Historia

Hosteleros contra el «terrorismo epidémico» del Gobierno: la salvaje revuelta social del cólera de 1885

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Israel Viana – ABC

Comerciantes, industriales y propietarios madrileños percibieron la declaración oficial de la pandemia por parte del presidente Cánovas del Castillo como una amenaza para sus negocios con las familias encerradas en casa

A poco que echemos un vistazo a los periódicos de 1885, durante la cuarta epidemia de cólera que padeció Madrid en el siglo XIX, nos daremos cuenta de que la historia se repite. Miles de fallecidos, restricciones por barrios, negocios en peligro de quiebra, el Gobierno y la oposición a bofetada limpia a cuenta del virus y los periódicos dedicados casi exclusivamente a informar sobre el tema, al igual que ocurre hoy con la pandemia del Covid que ya ha matado a casi 70.000 españoles e infectado otros tres millones más.

Cuando los primeros casos de cólera salieron a la luz en Madrid, también se minimizó la enfermedad. Se habló de «cólico madrileño», una enfermedad intestinal curable con síntomas parecidos

al cólera. Esa confusión fue impulsada por los comerciantes y hosteleros, cuyas protestas también se están repitiendo en esta tercera ola del Covid. «Estamos al límite, con una situación dramática que es la ruina para muchas familias», lamentaba en este periódico, hace un mes, el director de la asociación Hostelería de Madrid, Juan José Blardony.

En aquella ocasión, los comerciantes se sintieron agredidos por la declaración oficial de la epidemia por parte del Gobierno, por el miedo que tenían a que esta les llevara a la ruina económica, tal y como cuenta el historiador Luis Díaz Simón en «El cólera de 1885 en Madrid: catástrofe sanitaria y conflicto social en la ciudad epidemiada» (UCM, 2014). Su malestar lo comenzaron a manifestar públicamente un mes después de que el Gobierno diera la primera voz de alarma por el cólera, aunque periodistas como el célebre Dionisio Chaulié ya habían advertido sobre ello. «Hoy ha llegado el mal a un punto verdaderamente aterrador. Las estadísticas son desconsoladoras. Y si con menos causa en otras naciones se ha concedido a la higiene pública una importancia suprema, ¿qué debemos hacer nosotros, cuyo registro fúnebre excede al de casi todos los grandes pueblos de Europa y América?», escribía en el artículo ‘Madrid en peligro’, publicado en la ‘Revista Contemporánea’.

Un atropello contra sus interese

La declaración oficial se produjo el 16 de junio, un mes después de que los periódicos empezaran a dar cuenta de las primeras defunciones. El Gobierno del conservador Cánovas del Castillo se había resistido a declarar oficialmente la pandemia, en parte presionado por la Unión Mercantil de Madrid, la patronal más importante de la ciudad. El presidente tampoco fue apoyado por la oposición, cuyo líder, Práxedes Mateo Sagasta, aprovechó la polémica para atacar al Ejecutivo y afirmar que no había peligro en Madrid, hasta el punto de que el aislamiento de los afectados decretado por el ministro de la Gobernación, Francisco Romero Robledo, le costaron el cargo.

Comerciantes, industriales y propietarios percibieron dicha declaración oficial del cólera como un atropello contra sus intereses. «La experiencia que tenían de situaciones anteriores confirmaba que la declaración de una epidemia por parte de las autoridades se traducía en la inmediata disminución de la actividad comercial e industrial y en la interrupción de los negocios. La población, ante el temor de ser atacada por la enfermedad, tendía a abandonar la vida social para recluirse en sus viviendas, cuando no a emprender la huida de la ciudad invadida», apunta Díaz Simón en su tesis doctoral «La conquista de la modernidad: Madrid, 1880-1936» (UCM, 2017).

Los comerciantes madrileños emprendieron entonces una dura campaña de protesta, difundiendo la idea de que aquella declaración era imprudente y carecía de fundamento, puesto que en Valencia el cólera llevaba varios meses causando graves estragos y no se había emitido comunicado alguno. Afirmaban también que no estaba claro que fuera cólera asiático o el mencionado «cólico madrileño». Y hasta llegaron a calificar el comunicado del Gobierno como un acto de «terrorismo epidémico», porque, según expresaban, no serviría más que para provocar explosiones de miedo en la opinión pública y perjudicar la vida comercial de la ciudad.

«Arbitraria y caprichosa»

Al día siguiente de que el anuncio apareciera en la ‘Gaceta de Madrid’, que hacía las veces de actual Boletín Oficial del Estado, y fuera reproducido por periódicos como ‘La Iberia’, el Círculo de la Unión Mercantil convocó una junta general extraordinaria. A pesar de la celeridad de la convocatoria, la asistencia fue multitudinaria, hasta el punto de que un buen número de socios tuvieron que seguir la asamblea apiñados en las salas contiguas. Una vez iniciada, se escucharon numeros intervenciones que aseguraban que la medida del Gobierno era «arbitraria, caprichosa, perjudicial, atentatoria a los más sagrados intereses y hasta inhumana».

Los discursos se acogieron con entusiasmo por los presentes y la junta decidió, por unanimidad, que el 20 de junio cerrarían todos los establecimientos y tiendas de la capital como muestra de aflicción y rechazo del comercio madrileño. Solo conservarían media puerta abierta los considerados de primera necesidad. La Liga de Contribuyentes hizo lo propio y los vendedores más humildes, en especial los de verduras, hortalizas y frutas de los mercados y puestos callejeros, se mostraron visiblemente indignados, puesto que sus productos se habían reducido en los hogares por el temor de las familias a contraer la enfermedad por su consumo.

Ante la amenaza de ruina, el malestar fue creciendo entre los vendedores, hasta provocar manifestaciones y enfrentamientos callejeros un día antes de la fecha prevista para la citada huelga. En ese momento se desencadenó uno de los conflictos sociales más salvajes que se recuerdan en la capital. Todas las tiendas de la calle de Toledo y otras muchas del centro amanecieron con crespones negros en sus puertas como señal de duelo. Algunos comerciantes dibujaron calaveras y colgaron lemas contra la declaración del cólera.

Crespones negros

El aspecto era fúnebre, con todas las verduleras recorriendo las calles, en una manifestación espontánea, llevando un pañuelo negro en sus cabezas y un enorme pendón negro al que habían enganchado un cartel que decía: «Espárragos, lechugas y alcachofas contra el cólera». La marcha fue creciendo al sumarse a ella todos los vecinos. Las fuerzas policiales del Gobierno Civil intentaron disolverla cuando llegó a la plaza Mayor. «Las verduleras se negaron y los guardias respondieron desenvainando los sables y arrebatando a viva fuerza el pendón que lideraba la protesta, provocando a continuación carreras entre la muchedumbre que acabaron por despejar la zona», relata Díaz Simón.

El gobernador civil y el teniente alcalde del distrito de La Latina se presentaron en la zona, escoltados por un fuerte dispositivo policial, y fueron recibidos por los vecinos con fuertes silbidos y gritos de desprecio. incluso les arrojaron sartenes y lechugas. La represión policial había caldeado los ánimos a gritos de «¡No hay cólera, hay hambre!». Una parte de la turba se presentó en las dependencias del Laboratorio Municipal bajo la amenaza de destrozar los frascos de las fumigaciones empleados para desinfectar y otra formó una barricada con adoquines. En aquel momento ya había decenas de detenidos, entre ellos, comerciantes, estudiantes, albañiles, trabajadores de distintos oficios y verduleras.

Al día siguiente se produjo el cierre de comercios anunciado. La protesta fue unánime y causó gran impresión entre la población. Eran muchos los que repetían el mantra de que Madrid sin tiendas parecía un cementerio. «El efecto de tristeza que producían ayer las calles de Madrid, al ver sustituidos los brillantes escaparates por los tablones de las puertas, era grande. Todo lo que ocupa las plantas bajas de los edificios había desaparecido», podía leerse en ‘El Imparcial’.

Represión con muertos

A la caída de la tarde volvieron a producirse manifestaciones y altercados, con una represión mucho más violenta. Hubo cargas de caballería para despejar a la muchedumbre que se congregó frente a la fachada del Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol, y las calles contiguas fueron tomadas por la Guardia Civil. «Corrió la sangre. Las casas de socorro tuvieron que atender a numerosos heridos de arma de fuego, sablazos y contusiones, varios de ellos de gravedad, y dos jóvenes artesanos murieron a consecuencia de las balas que disparó la guarnición. Los cadáveres quedaron tendidos sobre las losas de la calle de Tetuán y el director del Depósito de Cadáveres, que casualmente pasaba por allí, hizo el reconocimiento de los mismos», explica la citada tesis.

De las cuatro invasiones coléricas que sufrió Madrid a lo largo del siglo XIX, lo cierto es que esta del verano de 1885 fue la menos destructora. En los 133 días que estuvo presente, desde el 20 de mayo hasta el 30 de septiembre, causó 1.366 defunciones. Las anteriores epidemias de 1834, 1855 y 1865, provocaron 4.939, 3.707 y 2.875, respectivamente. Es decir, que la cuarta solo causó el 10,5 % de las muertes por cólera de aquella centuria. Por eso quizá diario como ‘El Día’ defendía al día siguiente que, «con las descargas y la ocupación militar de los puntos estratégicos por las tropas de guarnición, parecía que se trataba de combatir un gravísimo movimiento revolucionario, cuando lo más que hubo fue un insignificante alboroto».

 

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