Historia

Estos son los discos que escuchaba Hitler: la pasión oculta del genocida por los músicos rusos y judíos

En 2007 apareció en un ático de Moscú la colección de vinilos del ‘Führer’, que llevaba escondida más de seis décadas por un capitán soviétivo que había participado en la batalla de Berlín en 1945

Cuatro días después de que Hitler se disparara en la sien en su búnker subterráneo, un desconocido capitán de la Inteligencia soviética, Lew Besymenski, se dirigía con otros dos oficiales a la sede de la Cancillería del Tercer Reich. La capital alemana se encontraba reducida a escombros tras la conquista de las tropas de Stalin, que habían salido victoriosas de aquella última gran operación militar de la Segunda Guerra Mundial: la batalla de Berlín, con sus más de 300.000 muertos en solo dos semanas. Allí, detrás de varias puertas de acero bajo candado, los soldados rusos encontraron varias cajas llenas de efectos personales del ‘Führer’.

Estaban cuidadosamente numeradas y llevaban etiquetas con el lugar al que deberían haber sido

enviadas de no haber llegado antes los soviéticos: el refugio montañoso que Hitler tenía en Obersalzberg (Bavaria). Al abrirlas, se encontraron con todo lo necesario para una mudanza, como vajillas y enseres domésticos, que los oficiales se repartieron entusiasmados como si de un trofeo de guerra se tratara. Besymenski, por su parte, se reservó la parte más curiosa y valiosa de todo los enseres del ‘Führer’: su colección de discos. «Eran grabaciones de música clásica interpretadas por las orquestas más importantes de Europa y Alemania y con los mejores solistas de la época. Me sorprendió que hubiera tantos músicos rusos en la colección», apuntaría el capitán en su diario.

Al regresar a Moscú, sin embargo, los escondió en el ático de su casa y jamás habló de ello con nadie, ni tan siquiera con su familia. Fue su hija Alexandra quien los descubrió por casualidad en 1991, cuando subió hasta el último piso de la casa de su padre, durante una comida familiar, en busca de una vieja raqueta de bádminton. Moviéndose entre los tratos que se habían acumulado allí a lo largo de las décadas, se golpeó la pierna con una caja en la que, al abrirla, descubrió alrededor de cien vinilos con etiquetas azules en las que ponía: «Führerhauptquartier» (‘sede del Führer’). Al bajar y preguntarle a su padre, que tenía entonces 70 años y se había convertido en un prestigioso historiador, respondió muy escuetamente y hasta disgustado: «Ya ves, son solo discos de pasta, porque ya desde hace tiempo escucho únicamente cedés».

Algunos estaban rayados por el uso y otros, incluso, rotos o deformados por el paso del tiempo. Según declaró su hija al semanario alemán ‘Der Spiegel’, su padre se los había llevado porque era un melómano y nunca quiso revelarlo, porque no quería que lo vieran como un saqueador de botines del enemigo. Cuando este murió en 2006, a los 86 años, Alexandra consideró que había llegado el momento de contar aquella historia, que no dejaba de ser asombrosa por el hecho de que el hombre responsable de matar a más de seis millones de judíos en los campos de concentración nazis, en busca de la pureza de la racia aria, resultaba ser un amante de la música judía, además de soviética, su enemigo más odiado.

‘Milucha’

Esto quiere decir que el delirante y violento racismo de Hitler tenía una excepción: los vinilos. Y eso que en ‘Mi Lucha’, el manifiesto político escrito por el líder nazi, aseguraba convencido de que «nunca hubo un arte judío y no lo hay tampoco ahora. Las dos reinas de las artes, la arquitectura y la música, no ganaron nada original con los judíos». Por extraño que parezca, a algunos de los biógrafos del hombre que causó la guerra más devastadora de la historia no les sorprendió esta revelación, porque veían en ella una confirmación más del caótico desvarío moral de la ideología nacionalsocialista.

En ‘The Times’, el musicólogo especializado en el período nazi de la Universidad de Stanford, James Kennaway, explicó en 2007 que la política musical del Tercer Reich era bastante incoherente: «Se escuchaba al ruso Stravinsky porque era un músico de derechas y a Bartok porque era húngaro y Hungría estaba aliada a Alemania. El único eje realmente unificador era su antisemitismo. En este sentido, lo que sí sorprende es que haya músicos judíos como Schnabel Huberman entre todo esos discos». Para el historiador británico Roger Moorhouse, por su parte, la colección sugería una interesante contradicción entre sus valores estéticos y políticos.

Sabemos que de niño Hitler recibió clases de piano, aunque jamás mostró ningún talento para la música. Además, nunca se perdía un festival dedicado a Wagner y, según declaró alguna vez, alguna de sus óperas la había visto más de cien veces. Durante la época que pasó en Viena, el dictador nazi acudía al teatro casi a diario a escuchar las interpretaciones de las obras de BeethovenLiszt Brahms. En principio parecía que solo le interesaba la música alemana, que tenía una especie de efecto sedante para él, como si fuera lo único que le relajaba en la enorme tensión que tuvo que soportar durante la guerra. Su operador de radio, Rochus Misch, último sobreviviente del búnker, contó hace más de una década que, después de discutir con sus comandantes, el ‘Führer’ siempre ordenaba que le pusieran alguno de aquellos discos para dejar de pensar en todo lo que ocurría a su alrededor.

Muerte o exilio

Entre las piezas musicales se contaban obras de los rusos Alexandre BorodinSerguéi Rajmáninov Peter Tchaikovsky. La mayor sorpresa la proporcionó uno de los discos de este último, que incluía una obra del violinista polaco Bronislaw Huberman, quien, debido a su origen judío, debió abandonar Europa tras la invasión alemana. Estaban también las sonatas para piano ‘Opus 79’ y ‘90’ de Beethoven, la obertura del ‘Holandes errante’, de Wagner, interpretada por la orquesta del Festival de Bayreuth, y una grabación de la discográfica Electrola con la etiqueta ‘Bajo en ruso con orquesta y coro’. Esta última contenía el aria de la ‘Muerte de Boris Godunoff’, del también compositor ruso Modest Mussorgski, cantada en esta ocasión por Fiódor Chaliapin.

A la vista del hallazgo, resultaba cuanto menos curioso y contradictorio que el régimen nazi persiguiera a numerosos músicos en Alemania y en los territorios ocupados desde que Hitler se hiciera con el poder, en 1933, y hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. De esta purga se ocupó el ‘Diccionario de los judíos en la música’, realizado en 1934 por el musicólogo nacionalsocialista Herbert Gerigk, que se encargó de recoger en una lista a todos aquellos intérpretes cuyos discos debían ser prohibidos por el Tercer Reich y a los autores que había que perseguir, encarcelar o, incluso, llevar a los campos de concentración. Algunos, por suerte, pudieron esconderse o huir al extranjero, pero la lista de los que no lo consiguieron es infinita.

Etiquetas

Añade un comentario

Pulsa aquí para comentar

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class