Historia

Cuando el gran héroe de la II República salvó al futuro general de la División Azul

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Manuel P. Villatoro

En 1937, y gracias a la mediación de José Miaja, Agustín Muñoz Grandes fue indultado y liberado del presidio

Si de algo podía presumir Adolf Hitler era de no valerse de piropos huecos para ganarse el apego de sus allegados. Ya fuera por ocupar la poltrona del Tercer Reich, ya fuera por mera y cruda sinceridad, el «Führer» no tenía la costumbre de adular en vano. Y en realidad tampoco lo necesitaba. Por ello, es fácil suponer que las palabras que espetó al general Alfred Jodl mientras ambos disfrutaban de una copiosa cena el 7 de julio de 1942 fueron del todo francas: «Será difícil encontrar a personas capaces de resolver la situación política española. Debemos promover tanto como podamos la popularidad de Muñoz Grandes, que es un hombre enérgico, y por ello el más adecuado».

Hitler conocía la inclinación política de Agustín Muñoz Grandes. O, al menos, su interés en que España se lanzase de bruces al turbio lago que suponía la Segunda Guerra Mundial. Veía en él a un líder más versado que Francisco Franco en muchos campos y, por si fuera poco, estaba convencido de que su mando en la División Azul había sido ejemplar. «En la primera ocasión, condecoraré a Muñoz Grandes con la Cruz de Hierro con Hojas de roble y brillantes. Será una buena inversión. Los soldados, sea cual fuere su origen, se entusiasman siempre por un jefe valeroso», afirmó en otra de sus largas sobremesas de 1942.

                                                                                     La Gaceta republicana del 22 de abril de 1937, con el indulto a Muñoz Grandes

Ese mismo Muñoz Grandes, el hombre que se convirtió en uno de los políticos más destacados del franquismo tras ser nombrado secretario general de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (cargo tan extenso como transcendental), fue también el oficial que, años antes, en 1937, evitó por arte de magia la prisión después de ser capturado por las tropas republicanas. ¿Cómo pudo ser posible? Parece un chiste, pero no. La respuesta hay que buscarla en las simpatías que mantenía con el alto cargo republicano José Miaja, famoso durante la Guerra Civil por su ruda defensa de la capital.

Así lo afirmó el fallecido historiador Fernando Díaz-Plaja en una recopilación de artículos históricos publicados en 1996 sobre la Guerra Civil española. En un dossier dentro de dicha obra, el experto desveló que el general Miaja intercedió por Muñoz Grandes y se valió de su rango para que el Tribunal Supremo anulara la pena de nueve años de prisión impuesta al militar por -en palabras del organismo de la Segunda República– no combatir la sublevación militar del 17 de julio. O, en otras palabras, apoyarla de facto, aunque no de hecho. Sus palabras hicieron que se le concediera el indulto al mismo militar que, en cuanto tuvo oportunidad, huyó a territorio sublevado para unirse a las filas de Francisco Franco.

¿Republicano convencido?

Hallar el germen de esta historia requiere retrotraerse en el calendario hasta la primera década del siglo XX. Fue entonces cuando, según desvelan los historiadores Rafael Casas de la Vega y Luis E. Togores Sánchez en un perfil biográfico sobre el futuro general de la División Azul elaborado para la Real Academia de la Historia, el madrileño Agustín Muñoz Grandes comenzó a despuntar como oficial en los Regulares de Ceuta primero, y de Tetuán después. Afirman los expertos que, por entonces, demostró su valor al combatir siempre en vanguardia junto a sus hombres. Conquistar «blocaos», entrar en poblados enemigos…

Todas estas acciones quedaron grabadas en su ficha, aunque entre las más destacadas se contó la toma de Xauen, explicada de esta guisa por la Comandancia Militar de Ceuta en la época:

«Aún no repuesto de sus heridas, continuó las operaciones, y al frente de su compañía entró el primero en Xauen; el 21 de octubre fue herido en los primeros momentos y, al frente de su compañía, desalojó al enemigo de una posición que ocupaba, siendo herido por segunda vez en ese día, figurando en los partes como distinguido».

                                                                                                                                          Muñoz Grandes

Fue una de muchas. Su extensa hoja de servicios y la ingente cantidad de medallas obtenidas hicieron que, con la llegada de la Segunda República, se mantuviera en servicio tras jurar que serviría al nuevo orden constitucional. Con todo, no fue hasta la llegada del gobierno de Alejandro Lerroux y la caída de Manuel Azaña (allá por 1933) cuando le fue concedido el mando de la Guardia de Asalto, una policía ideada -al menos en sus orígenes- para mantener el orden en el seno de las ciudades. No le duró mucho el cargo. Menos de dos años, para ser más concretos, y en 1935, tras diferir con los mismos políticos que le habían elevado hasta la poltrona, fue destinado otra vez a Marruecos.

A partir de aquí comenzó su desafección con la Segunda República. Afirman los expertos españoles que, aunque todavía no se puede probar, se sospecha que en Marruecos se reunió con los militares que organizaban, poco a poco, un golpe de Estado contra el gobierno. Algo debió pergeñar porque, el 24 de julio, apenas una semana después de que comenzase la sublevación, fue detenido en Madrid acusado de no haber ordenado a sus tropas mantenerse leales. Fue condenado a nueve años de prisión. Con todo, en los siguientes meses tuvo suerte. «Estuvo internado en la cárcel Modelo, en la que salvó la vida a pesar de los numerosos fusilamientos que mermaron a la población carcelaria», completan los autores.

La prueba del (no) delito

La prueba de que Miaja intercedió por el militar frente a la Segunda República se halla en el número 112 de la «Gaceta republicana». El que fuera el Boletín Oficial del Estado de la época publicó, el 22 de abril de 1937, una resolución firmada por seis magistrados del Tribunal Supremo (Mariano Gómez, Demófilo de Buen, Alberto de Paz, José María Álvarez, Dionisio Terrer, Vidal Gil y Carlos de Juan) en la que se dirimía la validez del «expediente de indulto tramitado a instancia del coronel de infantería Agustín Muñoz Grandes, condenado […] como autor de un delito por omisión […] a la pena de nueve años de prisión militar mayor», a la «separación del servicio» y a la «suspensión de todo cargo y del derecho de sufragio durante el tiempo de condena».

                                                                                                                         El general Miaja, en 1937 – ABC

Para empezar, en la resolución publicada en la «Gaceta» se especificaba, como una forma de subrayar la convicción republicana de Muñoz Grandes, que «las fuerzas de Asalto que custodiaban al procesado» solicitaron una y otra vez al abogado del militar que hiciese todo lo posible para «obtener una sentencia absolutoria». Al parecer, porque «no podían dejar de desconocer que el coronel Muñoz Grandes, al frente de los Guardias de Asalto, fue para todos un camarada y un amigo que supo mantener la disciplina, sin olvidar jamás los respetos debidos a las personas». En este sentido, se especificaba también que había demostrado una actitud envidiable mientras se hallaba entre rejas y que estaba demasiado enfermo como para permanecer encerrado:

«No consta en su expediente personal ninguna nota desfavorable, habiendo observado buena conducta, intachable y caballerosa. […] Y se acredita por certificado médico […] que padece desde hace tiempo un proceso prostático con repetidas hematurias, por haber sido operado de nefrortomía, lo que obligó a trasladarle a la enfermería».

«No consta en su expediente personal ninguna nota desfavorable, habiendo observado buena conducta, intachable y caballerosa»

A continuación, y como segundo plato, el fuerte del menú, la resolución dejaba cristalino que el general Miaja (un militar que Paul Preston define en sus obras como «fanfarrón y risueño», pero también como el puntal sobre el que se sustentó la defensa de Madrid en las navidades de 1936) había intercedido por Muñoz Grandes.

«En la misma fecha de los escritos antes mencionados —día primero del mes de abril— se dirigió a la Presidencia de la Sección Delegada de este Tribunal Supremo en Madrid el General Jefe del Ejército del Centro, Exco. Sr. don José Miaja, […] para decir qué el Ejército de la República, por circunstancias de todos conocidas, necesita jefes que, a su probada competencia, [… hayan] demostrado lealtad a la República. […]. Estimando que tales circunstancias concurren en el coronel don Agustín Muñoz Grandes, que se encuentra privado de libertad en cumplimiento de condena, pudiendo prestar inmediatamente servicio, [… promueve] el indulto de la pena a que el mencionado jefe fue condenado».

Indultado

Por todo ello, aunque sobre todo gracias al testimonio de Miaja, el Tribunal Supremo decidió indultar a Muñoz Grandes de un delito registrado en el artículo 252 del Código de Justicia Militar. Un apartado que, en la práctica, servía para reprobar la conducta de los oficiales que no habían usado todas las medidas a su alcance para detener la rebelión de las fuerzas a su mando. La justicia republicana aducía también que, al haberse visto obligado a permanecer en su casa por enfermedad, el coronel no había podido conocer que sus hombres se habían unido a la sublevación orquestada el 17 de julio de 1936 por generales como el mismísimo Francisco Franco.

                                             Alcalá de Henares (Madrid), noviembre de 1937. Juan Negrín, Manuel Azaña, el Campesino y el general Miaja en Alcalá de Henares – ABC

«Concurren a favor del sentenciado poderosas razones de equidad y de conveniencia que aconsejan su indulto, por tratarse de un militar cuyo republicanismo consta a sus jefes y cuyos servicios al Ejército pueden ser altamente aprovechables en las actuales circunstancias, habiendo sido fidedignamente informado de ello la Fiscalía General de la República».

Según Díaz-Plaja, la amistad entre ambos se remontaba a los años que pasaron en la Unión Militar Española, un grupo creado para protestar, en la clandestinidad, contra las reformas militares de Manuel Azaña. En todo caso, y más allá de las razones, Miaja quedó en evidencia cuando, poco antes de que se hiciera público el indulto, Muñoz Grandes aprovechó un viaje para escapar hasta la zona Nacional. El resto es de sobra conocido. Tal y como explican Casas de la Vega y Togores, en apenas cinco días ya se hallaba al cargo de la 2ª Brigada de Navarra. Allí comenzó una extensa carrera militar que le llevó, como es sabido, hasta Rusia en la Segunda Guerra Mundial de manos de la División Azul.

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