Historia

El infierno olvidado de aquel garaje en Kaunas: la masacre más salvaje de los nazis en la IIGM

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El 27 de junio de 1941, cinco días después de que Hitler comenzara la invasión de la URSS, se produjeron en esta ciudad lituana los llamados «actos espontáneos de autolimpieza» que, incluso, algunos generales alemanes describieron como «crueles y brutales»

Fue una auténtica escabechina. Posiblemente la más salvaje, por sus formas, de todas las cometidas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, a la que bautizaron con la expresión suavizada de «actos espontáneos de autolimpieza». También es una de las más olvidadas, si tenemos en cuenta que apenas encontramos referencias a ella en la prensa española, a pesar de que hasta un sargento alemán la calificó de «cruel y brutal» y de que otro la describió como el suceso más espantoso que había presenciado en los dos conflictos mundiales.

Para ubicar la masacre del garaje Lietukis, como se la conoce por el lugar donde se produjo en la ciudad lituana de Kaunas, debemos retroceder hasta el 22

de junio de 1941. Aquel día, tal y como cuenta el historiador Michael Jones en el ‘El sitio de Leningrado: 1941-1944’ (Crítica, 2016), el turno de noche estaba siendo tranquilo para el operador de señales Mikhail Neishtadt en el cuartel general del distrito militar de Leningrado. De repente, poco antes de las 4 de la madrugada, llamaron del cuartel general del Ejército soviétivo solicitando una reunión «urgente» con el máximo dirigente militar de la ciudad rusa.

Neishtadt se quedó perplejo, porque era obvio que algo grave pasaba. Como su comandante en jefe no se encontraba en la ciudad, llamó al jefe del Estado Mayor. Este entró en el cuartel con un humor de perros cuarenta minutos más tarde, porque le habían despertado en medio de la noche. «Mejor que sea importante», gruñó, y el operador le entregó los dos telegramas que habían llegado hasta ese momento. Ambos se componían de una sola frase: «Tropas alemanas han cruzado la frontera de la Unión Soviética». Había comenzado la famosa Operación Barbarroja, la invasión de Rusia por parte de Hitler.

Operación Barbarroja

«Fue como una pesadilla. Queríamos desesperadamente despertarnos y que todo hubiese vuelto a la normalidad», recordaría Neishtadt años más tarde. Nadie acababa de creerse que Alemania les estuviese atacando, ya que ambos países habían firmado un tratado de paz poco antes y se suponía, además, que Hitler estaba librando una guerra contra Gran Bretaña en el oeste. Pero aquello no era un sueño y pronto quedó claro que se trataba de un asalto colosal llevado a cabo por tres millones de soldados y miles de tanques y aviones que avanzaban por un frente de más de 2.500 kilómetros desde el mar Negro hasta el Báltico.

«Alrededor nuestro resonaba una cascada de explosiones», contaba Wilhelm Lubbeck, soldado de infantería de la Wehrmacht. «En primer lugar, nuestra artillería efectuó un bombardeo breve, pero devastador, sobre las posiciones enemigas. Los fogonazos de los estallidos iluminaban todo el horizonte del este. Luego, al alba, desde el cielo comenzó a llegar un zumbido incesante. Hacia el este pasó una oleada de aviones tras otra: Heinkels y Junkers, Stukas y Messerschmitts», añadía.

Poco después, Lubbeck oyó un rumor fuerte y profundo producido por los cientos de carros blindados que se ponían en marcha en el comienzo de aquella invasión que los mandos nazis habían ocultado, incluso, a sus soldados en el frente. Y eso que Hitler llevaba planificándola muchos meses, antes incluso del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con la vista puesta en un triple asalto sobre la Unión Soviética. El Grupo Centro de Ejércitos se abalanzaría sobre Minsk, Smolensk y Moscú; el Grupo Sur de Ejércitos atacaría Ucrania con destino a Kiev, la región industrial del Donetsk y Crimea, y el Grupo Norte de Ejércitos se abriría paso por la región del Báltico y hasta tomar Leningrado.

La «amenaza comunista»

Hitler visitó el cuartel general del Grupo Norte, el mismo que se encargaría de ocupar la zona donde se produjo la mencionada masacre solo cuatro días después de comenzar la invasión. Allí, ante sus comandantes y su Estado Mayor, hizo hincapié en la importancia crucial de aquel objetivo: «La caída de Leningrado privará al Estado soviético del símbolo de su revolución, un símbolo que ha constituido un profundo sostén para el pueblo ruso durante 24 años. Los reveses en el campo de batalla minarán el espíritu de la raza eslava, pero la pérdida de Leningrado provocará un colapso total».

El ‘Führer’ era consciente de cuál era la misión que aguardaba a sus soldados, quienes tendrían que recorrer una distancia considerable y enfrentarse a las tropas soviéticas dispersas a lo largo y ancho de una extensión inmensa, desde los países bálticos recién ocupados hasta el antiguo corazón del imperio ruso. El Grupo Norte de Ejércitos tendría que avanzar, sin descanso, manteniendo el suficiente impulso para impedir que el enemigo recuperase el equilibrio.

Hitler pidió al mariscal de campo Ritter von Leeb que asumiese el mando general de la operación, que en primer lugar tuvo que enfrentarse a una barrera totalmente natural: el río Dvina, que delimitaba la frontera entre Letonia y Lituania. La 58º División de Lubbeck encabezaba la marcha del 18º Ejército por el norte del segundo país. « A lo lejos se oían sin cesar disparos y explosiones. En las acequias de riego y en los campos que cruzaban la carretera yacían, aún tibios, centenares de cuerpos contorsionados en el mismo lugar donde habían caído», detallaba este, a lo que añadía después: «Si no destruíamos la amenaza comunista, ella nos destruiría a nosotros. Aún así, no considerábamos a los eslavos una raza de biológicamente inferior, sino habitantes ignorantes de un país retrasado que estaba por civilizar».

La misión no oficial

«Bajo esa idea, Lubbeck y sus hombres se encaminaban a una lucha mucho más tenebrosa y compleja de lo que podían entender. El 25 de junio de 1941, la avanzadilla del 16º Ejército de Ernst Busch entró en Kaunas, la capital lituana. Les acompañaban comandos SS del recién formado Einsatzgruppe A, que estaba a cargo del general de la Policía Walter Stahlecker. Estos escuadrones habían nacido poco antes de la invasión de Rusia como, oficialmente, un destacamento de seguridad para proteger el transporte de suministros militares y ejercer la función de policía de los territorios conquistados. Sin embargo, su misión no oficial consistía en asesinar judíos, comisarios y demás indeseables», explica Jones.

Stahlecker, de 41 años, era un nazi que contaba con una buena educación y tenía una larga experiencia como jefe de Policía. El 25 de junio entró con su destacamento en Kaunas con la intención de masacrar a la gran población judía de la ciudad. « Nuestras fuerzas de seguridad estaban decididas a resolver el problema judío con todos los medios que había a nuestra disposición, tan rápido como fuera posible, pero era preferible que nuestras fuerzas se mantuvieran en un segundo plano», reconoció. Entonces incitó a las mafias lituanas anti-comunistas y pro-alemanas a reunir judíos a plena luz del día en el centro de la ciudad.

El 26 de junio, más de un millar de ellos fueron concentrados a menos de 200 metros del cuartel general del 16º Ejército. Muchos fueron ubicados en el garaje Lietukis, el mismo que dio nombre a la matanza, situado en el centro de la ciudad, concretamente en el número 43 de la avenida Vitautas. Allí, un hombre rubio de mediana altura, de unos 25 años, les esperaba de pie con un palo grueso de madera casi tan alto como él. En un momento dado, y sin dar más explicaciones, comenzó a golpear a los judíos en la cabeza uno a uno, dejándolos muertos o moribundos. El agua que fluía de una manguera arrastraba la sangre hacia una alcantarilla cercana a la vista de los vecinos. A solo unos pasos de él, un grupo de veinte hombres, vigilados por civiles armados, esperan sumisa y silenciosamente su cruel ejecución.

El acordeón

Cada golpe era acompañado por gritos de entusiasmo de la audiencia, entre la que había niños que sus padres aupaban para que vieran el dantesco espectáculo. A los pies del ‘Repartidor de muerte de Kaunas’, como le bautizó la multitud, pronto se encontraron de veinte a treinta cadáveres, mientras el verdugo seguía con su ritual hasta que se cansó. Después comenzó a tocar tranquilamente el acordeón y otro grupo de hombres le hicieron el relevo.

Los soldados alemanes se quedaron contemplando la matanza sin hacer el más mínimo intento de detenerla. Stahlecker había llegado a un acuerdo privado con el jefe del 16º Ejército, el general Ernst Busch, que prometió que sus soldados no intervendrían en los «actos espontáneos de autolimpieza». El jefe del Einsatzgruppe A reportó que se asesinó a más de 3.800 judíos a sangres fría, para añadir luego: «Estas operaciones de autolimpieza funcionaron sin problemas porque las autoridades del Ejército, que habían sido informadas de antemano, mostraron su comprensión».

Un sargento de intendencia alemán de la 562ª Compañía de Panadería detalló posteriormente: «Vi que reunían a toda aquella gente y tuve que apartar la mirada, porque los mataron a palos delante de nuestros ojos. Fue un acto cruel y brutal. Muchísimos soldados alemanes y muchos ciudadanos lituanos se quedaron mirando. No expresaron aprobación ni reprobación: se quedaron inmóviles, totalmente indiferentes».

Operaciones «necesarias»

Aquello enfureció a los oficiales de la Wehrmacht, personas un poco más decentes. Franz von Roques, jefe de la Administración de Retaguardia del Grupo Norte de Ejércitos, inspeccionó en persona los escenarios de los sucesos y, más tarde, temiéndose que el general Busch fuera cómplice de la masacre, llamó directamente al mariscal de campo Von Leeb. La reacción de éste fue extremadamente defensiva. Escuchó a Roques y se limitó a decir que carecía de influencia alguna sobre aquellos acontecimientos y que lo único que podía hacerse era mantener las distancias. A principios de julio de 1941, el ayudante en jefe de Hitler, el coronel Rudolf Schmundt, visitó Kaunas. Cuando se enteró de la masacre, dijo: «Los soldados no deberían preocuparse por estas cuestiones políticas, son operaciones de limpieza necesarias».

«El Ejército alemán estaba bien enterado del asesinato en masa de judíos que se produjo en Kaunas. No hacer nada por impedirlo equivalió a ofrecer protección a los comandos SS y a sus cómplices. Este caso, en el que la Wehrmacht permitió a sabiendas la masacre, estableció un precedente terrible para sucesos que se desarrollarían posteriormente a una escala mucho más amplia», subrayaba Jones en su libro.

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