Historia

La historia real detrás de Astérix: el secreto del ‘irreductible’ galo que casi aplasta al Imperio Romano

Vercingétorix
Vercingétorix
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Israel Viana – ABC

La hazaña de Vercingétorix sirvió de inspiración para que Uderzo y Goscinny dieran vida al famoso cómic, pero no son muchos los lectores que conocen la historia real detrás de este pueblo que apunto estuvo de tumbar a Julio César en el 52 a. C.

Desde que Albert Uderzo y René Goscinny publicaron ‘Astérix el galo’ el 29 de octubre de 1959, son pocos los lectores que se han interesado por la historia real que hay detrás de este pueblo y su verdadero líder. Hablamos de uno de los pocos jefes que puso contra las cuerdas a Julio César y que, en el siglo I a. C., apunto estuvo de aplastar al Imperio Romano. Una hazaña que sirvió de inspiración para dar vida a la famosa «aldea de irreductibles galos» que, hace décadas, se convirtió en uno de los cómics más famosos y vendidos de la historia. Su nombre: Vercingétorix, el Rey del pueblo de los arvernos.

Las fuentes históricas que

documentan su vida son escasas y suelen ser interpretadas con precaución, sobre todo si tenemos en cuenta que son escritos antiguos. En este sentido, destaca la información proporcionada por historiadores casi contemporáneos de Vercingétorix como Estrabón, Plutarco, Floro, Tito Livio y Dion Casio. La obra que contiene más datos son los ‘Comentarios de la Guerra de las Galias’ escritos por el mismo Julio César durante sus campañas, recopilados tras su victoria final en Alesia, para ser leídos por el Senado.

Los extractos relativos a Vercingétorix se encuentran en el ‘Libro VII’ y, aunque es cierto que son obra de su gran enemigo, dan buena cuenta de las dimensiones y logros de este personaje olvidado al que, hace dos años, Jean-Yves Ferri Didier Conrad —guionista y dibujante sucesores de Uderzo y Goscinny desde 2012— quisieron homenajear en su último número: ‘La hija de Vercingétorix’ (Salvat). «Cuando llevas 37 álbumes de una misma serie, la mayoría de los temas ya han sido explorados, por lo que es difícil preservar la identidad y aportar algo que sea nuevo sin contrariar a los lectores», explicaba Conrad a ABC.

ABC, en 1914

Cuarenta y cinco años antes del nacimiento de Astérix, Obélix y compañía, ABC ya hablaba del líder galo. Lo hacía con motivo del estreno de ‘Cayo Julio César’, la película que el director italiano Enrico Guazzoni rodó en 1914: «La acción del filme nos transporta a las salvajes florestas de las Galias, donde Vercingétorix, el Rey del Averno, jura eterna guerra a Roma sobre un arco formado por las hachas de sus capitanes». En 1924 continuaba ‘Blanco y Negro’ con un especial de varias páginas: «Hasta lo alto del alcázar de Vercingétorix llega el clamor desgarrado de los heridos y de las mujeres de Alesia, que se agitan por todas las calles de la ciudad sitiada y claman por la amenazada vida de sus hijos y de sí mismas, roncas de llorar y estremecidas de terror».

Entre estos dos episodios, que no son otros que el principio y el final de la rebelión de Vercingétorix, transcurrió poco más de un mes, entre septiembre y mediados de octubre del 52 a. C. Un tiempo suficiente para que el Imperio Romano se tambaleara como pocas veces antes, en un momento en el que la Galia estaba habitada por cientos de pueblos celtas independientes. Tribus muy valientes que no dudaron en enfrentarse al invasor a pesar de su inferioridad técnica y táctica y de estar mucho más desorganizadas.

 

Julio César

 

Esta división se puso de manifiesto durante los primeros compases de la guerra, que comenzó en el 58 a. C. Pese a que Julio César justificó la invasión como una acción defensiva preventiva, la mayoría de los historiadores coinciden en que su objetivo era potenciar su carrera política y recaudar el máximo dinero posible para cancelar sus deudas. De esta forma, las tropas romanas, mucho mejor disciplinadas y adiestradas, empezaron a sumar victorias ante las tribus locales. En gran parte, sobornándolas y haciendo que se traicionaran entre ellas, así como atacándolas por sorpresa.

Los opresores

Julio César se fue haciendo dueño de la Galia sin apenas resistencia, pero cometió el error de menospreciar a los galos. Su dominio sobre ellos era mucho más frágil de lo que pensaba, por la sencilla razón de que sus victorias venían acompañadas de desproporcionadas recaudaciones de impuestos e incautaciones abusivas. En poco tiempo pasaron a ser considerados opresores, lo que ayudó a que se formara el caldo de cultivo de la rebelión.

Los primeros alzamientos fueron individuales y aislados, protagonizados por las diferentes tribus, que resultaron aplastadas sin problemas por Julio César. Sin embargo, en el 52 a.C. apareció Vercingétorix, que logró unificarlas a todas bajo su mando. Su padre, el gran líder de la tribu de los arvernos, Celtilo, ya se había enfrentado a Roma, pero no le salió como esperaba y fue ejecutado. En un primer momento, y quizá removido por las ansias de venganza, el nuevo jefe galo tuvo la sangre fría de colaborar con el invasor a pesar de haber asesinado a su progenitor. Muchos historiadores creen que lo hizo para aprender sus tácticas y conseguir los apoyos necesarios para convertirse en Rey de la Galia, pero al no lograr el apoyo del general romano, se rebeló contra él.

Lo primero que hizo fue amotinar a los arvernos. Su tío, Goba, que desaprobó su acción, le expulsó de Gergovia. Este reunió entonces a sus seguidores bajo la promesa de que liberaría la Galia del yugo de Roma y les exhortó a levantarse en armas. Lo primero que hicieron fue masacrar a los comerciantes romanos de Cénabo, una ciudad ubicada en la actual Orleans, y a continuación a todos los ciudadanos romanos de las urbes galas más importantes. Nuestro protagonista fue nombrado entonces Rey de los arvernos y expulsó a todos sus opositores.

La reacción de Julio César

Vercingétorix logró unificar a las diferentes tribus echando mano de los druidas, cuyas prácticas mágicas y religiosas eran muy respetadas. Envió a muchos de ellos rogando a los diferentes jefes que permanecieran fieles a él y surgió efecto. Los senones, parisios, pictones, cadurcos, turones, aulercos y lemovices, entre otros, le juraron obediencia y le concedieron el mando supremo de sus ejércitos. Les pidió después que hicieran rehenes y que aportasen un número determinado de soldados, caballos y armas. Y, por último, estableció un estricto código de disciplina que incluía la muerte en la hoguera y la amputación de miembros a sus propios soldados si estos incumplían las normas.

Estatua de Vercingetorix

Los galos empezaron a combatir a los romanos mediante la táctica de tierra quemada y Julio César cruzó rápidamente los Alpes para hacerles frente. No se esperaba que aquellos bárbaros se hubieran hecho tan fuertes y, mucho menos, que sufriera una humillante primera derrota en las murallas de Gergovia. El general romano tuvo que retirarse, lo que provocó que otras tribus se convencieran de que la victoria final era posible y se sumaran a la rebelión. Vercingetórix se había convertido en una verdadera amenaza para el Imperio.

Además, el Ejército romano se quedó dividido en dos. El grueso principal, en el norte de la Galia, y el resto de tropas en el sur, con Julio César, que optó por marchar sin descanso durante varias jornadas para atravesar las líneas enemigas y reunir a sus soldados. De esta forma, logró sus primeras victorias aisladas contra las distintas tribus y atacó con determinación el corazón del territorio galo. Vercingetórix, muy confiado de sí mismo y en una actitud casi suicida, cometió el error de presentarle batalla en campo abierto. La derrota de los rebeldes fue contundente y tuvo que recluirse con los supervivientes en su capital, Alesia, situada al noreste de Francia.

El sitio de Alesia

El asedio de esta ciudad no fue una tarea fácil para Julio César, que tuvo que diseñar una gran obra de ingeniería militar. Construyó una empalizada, fosos que inundó con agua, torres de vigilancia para ver cómo los habitantes de Alesia se morían de hambre y otras defensas gigantescas para enfrentarse a las tropas galas que llegaban del exterior en ayuda de Vercingetórix. En total, 40 kilómetros de murallas en dos líneas separadas por 200 metros, entre las cuales situó a sus legiones.

Los galos no se achicaron y estuvieron atacando desde todos los frentes durante una semana. Las 12 legiones romanas, además de sus tropas auxiliares —unos 60.000 soldados en total—, se defendían como podían, espada en mano, entre los 23 campamentos que habían establecido. La situación llegó a ser desesperada, que Julio César pensó que su derrota sería inminente. Pero una vez más, la desunión de los galos entre las tropas del exterior y su líder, encerrado en el interior de Alesia, fue letal.

Vercingétorix convocó a sus nobles y les expuso que, como Rey de los galos, tenían la opción de matarle. Estos se negaron y él optó por entregarse a Julio César con la condición de que perdonara la vida a su pueblo. Para la ceremonia, este excavó un gran foso cerca de sus campamentos para que los supervivientes fueran hasta allí y arrojaran sus armas dentro antes de convertirlos en esclavos. Lo mismo ocurriría con sus mujeres, muchas de las cuales fueron repartidas entre los legionarios. El líder de los rebeldes fue el último en salir de Alesia ataviado con su mejor traje.

La escena fue representada por Lionel Noel Royer, en 1899, en el cuadro que ilustra este reportaje. El líder galo se acercó a un estrado construido para la ocasión y, tras arrojar la corona, su armadura y su espada a los pies de Julio César, le dijo con orgullo: «Me has vencido, pido clemencia para mi pueblo». Y este le respondió: «La tendrás, príncipe Vercingétorix». Acto seguido firmó el documento de la rendición y los miles de legionarios romanos lanzaron vítores. La guerra de las Galias había terminado. «Has luchado como has podido y eso te honra, pero espero que hayas aprendido la lección de que no es bueno desafiar a Roma», le advirtió el general.

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