Historia

Diarios de la barbarie: así contaron la Guerra Civil y el Holocausto los niños que los sufrieron

Refugiados
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Israel Viana – ABC

«De todos los sufrimientos que padeció el pueblo judío en la Segunda Guerra mundial, la memoria no retiene ya apenas más que un nombre: el de Ana Frank. ¿Quién es esta muchachita?», se preguntaba en ABC el periodista Adolfo Prego, padre de la escritora Victoria Prego, en 1957. Tan solo habían pasado 12 años desde la muerte en el campo de concentración de Bergen-Belsen de la víctima más famosa del Holocausto nazi y en España ya se hablaba de ella. Y eso que su diario todavía no había adquirido la importancia que hoy tiene, tras haber sido declarado patrimonio de la humanidad por la Organización de las Naciones Unidas.

La joven alemana de ascendencia judía había dejado constancia

de los dos años y medio que pasó ocultándose de los nazis, con su familia, en Ámsterdam. Una vez fueron descubiertos en su escondite, fueron llevados a distintos campos de concentración. Ella fue al de Auschwitz, en primer lugar, y al de Bergen-Belsen, después, donde falleció de tifus a mediados de febrero de 1945. Solo faltaban dos meses para que este campo fuera liberado, pero su cuerpo no aguantó.

A lo largo del siglo XX, sin embargo, hubo muchas otras Ana Frank. Algunas, incluso, de conflictos mucho más recientes como la guerra de Irak o más cercanos a nosotros como la Guerra Civil, aunque ninguna de ellas se hiciera tan famosa. La mayoría, cayeron en el más absoluto olvido, como le ocurrió a Conxita Simarro. Esta niña nacida en Tarrasa, el 23 de abril de 1927, empezó a escribir su diario con 11 años, a principios de 1938, poco antes de salir de Barcelona con sus padres y su hermana, huyendo de los bombardeos franquistas que asediaban la ciudad.

Siete cuadernos

Aunque su padre había sido policía secreto, durante la Guerra Civil ya solo se dedicaba al comercio. Sin embargo, seguía siendo de ideas republicanas y decidió alejar a su familia de la capital catalana para refugiarse provisionalmente en el municipio de Matadepera, sin saber que poco después se vería forzado a cruzar la frontera hacia Francia con su familia. Todas esas experiencias las plasmó Conxita en su diario, con un estilo infantil e ingenuo, pero realista a la vez, que ocuparon siete cuadernos o libretas.

Refugiado

«He permanecido tanto tiempo sin escribirte, porque papá, al ver que los alemanes avanzaban de esa forma hacia Perpignan, tuvo miedo de que hicieran un destrozo enorme y decidió hacer los preparativos para irnos a España. La decisión no le gustaba mucho, porque ya sabemos: lo menos que puede pasarle es unos cuantos añitos en la cárcel. Aún así, estaba decidido a no esperar a los alemanes y aquí nos tienes, rompiendo papeles y documentos que al nuevo gobierno de España no le gustarían», contaba el 19 de agosto de 1940.

Tres días después, su padre fue finalmente detenido y, antes de ser enviado a los campos de concentración de Argelés, Bram y Montolieu, cuando se encontraba en comisaría, su hija escribe: «Mi papá me dijo que fuera a ver sin falta a monsieur Lamben (comisario especial de la Policía), que es muy amigo suyo, para que le explicara el caso por si podía sacarlo o hacer algo. Y me encomendó, sobre todo, que anime mucho a mamá para que no se ponga triste. También me dijo que creía que hoy, a primera hora de la mañana, le llevarían a un campo de Perpignan, pero no por muchos días, porque después lo querían llevar a la zona ocupada por los alemanes para hacerlos trabajar. Esta mañana fui a ver a monsieur Lamben y me dijo que no sabía si podría hacer algo».

Sin dinero

La Guerra Civil y los avatares de la Segunda Guerra Mundial son, por lo tanto, la constante preocupación de Conxita en sus diarios, y en ellos quedan reflejados los bombardeos, las muertes, los reclutamientos, el sufrimiento de los refugiados, la presencia de hombres mutilados, heridos y enfermos, el hambre, la obligación de trabajar para los soldados y hasta el miedo de que alguien destruya lo que ha escrito.

Su padre pasó internado y en condiciones penosas hasta la Navidad y, finalmente, fue puesto en libertad. La angustia, sin embargo, no desapareció inmediatamente, según cuenta la niña en su diario, el 22 de diciembre: «La otra noche entré a la cocina y vi a papá y mamá que hablaban muy bajito. Al verme entrar, me dijeron que se nos está acabando el dinero, porque papá no gana lo suficiente. La única solución es irnos a España o América, pero que si íbamos a España, deberíamos irnos nosotras solas, ya que en América todos juntos nos exponemos a muchas calamidades si él no encuentra trabajo. Desde España, mi tío José ya nos había dicho que si queríamos ir nosotras, no nos faltaría de nada».

Finalmente, se marcharon todos a México, donde Conxita interrumpe su escritura el 11 de septiembre de 1944. Nuestra Ana Frank fallecerá en Ciudad de México, en 1988, sin regresar nunca a España. Cuenta su hija Rita que, cuando murió su madre, su hermana María de la Cruz guardó las libretas y cuadernos, así como otros documentos, cartas y fotografías familiares, hasta su publicación en el libro ‘Diario de una niña en tiempo de guerra y exilio (1938-1944)’ (UNED, 2017), de Susana Sosensky y Martí Soler.

Otros diarios de la Guerra Civil

Sobre la Guerra Civil y el exilio de 1939 se han publicado una gran cantidad de memorias, pero solo hay dos diarios más escritos por menores que han llegado a publicarse. El primero es ‘Madrid 1938: Diario de un niño en guerra’ (Sepha, 2012), cuyo autor es José Luis Barceló, que falleció en 1991. Cuando comenzó a redactarlo, inducido por su padre, tenía 16 años. Vivía en pleno barrio de Salamanca, en un Madrid asediado por las bombas desde hacía año y medio, por lo que es un testimonio perfecto de cómo era el día a día en medio del conflicto.

El segundo es el de Encarnació Martorell: ‘Con ojos de niña. Un diario de la Guerra Civil española’ (Plaza & Janés, 2009). La autora tenía 12 años cuando estalló la guerra y comenzó a redactarlo en forma de relatos cortos. «¡Menudo espectáculo! Gente en los balcones y las ventanas, un tránsito enorme, un tiroteo constante. Los autos llevan pintadas las letras CNT-FAI o bien UGT, AIT y muchas otras», apuntaba en su primera anotación, el 19 de julio de 1936, un día después de iniciarse el conflicto. Al final se incluye un Epílogo donde explica por qué interrumpió aquellas memorias de manera brusca: por la muerte de su amigo Pepe Bueno, «su primer amor», en un bombardeo. A raíz de esa tragedia, dejó de tener sentido para ella desahogar sus sentimientos a través de la escritura.

Diarios del Holocausto

Es sobre todo en la Segunda Guerra Mundial donde encontramos diarios escritos por niños que jamás tuvieron la relevancia del de Ana Frank. La historiadora Laurel Hollyday lamentaba que así fuera, en relación al Holocausto, en el libro ‘Children’s Wartime Diaries: Secret Writings from the Holocaust and World War II’ (Piatkus, 1996): «Tal vez fue cuanto podíamos soportar: el considerar a Anne Frank como representativa de los muchachos que vivieron el Holocausto y el pensar solo a través de ella la vida de esos jóvenes durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, en cierto sentido, Anne Frank no ha sido representativa de los adolescentes que sufrieron la guerra y el Holocausto. Ella estuvo escondida y no vivió la experiencia de las calles, los guetos o los campos de concentración, como fue el caso de millones de muchachos en toda Europa».

Jacob Boas, que nació en un campo de concentración y sobrevivió a él, opinaba de manera parecida en una entrevista que le hicieron cuando publicó ‘We Are Witnesses: Five Diaries of Teenagers Who Died in the Holocaust’ (Square Fish, 1995): «En el centro del Holocausto en San Francisco hay decenas de miles de libros sobre el Holocausto. Allí me topé con una serie de diarios de guerra desconocidos y escritos por niños judíos. Me parecieron muy hermosos y conmovedores y me pregunté por qué no han llegado a ser tan conocidos como el de Frank. Ella es la figura determinante para nuestra visión de la guerra y el asesinato de millón y medio de niños. Desde un punto de vista histórico, no es correcto. Comparando su diario con los otros cuatro, se ofrece una imagen mucho más acertada».

Otros diarios de adolescentes inmersos en otros conflictos bélicos del siglo XX han sido incluidos en antologías, algunos menos se han editado de forma individual y la mayoría se conservan inéditos en archivos o centros de documentación, sin contar los que no han salido del ámbito familiar. En el primer caso podemos citar ‘Voces robadas. Diarios de guerra de niños y adolescentes desde la Primera Guerra Mundial hasta Irak’ (Ariel, 2007), de Zlara Filipovic y Melanie Challenger, que reúne trece diarios de diez muchachas y tres jóvenes de entre 12 y 21 años, cuyas vidas quedaron marcadas no solo por los conflictos mundiales, sino también por otros episodios violentos como la Segunda Intifada entre israelíes y palestinos.

En el segundo tipo, uno de los más sobrecogedores es el diario de Petr Ginz, un joven cuya vida se truncó con 16 años en la cámara de gas de Auschwitz en 1944. En su diario recoge los dos años que estuvo en el gueto de Terezin. Fue su hermana quien lo descubrió, junto con otros relatos, poemas y dibujos realizados por él, y preparó la publicación de su ‘Diario de Praga’ (Acantilado, 2006). «Me encontré con una señora que se parecía más a la muerte que a un ser humano», escribió el 6 de octubre de 1941, poco antes de que anunciara en casa: «Mamá, no te asustes, me ha tocado el transporte». A su madre solo le bastó escuchar esa palabra para romper a llorar, porque sabía que su hijo se marchaba en uno de esos trenes que se llevaban a los judíos a un lugar del que pocas veces regresaban.

Tanya Savicheva, que con diez años sufrió el sitio de Leningrado junto a su familia y vio a su hermana morir. El mismo día de su fallecimiento, su madre le regaló un pequeño cuaderno en el que escribió un breve diario de sólo nueve páginas donde recogió la muerte de los demás miembros de su familia. En la página 8 anota: «Murieron todos». Y aunque ella fue rescatada junto con otros niños, en agosto de 1942 murió de tuberculosis intestinal, en 1944, con 14 años. Este cuaderno se conserva en el Museo de Historia de San Petersburgo donde también se le erigió un Memorial.

 

 

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