Historia

Cadáveres incómodos: la profanación de las tumbas de los genocidas y dictadores más crueles del siglo XX

Sabiendo que podían ser objeto de ataques de las víctimas, muchas de sus familias ocultaron sus restos o borraron sus nombres de las lápidas, pero no siempre los consiguieron y algunos cadáveres fueron robados o sus lápidas destrozadas

Los restos de los dictadores, genocidas y políticos de dudosa moral han sido siempre un estorbo para los regímenes democráticos, sobre todo cuando sus víctimas todavía están vivas. En primer lugar, porque los gobiernos no pueden hacerlos desaparecer, para evitar que sus tumbas se conviertan en un lugar de peregrinación de los nostálgicos o, por el contrario, que sean profanadas y atacadas, abriendo heridas del pasado que intentan cerrarse.

Esto último lo sabe muy bien, por ejemplo, la familia del dictador argentino Jorge Rafael Videla, condenado por los crímenes de lesa humanidad cometidos por su régimen militar entre 1976 y 1981. Cuando murió en prisión a los 87 años, en 2013, el periodista Jorge Kostinger difundió un texto en

el que se dirigía a esta: «Ahí está el cadáver, llévenselo. Que les conste que lo reciben sin quemaduras ni moretones. Podríamos haberlo golpeado al menos, pero nosotros preferimos no hacerlo, como sí hizo este cuerpo que ustedes van a enterrar. No lo tiramos desde un avión, no lo animamos a cantar con descargas de picana. No fue violado ni lo fusilamos. Tampoco lo mezclamos con cemento. Acá tienen el cuerpo».

Se refería el periodista a las «7.000 u 8.000 asesinatos» cometidos entre 1976 y 1983, que el exdictador confesó un año antes de morir. «No había otra solución —explicó al también periodista Ceferino Reato, autor de ‘Disposición Final’—. En la cúpula militar estábamos de acuerdo en que era el precio que había que pagar para ganar la guerra contra la subversión y necesitábamos que no fuera evidente, para que la sociedad no se diera cuenta».

Evitar las profanaciones

Cómo como de todo eso eran muy conscientes los argentinos, el cuerpo del dictador permaneció en la morgue una semana sin que su familia fuera a recogerle o hiciera ningún tipo de declaración. Mientras tanto, los vecinos de su ciudad natal, Mercedes, a 100 kilómetros de Buenos Aires, se manifestaban contra la posibilidad de que Videla fuera a parar al panteón familiar del cementerio local. «Mercedes no quiere transformarse en depositario de los restos del mayor genocida argentino, ni en centro de peregrinaje del fascismo», argumentaban en sus pancartas y cartas abiertas a las instituciones públicas, amenazando con no dejar descansar a sus restos si así sucedía. al «asesino que justificó hasta el último de sus días las atrocidades cometidas y se negó al más mínimo arrepentimiento.

Finalmente, la familia del dictador consiguió ocultar el destino del cuerpo, para evitar las posibles profanaciones. Lo enterraron con sigilo en un cementerio privado a las afueras de Buenos Aires. Años después se supo que sus restos se escondían bajo una lápida identificada como ‘Familia Olmos’. A solo 500 metros se encontraba otra losa de mármol con nombre falso que ocultaba a Emilio Massera, el creador de la ESMA, uno de los principales centros de tortura de la dictadura argentina.

No todos corrieron tanta suerte. El caso más conocido es el de Mussolini, cuyo cadáver se pasó años perdido, escondido en una tumba anónima, en el maletero de un coche, en una pequeña caja, debajo de un altar en un convento desconocido y hasta en un armario. El ‘Duce’ no descansó el día que fue fusilado por un grupo de partisanos en Dongo, el 28 de abril de 1945, ni después de que su cuerpo —y el de su amante Clara Petacci— fueron colgados cabeza abajo y golpeados, escupidos, orinados e, incluso, mutilados públicamente en una plaza céntrica de Milán.

Doce años

Doce años estuvieron los restos del dictador en paradero desconocido, escondido por los rincones más insospechados de Italia. «Roma estaba de nuevo alerta […], porque existía la confidencia de que un camión con matrícula de Milán transportaba el cuerpo de Mussolini rodeado de varios jeeps como escolta», podía leerse en ABC en mayo de 1946. «Al final, ni ha aparecido el camión, ni los jeeps ni, por consiguiente el cuerpo, que otras noticias lo señalan escondido en Florencia», aclaraba días después.

Se sabe ahora que, después del escarnio público sufrido en Milán, el cadáver fue colocado por miembros del Comité de Liberación Nacional (CLN) en un cajón de madera con paja y enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio Mayor, identificada con el número 384. El objetivo era, de nuevo, impedir el peregrinaje de los nostálgicos. En abril de 1946, un grupo de simpatizantes fascistas lo robaron sin saber muy bien qué hacer con ellos. Estuvo dos semanas en el maletero de un coche, hasta que uno de los profanadores decidió entregárselo a un sacerdote milanés del convento de Sant´Angelo.

«El cadáver de Mussolini está oculto en la isla de Brissago, en el lago suizo», podía leerse en ABC, en agosto del 46. Pero nada. Las noticias eran cada vez más rocambolescas, como aquella que informaba de que un grupo de carabineros llegó a abrir el ataúd de otro muerto, en medio de un funeral, pensando que allí se encontraba el antiguo dictador. O aquella otra que aseguraba que uno de los detenidos había contraído «infección cadavérica» al tocar el cuerpo «parcialmente descompuesto» de ‘Duce’. Pero lo cierto es que este estuvo desaparecido varios meses, hasta que el mencionado sacerdote informó al arzobispo de Milán y este al Gobierno.

La cosa no acabó ahí. Las autoridades eclesiásticas y políticas decidieron esconder lo que quedaba de él en el convento de Cerro Maggiore, en la provincia de Milán, y allí estuvo escondido, debajo del altar, hasta que el mal olor obligó al superior a trasladarlo a un pequeño armario. Ese fue el lugar de descanso del líder del primer régimen fascista de la historia durante muchos años. El Gobierno italiano no quería devolver el cuerpo a la viuda de Mussolini, ni contemplaba la posibilidad de brindarle un funeral público. Y allí permaneció, en el más absoluto secreto, mientras los diarios seguían especulando, hasta que el Ejecutivo italiano consideró, en 1957, que había llegado la hora de devolver los restos a la familia. Le dieron sepultura en la capilla familiar de San Cassiano.

De Petain a Heydrich

El mariscal Pétain, uno de los principales aliados de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, sí que fue juzgado por colaborar con la ocupación nazi de Francia. También por establecer una dictadura que participó en la represión de sus compatriotas y en el holocausto. Fue condenado a muerte, pero se le conmutó la pena por cadena perpetua en la isla de Yeu. Al igual que Videla, pasó el resto de sus días entre rejas y falleció a los 95 años, en 1951.

Tras ser considerado el salvador de Francia durante la Primera Guerra Mundial, en junio de 1940 decidió dividir el país y establecer en su mitad una dictadura al sur, la Francia de Vichy, que apoyó y ayudó al Tercer Reich. El régimen duró hasta la llegada de los aliados, quienes obligaron a huir a Pétain. Se refugió en Alemania, hasta que, tras el suicidio de Hitler, decidió entregarse a las autoridades galas. Aquella traición y el daño provocado fue recordado durante décadas por el pueblo. Prueba de ello es que, en 2007, su tumba en la isla de Yeu fue profanada con pintadas y, diez años después, con la quema de un montón de basura encima de la lápida.

Uno de los últimos ejemplos se produjo el 12 de diciembre de 2019, cuando un grupo de trabajadores del Cementerio de los Inválidos de Berlín descubrió un agujero justo en el lugar donde están enterrados los restos de Reinhard Heydrich. Según informó la Policía, una o varias personas intentaron llevarse el esqueleto del hombre que, durante la Segunda Guerra Mundial, planificó el exterminio judío. Estamos hablando del virrey de Hitler en Checoslovaquia, el jefe de los servicios de seguridad del Tercer Reich y el considerado como uno de los genocidas más despiadados del régimen nazi. Para que se hagan una idea, sus motes eran la «bestia rubia» o el «carnicero de Praga».

Nunca se supo cómo los responsables del intento de profanación supieron el lugar exacto donde se encontraban enterrados sus restos, puesto que el nombre de Heydrich había sido borrado de la lápida en 1945, tras la liberación de Berlín, con el objetivo de evitar futuros homenajes. Una decisión que los aliados tomaron con otros muchos líderes nazis al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no es la primera vez que la Policía alemana investiga un suceso parecido: en febrero de 2000, un grupo de extrema izquierda autodenominado «Autonomen Totengräber» (Excavadores de tumbas autónomos) abrió la tumba del oficial de las SS Horst Wessel y, según su comunicado, arrojó su cráneo al río Spree.

Ante Pavelic

En Madrid también hemos tenido episodios parecidos, ya que en 2009 la tumba de Ante Pavelic (1899-1959) apareció absolutamente pintada de rojo, con el símbolo comunista de la hoz y el martillo. Hablamos del dictador croata que, durante la Segunda Guerra Mundial y con el apoyo de Hitler, asesinó a más de un millón de personas. La brutalidad con la que se empleó quedó de manifiesto en esta frase que pronunció aquellos días, en referencia a sus seguidores: «Un ustacha que no puede sacar a un niño del vientre de una madre con una daga, no es un buen ustacha». Además, según el historiador británico Michael Burleigh en ‘Causas sagradas: Religión y política en Europa’ (Taurus, 2013), entre sus dirigentes se encontraban los peores asesinos y terroristas. Su ministro Mile Budak aseguró públicamente: «Para minorías como los serbios, judíos y gitanos tenemos tres millones de balas».

Dichas pintadas en su tumba aparecieron solo un mes después de sucesos vandálicos similares ocurridos en el cementerio civil de la Almudena, tanto en los panteones del fundador del PSOE, Pablo Iglesias, y de la líder comunista, Pasionaria, como en los de varios excombatientes de la División Azul franquista.

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