Historia

El infierno de los prisioneros españoles en Filipinas: la tragedia olvidada de la guerra de 1898

Fueron capturados entre 10.000 y 12.000 soldados que «sucumbieron al hambre, el dolor y el cuchillo», mientras Estados Unidos miraba hacía otro lado y sus familias en España se organizaban en asociaciones para pedir su regreso lo antes posible

«Entre los tagalos hay 12.000 prisioneros españoles. No los hay, los había. Ahora no quedan ni las dos terceras partes, porque han sucumbido ya al cuchillo, al hambre, al dolor o al maltrato. No hay saña comparable a la desarrollada contra aquellos españoles sin ventura. Cada día muere un puñado de ellos. Si no se los rescata pronto, no quedará ni uno en España como ejemplo vivo del odio y de la crueldad de los salvajes de Emilio Aguinaldo», contaba un mando militar entrevistado por el ‘Heraldo de Madrid’, el 9 de diciembre de 1898.

Las familias de los soldados que habían sido enviados a Filipinas para combatir a los independentistas tagalos, en las postrimerías del siglo XIX,

leían preocupadas estas y otras noticias. ¿Estarían entre esos 12.000 desdichados sus padres, hermanos o maridos? ¿Qué había sido de ellos? ¿Por qué dejaron de escribir hace semanas? Los buenos tiempos en los que aquel archipiélago vivía en paz como uno de los principales enclaves comerciales de España había acabado. Sobre todo, desde que se produjo la sublevación en 1896 y, posteriormente, el apoyo de Estados Unidos.

Las primeras noticias de prisioneros aparecieron tras el hundimiento de la escuadra española en la bahía de Manila el 1 de mayo de 1898. Pocos días después, los insurrectos se hicieron con el control de las provincias de Cavite y Manila. La capital aguantó un poco más, pero el conflicto se extendió rápidamente sobre el resto de la isla de Luzón, mientras aumentaban los capturados. La prensa se hacía eco de las negociaciones para su liberación y, en ocasiones, hasta daba los nombres de los que habían tenido la suerte de regresar a España.

Luis Moreno Jerez, redactor entonces del ‘Diario de Manila’, publicó un libro en diciembre de 1899, titulado ‘Los prisioneros españoles en poder de los tagalos’, en el que responsabilizaba al capitán general de Filipinas, don Basilio Augustín, de no haber ordenado la reconcentración de todas las tropas del archipiélago en el momento en que se enteró de la ruptura de las relaciones diplomáticas entre España y Estados Unidos. Cuando por fin dio la orden, a finales de mayo de 1898, ya era demasiado tarde. En septiembre, los españoles capturados eran 9.000, según las cifras aportadas por el ‘Heraldo de Madrid’. En Cavite se concentraron tantos que Aguinaldo, incluso, ordenó trasladar a parte de ellos a la provincia de Bulacan.

«Lo ignoramos todo»

«El relato que hemos escuchado de boca de un jefe del Ejército recién llegado de Filipinas es un horror verdadero. Creemos conocer algo de lo que ocurre en nuestras excolonias, pero en cuanto hablamos con un testigo, se comprende que lo ignoramos todo, puesto que no se sabe lo más doloroso, lo más triste», añadía la misma fuente citada del ‘Heraldo de Madrid’ sobre conflicto del que tenemos mucha menos información que el que se libraba en Cuba durante aquellos mismos año, a excepción, claro está, del sitio de Baler o la batalla naval de Cavite. También tenemos datos sobre el sitio de Manila, en el que los españoles se enfrentaron a 8.500 soldados estadounidenses y 12.000 filipinos comandados por Aguinaldo, que aceptó el trato de los americanos a cambio de suculentas promesas. Fue por ello por lo que se convirtió en el primer presidente del país tras la independencia.

Lo que poca gente sabe, sin embargo, es que la Guerra de Filipinas fue más larga y cruenta que la de Cuba, según defienden historiadores como Jesús Flores Thies. Y los que sufrieron la peor parte fueron los prisioneros, incluso una vez firmada la paz. Así lo explicaba el militar español en el ‘Heraldo de Madrid’: «Ni en un lado ni en otro, ni en el archipiélago ni en la isla, pueden las cosas seguir así. Y menos en Filipinas, porque cada día que pasa cuesta un gran número de vidas de nuestros compatriotas prisioneros».

Un mes antes, el corresponsal del periódico londinense ‘The Star‘ ya había dejado testimonio de esta tragedia. Tan indignado estaba, que fue a visitar al general estadounidense Elwell S. Otis, gobernador militar de Manila, para pedirle un poco de humanidad para estos. La respuesta fue negativa, según el artículo reproducido por algunos medios de la Península: «Los norteamericanos están dando pruebas de la mayor barbaridad al consentir los horrores que cometen los tagalos con los prisioneros españoles. No es posible narrar lo que he visto. La imaginación más calenturienta no podría imaginar toda la realidad. Fui a visitar al general Otis lleno de indignación y le pedí un poco de piedad, pero me escuchó impasible y, al terminar, me respondió: ‘Todo cuanto usted me dice se lo he comunicado a mi Gobierno y tengo órdenes de no hacer nada’. Esta pasividad es infame».

Enfermos de disentería

En las siguientes líneas, para más escarnio de España, describía las duras escenas que había presenciado: «En Cavite Viejo hay más de 5.000 españoles, a los que han dejado por albergue dos iglesias y algunas casas sin techo ni condiciones de habitabilidad. Viven allí amontonados, durmiendo en el suelo, desnudos, mezclados hombres, mujeres y niños. La atmósfera es irrespirable. Hay muchos enfermos de disentería que no reciben asistencia facultativa. En una iglesia que visité, un médico español prisionero me contó verdaderos horrores respecto a los enfermos. Los tagalos no hacen caso de las peticiones de medicinas y estos mueren sin que se pueda prestar auxilio».

Y continúa: «En Cavite Viejo había una farmacia, pero el farmacéutico español al que pertenecía fue asesinado y su casa incendiada. Los fallecimientos entre los prisioneros españoles no bajan de 20 a 30 diarios. Me han dicho que había 62 niños y que todos han muerto por deficiencias en la alimentación y por la sarna, que se ha extendido en los prisioneros de una manera atroz. Las prisioneras jóvenes fueron objeto de los mayores atropellos, habiendo muerto tres como consecuencia de las brutalidades de los tagalos. Con frecuencia, estos hacen razzias y roban todo lo que pueden. Por eso la mayor parte de los prisioneros están en cueros vivos. Me han presentado personas respetables completamente desnudas. Producía vergüenza y sublevaría a los más indiferentes».

En su artículo ‘Los prisioneros españoles en manos de los tagalos en el Diario de Córdoba (1898-1899)’, la historiadora Patricia Hidalgo recoge también diversos testimonios como este, en el que se revelan los mencionado maltratos: «Los españoles eran despojados de cuanto poseían […]. Durante los últimos meses de 1899 escaseaban mucho los socorros, y allí donde se daban, solo ascendían a media chupa de arroz y cuatro cuartos».

Criados de filipinos

Efectivamente, en estos cautiverios las raciones disminuyeron paulatinamente y los soldados enviaron cartas a sus superiores reclamando, sin éxito, los sueldos retrasados. Los españoles tuvieron que ejercer la caridad pública, servir como criados en casas de indígenas, dedicarse a cortar leña y a pescar para vender el producto con el objetivo de sobrevivir. Otros optaron por la huida, pero el Gobierno de Aguinaldo decidió entonces concentrarlos en zonas más grandes, sometiéndolos a dolorosas marchas a pie y descalzos.

«Manuel Sastrón, funcionario de la Administración civil en Manila en aquella aciaga época, hace hincapié en los maltratos que recibían los cautivos españoles: bofetadas, ingestión de aguas putrefactas y canibalismo, además de trabajos forzados para el arreglo y limpieza de las plazas, paseos y calzadas», explica la historiadora, que menciona también algunos testimonios en los que, al contrario que lo visto hasta ahora, se elogia el buen trato que recibían.

Parecía que la situación podía mejorar tras la firma en París del tratado de paz el 10 de diciembre de 1898, según el cual España cedía la soberanía de Filipinas a Estados Unidos y los americanos se comprometían a organizar la liberación de los españoles. Pero comenzó la guerra entre estos últimos y los tagalos y todo se complicó de nuevo. El testimonio de uno de los prisioneros así lo refleja: «Era indudable que nuestra situación se había agravado mucho. Los indios más ilustrados así lo reconocían, diciendo que el tratado de París les había cerrado todas las puertas para darnos la libertad, y que si los americanos trataban de conseguirla por las armas, nos exponían a que fuésemos carne de cañón y sirviésemos de barricadas a las fuerzas insurrectas».

Tras la firma del tratado, la administración española en Filipinas se cerró. Comenzaron a realizarse gestiones para liberar a los prisioneros. La Cruz Roja y diversas Sociedades Económicas de Amigos del País enviaron cartas al Gobierno solicitando que se atendiera con urgencia a los presos. Los parientes de los cautivos formaron la Asociación de las familias de los Prisioneros en Filipinas e, incluso, editaron un periódico: ‘Los Prisioneros‘. A pesar de ello, muchos soldados continuaron regresando cautivos hasta 1902, tres años después de que España perdiera la guerra. El Gobierno español nunca supo con exactitud cuántos de ellos permanecían en el archipiélago.

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