Historia

Día D: el emotivo homenaje a los soldados que murieron en la ‘Sangrienta Omaha’ en la IIGM

Ocho décadas después del Desembarco de Normandía, son cientos los homenajes que se hacen en las playas cada junio; uno de ellos, repetido cada año, se ha convertido en viral en las últimas horas

Apenas se extiende un minuto, pero ya cuenta con más de un millón de visualizaciones. El vídeo en cuestión es un claro ejemplo de cómo, casi ocho décadas después, la historia pervive y es imborrable: un veterano limpia, con arena de la playa de Omaha (apodada ‘la sangrienta’ por la ingente cantidad de bajas que sufrieron los aliados el 6 de junio de 1944) el nombre grabado en la cruz que recuerda a uno de sus compañeros. El lugar es el cementerio estadounidense de Normandía, la región que fue testigo de los míticos desembarcos que abrieron el denominado ‘segundo frente’ y que ayudaron a cerrar el ataúd de un nazismo ya herido de muerte, pero dispuesto a combatir

hasta el último hombre para evitar la caída de la esvástica.

Sin embargo, este corto muestra tan solo uno de los muchos homenajes que, a lo largo de junio, se organizan en la costa de Normandía con el objetivo de recordar a los más de diez mil combatientes que los aliados contabilizaron como bajas en apenas una jornada. «Hoy, Normandía se ha convertido en el parque temático por excelencia de la Segunda Guerra Mundial. Por lo menos, en territorio europeo. Es increíble el movimiento y la ingente cantidad de personas que, al menos hasta la pandemia, visitaban el lugar en verano», afirma a ABC el divulgador histórico Pere Cardona, coautor –entre otras tantas obras– de ‘Lo que nunca te han contado del Día D’ (Principal, 2018) y de la web ‘Historias Segunda Guerra Mundial’.

 

Sabe de lo que habla, pues visitó, junto a un grupo de recreadores e historiadores, el enclave antes del Covid; cuando las playas del mítico Desembarco de Normandía rezumaban vida. «El gobierno francés y los propietarios de museos privados consiguen mantener vivo el recuerdo entre la sociedad y los miles de visitantes que viajan hasta allí». Aunque, como señala, la pieza central de los homenajes son siempre los veteranos; cada vez menos, pero a los que se trata como una suerte de estrellas del ‘rock’.

Quizá el ejemplo más claro sea la plaza de Carentan, una de las ciudades liberadas por los soldados aerotransportados estadounidenses en su camino hacia el interior del país. Allí son recibidos, año tras año, por miles de personas que les jalean y esperan con ansiedad sus discursos.

«Tras un evento llamado la ‘Carentan Liberty March’, en el que decenas de recreadores recorren varios kilómetros ataviados como los paracaidistas norteamericanos, los veteranos se suben a un estrado para contar sus vivencias a los presentes», afirma. Describir la calidez con la que son recibidos por la multitud es imposible. Estremece como mínimo. Los aplausos resuenan y solo se detienen en el preciso instante en el que el primer anciano se acerca al micrófono del escenario. La atención es entonces máxima. Los padres elevan a sus pequeños sobre los hombros para que disfruten de esos héroes. Y ni siquiera ellos musitan palabra hasta que el soldado dice la última palabra.

Dos veteranos, durante la celebración del 73 aniversario del Día D, en Francia – Pere Cardona

«En Normandía, los veteranos son auténticos héroes. Para ellos son la gente que les llevo a la libertad. Muestran un gran respeto hacia lo que hicieron y les recuerdan sus gestas». Y no lo hacen solo en eventos concretos. Los afortunados que han pasado varios días en Normandía saben que los corrillos son sinónimo de que un viejo soldado anda cerca. Los visitantes se acercan, preguntan al anciano por sus vivencias y, sobre todo, le muestran sus respetos.

«En Arromanches, por ejemplo, vi a tres veteranos de la RAF inglesa sentados en un banco al lado del puerto. Muchos se paraban a saludarles. No buscaban solo el ‘selfie’, les agradecían lo que su generación había hecho por ellos. Y podías ver en sus ojos el orgullo».

Cardona recuerda un momento en especial, acaecido junto a Sant Mére-Eglise, la iglesia que se convirtió en el centro del aterrizaje de paracaidistas estadounidenses durante el Desembarco de Normandía y que, en la actualidad, acoge uno de los mejores museos de la zona, el ‘Airborne Museum’. «Vi a un veterano llamado Jack Port. Iba en silla de ruedas rodeado de gente. Me acerqué a él y me explicó que había sido uno de los primeros en desembarcar en Utah. Narró el infierno que le había supuesto la travesía en la lancha de desembarco». El divulgador quiso hacer una última pregunta: «¿Qué es lo que jamás olvidará de aquel día?». «Me apretó fuerte la mano y, con lágrimas en los ojos, me dijo…. “a mis compañeros”. Ambos nos dimos un emotivo abrazo».

A todo ello se suman los respetos que, cada veterano, a nivel individual, presenta a sus compañeros. «En el cementerio de Omaha pudimos ver a un viejo soldado rezando junto a la tumba de su amigo. Iba acompañado de dos highlanders escoceses que tocaban sus gaitas para despedirse de él», añade Cardona. Tampoco es extraño ver ramos de flores en los hoyos provocados por las bombas.

Pero estos homenajes improvisados no son los únicos que pueden verse en Normandía. Durante la semana de junio aquello se transforma en una fiesta en la que colabora desde la fuerza aérea (que lanza paracaidistas en las cercanías de Saint Mére-Eglise) hasta actos orquestados por los gobiernos germano y galo.

Sangrienta Omaha

Desde el principio, Omaha (la playa que ha saltado hoy a la actualidad gracias al vídeo del homenaje) supuso un severo problema para los Aliados. No ya por los obstáculos que había ordenado establecer en la arena Erwin Rommel, sino porque los acantilados que la rodean hacían casi imposible su conquista desde el Canal de la Mancha. Por ello, el general Omar Bradley (a cargo de las operaciones americanas) decidió que la 1ª División, fogueada en África, lideraría el ataque. No había mejor unidad para hacerlo, pues, ya por entonces, se decía que estos hombres eran tan letales que parecía que el ejército de las barras y las estrellas estaba formado por ellos y «diez millones de jodidos reemplazos» más. Junto a ella destacó a la novata 29ª División.

El 6 de junio, los soldados comenzaron a embarcar a las tres de la madrugada. La primera oleada, apodada la «ola del suicidio» por causas obvias, contaba con un millar y medio de jóvenes que embarcaron atemorizados y con el estómago revuelto por el copioso desayuno que habían tomado. La mayoría eran chicos de apenas 20 años. «Id a por ellos, sinvergüenzas», bromeó un oficial para insuflarles ánimos. Pero no estaban para chascarrillos.

Desembarco en la playa de Omaha, en junio de 1944

Entre vómitos, los primeros combatientes pisaron la arena a las seis y media bajo el asombro de los alemanes. «Deben de estar locos», musitó uno de los oficiales a cargo del puesto de defensa WN62. En pocos minutos, el ataque se convirtió en una carnicería. «Pobres infelices, se dirigen hacia un matadero», escribió años después Heinrich Severloh, más conocido como «la bestia» por haber causado 2.000 bajas.

A las siete, cuando llegó la segunda oleada, los soldados se habían quedado bloqueados y se negaban a avanzar. Bradley, desde su puesto de mando en el ‘USS Augusta’, pensó que el desastre estaba al caer. «Fue una pesadilla […], un momento de gran angustia», escribió en sus memorias. Llegado el momento, el oficial tuvo que tomar una dura decisión: ordenar la retirada hacia las lanchas, o seguir alimentando aquella matanza. Sabedor de que perder Omaha era perder Normandía, se negó a abandonar.

Como revulsivo envió a dos oficiales que hicieron que las tropas superaran el terror que les provocaban las balas. Uno de ellos era Norman Cota, famoso por haber sido visto en la arena con un puro apagado en la boca mientras tarareaba una canción para tranquilizarse. «¡Levanta el trasero de ahí y sal de la playa!», gritó una y otra vez.

«Nunca deben ser olvidados. Todos los que pusieron un pie en la playa ese día fueron héroes»

Sus alaridos funcionaron y los estadounidenses comenzaron a avanzar liderados por los ‘Rangers’, las fuerzas especiales de la época. Estos lograron abrir brechas en el alambre de espino y acabar con los defensores a costa de muchas vidas. Aquel día, todos colaboraron para evitar el desastre. Los mismos buques se acercaron lo que pudieron a la costa para disparar contra las casamatas teutonas. Omaha fue conquistada tres horas después. Aunque no toda. Un último puesto, el Widerstandnest 62, no se rindió hasta las tres de la tarde.

Para entonces, las bajas norteamericanas ascendían a cuatro millares, más del doble de las que lamentarían los canadienses en Juno (el segundo sector con más heridos y muertos). La actuación en la playa la definió a la perfección el propio Bradley: «Nunca deben ser olvidados. Todos los que pusieron un pie en la playa ese día fueron héroes».

 

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