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Historia

El Canal de Suez, la obra que construyó el hijo de una española e inauguró toda una emperatriz de Granada

Emperatriz
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César Cervera – ABC

El Canal de Suez, una ruta que une el mar Mediterráneo con el mar Rojo, se construyó a mediados del siglo XIX con el aliento francés y la oposición británica, que tardó unos años en verle las ventajas. Ambos países ganaron con la operación facilidades comerciales y más influencia en Asia y África. No obstante, una de las naciones que de rebote más beneficios obtuvo con el canal fue España, que sintió la lejana Filipinas, en otro tiempo conectada a la metrópolis a través de México, más cerca que nunca.

Puede que España no tuviera una participación directa en el proyecto de Suez, pero son muchos los vínculos históricos que le unen a las obras de forma directa o

indirecta. Sin ir más lejos, el ingeniero civil Cipriano Segundo Montesino formó parte de la Comisión Técnica Internacional para el Estudio y Construcción del Canal de Suez que, en 1855, fue creada para valorar si el proyecto era viable o no. El español redactó una memoria oficial sobre la unión del mar Rojo y el mar Mediterráneo: ‘El Rompimiento del Istmo de Suez’, publicada en 1857.

Dibujo del canal en 1881.

El gran promotor del canal, el francés Ferdinand de Lesseps, era hijo de una española llamada Catherine de Grévignée, procedente de Málaga. De Lesseps era un visionario que abogaba por conectar todos los pueblos del mundo a través de puentes, canales y caminos y su mano estuvo detrás tanto de la construcción del Canal de Suez como el de Panamá. El primero le convirtió en uno de los hombres más amados de Francia, mientras que el segundo, que no pudo terminar y cuya suspensión provocó todo un terremoto financiero, le elevó a la categoría de villano.

No se puede decir que el francés mantuviera grandes lazos con el país de su madre, pero fue gracias a él que Eugenia de Montijo, con la que estaba emparentado, se introdujo en la alta sociedad de París. Allí conoció a Carlos Luis Napoleón, el futuro Napoleón III, que cayó inmediatamente prendido por los encantos de la granadina. Frente a aquel eminente enamorado que le sacaba dieciocho años, la española resistió el cortejo y exigió que si quería una dosis de Montijo debía ser mediante matrimonio. Cuando dos años después se proclamó emperador, Napoleón no tardó ni un mes en casarse con la noble granadina. Varios miembros de su dinastía le reprocharon, como Matilde Bonaparte, la prima con la que también estuvo a punto de desposarse, que «uno se acuesta con una señorita Montijo, no se casa con ella».

La estrella de Montijo

Precisamente Eugenia de Montijo fue quien acudió, en calidad de consorte del Emperador de Francia, a la inauguración el 17 de noviembre 1869 del Canal de Suez. La emperatriz Eugenia fue la estrella principal dentro de la constelación de miembros de las monarquías europeas y líderes de opinión que viajaron a Egipto para un evento que, entre otras cosas, pretendía ensalzar la gloria del Segundo Imperio francés. Más de mil notables, aparte de una infinidad de visitantes, periodistas y cronistas, escenificaron el encuentro entre Oriente y Occidente.

Napoleón no pudo viajar por problemas políticos y de salud, de manera que la emperatriz lo representó con enorme eco en la prensa, que no dejó de reparar en el estilo lujoso de todos sus vestidos. La española encargó al célebre diseñador de moda Charles Frederick Worth más de cien vestidos para la ocasión y a la marca Louis Vuitton, un baúl Guardarropa de grandes dimensiones. En el acto de inauguración vistió de color verde Nilo, una tonalidad diseñada también por y para ella.

Lesseps, fotografiado por Felix Nadar

Eugenia de Montijo no fue la única española en esos primeros días de estreno en Suez. El representante oficial de España en la inauguración fue el ingeniero de Caminos Eduardo Saavedra, entonces Director General de Obras Públicas y Comercio, que años después tomó parte en la Comisión Internacional para ampliar el canal progresivamente hasta alcanzar los nueve metros de profundidad que tenía en diciembre de 1898. Por su parte, el comandante Alejandro Arias Salgado estuvo al mando del primer barco español (‘La Berenguela’) en el momento en que cruzó el Canal de Suez representando a España.

Se da la curiosidad de que el barco era demasiado grande y fue necesario quitar a toda prisa el velamen y toda la artillería. Una vez despojada de esos pesos logró pasar, sin otras embarcaciones, y luego continuó hacia Manila, territorio español en aquel momento.

«Muchas cualidades tienen los franceses; pero les suele faltar la perseverancia, y esa constancia contra la adversidad se la dio a Lesseps la sangre española que circula por sus venas»

El hecho de que España no tuviera ya que bordear el sur de África o dar la vuelta al mundo, como hizo Elcano, para llegar y volver de Filipinas situó al Canal de Suez desde su construcción en un punto estratégico para el país ibérico. Los 11.649 kilómetros entre Madrid y Manila a través del canal eran, al fin, una distancia asequible. En una declaración realizada en nombre de España, el diputado Eugenio de Salazar y Mazarredo recordó en las cortes lo que España ganaba:

«En ese extremo Oriente, que acaba de abrir sus puertas al comercio universal, fuimos los primeros que entablaron relaciones de paz y amistad. El Japón enviaba una misión a Manila en 1601, y dos años después aquel país tan suspicaz, que no ha querido tratar hasta hace poco con otra nación que la holandesa, no solo abría a nuestra bandera el puerto de Nagasaki, sino que admitía en Yeddo un convento de agustinos, que desde Manila fueron los centinelas avanzados de Europa y de la religión católica.

Muchos nos hemos descuidado desde entonces; hemos dejado que otros pueblos de Europa se nos adelanten; pero la fuerza de las cosas nos abre al fin los ojos; y hoy, no solo entablamos de nuevo relaciones con aquellos países, sino que está en la conciencia de todos que si Australia, Nueva Zelanda y las colonias holandesas de Java y de Borneo son muy importantes, a ninguna cede en riqueza y en porvenir nuestro imperio filipino. Por eso conviene que nuestras Autoridades sean allí modelo de tacto y de prudencia; y por eso conviene que nos comuniquemos pronto con Manila por medio de la electricidad y por medio del Canal de Suez».

Esta misma declaración sirvió a España para recordar al mundo la sangre española del promotor del proyecto y, de paso, desmontar la mala fama de nación atrasada que ya cargaba el país, cual costalero de Semana Santa, en esas fechas:

«Muchas cualidades tienen los franceses; pero les suele faltar la perseverancia, y esa constancia contra la adversidad se la dio a Lesseps la sangre española que circula por sus venas. Su madre era española, natural de Málaga, y al premiar hoy al hombre insigne cuya obra han contribuido a solemnizar con su presencia soberanos de toda Europa y diputados compañeros nuestros, darán una prueba evidente de que esta que llaman atrasada e ingrata España se asocia a la corriente de la civilización, palpita con ella, y recompensa en quien lleva sangre española, a tantos ilustres varones que solo encontraron en los pasados tiempos desvío y menosprecio».

 

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