Historia

La disparatada visión nacionalista de la batalla que abrió las puertas de Valencia a los Borbones

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Este sábado, como viene haciéndose otros años, grupos nacionalistas valencianos aprovecharon la efeméride de la batalla de Almansa para realizar una concentración en la Plaza de Sant Agustí de Valencia donde exigieron «la independencia de los Países Catalanes»

Salvo horribles excepciones, como el saqueo de Játiva, incendiada y arrasada como castigo por la «grande obstinación y rebeldía» de sus habitantes, la Guerra de Sucesión que colocó a los Borbones en el trono español fue un conflicto que no implicó especialmente a la población española. Es más, la mayoría de las fuerzas que sirvieron tanto en el bando Borbón como en el Habsburgo eran extranjeras y algunas de las batallas más importantes de la contienda sucedieron lejos de la Península.

La guerra, que se alargó durante más de una década, tomó la forma de los clásicos conflictos dinásticos del siglo XVIII donde distintos reyes utilizaban fuerzas mercenarias para agrandar o consolidar el patrimonio familiar sin que las nacionalidades o incluso la religión tuvieran gran peso en la ecuación.

Las lecturas nacionalistas de la Guerra de Sucesión resultan, por tanto, anacrónicas o, como el caso catalán, fruto de la deformación del relato histórico. Los catalanes no luchaban por su independencia o por sus ‘libertades’ (eufemismo de unos privilegios administrativos que sobrevivían desde la Edad Media), sino por un candidato a Rey de España que les parecía, sobre todo a sus élites gobernantes, más favorable a sus intereses. Luchaban, en palabras suyas, por ‘el honor, la patria y la libertad de toda España’, esto es, por su candidato a reinar y contra las fuerzas francesas, que solo unas décadas antes habían bombardeado Barcelona con saña.

No obstante, en el imaginario del nacionalismo catalán el asedio final a Barcelona ocupa un lugar preferente en su relato de pueblo oprimido por los malvados castellanos. Tras la conquista de la ciudad, ciertamente se vivió en Cataluña un estado marcial, que requirió una costosa presencia militar en Barcelona. En algunas ciudades se destruyeron estructuras defensivas que pudieran cobijar a rebeldes y en la capital del principado se arrasó parte del barrio de la Ribera para construir la Ciudadela, símbolo del poder real.

Felipe V se sentía traicionado por esos «pillos y sinvergüenzas» catalanes que tantos abrazos le habían dado en su bienvenida al país, al tiempo que planeaban por detrás la mejor manera de apuñalarle. Con intención de unificar las leyes y, de paso, castigarlos, retiró los fueros a catalanes, aragoneses y valencianos, aunque se los mantuvo a vascos y navarros. El objetivo era terminar con unos privilegios administrativos impropios de la idea que tenían los franceses de un estado moderno y, de paso, repartir besos y capones entre amigos y enemigos de la guerra.

Nacionalismo valenciano

El nacionalismo valenciano y el catalán son dos caras de la misma moneda, también en lo referido a la Guerra de Sucesión. Ambos movimiento comparten la animadversión contra Felipe V y emplazan en las pérdidas de sus fueros durante la guerra el origen de todos sus males. Al principio del conflicto, las élites valencianas permanecieron, como la mayoría de la Corona de Aragón, del lado Borbón, pero la presencia de una flota anglo-holandesa en el Mediterráneo en el verano de 1705 hizo quebrar la confianza de muchos en las opciones de triunfo del imberbe Felipe V.

Centrado en la defensa de Cataluña, que también se había extraviado ante los cantos de sirena austracistas, Felipe V hizo poco para evitar el desembarco en Altea el día 10 de agosto de las tropas aliadas y frenar la insurrección valenciana que desde el mundo rural fue tomando localidad a localidad. El 16 de diciembre de ese mismo año, la capital del territorio sería conquistada por los partidarios del Archiduque. Frente a razones tan poéticas, pero insustanciales, como que los valencianos temían que la monarquía borbón acabaría con sus fueros (no lo hicieron en Navarra y País Vasco), hay una lectura más compleja, menos nacionalista, para explicar los motivos por los que la población valenciana se posicionó de formas tan clara con Carlos.

La existencia previa de un sentimiento antifrancés debido a la rivalidad comercial con puertos franceses del Mediterráneo, el bombardeo francés a Alicante de 1691 y el temor a que Felipe V orillara los productos textiles galos frente a los valencianos estuvo entre las causas de la popularidad Hasbsburgo, así como el hecho de que el levantamiento contra el Rey fue, en parte, una continuación del conflicto antiseñorial de 1693, donde las comarcas centrales prendieron la llamada Segunda Germanía.

No obstante, el historiador Enrique Giménez López, autor de ‘La guerra de Sucesión y las instituciones borbónicas’ (1988), apunta un motivo bastante más inmediato: «El que estos sentimientos difusos (anti borbónico, antifrancés y antiseñorial) cristalizaran en un movimiento a favor del Archiduque fue por la exhibición de fuerza que las potencias favorables a Don Carlos hicieron en la costa valenciana entre 1703 y 1705». La falta de efectivos borbónicos agravó el incendio.

La batalla de Almansa

La mayoría de las grandes ciudades españolas estaban en manos austracista para el verano de 1706, lo que incluía a Madrid y Barcelona. La remontada borbón tomaría cuerpo al siguiente año a través de la batalla de Almansa (1707). En los campos de Albacete, el Duque de Berwick, un general inglés al frente de un ejército español que defendía los derechos de un candidato francés, combatió a un ejército combinado de ingleses, holandeses y portugueses dirigido por un francés, Henri de Massue, que defendía los derechos dinásticos de un austriaco. Este galimatías propio de ese siglo se saldó con una victoria pírrica en cifras pero de gran prestigio para los Borbones, que catapultaron a Berwick como su más prestigioso comandante y uno de los más temidos de Europa.

Las tropas borbónicas en la batalla eran unos 25.000 hombres, de los que la mitad eran franceses y la otra mitad españoles

No en vano, la victoria de los Borbones en Almansa no fue decisiva para la guerra, solo abrió el camino para la ocupación del Reino de Valencia. El 4 de mayo se rindió Requena y el 8 Valencia, aunque aún resistieron focos austracistas hasta que Felipe V dio un puñetazo en la mesa. Játiva fue conquistada el 6 de junio de 1707 y días después incendiada con intención de que otras poblaciones desistieran de presentar batalla. En la actualidad se conserva un cuadro de Felipe V en el Museo Municipal de Játiva colgado boca abajo desde 1940 en señal de condena por el incendio de la ciudad y de recordatorio de la deuda pendiente de este Rey con la ciudad.

Para los nacionalistas aquella cicatriz está destacada en su lista de agravios pasados. El pasado sábado, como viene haciéndose otros años, grupos nacionalistas valencianos aprovecharon la efeméride de la batalla de para realizar una concentración en la Plaza de Sant Agustí de Valencia donde exigieron «la independencia de los Países Catalanes». La ironía del asunto es que en esta batalla apenas combatieron valencianos, solo unos 300, y lo hicieron del bando precisamente de Felipe V.

Las tropas borbónicas en la batalla eran unos 25.000 hombres, de los que la mitad eran franceses y la otra mitad españoles, entre ellos los valencianos mencionados. El bando austracista disponía de unos 15.000 hombres, de los que la mitad eran portugueses, un tercio ingleses y el resto holandeses, hugonotes franceses y alemanes. Cifras frías que desmienten el mito nacionalista de que los valencianos, que ni siquiera estaban presentes en la ecuación, lucharon por la libertad de esta región.

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