron una orden para degollar a los españoles y cualquier natural que los ayudara.

En un rápido golpe de mano, que no supieron advertir Mansfeld ni Romero, varios nobles prendieron al resto de miembros del Consejo leales a la Corona. Junto a otros españoles, el conquense permanecía prisionero en palacio, sin poder escribir ni recibir cartas, hasta que la velada amenaza de otros oficiales castellanos de acudir a Bruselas a liberar a sus camaradas persuadió al Consejo de Estado de soltarlos. Otros soldados españoles quedaron presos igualmente a lo largo de la geografía flamenca, a manos de sus antiguos aliados.

A principios de octubre de 1576, una legión de enemigos apareció frente a Amberes dispuesta a rendir la ciudad. Los gobernadores locales traicionaron a los castellanos y entregaron la villa. Repartieron armas a continuación entre la población para sitiar la ciudadela, aún bajo el poder de los españoles. 14.000 ciudadanos armados y 6.000 soldados rebeldes iniciaron un asedio contra una minúscula fuerza defensora dirigida por Sancho Dávila. Sin embargo, al enterarse de la traición del pueblo de Amberes incluso las tropas españolas que permanecían amotinadas en la ciudad de Alost acudieron en ayuda de sus compatriotas.

Sir Romero fue uno de los que marcharon a Amberes. Los amotinados, cerca de 3.000, juntaron sus esfuerzos con 600 soldados traídos por el maestre de campo Julián Romero y arremetieron desde el castillo contra las 20.000 almas furiosas de Amberes. Fue cuando los españoles se prometieron, al estilo espartano, «comer en el Paraíso o cenar en la villa de Amberes». El cronista Cabrera de Córdoba lo narra así: Julián Romero con su gente combatió hasta ganar la calle de San Miguel y por todas partes huyeron los flamencos, dando lugar a que fuese mayor la matanza que la pelea, hasta que llegaron a la plaza. A pesar de la inferioridad numérica de los castellanos, los soldados de los tercios se abrieron paso entre las trincheras rebeldes como si los encabezara una locomotora.

Fue cuando los españoles se prometieron, al estilo espartano, «comer en el Paraíso o cenar en la villa de Amberes»

Al ver que muchos de sus enemigos se habían atrincherado en el Ayuntamiento de Amberes, desde cuya posición disparaban a los españoles, los soldados de los tercios prendieron fuego al edificio. El incendio se extendió a 80 casas vecinas para ruina de la ciudad. Aquel día murieron solo 14 españoles, entre ellos el yerno de Romero, Damián Morales, y el alférez Navarrete, cabeza del motín de Alost.

En auxilio de Don Juan

La imagen dada por los españoles en Amberes convenció a católicos y calvinistas de la necesidad de expulsar a la fuerza extranjera. Solo el tiempo les iba a demostrar que el problema iba más allá de los españoles, porque, en realidad, lo que se dilucidaba era conformar lo que hoy son los territorios de Bélgica, Luxemburgo y Holanda.

Al siguiente gobernador, Don Juan de Austria, héroe en la batalla de Lepanto, lo primero que le exigieron antes de sentarse a hablar fue la salida de la infantería española. Accedió a la vista de que necesitaba hallar una solución política. Claro está, que no iba a tardar mucho en reclamar su vuelta. Así se lo advirtió el propio Romero:

«El pensar Vuestra Alteza que los flamencos han de hacer virtud hasta que le vean armado y pujante para poderlos hacer recular adonde le pareciera, Vuestra Alteza se desengañe, que ellos no harán virtud hasta que esto vean, y por muchas palabras que den…»

Partieron las tropas hacia Milán con el gesto torcido y con un sentimiento agridulce. Muchos como Romero habían pedido regresar a casa en el pasado, pero ahora veían como una deshonra dejar así el país y abandonar al gobernador. El conquense estuvo más de media vida ausente de su patria natal. Solo en 1569, con permiso del gran duque de Alba, había regresado a España. En Madrid se instaló en la casa que poseía su mujer en la calle Mayor y fue recibido por el Rey, «que le honró mucho y le dio un vestido de su cuerpo y le abrazó». Además de sus años de soldado, el monarca le agradeció su trabajo dentro de la red de espías que le informaba sobre lo que iba sucediendo en Inglaterra.

                                                                             El ayuntamiento de Amberes ardiendo durante el saqueo de la ciudad por tropas españolas en 1576.

Hacia 1572, Romero volvió al extranjero, justo a tiempo de que se reiniciaran las hostilidades en Flandes, aunque lo hizo con gran pena debido a la negativa de su esposa a acompañarle. En los últimos años de vida, sus ambiciones naufragadas fueron establecerse con ella en Italia y la concesión de una castellanía (gobernador de una fortaleza). Felipe II, sin embargo, no saldó su gran deseo, pero sí convino cederle una castellanía en Hedín, Flandes. Difícilmente los sueños de aquel humilde mozo de Torrejoncillo del Rey sopesaron algún día convertirse en sir inglés o en castellano de una terrible tierra tan remota.

El lema de su escudo de armas «sine causa et principio impossibile ese» («sería imposible sin causas y principios») da cuenta de lo importante que era para él haber ascendido desde lo más bajo, fiel a unos principios, sin traicionarse así mismo. «Pero desnudo nací, y he vivido honradamente», anotó. Tras el fracaso del Edicto Perpetuo, Don Juan de Austria, reclamó la vuelta de los españoles en 1577.

Felipe II no saldó su gran deseo, pero sí convino cederle una castellanía en Hedín, Flandes

La mayoría de los soldados no había tenido ni tiempo de embarcar hacia España o permanecía en Italia entrenando a los bisoños. Julián Romero, de cincuenta y nueve años, falto de un brazo, una pierna y un ojo, falleció mientras adiestraba a jóvenes soldados en Italia camino de su nueva aventura en Flandes. Cayó de bruces contra el suelo desde su caballo, debido probablemente a una dolencia cardíaca. Aquel fue el único contratiempo entre las tropas de lo que iba a ser un feliz viaje para ayudar a Don Juan.

Fue al embalsamarlo cuando hallaron que tenía el corazón gigante y con pelo. El doctor jesuita Martín Antonio del Río, que coincidiera con él en Flandes, lamentó su muerte en sus textos, atribuyéndola a una congestión sanguínea y no, como algunos pensaban, «que le había ocurrido lo que sucede habitualmente a casi todos aquellos cuyas heridas han sido curadas por medio de sortilegios y encantamientos». Y es que a sus contemporáneos les resultaba imposible creer, como también lo es hoy en día, que el caballero de Cuenca siguiera en activo a pesar de tantos disparos, golpes y espadazos, si no fuera con magia de algún tipo.

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