Historia

El desconocido suicidio de Cowra: la fuga con más cadáveres de la Segunda Guerra Mundial

Nadie la recuerda, aunque fue mucho más impresionante y trágica que la contada en la película ‘La gran evasión’, de Steve McQueen

En la noche del 4 al 5 de agosto de 1944, 1.104 prisioneros japoneses se abalanzaron contra las alambradas para huir de su cautiverio, pero las ametralladoras instaladas en las torres de vigilancia acabaron con cientos de ellos

No hay ni una sola referencia en los periódicos que se publicaban en España, en 1944, acerca de la fuga más multitudinaria y letal de toda la Segunda Guerra Mundial. La que más cadáveres dejó sobre el terreno en el intento de escapar de las garras del enemigo. Tampoco se encuentran reseñas en los años siguientes. Es difícil imaginar una sola justificación por la que este asombroso acontecimiento apenas aparezca. igualmente, en los libros de historia, a excepción de alguna pequeña mención en obras de divulgación.

Una de las razones podría ser que no tuvo lugar en Alemania, Italia, Francia, Estados Unidos o la Unión Soviética. Es más, ni siquiera se produjo en Europa o Asia, sino en la lejana

Australia. Quizá por eso casi nadie se acuerda hoy de este episodio. Puede que se deba, también, a que los campos de concentración nazis y los gulags soviéticos se llevaron toda la atención de los medios de comunicación, tanto en la guerra como después. Y tampoco ayudó el hecho de que la fuga de un grupo de oficiales aliados de Stalag Luft III, un campo de prisioneros de Silesia, fuera llevada al cine por John Sturges, en 1963, con Steve McQueen, Charles Bronson o Richard Attenborough como protagonistas, y se convirtiera en un clásico.

Sin embargo, en la que vamos a contarle a continuación participaron muchos más prisioneros que en la ‘Gran Evasión’ de McQueen y dejó sobre el terreno varios cientos de cadáveres. De hecho, en la mencionada fuga de Silesia, ocurrida también en 1944 y en la que se llegó a excavar un túnel de más de 100 metros bajo tierra, solo tres de los 76 hombres que lograron escapar se salvaron finalmente: Bram Van Der Stok, Per Bergsland y Jens Müller. Los que no murieron en el intento fueron arrestados y fusilados, poco después, por orden de Adolf Hitler, para que sirvieran de escarmiento frente a futuros intentos de evasión.

20.000 presos

La fuga del campo de prisioneros de guerra de Cowra, situado en el valle Lachlan de Nueva Gales del Sur, a 300 kilómetros de Sidney, se produjo nueve meses antes de que se pusiera punto y final a la guerra en Europa con los siguientes titulares en ABC: «Un minuto después de medianoche ha sido dada la orden de “alto el fuego”» y «¡Que Dios ilumine a los encargados de dotar a Europa de una paz justa y duradera!». Pero antes de que el cadáver de Mussolini fuera colgado boca abajo en una plaza céntrica de Milán y de que Hitler se suicidara en su búnker, en Australia unos cientos de prisioneros italianos y japoneses albergaron la esperanza de escapar de las garras de los aliados.

La denominación oficial del recinto en el que se encontraban era ‘Prisoner of War camp N.° 12’. Había sido construido para albergar a 2.000 prisioneros capturados en el norte de África, la mayoría latinos del Ejército Italiano y algún nazi del Afrika Korps. Sin embargo, al estallar la Guerra del Pacífico en 1941, estos aumentaron hasta 4.000 con la llegada de otros 2.000 nuevos cautivos japoneses y coreanos del Ejército Imperial Japonés, así como algunos colaboracionistas indonesios.

A pesar de la masificación del campo, no hubo incidentes hasta 1943, fecha en que estalló una revuelta entre los prisioneros que obligó a los centinelas a instalar ametralladoras Vickers y Lewis en las torres de vigilancia. Al año siguiente de estos sucesos, en 1944, la población de prisioneros del Eje ascendió a 18.528 internos, entre los que había 14.720 italianos, 2.223 japoneses y 1.585 alemanes, además de los mencionados colaboracionistas coreanos e indonesios. Unos 20.000 presos en total.

1.104 suicidas

A pesar de que las condiciones nada tenían que ver con las de los campos de exterminio nazi, los nipones emprendieron una fuga masiva de la forma menos sofisticada que uno pueda imaginar. Durante la noche del 4 al 5 de agosto de 1944, 1.104 prisioneros se abalanzaron, de repente, contra las alambradas para saltarlas y huir campo a través. «Los vigilantes, sorprendidos, dispararon al aire, conminándolos a que regresaran a sus barracones, pero los japoneses prosiguieron con su huida. De inmediato los guardias comenzaron a dispararles, sin que ello les hiciera vacilar en su propósito. Las ametralladoras instaladas en las torres de vigilancia segaron la vida de 231 nipones, quedando 107 heridos», contaba Jesús Hernández en las ‘100 historias secretas de la Segunda guerra Mundial’ (Tempus, 2009).

Los prisioneros italianos, horrorizados por la acción suicida de sus compañeros de celda, prefirieron no participar en ella, y acudieron rápidamente a ponerse bajo el control de los vigilantes para no convertirse en víctimas de aquella carnicería. No seguían el Código Militar Imperial Japonés, que conminaba a sus soldados a que no vivieran «para experimentar la vergüenza de ser hechos prisioneros por el enemigo». No les importó que, tal y como reconoció en 2013 al diario ‘The Japan Times’ uno de los supervivientes, Teruo Murakami, la vida allí fue «bastante celestial». «Me pasaba el día jugando al mahjong con mis compañeros de cabaña. Otros jugaban a las cartas que se habían hecho y los restantes, al béisbol con bates tallados por ellos mismos».

El ‘fantasma’ de Cowra

«Cuando me llevaron a Cowra, nunca imaginé que volvería a ver Japón. De hecho, cuando finalmente volví a casa, mi familia dijo que un fantasma había regresado de la guerra», contó Murakami a sus 92 años, antes de continuar con su relato: «Allí dentro no sabíamos cómo iba realmente el conflicto, pero no teníamos ninguna duda de que debíamos seguir la regla de que las tropas imperiales japonesas no podíamos permitir que el enemigo nos hiciera prisioneros. Teniendo en cuenta esa máxima, no tuvimos otra alternativa que morir, así que acordamos terminar con nuestras vidas de esa manera. Sin embargo, debido a un instinto humano básico, muchos de soldados japoneses, incluido yo, no queríamos morir».

Eso llevó a que no se limitaran a lanzarse contra la verja, sino que también atacaron a los guardias de forma desesperada, usando sus propias manos y algunas armas improvisadas. Consiguieron matar a cuatro de ellos y dejar la misma cantidad de heridos, pero poco más. Finalmente, 324 prisioneros japoneses lograron escapar del campo, aunque en los días posteriores todos fueron capturados, ya que no disponían de ningún tipo de apoyo en el exterior y eran fácilmente reconocibles por sus rasgos físicos.

Durante la batida llevada a cabo por los soldados australianos, 25 nipones se quitaron la vida antes de ser apresados. Ese no fue el caso de Murakami, quien, poco después de emprender la huida, descubrió que había corrido por una pista hasta un callejón sin salida. Allí no le quedó más remedio que saltar a una zanja mientras las balas volaban a su alrededor, hasta que un grupo de vigilantes le descubrieron y arrestaron de nuevo. Después lo llevaron a su cabaña, que estaba dañada por el fuego, y esperó triste a que vinieran a por él para ejecutarlo de inmediato. Sin embargo, se puso a trabajar limpiando el desorden y, para su asombro, aquello le salvó la vida, pues los guardias le dejaron en paz en su tarea.

El cementerio japonés

Murakami no fue, por lo tanto, ninguno de los 231 compatriotas que murieron bajo el fuego enemigo mientras corrían. «Teniendo en cuenta que para ellos el caer prisionero era un oprobio de imposible remisión, la huida se convirtió prácticamente en un suicidio, acorde con las cargas banzai llevadas a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Una prueba es que los propios nipones prendieron fuego a 18 de los 20 barracones en los que se alojaban y que una veintena de ellos optó por quedarse dentro de ellos, pereciendo entre las llamas», subraya Hernández.

El entonces primer ministro de Austria, John Curtin, se estremeció ante la descripción de la sangrienta fuga, y expresó su incomprensión hacia «semejante desprecio por la propia vida», teniendo en cuenta que la acción de los japoneses no tenía ninguna posibilidad de saldarse con éxito. Aún así, y para evitar las represalias contra los soldados australianos que se encontraban recluidos en los campos japoneses, las autoridades decidieron declarar secreto este incidente. Los informes sobre la fuga de Cowra no serían desclasificados hasta 1950. En la misma localidad se inauguró en 1979, con motivo del 35 aniversario, un jardín japonés que conmemoraba aquel intento de fuga.

En la actualidad, el Cementerio Japonés de Cowra alberga las tumbas de 522 soldados nipones que murieron en Australia durante la Segunda Guerra Mundial. Entre ellas se encuentran las de los 231 que fueron abatidos durante la huida del campo de prisioneros.

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