Historia

El falso desastre del 98: una crisis magnificada que dio forma a la historia de España en el siglo XX

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César Cervera

Estudios históricos recientes ponen en tela de juicio las consecuencias de un desastre que, en realidad, aceleró la modernización del país y se saldó sin grandes dimisiones o revueltas sociales

La mañana del 3 de julio de 1898, antes de intentar romper el bloqueo sobre Santiago de Cuba, el almirante Pascual Cervera y Topete se dirigió a sus hombres evocando las grandes glorias imperiales: «El enemigo nos aventaja en fuerza pero no nos iguala en valor. ¡Clavad la bandera y ni un solo navío prisionero!». El coraje sirvió de poco a una flota que, en inferioridad numérica y tecnológica, se estrelló contra la escuadra estadounidense con un resultado de 343 muertos, casi dos mil prisioneros y seis barcos embarrancados o hundidos. Más allá de arengas, Cervera y Topete se había confesado con su hermano en privado: «Vamos a un sacrificio tan estéril como inútil».

Entre la declaración de guerra

de Estados Unidos a España y la pérdida de Puerto Rico, Cuba, Filipinas y un rosario de islas en el Pacífico transcurrieron cuatro meses escasos. Pocos imperios han caído en tan breve tiempo y con una resistencia tan leve.

Toda una generación de intelectuales se conjuró en la empresa de cantar las desgracias de esa España en crisis terminal, que empezaba el nuevo siglo con el peor de los tropiezos. Propusieron mil formas de regenerar la nación, de germanizarla -como reclamaba Ortega y Gasset-, y hasta de «echar doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar». Borrón y cuenta nueva con un pasado trágico y una civilización fallida. No obstante, los intelectuales estaban tan ocupados con sus llaves, sus cerrojos y sus admiraciones foráneas que no quisieron o pudieron reparar en que a nivel económico y político las cosas siguieron bastante enteras.

El historiador Tomás Pérez Vejo, un español afincado en México, acaba de publicar el libro «3 de julio de 1898. El fin del Imperio español» (Taurus), donde trata de desmitificar todo lo que se suele dar por supuesto sobre una fecha en la que, efectivamente, se perdieron las provincias de ultramar y la autoestima, pero el país no entró ni mucho menos en la ruina. «España extravió sus colonias justo cuando el resto de naciones europeas estaban creando sus imperios. El mazazo psicológico fue tremendo, pero sobre todo fue un sentimiento de las élites altas y medias del país. La población española vivió el final de la guerra más bien con alivio y sin entender por qué se estaba librando esa lucha», apunta.

Voladura controlada

Las balas y los muertos fueron muy reales, y también la derrota militar frente a las fuerzas estadounidenses, que presentaron su victoria como la de la civilización cristiana frente a los bárbaros españoles. Las que no fueron tan palpables fueron las consecuencias. La Corona, en ese momento bajo la regencia de María Cristina, no solo soportó bien el envite, sino que vivió una de las etapas más estables de la Restauración borbónica. No se produjeron revoluciones, ni motines, ni pronunciamientos que pudieran comprometer el sistema. «Las élites políticas españolas se embarcaron en una guerra que sabían perdida de antemano porque creían que el sistema no aguantaría si entregaban Cuba sin luchar. De alguna manera fue una voladura controlada, una derrota lo más quirúrgica posible para evitar situaciones más graves, como una revuelta socialista o un levantamiento carlista», explica Pérez Vejo.

La visión catastrofista exageró la derrota, que a pesar de su gravedad se movió en dimensiones reducidas en comparación con las grandes batallas de la historia de España, y tendió a presentar a EE.UU. como una potencia del montón, cuando en verdad estaba a una década de colocarse como indiscutible cabeza del mundo. «El 98 no solo fue una fecha importante para España sino para el mundo, pues marcó lo que iba a ser un siglo dominado por EE.UU. En cualquier caso, España fue capaz de trasladar a un cuarto de millón de soldados, el mayor ejército que había cruzado nunca el océano, para hacer frente a esta potencia. Desde el punto de vista de organización, España demostró que no era una nación muerta», afirma el autor de «3 de julio de 1898. El fin del Imperio español».

Muerta no, pero sí agotada. Mientras las grandes potencias destinaban un 10% anual de sus presupuestos a las fuerzas navales, España no llegaba al 4% y no estaba ya invitada a las grandes veladas mundiales. El escritor Leopoldo Alas, Clarín, lo expresó con contundencia en un artículo de prensa aparecido en esos días: «Un dominio como el nuestro, tan lejano, tan codiciado y tan difícil de guardar, es un lujo propio de una nación próspera, fuerte», lo cual España nunca sería si seguía cargando con tantas obligaciones.

La modernización del país se aceleró tras la pérdida de las colonias, a pesar de la enorme deuda (123% del PIB) que Hacienda cargó a sus hombros. Gracias a los planes económicos de Joaquín López Puigcerver y Raimundo Fernández Villaverde, en solo una década la deuda se redujo a la mitad sin ayuda externa. La millonaria repatriación de capitales redundó en un crecimiento de los depósitos bancarios y en más inversiones privadas.

«Si uno analiza el desarrollo económico de España llega a la conclusión de que la crisis no existió. Los presupuestos empezaron a tener superávit, lo cual no ocurría desde mediados del siglo XIX, y objetivamente fue un alivio para un país que no podía sostener un gasto militar tan elevado», asegura Pérez Vejo, quien, sin embargo, reconoce que la deuda acumulada sí fue un problema que afectó al país durante todo el siglo XX y está entre las causas de la baja inversión en infraestructuras que arrastra el estado.

La cercanía con la derrota impidió ver a sus contemporáneos la verdadera dimensión de la situación y el abanico de posibilidades que se abrió para España. «Es indudable la importancia de esta fecha como final de una etapa, lo que ocurre es que hay que tener cuidado al evaluar unos efectos que fueron más simbólicos y psicológicos que materiales. Los efectos se percibieron muy a flor de piel, pero, visto en perspectiva, el 98 no es lo que dijeron que había sido los contemporáneos», resume Jordi Canal, profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y coordinador de la colección de Taurus en la que se emplaza el libro de Pérez Vejo.

«Es paradójico que una generación brillante de intelectuales criados y educados en la Restauración, un sistema que consideraban decrépito, fuera la máxima expresión de que la nación estaba muy viva»

Con la pérdida de los vastos territorios americanos en tiempos de Fernando VII apenas hubo voces críticas o lamentos en la opinión pública, pero en 1898 se produjo una especie de psicodrama a nivel nacional, un llanto. La generación del 98 vaticinó una bancarrota cultural, un final de época, justo cuando se estaba produciendo un renacer cultural. Pablo Picasso, Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, por mencionar a un puñado, encabezaron la pretendida decadencia. «Es paradójico que una generación brillante de intelectuales criados y educados en la Restauración, un sistema que consideraban decrépito, fuera la máxima expresión de que la nación estaba muy viva y de que había una España distinta. El país del que ellos hablaban tan mal, que tanto les dolía, era mejor de lo que creían», sostiene Pérez Vejo.

Pesimistas antes de Cuba

Pero, ¿qué es anterior, el huevo o la gallina? ¿El pesimismo o la guerra? Elvira Roca Barea, autora de «Fracasología» (Espasa, 2019), tiene muy claro que esa retórica tremendista era anterior al 98 y no vinculada a las consecuencias de la guerra. «Hay una serie de relaciones que se han hecho a posteriori y en algún momento pasaron a los libros de texto porque encajaban en el canon, pero que son falsas. La generación del 98 venía metafísicamente deprimida de antes y nacía de un existencialismo, una crisis de la mentalidad burguesa, propia del final de siglo», sostiene la filóloga. Como prueba de ello cita el trabajo del historiador Pedro Pascual Martínez, que, tras analizar más de 435 fichas bibliográficas contemporáneas al conflicto, concluyó que a estos autores «el que España se quedara sin imperio les trajo sin cuidado y no lloraron por Cuba».

Ensimismados en los asuntos locales, los intelectuales españoles no repararon en que ese pesimismo que les oprimía el pecho también tenía su espejo en Francia, Italia, Portugal y en otros países latinos que estaban cediendo terreno frente a las naciones del norte. «No fue un movimiento exclusivamente español. Apareció justo la idea de las débiles razas latinas, entendiendo latino como un concepto cultural, frente a la superioridad del norte y lo anglosajón. El mundo del sur en general entró en una espiral de crisis y lamentos», reflexiona Canal. EE.UU. estaba avanzando en todos los frentes, mientras los franceses, los portugueses y los italianos perdían la guerra del colonialismo ante Gran Bretaña y Alemania. A nivel interno, el antisemitismo del Caso Dreyfus provocó una sucesión de crisis políticas y sociales desconocidas en la historia ya de por sí agitada de Francia.

La visión doliente de España tuvo consecuencias punzantes en la cultura del país y en la conformación del relato nacional. «Fue una reacción lamentable no solo por los intelectuales del 98, sino por los llamados regeneracionistas, que proponían cosas sensatas como la reforma de la escuela, pero también hablaban, como Joaquín Costa, de la degeneración de la raza española y de que el problema se remontaba a la derrota de los comuneros. Era una retórica disparatada que no llevaba a nada, solamente al llanto, sin propuestas ni soluciones», apunta Pérez Vejo.

«Joaquín Costa prácticamente empujó a España a una aventura colonial africana, cuando el país no estaba en condiciones de meterse sin haber arreglado primero las cosas en casa».

Santiago Ramón y Cajalpremio Nobel de Medicina y veterano de la Guerra de Cuba, llegó a hartarse tanto de estos llantos que reclamó a sus contemporáneos que se dejaran de palabrería y se fueran a trabajar a las universidades y los laboratorios. «En el grupo de regeneracionistas los había más orientados y más desorientados. Algunos se movían por el campo de lo inconcreto, todo eran elucubraciones metafísicas y poses intelectuales. No saben de qué están hablando ni por qué, simplemente se apuntan a esa tradición con tanto prestigio desde hace siglos de los que pedían cambiar España por completo», alega Roca Barea, quien critica que algunas de sus ocurrencias llevaron al país a tomar pésimas decisiones: «Costa prácticamente empujó a España a una aventura colonial africana, cuando el país no estaba en condiciones de meterse sin haber arreglado primero las cosas en casa».

El antiespañolismo

Los ecos de la crisis y sus lamentos sí fueron evidentes en procesos que han marcado el presente político de España. Los regionalismos románticos, que existían en territorios como Cataluña o el País Vasco, dieron el salto a la política. El nacionalista Sabino Arana, que no dejó pasar la ocasión de felicitar a EE.UU. por su guerra en Cuba, logró representación parlamentaria poco después del conflicto. «No es casualidad que estos nacionalismos nazcan justo en los dos territorios más desarrollados económicamente y que más se habían implicado en el proyecto de construcción nacional. Concluyeron que la nación española era una nación muerta y nadie quiere formar parte de algo así», comenta Pérez Vejo.

El territorio español que mantenía una relación más próxima a Cuba, en parte por el tráfico de esclavos y por la industria textil, era precisamente Cataluña, cuyas elites empezaron a dar la espalda a un estado nación que no era capaz de garantizar los mercados de ultramar. «El 98 dio argumentos a los nacionalistas para decir que el proyecto de España no servía y merecía la pena poner sobre la mesa otros modelos. Nadie vivió la guerra de Cuba con tanta desesperación como algunos industriales catalanes», concluye Canal.

Nada muy diferente de lo que hicieron el resto de españoles, que también abandonaron un relato nacional de éxito en sus orígenes para abrazar «un nacionalismo doliente y reactivo». «En resumen, en 1898 nadie quiere ya ser español. Vascos y catalanes apuestan por sus relatos alternativos y el resto por cambiar de arriba a abajo el ser español», señala Pérez Vejo, para quien la sociedad española arrastra desde entonces una doble vara de medir en lo referido a su identidad: «Está bien ser nacionalista de cualquier cosa, hasta nacionalista del Bierzo, pero ser nacionalista español está considerado algo muy retrógrado».

Todos pretendiendo mejorar, cada uno con su receta particular, unos queriendo cambiar todo de arriba a abajo y otros mirando al pasado. «Todo ello solo consiguió a largo plazo una espantosa guerra civil y sus consecuencias, con la división entre las dos Españas, que otros países de nuestro entorno no padecen. Ya sabemos que de buenas intenciones está pavimentado el camino hacia el infierno…», recuerda el historiador naval Agustín Rodríguez González, que acaba de escribir «Tramas ocultas de la guerra del 98» (Actas).

En opinión de Roca Barea, «no se hizo correctamente el duelo por la desaparición del Imperio español y eso ha llevado a una existencia del mismo fantasmagórica. Se sigue luchando contra él con los mismos tópicos de la horrible España, pero están combatiendo una ficción que ya no existe».

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