Historia

El olvidado Núremberg japonés y los insólitos suicidios de los condenados antes de ser ahorcados

Tras la Segunda Guerra Mundial, Japón vivió un proceso aún más sorprendente que el sufrido por los jerarcas nazis, en Alemania, del que poca gente se acuerda en la actualidad

De los famosos juicios de Núremberg se han ocupado hasta el cine y la televisión, en infinidad de ocasiones, durante las últimas décadas. La primera película que vio la luz fue, en 1961, ‘¿Vencedores o vencidos?’, protagonizada por nada menos que Spencer Tracy y Burt Lancaster y ganadora de dos Oscar. En ABC también hemos contado cómo se desarrolló y cuáles fueron las consecuencias en multitud de artículos publicados desde entonces, como aquel que informaba, el 16 de octubre de 1946, que «los once condenados a muerte han sido ajusticiados a las seis de la mañana, aunque Hermann Goering se suicidó antes en su celda ingiriendo una dosis de cianuro de potasio».

Sin embargo, no todo el mundo conoce

que en Tokio también fueron juzgados, tras la Segunda Guerra Mundial, 25 jefes militares, políticos y funcionarios nipones, por haber perpetrado una guerra de agresión, haber cometido u ordenado crímenes de guerra y haber consumado terribles atrocidades contra la humanidad. Los españoles residentes en Manila fueron algunas de sus víctimas, cuando los estadounidenses comenzaron la reconquista de Filipinas, en marzo de 1945, y los japoneses decidieron huir arrasando con solo todo lo que se encontraban a su paso y asesinando a más de 100.000 personas. El 10% de la población que entonces tenía la capital.

«Cuando llegamos y pasamos hasta el jardín, vimos seis o siete cadáveres apilados. Un poco más allá, cerca del comedor, nos encontramos con otros ocho cuerpos más carbonizados que todavía conservaban su forma […] Genaro Albadalejo, con graves heridas de arma blanca, contó que los japoneses había entrado y asesinado a cuantos allí había refugiados», revelaba el informe de 16 páginas redactado por el cónsul español, sobre el asesinato a sangre fría de setenta personas en su delegación, al que ABC tuvo acceso hace un año.

Por esta y otras atrocidades, en el conocido ‘Proceso de Tokio’ –o ‘Núremberg japonés’–, acabó con varios de los dirigentes condenados a morir en la horca el 12 de noviembre de 1948. Una vergüenza absoluta para cualquier soldado japonés, que varios de los reos lo evitaron, suicidándose antes de caminar por el patíbulo. La acusación incluía la matanza de civiles y prisioneros, la experimentación con seres humanos, los trabajos forzados y el uso de armas químicas que provocaron la muerte de millones de personas. «Mucha gente se refugió en el Club Alemán, pero los japoneses buscaban las mayores concentraciones de gente a la que matar, sin importar su raza o afiliación política. Aquella fue la mayor masacre: de 800 personas, solo sobrevivieron cinco. Iwabuchi no quería entregar el puerto, por lo que decidió morir matando», explicaba a este diario el historiador Florentino Rodao.

El «juicio de los vencedores»

En los medios de comunicación se hacían la siguiente pregunta: ¿era un juicio justo por el «daño infligido a los intereses de los pueblos amantes de la paz» o, simplemente, el «juicio de los vencedores»? Eso nunca estuvo claro, aunque las similitudes con Núremberg estuvieron presentes desde el principio. En primer lugar, porque fue celebrado por los aliados y, en segundo, porque ni Hitler ni Hirohito, máximos dirigentes de las potencias derrotadas, fueron juzgados. El alemán, porque se suicidó en su búnker, y el emperador nipón, porque llegó a un acuerdo con el general estadounidense MacArthur para librarse de ser ahorcado.

Uno de los responsables que consiguió quitarse la vida antes de que le pusieran la soga al cuello fue el general Anami Korechika, ministro de la Guerra, que recurrió al harakiri; el vicealmirante Onishi, creador del escuadrón de los kamikaze, que se suicidó para evitar la deshonra. A estos dos les siguieron 24 miembros del Instituto Daitó Juku, que se clavaron una espada samurai en el estómago siguiendo el ritual de muerte tradicional. Y dos días después, otros 12 miembros de la asociación Meiró Kai, con su líder Hibi Waichi a la cabeza. Estos últimos se quitaron la vida delante del palacio imperial.

Los juicios se celebraron en la Academia de Guerra de Tokio. El tribunal militar estaba presidido por el australiano William Flood Webb, que sería el encargado de dirigir las 417 sesiones que iban a concluir con siete condenas a muerte, seis cadenas perpetuas, una condena a veinte años y otra a siete. Las ejecuciones se dispusieron para la semana siguiente, el 25 de noviembre de 1948, pero fueron suspendidas porque algunos de los abogados defensores presentaron un recurso al Tribunal Supremo de Estados Unidos que fue desestimado.

La horca

Los siete condenados a la horca pasaron sus últimos días de vida en la cárcel de Sugamo, asumiendo que ya nada podría salvarlos. La víspera de la ejecución, fijada para la medianoche del 22 de diciembre de 1948, los reos solicitaron hablar con un sacerdote budista y escribieron cartas a sus familias. Cuando faltaban 20 minutos para la hora prevista, un oficial estadounidense acompañado por una escolta armada despertó a los siete acusados que, tras haber asistido a un brevísimo servicio religioso, fueron conducidos al patíbulo. Los primeros en subir fueron Hideki TojoIwane MatsuiKenji Doihara Mulo, sin la presencia de ningún medio de comunicación.

Tojo, que había sido primer ministro de Japón entre 1941 y 1944, se había pegado un tiro en el corazón meses antes, cuando los soldados norteamericanos llegaron a su casa para arrestarlo. El disparo, sin embargo, falló y le destrozó su estómago y algunos órganos. Casi se desangró, pero los doctores lograron salvarle la vida. «Lamento mucho el tiempo que me tomé para morir. La guerra fue justificada. Espero el justo juicio de la historia. Quería suicidarme, pero eso, a veces, falla», aseguró.

La noche del 22 de diciembre se acercó al patíbulo vistiendo un descolorido uniforme de auxiliar del ejército, sin grados ni condecoraciones, y con paso firme subió el primero a la horca donde el verdugo le cubrió la cabeza con un capuchón negro. Después le ajustó el nudo corredizo al cuello y, cuando los otros tres acusados estuvieron encapuchados, en la que iba a ser la primera tanda de ejecuciones, el silencio se rompió con un inesperado grito de «¡Banzai!», que era el grito de guerra de los soldados japoneses. «Ahora la paz debe reinar entre nosotros. Los horrores de la guerra deben ceder paso a la colaboración entre los pueblos. Los Estados Unidos deberán olvidar Pearl Harbor y nosotros, los japoneses, olvidaremos Hiroshima y Nagasaki», proclamó un miembro de la defensa proclamó.

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