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Historia

El gran secreto de Stalin: la escuela clandestina que creó en la URSS para formar a los futuros pilotos nazis

Stalin
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Israel Viana – ABC

El Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919, recogía las duras condiciones impuestas a Alemania por los ganadores de la Primera Guerra Mundial. Querían que esta se rearmara y convirtiera, de nuevo, en una amenaza. El conde Ulrich von Brockdorff-Rantzau, sin embargo, regresó de la negociación convencido de que la revancha había sido desmesurada y de que el Artículo 231, que les señalaba como únicos responsables del conflicto, sembraría el odio entre su pueblo. El mariscal francés Ferdinand Foch, comandante en jefe de los ejércitos aliados, aseguró, por su parte, que «no era una paz, sino un armisticio de veinte años».

Lo que nunca se imaginaron estos ni los presidentes Woodrow Wilson (Estados

Unidos), Georges Clemenceau (Francia), David Lloyd George (Reino Unido) y Vittorio Orlando (Italia) es que quien les traicionaría después sería el enemigo histórico de Alemania, la URSS, mediante una alianza secreta. Las dos potencias parecían condenadas a no entenderse y a aniquilarse, pero se socorrieron en el periodo de entreguerras durante más de una década a escondidas. ¿Cómo? En 1925, los Gobiernos bolchevique y germano llegaron a un acuerdo para que los futuros pilotos del Reich pudieran recibir entrenamiento en una base soviética especialmente acondicionada.

De esta forma, se puede decir que Stalin facilitó la puesta a punto de la posterior Luftwaffe nazi. Los dos regímenes más mortíferos y opuestos ideológicamente del siglo XX trabajando codo con codo. Así lo ratificó oficialmente la Unión Europea el 19 de septiembre de 2019, tras aprobar una resolución —con 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones— en la que condenaba «al comunismo y al nazismo de cometer asesinatos en masa, genocidios y deportaciones, causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad a una escala nunca vista hasta entonces en la historia de la humanidad».

De enemigos a amigos

El acuerdo, sin embargo, satisfacía a ambas partes. La República de Weimar necesitaba un espacio en el que probar sus armas, entrenar a sus aviadores y poner a punto sus técnicas de guerra, debido a las fuertes restricciones impuestas por Versalles para que reclutara, organizara y entrenara a su Ejército. Stalin buscaba apoyo tecnológico para desarrollar su industria aeronáutica y no le importó lo más mínimo que sus socios hubieran aplastado violentamente todo intento del Partido Comunista para tomar el poder. Además, los germanos aún deberían pagar dos millones de marcos al año en concepto de alquiler, lo que no venía nada mal a las empobrecidas arcas de Moscú.

La escuela de pilotos se estableció en la localidad de Lipetsk, a 373 kilómetros al sur de la capital soviética. Había surgido del tratado firmado en la localidad italiana de Rapallo en 1922. Para financiarla, se creó un sistema de subvención secreto denominado «Blauer Haushalt» (presupuesto azul), cuyo cometido era dotar de medios económicos al proyecto y, sobre todo, hacerlo invisible para el control público. Y aunque el dinero estaba destinado en teoría a un concepto de colaboración más amplio, lo cierto es que la mayoría fue a parar a las instalaciones, que incluían talleres, pistas de vuelo, hospitales, alojamientos y comedores, entre otras cosas.

También fueron a parar allí otros fondos desviados de actividades empresariales adicionales pertenecientes a las empresas establecidas en el Ruhr y que sostuvieron, gustosamente, los pagos para acelerar la retirada de las fuerzas francesas establecidas allí previamente. Los gastos de la puesta en marcha de Lipetsk —construcciones, pagos a asalariados rusos sin vínculos militares, materiales de combate y demás elementos— se sitúan en torno a los cien millones de marcos de la época, según las estimaciones realizadas por Fernando del Castillo en ‘La invención de Vulcano: El rearme clandestino alemán’ (Rialp, 2020).

Negociaciones

«Al principio, los alemanes desestimaron la propuesta inicial soviética en la que se proponía utilizar un aeródromo en Odesa, precisamente porque la cercanía a la fachada oeste de la frontera rusa se consideraba un accidente insuperable. Además, eran conscientes de que establecer un férreo control a través del Mar Negro para evitar visitas inesperadas, suponía un problema añadido perfectamente prescindible. Con la aceptación de Lipetsk como emplazamiento se resolvían inconvenientes innecesarios, pues la ciudad estaba situada a más de 1.300 kilómetros al noreste de la frontera europea y a 500 kilómetros en ferrocarril desde Moscú, que se convertían en dos horas de vuelo directo desde la capital», explica el historiador.

El aeródromo, además, había sido utilizado en la guerra civil rusa y sabían que estaba en condiciones. Existía otra razón menos técnica, pero ciertamente atractiva: Lipetsk era famosa desde antiguo por sus aguas termales y sus barros paliativos. Tenía una aureola de balneario para aristócratas y, de hecho, los oficiales zaristas acudieron a sus aguas desde tiempo inmemorial hasta el triunfo de la revolución rusa ocho años antes. Por último, permitía aprovechar una extensa red de instalaciones secundarias que podían apoyar a los pilotos en caso de problemas en vuelo, como las pistas de Moscú, Leningrado, Odessa, Kazan, Kiev, Jarkov, Voronezh o Volsky, que sirvieron de soporte a las actividades de esta extraña escuela germano-soviética.

En julio de 1925, la «Wivupal», como se la conocía oficialmente, abría sus puertas. Los aviones había llegado previamente desmontados por barco hasta Leningrado y, desde esa ciudad, por ferrocarril hasta la base en donde eran ensamblados y dispuestos para su utilización. Los aspirantes germanos habían sido formados antes en otras escuelas de vuelo civiles convenientemente camufladas y habían recibido un curso teórico que los capacitaba para manipular aparatos de radio, fotografía y cámaras de cine. «Una vez llegados a Lipetsk, se enfrentaban a un período de doce meses. Una estancia larga, sin pausas ni vacaciones, que pretendía aprovechar los cambios estacionales para formar a los pilotos en cualquier escenario. Se trataba de hacer fructificar todas las circunstancias que la ocasión brindaba, con la urgencia de saber que cuanto más rápido se formaran, más pronto acudirían otros candidatos a ocupar sus plazas», apunta Del Castillo.

El viaje camuflado

Los futuros pilotos nazis llegaban a Lipetsk tras un largo viaje en el que sorteaban el territorio polaco. La ruta en tren era de 2.000 kilómetros, porque tenían que dar un gran rodeo desde Berlín hasta Moscú para pasar desapercibidos. De allí se desplazaban otros 500 kilómetros más hasta llegar a la escuela. Si iban por mar, partían del puerto de Stettin hasta Leningrado, donde tomaban el tren hasta Moscú. Se trataba de evitar a los guardias fronterizos polacos y a los agentes de la sección polaca de espionaje e información militar, conocida como la «Oddzial».

Viajaban vestidos de civiles, como si fueran empresarios con fines comerciales o empleados de firmas alemanas. Los visados y pasaportes eran falsos y sus nombres, por supuesto, ficticios. No debían levantar sospechas entre las patrullas de la frontera para que ningún control administrativo les relacionara con el proyecto. Cualquier inspección en las fronteras podría destapar el artificio ante las autoridades y, sobre todo, ante la prensa extranjera, principalmente alemana y británica, que ya había denunciado que algo pasaba en la región de Lipetsk.

Desde su inauguración hasta 1930, el mando de la escuela estuvo a cargo del comandante retirado Walter Stahr, y hasta su cierre en 1933, del comandante Moore y el capitán Mueller. Todos los instructores eran alemanes. Se puede decir, por lo tanto, que durante más de ocho años Stalin facilitó la gestación de la futura Luftwaffe de Adolf Hitler. Con la llegada de este al poder en 1933, las cláusulas impuestas por los aliados en el Tratado de Versalles fueron ignoradas por el Tercer Reich. Alemania se rearmó de forma abierta, desafiando a Francia y el Reino Unido, y los viajes a la base secreta de la URSS se cancelaron. A partir de ese momento, el nuevo banco de pruebas de la aviación nazi iba a ser la Guerra Civil española, en donde combatieron muchos de los pilotos formados precisamente en Lipetsk.

Tal y como escribió Henry Kissinger en su obra ‘Diplomacia’ (Simon & Schuster, 1994): «Después de la primera semana de conferencia en Versalles, a Alemania y a la Unión Soviética ya les preocupaba que se les pudiera enfrentar entre sí. Por eso los ministros de Exteriores de ambos países no tardaron en redactar un acuerdo en el que establecieron plenas relaciones diplomáticas, renunciaron a sus reclamaciones mutuas y se otorgaron la condición de nación más favorecida mutuamente. Al cabo de un año, ambos estaban negociando en secreto acuerdos de cooperación militar y económica como el Tratado de Rapallo, que simbolizó un interés común que siguió acercando a los gobernantes soviéticos y alemanes durante el resto del periodo de entreguerras».

 

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