Historia

Iberos: el arte de la guerra de los letales hispanos que aterraban a las legiones romanas

Manuel P. Villatoro

Las fuentes clásicas los recuerdan como escurridizos guerreros que se comprometían a no abandonar a su líder hasta que este hubiera muerto

El historiador Benjamín Collado Hinarejos explica a ABC cómo combatían y qué hay de verdad y mentira alrededor de su leyenda

Para las legiones romanas, Hispania se convirtió en lo que, siglos después, fue para Adolf Hitler la Unión Soviética. A primera ojeada, una tierra rica en materias primas con el cartel de «almacén de suministros» colgado en la frontera. Pero, una vez en su seno, también en una región imposible de conquistar y de apaciguar debido a la ferocidad de los pueblos que la habitaban. Ya lo dijo el historiador clásico del siglo I a.C., Estrabón, en sus textos al hacer referencia a la ferocidad de las tribus peninsulares: «Si hubieran logrado juntar sus armas, no hubieran llegado a dominar la mayor parte de sus tierras ni los cartagineses, ni antes los habitantes de Tiro, ni los celtas […] ni los romanos».

El mismo Estrabón no era ajeno a que Hispania estaba dividida en «cuatro o cinco» zonas en su etapa prerromana. Cada una, dominada por diferentes pueblos. Pero, de todos ellos, prestó especial atención a la escurridiza forma de combatir de los iberos y los celtíberos, los mismos que defendieron Numancia de la implacable República hasta que el popular Escipión logró estrangular sus defensas en el siglo II a.C. «Han combatido en sus guerras como guerreros ligeramente armados, porque luchando al modo de los bandoleros, iban armados a la ligera y llevaban solo, como hemos dicho de los lusitanos, jabalina, honda y espada. La infantería llevaba también mezcladas fuerzas de caballería».

Sorprende que estos soldados se convirtieran en una verdadera pesadilla para las legiones romanas, pero así fue. De hecho, pronto se ganaron la fama de combatientes temibles. Narran las fuentes clásicas que los iberos, así como el resto de tribus afincadas en la región, destacaban por ser «anárquicos, amantes de la libertad y de las armas, activos y belicosísimos». Autores como Apiano (siglos I y II) les definieron, por su parte, como combatientes a los que deponer las armas les resultaba peor que la muerte y que, llegado el momento, cuando se hallaron asediados por romanos y púnicos, prefirieron suicidarse a dejarse capturar.

Saber dónde empieza la realidad y donde acaba la exageración de los autores clásicos al reseñar el miedo que imponían en el campo de batalla supone un reto. Sin embargo, lo que no se puede negar es que los iberos no dejaban indiferentes a sus enemigos. Así lo confirma el historiador del siglo I Tito Livio al reseñar que sus gritos de guerra hacían que se encogiera el corazón tanto de los legionarios que se enfrentaban a ellos, como del resto de pueblos aliados de Roma. Muchos, procedentes también de la misma península.

Su estampa, desgarbada y fiera en palabras de Apiano, favorecía todavía más esa imagen de bárbaros dispuestos a dejarse la vida en el combate: «Atacaban en medio de un gran griterio y clamores a la usanza bárbara, y con largas cabelleras que agitaban en los combates ante los enemigos». Algo normal, según Estrabón, para un pueblo al que tilda de fiero: «Los pobladores de las aldeas son salvajes, y así son también la mayoría de los íberos; las ciudades mismas no pueden ejercer su influjo civilizador cuando la mayor parte de la población habita los bosques y amenaza la tranquilidad de sus vecinos».

¿Cómo luchaban los iberos? La respuesta es compleja y depende de la fuente a la que se acuda. Uno de los estudiosos que se ha zambullido de lleno en el tema ha sido el historiador Benjamín Collado Hinarejos, autor de ensayos como «Los iberos y su mundo» (Akal) o, entre otros tantos, «Guerreros de Iberia» (La Esfera). Según narra en declaraciones a ABC, lo primero que habría que señalar de este conjunto de pueblos que habitaban el este de la península es que no tenían ejércitos permanentes. La columna vertebral de sus fuerzas eran hombres que, «en su día a día eran simples agricultores, ganaderos o artesanos», pero a los que los nobles locales llamaban a filas cuando la situación lo requería. Esas élites locales eran las que se dedicaban en realidad a la lid.

Hinarejos, un virtuoso de los iberos y de su forma de hacer la guerra, afirma que, todavía hoy, existen una infinidad de dudas alrededor de este pueblo. Aunque, está convencido, podemos tener algunas cosas claras. La primera es que otorgaban gran importancia a la caballería en batalla. La segunda, que su habilidad en la lid era reconocida en el mundo antiguo, pues actuaron como mercenarios para cartagineses o hasta la misma República. Y, por último, que fueron una verdadera pesadilla para las legiones romanas.

¿Cómo era el guerrero típico íbero?

No podemos describir un equipamiento típico porque cada guerrero se armaría según sus posibilidades. Hay que tener en cuenta que los íberos no tenían ejércitos estables, con lo que la mayoría de los guerreros serían en su día a día agricultores, ganaderos o artesanos, que echaban mano de las armas cuando eran requeridos por su señor.

Aun así, podemos decir que el arma básica del combate sería la lanza, a la que habría que añadir un escudo (redondo u ovalado) como elemento de protección. A partir de ahí, y según la posición económica de cada uno, se podrían ir añadiendo otras armas de asta, como la jabalina, la falárica (muy similar al pilum romano) y el soliferreum (jabalina fabricada completamente de hierro) y las espadas. Hay que señalar que las falcatas, a pesar de ser un icono de la cultura ibérica, no eran utilizadas en todo el territorio de esta cultura ni todos los guerreros podían permitírselas; por ejemplo, en el nordeste peninsular preferían las espadas rectas de tipo La Têne.

Entre las protecciones, además de los escudos más sencillos, encontraríamos corazas y cascos de cuero o tejido endurecido y pectorales y cascos metálicos, estos últimos solo al alcance de unos pocos privilegiados. Durante buena parte del periodo ibérico únicamente los aristócratas podrían permitirse un caballo, aunque a partir del siglo III a.C. su uso se extendería.

Los íberos no eran amigos ni del arco y las flechas ni de la honda; las considerarían armas poco honorables, ya que mataban a distancia.

El caos de las fuentes clásicas es grande. Se habla de que combatían mediante golpes de mano, pero también en ejércitos de porte considerable y que participaban en batallas de campo abierto. ¿Cuál era el tipo de lucha de los iberos?

Durante demasiado tiempo se ha fomentado esa imagen romántica de un pequeño grupo de guerreros íberos que tendía emboscadas a los poderosos ejércitos púnicos y romanos, les causaban enormes bajas y huían aprovechando su perfecto conocimiento del terreno. Ese tipo de lucha existiría, por supuesto, sobre todo cuando las fuerzas eran muy desiguales, pero las fuentes también nos hablan con frecuencia de verdaderas batallas campales en las que los ejércitos ibéricos eran muy similares a los cartagineses y romanos tanto en número de efectivos (las fuentes llegan a hablar de decenas de miles de guerreros) como en táctica y organización de las fuerzas en combate, ya que ambos bandos contarían con infantería ligera, infantería de línea, caballería y fuerzas de reserva.

Esto no debe extrañarnos, ya que sabemos que tanto íberos como celtíberos lucharon como mercenarios a sueldo de cartagineses y griegos al menos desde principios del siglo V a.C., con lo que es normal que aprendieran de los que entonces eran los mejores ejércitos del Mediterráneo.

También es cierto que solo tenemos datos de los enfrentamientos en la península Ibérica a partir de la Segunda Guerra Púnica (218-206 a.C.), con lo que desconocemos prácticamente todo de cómo sería la guerra en los siglos anteriores.

¿Qué hay de realidad y qué de falacia en la mítica devotio?

Por la devotio un guerrero vinculaba su vida a la de un caudillo, ya que ofrecía la suya a los dioses para proteger la de su jefe. En teoría implicaba también que, si este moría en combate, el guerrero debería suicidarse por haber fallado en su misión, aunque las fuentes no citan ningún caso concreto en la península Ibérica en que esto se llevara a cabo.

La devotio fue ampliamente aprovechada por cartagineses y romanos, sobre todo estos últimos en las guerras civiles que los enfrentaron entre sí durante el siglo I a.C., y que también se disputaron en parte en Hispania. Gracias a la devotio los generales en conflicto conseguían ejércitos totalmente fieles y dispuestos a luchar hasta la muerte.

Aunque se suele hablar de devotio ibérica, lo cierto es que instituciones muy parecidas también se dieron entre otros pueblos de la Península, como los celtíberos, y de fuera, por ejemplo, en las Galias, Germania o en la misma Roma arcaica.

¿Hasta qué punto fueron una molestia para las legiones romanas los guerreros iberos?, ¿eran respetados por los legionarios?

En las fuentes romanas se habla con mucho respeto de todos los guerreros hispanos, no solo de los íberos, y se alaba en ellos su valor y resistencia. Resaltaban el hecho de que era tal el aprecio que estos tenían a sus armas que pensaban que la vida sin ellas no era tal y que preferían la guerra al descanso.

Pero los guerreros íberos no solo eran respetados por sus poderosos enemigos cuando los tenían enfrente. Cuando eran encuadrados dentro de sus ejércitos, los colocaban con frecuencia en los lugares clave de sus filas por la confianza que tenían en ellos. Esto lo hicieron por igual tanto los cartagineses como los romanos.

¿Existen grandes diferencias entre el tipo de lucha de iberos y celtíberos?

De lo datos aportados por las fuentes antiguas y las armas que encontramos en las necrópolis se desprende que, al igual que los íberos, los celtíberos conocían también la guerra compleja; algo que quedó en evidencia en sus numerosos enfrentamientos contra las poderosas legiones romanas, a las que vencieron en no pocas ocasiones. Aquí debemos resaltar las guerras celtibéricas y la obstinada resistencia de Numancia, cuyo solo nombre hacía temblar a los más curtidos legionarios.

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class