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Historia

Esclavitud, epidemias y 20.000 muertos: la hecatombe faraónica que supuso el Canal de Suez

Esclavitud
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Manuel P. Villatoro – ABC

En 1951, la revista ‘Life’ (que poca presentación necesita), dedicó un extenso reportaje al Canal de Suez. El mismo que, estos días, se ha convertido en noticia tras ser bloqueado por un gigantesco carguero. Entre las múltiples fotografías en las que se podía ver a decenas de camellos corretear por su cauce, una breve noticia intentaba asomar la cabeza: ‘El constructor del Canal’. Cristalino y fácil de entender. Lo llamativo es que se centraba en la figura de Ferdinand de Lesseps, el titiritero tras la obra, pero no dedicaba ni una sola línea a los más de 20.000 campesinos que, durante las primeras fases de las obras (desde 1859), se dejaron la vida al

edificar este portento de la ingeniería. Una construcción faraónica que bien recuerda a las pirámides.

De los faraones a Napoleón

Según narraba la historiadora Caroline Piquet (autora de la obra ‘Le canal de Suez: une voie maritime pour l’Égypte et le monde’) en una entrevista a la cadena CNRS el pasado año, el proyecto de conectar el Mar Rojo con el Mediterráneo para facilitar el acceso de los buques comerciales fue siempre una preocupación milenaria.

Los egipcios se lo plantearon ya durante el reinado de Sesostris III. Y, de hecho, lo consiguieron de forma parcial mediante un sistema de complejos canales que, a pesar de los esfuerzos, se cerraron en el siglo VIII d.C. Otros faraones trataron de abrir de nuevo la ruta, pero, ya por entonces, ese intento costó más de 100.000 vidas.

Desde ese momento aquel anhelo pasó por la mente de los líderes de la República de Venecia en el siglo XVI o por la del mismo Luis XIV. Todos querían acometer la tarea, pero la veían imposible. No fue hasta la llegada de la gran expedición de Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798 cuando el plan se reactivó. Aunque, por entonces, el ‘pequeño corso’ andaba más preocupado por apuñalar las posesiones inglesas en la zona que por la ingeniería.

Inauguración del Canal de Suez

Tras pisar la tierra de los faraones, el ingeniero jefe de la expedición, Charles Le Pere, inspeccionó el itsmo de Suez para valorar la viabilidad de un canal. Concluyó, por error, que era imposible debido a que había una diferencia insalvable de unos nueve metros entre el Mediterráneo y el Mar Rojo. Craso error, pero lo que no se puede negar es que sus cálculos pusieron sobre la mesa la necesidad de abrir este camino.

Al final, apoyándose en varios estudios elaborados en los años treinta, fue a mediados del siglo XIX cuando, en palabras de la historiadora, «Ferdinand de Lesseps, un diplomático francés muy cercano al virrey de Egipto, obtuvo la autorización en 1854 para poner en marcha la empresa que construiría el canal y disfrutaría de los derechos de explotación de la construcción durante 99 años».

Era la ‘Compagnie Universelle du Canal Maritime de Suez’ (‘Compañía Universal del Canal Marítimo de Suez’). Parte egipcia, parte gala, la compañía estimó que tendrían que aportar unos 200 millones de francos de la época (una verdadera fortuna) para poder acometer tamaña operación. Así lo confirma un dossier sobre la historia del Canal elaborada por su página web oficial. No lo hicieron solos, pues, en los momentos de mayor peligro económico, los mandamases egipcios inyectaron fuertes sumas de dinero a través de la adquisición de acciones.

Dura construcción

La construcción del Canal de Suez (en la práctica, la excavación de 160 kilómetros de tierra en mitad del desierto) comenzó el 25 de abril de 1859. Y mediante lo que la historiadora denomina el sistema de ‘Corvée’: la movilización durante un mes de mano de obra forzada (los ‘fellahs’ o campesinos de Oriente Próximo). Un método que buscaba paliar la escasez de trabajadores y que, según la mayor parte de los expertos, era lo más parecido a la esclavitud que se podía hallar en el siglo XIX. Bajo un sol abrasador, y sin apenas herramientas, los ‘trabajadores’ iniciaron las obras.

«El Canal fue excavado por campesinos que tuvieron que soportar altas temperaturas y condiciones de extrema dificultad», añade la autora. En sus palabras, fueron movilizados unos 400.000 ‘fellahs’ para llevar a cabo estas primeras labores de prospección entre 1859 y 1862. Y, de ellos, se cree que fallecieron un mínimo de 20.000 por culpa del calor, la escasez de agua, las epidemias, el duro desempeño de sus funciones y las muchas horas de trabajo.

A la postre, Nasser elevó esa cifra a 120.000, pero lo cierto es que sus cálculos han sido tildados de exagerados por los estudiosos actuales. «No existen archivos que las respalden», añadía la experta en declaraciones a la cadena gala. Los relatos de la época, algunos de los capataces que participaron, denotan las condiciones infrahumanas en las que se construyó el Canal de Suez:

«A veces, cuando faltaban los cestos, los trabajadores enyesaban un montón de barro sobre la cintura de sus compañeros, que los pobres diablos retenían con las dos manos por detrás, apresurándose a sacudirlo en la orilla».

Los mismos responsables incidieron en que los campesinos se enfrentaron a otras tantas penurias como una epidemia de cólera que retrasó varios meses las obras. También dejaron patente que los ‘fellahs’ extraían la arena con picos y palas (si eran afortunados) o con las manos para, después, llevársela en pequeños cestillos.

Pronto, varios países se quejaron por las duras condiciones en las que trabajaban los campesinos. Lo curioso es que las críticas no provinieron de la sociedad egipcia, sino de Gran Bretaña. Región que denunció los excesos para evitar que su ruta marítima se dejase de utilizar. Al final, fue Napoleón III quien intervino en la situación y, en parte, logró que estos trabajadores fueran sustituidos por obreros cualificados de regiones como GreciaItalia Dalmacia.

A su vez, se realizaron muchos esfuerzos para llevar a cabo las prospecciones con máquinas más modernas. «El canal fue finalmente inaugurado en 1869 después de diez años de construcción, con fastuosas celebraciones organizadas por el Virrey de Egipto, que se enorgullecía de este escaparate de la modernidad egipcia», añadía la experta.

 

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